Una mujer llamada Carmela, de Irma Prego

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Este cuento de Irma Prego -escritora y pintora nicaragüense (1933 – 2000)- pertenece al libro de cuentos ” Mensaje al más allá (1986)” y bien puede leerse desde clave slipstream: es decir, desde una forma de escritura que produce extrañeza. Porque si bien no estamos ante un cuento propio del género de Ciencia Ficción, podemos ver que  trata uno de sus tema, el de la Invisibilidad, desarrollado al final por su protagonista, Carmela,  como un superpoder para lidiar con el hastío  de la vida hogareña.

Por algo a Carmela la llaman la India. Ese silencio, esa mirada oblicua, esa observación aguda, ese salto repentino hacia la más radical rebeldía.

 Se casó Carmela con un hombre trabajadicto, que no soportaba los domingos, ni la quietud, el silencio y la concentración. Disperso, sicótico, obsesivo, caldeaba el ambiente con toda clase de hazañas estúpidas: discusiones vanas y acaloradas, refunfuños, protestas, reclamos, la joda a tiempo completo.

 Un día, porque en un día pasa todo en la vida, un viernes por cierto, Carmela decidió embellecer el domingo, porque debía vivirse un domingo bello, tranquilo, en el que el tiempo lento se doblara en el placer de no hacer nada o hacer lo mínimo.

 Con un presupuesto exiguo, encontró en el mercado unos tomates esplendorosos, redondos y compactos, arvejas recién recogidas, papas pequeñitas, cebollas de Santa Ana, blancas y aseadas, chiles dulces verdes y rojos, camaroncitos, los que en ocho minutos están al dente.

 Preparó la mayonesa con todo muy fresco para la salsa francesa y se le pasó por la mente la cara de su esposo con una sonrisa.

 El domingo Carmela se levantó temprano. Silbó en la cocina, cantó mientras bañó y asoleó a sus niños, recitó cuando recogía las cosas, ordenaba, sacudía y barría. A pleno canto de ópera entró al baño.

 Puso en la tabla de madera blanca la lechuga americana y las demás bellezas de la ensalada. Naturaleza muerta, qué va: pura vida.

 Él se puso impaciente porque no soportaba la alegría espontánea del que amanece alegre. Además leía y leía, era un buen lector compulsivo, un mecanismo para evadirse, no para meditar.

 Clavó Carmela la receta en la pared (una receta de cocina también hace hogar) y empezaron las grandes maniobras. Cortó la tapa a los tomates, y qué belleza resultó el rosetón de Notre Dame, la estructura magnífica de un rosetón gótico, y así cada tomate un rosetón distinto.

 A las doce y cuarto tenía las mezclas listas, rellenó los tomates con camarones, arvejas, cuadritos de papa y la salsa francesa. Los sentó orgullosa en la lechuga crespa y los adornó con perejil aromático en la cúspide triunfante. Sobre el mantel verde que había tejido ella misma puso los platos amarillos, los vasos cristalinos. Lo llamó recocijada: “Ya está servido”.

¡Cerró displicente el periódico! ¡Se sentó con aire grave a la mesa. Con leve gesto amenazante sacudió la servilleta en el aire y miró al tomate como a un enemigo!

Carmela percibió la proximidad de una gran inculpación por tormento. Con la mirada severa de un juez tutelar de menores, preguntó perentorio: “¿Qué es esta cosa pebeta?” Sacando fuerzas de flaquezas y fatigas, respondió con entereza:

“¡Un tomate relleno!” Sintió casi vergüenza con el pudor zaherido.

“¡Un tomate relleno!” Expiró. “A mí como me fascina el tomate es en tajadas!” Musitó resentidísimo, “pero mis gustos en esta casa no importan”.

No obstante, profundamente desconsolado y refunfuñando, se comió cuatro tomates con papitas marinadas, y se tomó dos o tres copas de vino.

El silencio en la mesa se hizo denso y el almuerzo, para embellecer el domingo, terminó en desastre de compasión.

Desde entonces ella aborreció los mercados, los tomates y los domingos.

Estaba iniciando la siesta, cuando Carmela se empezó a insultar, a regañar, a increpar con verdadera furia. Evidentemente era un desastre, no acertaba una, la vida le pesaba demasiado, todo resultaba una cuesta arriba y ella, una pobre tonta, una inútil, una empecinada perdedora, una nadie. Un discurso interior hecho con furia y fiebre, hasta llegarse a convencer que no valía un centavo, estaba construida con basura y desechos. No en vano nada le salía bien y nunca había merecido un elogio sincero, el más mínimo reconocimiento, ni siquiera el más leve cumplido.

Fue entonces cuando empezó a caminar por los rincones, lo más inadvertida posible, como si fuera invisible. Se integró a la escoba, a la plancha, a la cocina, a la olla mágica, al cepillo eléctrico. Se olvidaron de ella en la casa, tal vez se habían olvidado antes de su patético esfuerzo de desvanecerse. Alguna vez se preguntaron dónde estaba, pero no la vieron; en otra oportunidad quisieron comentarle algo y no la encontraron; en una ocasión desearon saber cuándo cumplía años pero aquello no era de tanta importancia como para buscarla.

Cuando algo se les perdía, alguna mano sin rostro se les acercaba, un trapo sin cuerpo secaba el baño, alguien sin alma hacía la comida, las camas se tenían por obra y gracia de la inercia, y la casa la limpiaban los aparatos eléctricos.

Carmela, invisible mujer sin rostro, muda y ausente, habitante de casa prestada de unos hijos en tránsito, de un marido en otra parte, esclava de todos los días lo mismo; Carmela, aquella mujer llamada Carmela, un día se fue para siempre y dejó un rastro de hilos, botones, agujas, vajillas, manteles, ropa de cama, remiendos, resentimientos, horas vacías, rincones, recetas, listas de compras, economías y silencios, sobre ese enorme charco de lágrimas que nunca lloró.

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About Luis Cermeño

| Science Fiction and Fantasy Writer | Co-founder, editor and blogger: @1000inviernos | Developing @Futugramma Amazing Stories spanish team #ASenespañol Interzone · milinviernos.com Personal Twitter: @addkerberos

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