Redención (Teoficción onírica)

Por Nelson Barón

radiosinantena@gmail.com

 

Habías descendido en tu salvaje estampida desde lo alto del empinado barrio de la Macarena hasta casi alcanzar las cuadras más cercanas a la carrera séptima, abajo. Sentí tus gritos de socorro, por encima de los ruidos de los carros y de las personas que estaban conmigo en la cafetería barata de la esquina, y dejé bruscamente en la mesa las escasas monedas que había en mi bolsillo, pagando ese tinto que ni siquiera acabé. Salí corriendo abruptamente, tumbando las sillas, mientras todos los que tomaban sus bebidas en medio del ruidoso lugar, me miraban con asombro y muchos de ellos hasta con repulsión como si fuera un loco.

En ese instante, afuera del local, me encontraba en la esquina dispuesto para lo que fuera. Salí como entré: solo, pero arrebatado de ira desde aquel instante de arrojo que me condujo a tu auxilio. Y acudí a tu encuentro aún sabiendo que no nos conocíamos, que jamás te había visto, que para ese entonces tú no eras más que eso: un hombre cualquiera, un grito de desamparo sin nombre arrojado a la calle, y yo un desconocido abatido por el aburrimiento de los días sin sentido. Lo hice también sin siquiera poder presentir la fuerza total que me impulsaría a ser dominado por lo absoluto.

Faltaba que bajaras una cuadra más. Para mí era evidente que habías recorrido bloques enteros de calles, desde algunas que albergan tiendas y locales comerciales hasta las que no tienen nada, solo residencias y sitios desolados. Atravesaste avenidas, sin que te fijaras si las luces de los escasos semáforos de los fragmentos de esa ladera cambiaban o no, pues ya nada importaba salvo tu pánico al saber que tu perseguidor estaba justo encima de ti.

Corrí hacia ti pero vi que volteaste hacia el sur, por la cuadra anterior a la esquina en que me encontraba. Por ello, aunque había avanzado unos cuantos pasos, decidí retroceder e iniciar con furor la tenaz y salvaje carrera, también hacia el sur, a tu auxilio, buscando subir por la próxima cuadra que me fuera posible.

Cualquiera hubiera advertido que no era visible lo que te acechaba. Pues nada ni nadie se veía corriendo detrás de ti: ni un atracador, ni una jauría de pandilleros, ni siquiera un perro rabioso. Pero yo sí podía percibir una fuerza irreductible detrás de ti. Por eso, mis palpitaciones iracundas eran más intensas y avancé como lo había planeado, con tanta y tan frenética decisión que no sentí cansancio, solo la ansiedad de enfrentarme a aquello que te correteaba. Estaba dispuesto a matar, si eso fuera necesario.

La distancia que recorrí fue mayor que la tuya, pero ahora estaba encarándote a casi cincuenta pasos. Yo respiraba tu miedo. Y en tu agitación denunciaste con un grito horrible algo sobre una presencia extraterrestre, y entonces vislumbré que tú, como yo, creíamos en las posibilidades de ser víctimas de una abducción de seres de otras constelaciones y planetas, más allá de las estrellas que se posan sobre nuestros ojos con destellos milenarios. “Un extraterrestre, un extraterrestre”, gritabas. Entonces se corroboraba mi idea de que si no te ayudaba avizoraría la fatal caída del tierno venado por el león arrasador; del conejo abordado por la sombra del halcón que en cualquier momento te alzaría con sus garras; o de la débil cebra que sería devorada por una manada de hienas dispuestas a saciar su hambre con sevicia.

Detrás tuyo había algo aterrador: una gruesa e informe oscuridad que luego calcaba fielmente tu sombra, y que corría con tu velocidad pero que a cada paso adoptaba una clara forma humana. No le bastaba con ser un solo y negro contorno de aterrador movimiento, sino que dejaba ver la totalidad de las cosas que había detrás, como si fuera una transparente tela en medio de su oscuridad: entonces se podían observar perfectamente las aceras, las casas viejas del vecindario, la tarde expirante, dos o tres transeúntes alejándose de lo que creerían era un atraco cuyas consecuencias evitarían a toda costa, y un perro que más aterrado que tú mismo percibía con mayor inteligencia que cualquier humano a aquella maléfica entidad que no era originaria de esta orbe terrestre. El horror proseguía su embestida: tal espectro se desdoblaba lateralmente, como un fuelle estirándose largamente, y de él se desprendían otras seis sombras que corrían hasta casi tomarte del cuello.

Seré abducido, oh dios”, dijiste. Y yo me lancé hacia ti, y grité: “Jamás. Dios no lo permitirá”, rugí con una furia que me era incomprensible y hacía chillar mi voz.

Y entonces la tarde pareció entumecer aquellos frenéticos segundos, pues cuando te agarré con absoluta firmeza la sombra se detuvo. Paralizados estaban tú y la sombra. Mas yo no permanecía inmóvil. Te sostuve de los hombros, miré hacia el cielo, mientras me rodeaba un precioso halo de luz más aterrador que cualquier fuerza oscura que ahora se desintegraba como una edificación que explota hasta no quedar más que escombros. Nadie podría ver nada, pues el tiempo y, por supuesto, el mundo, se hallaba detenido, como congelado en el lago frío que se hunde en la inmensidad de los eones.

Y yo solamente miraba al firmamento. “No serás abducido. No serás privado de la salvación si crees firmemente en Dios”, repetí unas cinco veces, la última de ellas fue más intensa que todas, hasta creer que perdería el aliento. Y entonces empecé a sentir mareo pues no comprendía porque yo estaba diciendo esas cosas: Yo, hasta entonces un frenético tren hacia la Nada; Yo, un avión supersónico sobrevolando los aires de la decepción; Yo, una sensación de fragata a la deriva del océano, naufragando lentamente; Yo. Yo. Yo. Y siempre me atosigaba una pregunta: “¿Por qué?, ¿Por qué yo?, ¿Por qué Yo soy el elegido para decir tus palabras, Padre eterno?”. Y tú, aunque físicamente parecías pisar la calle, en realidad estabas sobre una gran superficie blanca, que definitivamente no era de este planeta.

Pero esa tela plana que pisábamos tampoco era alienígena. Empezaste a pestañear. Miraste mi barba y mi melena también alumbrada por nuestro Padre celestial. Pensaste por un momento que yo también, tiempo atrás, podría haber cargado una espada y haber atravesado al mundo entero en nombre de Yahvé, como un fanático guerrero de la orden de los cruzados. Y tal vez lo habría hecho con gusto pues mi alma albergaba mucha ira. Y quizá yo mismo al final me habría suministrado el filo de una daga. Pero ahí estaba la incertidumbre suprema: mi ser clamaba furia y ahora no podría sino irradiar salvación. Y como entendiste que podía leer todos y cada uno de tus pensamientos te avergonzaste. Y ya sin hablarte, te dejé saber, sin palabras, —ignorando cómo era que yo mismo accedía a tal información—, que lo que te había acechado no era extraterrestre. “No eran ellos”, te dije secamente. “El padre eterno me lo ha dicho”.

Vi que tu rostro se apesadumbraba: por mí supiste que el perseguidor era el ángel caído, el expulsado de los cielos cuando el mundo aún no era mundo, aquel tiempo en que las tinieblas sobresalían por encima del abismo. No tuviste dudas, fue Satán, víbora absoluta que circunda la tierra, quien te pisaba los talones.

Y yo lo había extraído de ti, a él y a otras seis potencias malignas y así, en medio de una calle cualquiera de una común ciudad, con el tiempo congelado, te había salvado.

Y lloraste en el arrojo del sabor amargo de tu boca y de tu corazón; comprendiste que ahora eras inmune a la fatalidad satánica, siempre y cuando creyeras, pero que el peligro continuaría rondando la orbe dispuesto a tragarla entera.

Y luego, tu espíritu se sintió aliviado con mi espíritu, y al cabo te dije: “Hijo mío, ignoro el motivo por el que esta fuerza arrasa el decepcionado ser que soy, pero Jesús habla por mí. Jesús me pide que obre en su nombre. Jesús me pide que sea él, él y solo él, y yo te digo, en verdad, en verdad te digo que yo soy la luz, yo soy la luz, la verdad y la vida y nadie vendrá al Padre después de mí”.  Y no sé porqué dije eso. Simplemente agregué: “…aunque Yo sea un pecador”.

Y tú creíste.

Y yo, entre maravillado y apesadumbrado, también creí, aunque sufrí, porque un humano a duras penas si podría siquiera adivinar a través de un trance místico la sensación del poder de Dios, o el del Hijo del Hombre. Y ahora que he sabido de primera mano cuánto él ha sufrido, y que su dolor ha sido infinito, y la magnitud del dolor que hemos acarreado en nuestras espaldas, no me queda menos que decirte: “Sí, sufriré, hijo mío, padeceré porque mi corazón está contigo, con todos, entre todos, a pesar de los abismos, de mí mismo”.

Permaneciste casi desmayado. Y el tiempo comenzó a rodar como si nada hubiera ocurrido. Afuera, pasaban tranquilamente los estudiantes de la jornada de la tarde del colegio del lado, los oficinistas deambulaban buscando la ruta de regreso a casa, y toda la cotidianidad funcionaba como el  más preciso de los relojes.

Al Príncipe de las tinieblas y de todo el mal que nos acecha le debo el haberme enfrentado a mi destino, a esta nueva zozobra en mi alma: verme abocado a perseguirle como la horrible víbora que es, corruptor de toda la tierra, líder de toda la inmundicia que encabeza junto a todos los demonios de la tierra.

 Sí, acometeré mi tarea en nombre de mi divina dignidad, a través de todos los universos existentes, del aire y lo que fluye por encima de los cielos y otros mundos. Vigoroso, seré inclemente en mi ira por exterminarte, Lucifer asqueroso, a tí y a todo lo que te rodee, mientras acumulo el cansancio sin nombre de mi perpetua misión que me traerá un abatimiento tan grande como el de mi propio ser infinito: el del perdón de todos los pecados humanos, todas las faltas de ustedes que ahora me miran con sospecha, con incomprensión y recelo, como a un loco, peor que a un ente que desparrama su tiempo y soledad vociferando por los siglos de los siglos: “Yo soy el hijo de Dios, arrepiéntanse, mortales, pues he venido a salvarlos”.

                                                                                                       

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