Feria madre (octava entrega)

Por Pedro Pablo Escobar Escárraga

Hoy les presentamos el octavo capítulo de “Feria Madre”. Si desean leer algunas de las anteriores entregas, basta con oprimir en el número correspondiente: 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1.

CAPITULO  VIII

DE LA RELIGIÓN Y DE LA TEOLOGÍA

El cronograma de eventos de la feria dedicaba a cada capítulo religioso los primeros 21 días a exposición doctrinal y adoctrinamiento y conversión de practicantes de otros credos, y a reclutamiento entre las huestes de indecisos y ateos. Representantes de todas las creencias en conferencias exponían los aspectos que competían al hombre, a su individualidad y su interacción en la comunidad, buscando siempre una total compatibilidad con la ley civil, puesto que el objetivo final era ese: Reglas sacras y reglas laicas: una sola regla. Algunas veces se matizaban con la intervención de científicos o conocedores de ciencia y expertos en leyes y normatividad emanadas del comité central de la confederación de naciones, – claro está, practicantes del credo – para armonizar aspectos que doctrinalmente podrían diferir de la concepción científica oficial o de la legislación universal aceptada por los pueblos. Cada uno buscaba de esta manera inclinar la balanza a su doctrina llegado el momento de la normalización general con la esperanza de ceder nada o poco en la redacción  final del informe supremo. Simónides asistió a eventos de esta índole, más como testigo que como activo participante. Escuchaba y tomaba nota en su memoria. Al poco tiempo tuvo conciencia de la inutilidad del método. Las grietas entre credos no iban a sellarse, al contrario, peligrosamente aumentaban en número y profundidad. Una gran tristeza le invadió y desistió de continuar asistiendo a estas conferencias;  dedicó su tiempo a visitar eventos que rememoraban viejos mitos y buscaba participar en cuanto rito religioso hubiera así tuviese que mentir o asumir poses propias de los adeptos respectivos, pues si bien es cierto que serían de pública ejecución todos los ritos, así lo estipulaba la norma de la feria, descubrió que muchos eran apenas vulgar parodia de lo que en secreto se realizaba y él quería ir al fondo de la cosa religiosa. Vislumbró que muchos ritos jamás saldrían del secreto de los recintos a la luz pública y, en esos recintos inviolables por gentes del común, se gestaba la subyugación de estos. El juramento era común, la muerte y el crimen eran a veces accionar rutinario en la preservación del poder y el sigilo, y eran más rigurosos cuanto mayor era la severidad y abyección del rito y el riesgo de ser descubierto. Muchas veces no era solo el poder en sus vertientes de religión, política y economía, sino el sigilo de la práctica abierta a los más bajos instintos llevados a extremos antinaturales. Esto asqueó al espíritu justo y naturalista de Simónides y renunció a continuar con esta práctica. Decidió entonces pasar el tiempo asistiendo a reuniones públicas que se celebraban en cualquier parque o plaza sin previo aviso; bastaba un pequeño grupo de gentes, y alguien que tuviese algo que decir, eso sí, sobre el tema central de la feria: la cuestión religiosa. También era de su diversión pararse en las aceras y ver cómo desfilaban en raudos y engalanados carruajes, jerarcas de todos los credos, rumbo a concilios qué presidir o a dar ánimo con sus palabras y bendiciones a grupos de gentes incondicionales a su credo conscientes de que quizá esta era la única y última oportunidad de estar ante la presencia de su gran líder y recibir de él la tan ansiada bendición.  A veces asistía a los mercados de las magnas ciencias en la plaza heptagonal y pasaba horas numerosas frente a las vitrinas donde una abigarrada hueste de vendedores ofrecían libros conteniendo todas las fórmulas mágicas para hacer superhombres a los débiles de espíritu en el dominio de las “leyes que gobiernan los planos allende a los conocidos por los vulgares sentidos del hombre y a los que la inteligencia del hombre y su racionalidad no llegan”. También proporcionaban los elementos para los rituales cuando de estos se trataba y, en cuartos más al fondo, “en los cuartos de atrás”, por unos cuantos pesos podía ser iniciado en los misterios o tratado para el  pronto o distante logro de algún beneficio que la ciencia no podía brindar.  Uno de los productos de más demanda era “el porvenir”. Simónides sonrió al recordar los años en la aldea ancestral cuando descifraba los sueños del prójimo. “Eran buenos tiempos – se dijo -. Ahora hay algo pesado en el ambiente y me apena no saberlo, o tal vez sea el vértigo de la presencia de tanta gente creyendo en un mañana venturoso e incierto… ”.

A la distancia divisó una multitud frente a una tarima y en esta caminando de un extremo a otro al hombre alto, de cabellos largos, con una cruz rematando una cadena que rodeaba el cuello y un cordón ceñido a la cintura. Pensó: “¡Ajá! Otra vez el milagrero, ¿qué traerá hoy? No hay invidentes,  sordomudos y paralíticos en su repertorio. Ah, ya veo, el aroma que brota de la despensa bajo la tarima es de pan fresco, hagamos realidad su milagro”. Una moza de cabeza rapada, en sandalias y vestida de dhoti (1), extendió el cuenco vacío  hacia Simónides, y este sonriendo dijo:

-Hoy los Devas (2) te han enviado al sitio propicio, vas a ejecutar la acción santa del día, y tendrás la compensación. Ten este dinero – y le extendió un fajo de billetes- , ve a la panadería allá 70 metros, y trae medio millar de panes, el resto del dinero es tu dakshina (3). Ve por detrás de la tarima del predicador, introduce el fruto de la compra en la bolsa que hay debajo y que desde luego contiene pan, y luego mézclate entre los asistentes y podrás presenciar el milagro de la multiplicación del pan.

Simónides, imperturbable, veía cómo el predicador levantaba repetidamente las manos, izando un pan en cada mano hacia el cielo, y luego las dirigía hacia el piso de la tarima, y sonrió viendo a la moza de la encomienda mezclada con la multitud luego de cumplida aquella. De pronto un griterío como de mil voces se apoderó de la multitud:

-¡Fuera! ¡Fuera! Id con tu prédica a otros más incautos- increpaban al predicador.

Llegó a ellos, y vio que el incitante era Aristos que al reconocer a Simónides exclamó:

-He aquí al hombre que no engaña, pues no da su dinero ni quiere el nuestro. Es Simónides, el viajero. Pedidle que desenmascare al impostor, y luego pedidle que os hable. Sé que no hará lo uno ni lo otro, no gusta meterse en los asuntos del prójimo, pero pedidle. El sí sabe. No os mentirá ni hurtará vuestro dinero, no exigirá nada por su prédica, ni siquiera que lo escuchéis de buena gana, Simónides, maestro del camino, háblanos.

-Has dicho un revoltijo de verdades y mentiras siéndome difícil su dilucidación.  

Y dirigiéndose al Pastor:

-Los panes salidos del horno parecen diferentes, y lo son, pero antes de ser harina eran el mismo grano, en la mesa del panadero eran la misma masa; y bien, en todo tiempo han sido y son el mismo grano, la misma harina y la misma masa, y así serán en el estómago de los asistentes.  Distribuye los panes de tu despensa y calma el apetito que tus panes evocan. Estas gentes, tú y yo, nos daremos un festín de grano horneado.

El pastor hizo a un lado una a manera de tapa que había camuflada en el piso de la tarima y miraba avergonzado a Simónides, este guiñó un ojo y el pastor se tranquilizó y comenzó a brindar un pan a cada una de los presentes.  Grande fue su sorpresa cuando, muy rebasada la existencia que él creía había en la bolsa, continuaba extrayendo y distribuyendo panes hasta que todos los asistentes recibieron uno.

Terminada la repartición, el pastor volvió la mirada hacia Simónides. 

-¡Maestro! – le dijo – Bendito este momento, has hecho lo que siempre sabía era irrealizable- Y abrazado a sus rodillas vertía lágrimas.  

Simónides frunció el ceño con gesto inexpresivo. Levantó al hombre tomándole de una mano. Y habló dirigiendo la mirada a Aristos y luego al Pastor:

-Ya os dije, Aristos, y ahora te digo a tí pastor: no me indilgues títulos ajenos y facultades más allá de lo humano. Cuando me despida de vosotros, la moza de dhoti os explicará la aventura del pan. No soy maestro tuyo ni de nadie. Bien sé que ahora ignoro el motivo íntimo de mi venida a esta feria. Soy un espectador más, no un debutante, de estos hay miles y algunos buenos. Ved a este hombre  que querías echar, solo porque hace “milagros” y pide dinero por recompensa. ¿Quién no pide estipendio por su actuar? Quitad de vuestra mente el que “Él habla y pide y vosotros dais”, y entonces veréis con qué sabiduría el hombre os habla y con qué inmenso amor vosotros le escucháis”. 

Y dirigiéndose al pastor dijo:

-Es tiempo de que hables; tú que sabes del hombre y de sus dioses, hablad de ambos. Yo escucharé atento y será lo mejor que yo haga hoy. Estoy hastiado de tanta elocuencia vana en los concilios, son charlas de expertos para expertos y entre expertos, ellos no necesitan escucharse cuando intercambian un mismo parlamento, solo lo hacen para mostrar su arte.

-¡Háblanos!- le dijo en son de ruego tomando las dos manos del pastor. Todos miraron sorprendidos la escena sin atreverse a pronunciar una palabra.

El Pastor dijo:

-En verdad siento que algo nuevo hay en mí, la presencia del viajero, a quien ya conocí para suerte mía y de los míos, hoy lo sé, me hace sentir ser otro; o mejor, me siento ser YO, cosa que antes no era. Jamás, jamás recurriré a la farsa, nunca jamás volveré a hablaros palabras que mi corazón crea son mentiras. Después de escuchar al viajero tengo el impulso de hablar, pero… solo podré hacerlo si Simónides, el viajero, habla. O mejor, Él habla y luego yo…

– Así sea – asintió Simónides.  Miró fijamente al pastor, y tomando una de sus manos, daba la impresión de ser ambos una misma persona. Continuó:

-Será una sentencia del uno, luego el otro y se repetirá el ciclo hasta el fin de la intervención.

– Así sea – Dijo el pastor. Y dirigieron mirada y voz hacia las gentes.      

Simónides: No hay bien alguno que haya brotado de los templos. Cuanto de bueno hay para el hombre ha salido de los laboratorios y de la misma tierra.

Pastor: No sois un ápice mejor a otras especies. ¿Cómo pretendéis paraísos para vosotros y la nada para ellas? La nada también es vuestra, ella ronda la existencia.

Simónides: Religión asentida es una expresión astuta cultural de los pueblos. Sentida, es una expresión de satisfacer al menos imaginariamente las carencias de la racionalidad. Más temprano que tarde una y otra enriquecerán la mitología.

Pastor: La génesis onírica del universo paralelo hogar de la deidad, ha permitido al hombre abandonar la realidad por conquistas en batallas soñadas.

Simónides: Otros dioses nacerán del temor a lo incomprensible, y otros aun para su explicación. Y otros de la ambigua mixtura de los anteriores, y siempre más refinados.

“Se os dijo que la inocencia y la ignorancia eran virtudes, luego la misma cosa y después que eran inseparables. Mas no es así. Gentes de ojos penetrantes os mostraron una tierra redonda, menos que un grano de arena de alguna playa remota de universo, limitaron la cobertura de vuestros dioses, y eran inocentes, y vosotros erais inocentes pero con más conocimiento. Otros ojos penetrantes percibieron la inexistencia de los dioses mas no os lo dijeron por un supuesto amor a vuestra simplicidad pues creyeron que más conocimiento mancharía la inocencia, ahora ojos penetrantes os lo dicen sin mácula en el corazón, con la liviandad de haberse quitado el fardo de la deidad que tanto había lacerado sus espaldas. Podréis – dicen – ser libres y caminar erguidos”.  

Pastor: Los mundos de ultratumba yacen en la superficialidad de los teólogos y en la profundidad de los creyentes.

Inesperadamente, alguien de entre los oyentes, tomó la mano libre del pastor, y…

Oyente 1: Una religión que no tenga como meta la vivencia de la verdad, es una religión opiácea. Dadme una que no lo sea ¡Solo una! Y esta será la consentida de mi alma.

Simónides: En la escuela para profetas es común el método de la confusión, frases de sentido ambicioso, obscuro, donde cada cual halla el sentido que quiere.

Pastor: El profeta graduado escribe y dice lo dictado por el azar. No penséis en su significado. Sabios tontos o astutos le hallarán el significado que más se ajuste a su particular interés.

Oyente 1: Las religiones están en agonía, cerca se escuchan sus estertores de muerte. Se quedaron amañadas en el individualismo, rebasadas por la globalidad presente. Algunas, las más avanzadas, hipócritamente pretenden el bien general pero con prioridad en el individuo cobijado en su dogma, esperando que mejorando aquel mejora la comunidad. “Haz esto, no haz aquello y obtendrás el paraíso o el infierno”. En ningún texto de estos predicadores se ha escrito cosas como “Haz esto, no haz aquello y así mejorará o declinará la especie y con ella el individuo”.

Otro oyente se unió al grupo de los oradores tomando la mano libre de Simónides.

Oyente 2: En la pre-racionalidad fue suficiente la continuación de la especie con nacer, reproducirse y morir. La evolución hacia la racionalidad creó el individualismo, y engañosamente lo alejó de la especie, y este sentimiento antinatural  es tragedia del actual ser humano, que así perdió la razón íntima de ser entrando en la locura de la teología y otros refugios de humo para soportar el espejismo en que se hundió al pretender ascendencia egoísta sobre la comunidad y justificar su divorcio de la naturaleza.

Simónides: Pasado, presente y futuro son voluntad de ser. Existencia pasada, presente  y futura, son voluntad de ser. Pre-universo, universo y pos-universo son voluntad de ser. Toda realidad es voluntad de ser.

Pastor: Si el glotón hubiese moderado su cena, otro hubiese sido su discurso (4). Si el alucinado hubiese ingerido otra dieta en la cueva (5) y hubiese visto la realidad afuera bajo la luz del sol, hubiese hecho una oda a la vida. Sus escritos fueron hechos en la sombra para moradores de la sombra, hecha  para el rebaño y por tanto apetecidos y predicados por lobos. En esta alucinada danza de ovejas y lobos, el estómago además de excretar heces también excreta ideas.

Otro y otro y otro oyente se unía al grupo tomando la mano libre del cabeza o fin de los oradores. Al rato era veintena.

Orador: No es que la especie sea religiosa. De la mente perezosa deviene la religiosidad.

Orador: La religión nace de la carencia científica ante el interrogante de la naturaleza. En la medida que la razón evoluciona hacia la ciencia, la religión hace lo propio hacia lo mítico.

Orador: El actual nivel de racionalidad del hombre es suficiente para desterrar el fantasma de dios del repertorio de fuentes de existencia.

Orador: Ante la irracionalidad del milagro y la evidente imposibilidad de su realidad, son impostores los santos taumaturgos y redomados mendaces sus promotores.

Orador: De entre las malas costumbres la religión es reina así sea consuelo de pusilánimes.

Orador: Dios, supremo comodín en el juego a conocer las cosas: los teístas a medida que la racionalidad expande el conocimiento reducen el mazo escondido en sus mangas. El comodín ya no sirve para la naturaleza, entonces es empleado en juegos y malabares de la imaginación para tejer interrogantes y respuestas en el plano de la ilusión donde la razón no  tiene imperio.

Pastor: La racionalidad ha sido el mayor logro en la evolución de la especie en la tendencia a permanecer.

Simónides: Sentid bien. Obrad según vuestro deseo. Desead según vuestras palabras. Hablad según vuestro pensamiento, y pensad según vuestro sentir. Esto es armonía. La infracción a esta regla causa sufrimiento mayor a su ejecución. El comienzo de la vida individual es la largada en una maratón hacia la muerte. Y es paradójico que todos queramos llegar tarde. ¿La meta está en el camino? ¿Es la meta el camino?

Simónides juntó la mano del pastor que tenía asida y la unió a la mano del orador que asido estaba a su otra mano, y se retiró  silenciosamente. Estaban tan ensimismados en su parlamento, que su retiro pasó desapercibido.

 

 

 

 

 

 

 

 

(1) Vestimenta India extremadamente sencilla de una pieza.

(2) Semidioses o dioses menores en el panteón Indio.

(3) Dádiva, alimento generalmente, ofrecido a mendicantes santos. Más propiamente, ofrenda material del discípulo al maestro.   

(4) Tomás de Aquino.

(5) Juan, el de Patmos.

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