Feria madre (décima entrega)

Por Pedro Pablo Escobar

Les presentamos el décimo capítulo de la historia de Simónides en la gran feria mundial. (Acá podrán leer el capítulo anterior)

 

 

CAPITULO  X.

PARODIA DE LA HISTORIA DEL HOMBRE.

INCOGNITAS DE DIOS Y LA RELIGIÓN.

Simónides había oído de la comedia que estaba por presenciar. El comentario era unánime en considerarla de grande sabiduría, así que decidió asistir y verificar por sí mismo la veracidad de las habladurías. Mezclado en la multitud de espectadores, se apostó  al abrigo de una palmera y, como era costumbre, sin mostrar alguna emoción, presenció la escena:  

Una carpa simulando una caverna, vacía de luz, tenía escrito en el dintel de la entrada “Gruta de los Dioses”. Unos veinte metros al frente, una caverna similar, translúcida, con el rotulo de “Matriz del Sol” en el dintel de la entrada, irradiaba tenue luminosidad. Enmarcando el fondo, entre la gruta sombría y la translúcida, un coro de artistas de ambos sexos vestidos con trajes de diferentes regiones de la tierra y máscaras blancas, negras, rojas,…  y, detrás de estos, un abigarrado conjunto de músicos con instrumentos de percusión, con rítmicos repiques animaban la escena. De la parte de atrás del coro y de los tamborileros, surgió un número indeterminado de seres en todo semejantes al hombre actual, solo que eran descalzos, vestían trajes confeccionados con hojas y corteza vegetales y pieles de animales, y lucían cabelleras largas y grasientas. Los hombres blandían mazas, varas puntiagudas y piedras. Las mujeres con los senos al aire, izaban teas encendidas y tinajas de barro; mezclados entre ellas niños de ambos sexos, desnudos, caminaban junto con los mayores, todos con cadencia al ritmo de los tambores.  Era difícil saber si su actuación era una marcha o una danza. Las grutas abrieron los portales. Los miembros de la tribu, indistintamente penetraban, salían en menor número  y volvían a penetrar a una gruta o a la otra, hasta todos quedar dentro.  

 

Tras una pausa, de la gruta sombría salían individuos vestidos con trajes oscuros, de intenso gris  o negros, los ojos cubiertos, unos con las palmas de las manos, otros uniendo los párpados, como protegiéndose de la luminosidad exterior. Guardianes, en el umbral de la entrada, les colocaban vendas  negras sobre los ojos y las anudaban a sus nucas. Caminaban, como deslizándose, lentamente hacia la estancia de luz, creciente en luminosidad a medida que la extraña cohorte sonámbula se aproximaba. Por la puerta de la gruta del sol, salían personas de vestidos claros, con semblantes de inocencia, y eran acogidos amorosamente por sacerdotes encapuchados, simulando ser sus guardianes, portando sonajeros e inofensivas luces de bengala, les tomaban de la mano y les conducían hacia la gruta oscura entonando cánticos rítmicos que subían de tono al irse aproximando a ella mitigando y ahogando el canto triste entonado por el coro.

Al llegar a la entrada, antes de traspasarla, sacerdotes con trajes fosforescentes, les vendaban los ojos mientras el coro decía: “Con esta venda pronto asimilarás el mundo de la caverna, y dentro, en poco tiempo, una vez acostumbrado a ver el interior te la quitarás, y esa será tu redención y nacimiento en la existencia real que hay dentro. La misma venda será tu escudo cuando quieras, en tus caprichos pasajeros, rememorar y fisgonear la incierta existencia de afuera, no sea que el sol te enceguezca” y los sacerdotes les empujaban hacia la sombra. De los sujetos que iban hacia la matriz del sol, algunos intentaban liberarse de la venda y heridos por la luz daban la vuelta aterrorizados y veloces corrían a su refugio oscuro lanzando lastimeros ayes. A veces de la gruta regresaban unos pocos de los vestidos de claro y, liberándose de las vendas, corrían presurosos hacia la gruta del sol. 

Un ser gigantesco y sombrío  emergió de la cueva oscura, cubierto con una túnica fosforescente. Clamaba extendiendo los brazos amorosos hacia los seres que brotaban de la gruta del sol:

-Venid a mí, espíritus nonatos, vuestros ojos cerrados por la luz ignoran el mundo de mi imperio, soy la verdad fresca, en mi gruta viviréis con los ojos abiertos, aprenderéis en la sombra a conocer y vivir la realidad que hay dentro, la única. Allí encontraréis la dicha real. Afuera mora la ilusión, la dicha efímera y engañosa. Los seres luminosos moran en el abismo, esto lo saben los conquistadores del mar. ¡Venid! Despojaos de la ilusión. Ved cómo mis hijos en su loca aventura buscando otra verdad al salir son enceguecidos y pronto regresan a la matriz oscura, morada original, paraíso y realidad. Y vosotras almas mías – dirigiendo los brazos hacia los seres de la caverna oscura, que confusos daban traspiés desorientados -, habitantes del inframundo, retornad ¡retornad! Solo en mí encontraréis consuelo y sustento. Soy el alfa y el omega de vuestro destino, volved a mí, desde siempre habéis estado conmigo, retornad a mis fuentes de amor inagotables.

Y el coro repetía:

-¡Retornad! ¡Retornad!

Simultáneamente, un ser gigantesco y luminoso brotó de la gruta  de luz en una exaltación de esplendor. Y habló:

-¡A vosotros, espíritus de la caverna oscura! Han puesto venda en vuestros ojos para ocultar la imagen de las cosas a la luz del sol. Y habéis llegado a creer que la venda es la visión de la realidad y lo que está fuera de ella es ilusión. Por eso teméis a la luz, pues os han dicho que el sol es la muerte de la oscuridad. ¿Qué perderíais si arrojáis la venda? ¿Que la luz os enceguezca? Intentadlo, mas ciegos de lo que estáis no podréis quedar. Bien vale la pena el esfuerzo por recobrar la videncia original. ¡Corred hacia la luz! Mejor la realidad iluminada por el sol que la cubierta por las sombras de la gruta. Si de noche, salís a ver la luna llena, sabed que la luz que veis es mi luz. Ved, para salir de día necesitáis vendar los ojos, los dueños de la cueva os enceguecieron. Acostumbraos a la luz con ojos naturales, y si entráis a la sombra disípalas con luz. ¡Corred raudas hacia el sol! No esperéis más almas sombrías, si habéis de enceguecer, es mejor la ceguera en el calor del día que en la fría humedad de la caverna.

El coro repetía:

-¡Corred hacia la luz! ¡Corred hacia la luz!

Había una hermosa música en el ambiente. Era una magnífica epopeya, una marcha triunfal.

Una confusa multitud emergió de ambas grutas, unas vestían trajes sacerdotales de los numerosos credos de hoy y algunos de ayer que aun persistían en la memoria de lo arcaico, otras parecían guerreros armados de flechas, lanzas, arcabuces y símbolos de la fuerza contemporánea, y a su alrededor la hueste de adeptos portaban toda clase de símbolos religiosos de todos los tiempos. Era un abigarrado enjambre humano arremolinado llenando el espacio entre la gruta de los dioses y la del sol. De entre este aglutinamiento, indiferenciado en su comienzo, comenzaron a emerger gentes de traje oscuro, entonando letanías – repetidas y potencializadas por el coro – y notas de doblar de campanas, cabizbajas se internaban y salían de una y otra caverna, y de otra parte gentes danzando semidesnudas, pletóricas de vitalidad y sensualidad, se mezclaban con la ya heterogénea muchedumbre de sacerdotes, guerreros y laicos, sin abandonar armas e insignias rituales.

De pronto, un grito agudo y angustiado brotó de entre la muchedumbre, y era repetido por el coro: “¿Quién fui? ¿Quién soy? ¿Quién seré?”. – Y una voz igualmente fuerte pero dulce brotó como del aire, e igualmente repetida por el coro: “¿Por qué teméis? Soy el que fue, es y será. Yo soy vosotros, vosotros soy yo”, y los rostros de todos los comediantes, por artificio escénico, tomaron una coloración azul y rasgos comunes siendo imposible diferenciar uno del otro, luego recobraban su anterior expresión para después tornar  a la coloración azul. Esto se repitió varias veces acompañado de una música orquestal que a Simónides le pareció sublime. Y como un terremoto, sin previo aviso, sobrevino la gran conflagración: Arremetieron, sin aparente causa alguna, todos contra todos, y la confusión fue grande. Los sables y puñales hendían  el aire manando sangre. Maldiciones y gritos de dolor y rabia apagaban la magnífica orquestación al tiempo que cuerpos heridos y otros llameantes se refugiaban en las grutas.  

Los músicos redoblaban sus ritmos, y estos se fueron apagando. Las puertas de las grutas se cerraron. Los ritmos comenzaron el descenso hasta el silencio total, el atrio quedó vacío. Solo quedó el coro, y la multitud de espectadores.

Simónides sintió un sacudón en las entrañas. Evocó la estancia en la gruta de la montaña, y halló no pocas conexiones entre este malabarismo teatral  y su vivencia. Dijo para sí: “Ya tuve mi teatro, y esto me causa nostalgia… Amo a estos comediantes”.

 Un horrendo espectáculo, que aunque teatral, no menguaba el sentimiento de tragedia, interrumpió las remembranzas de Simónides: Las cavernas se incendiaban, y gritos como de mujeres parturientas salían de su interior y eran repetidos por el coro. El coro arrojó las máscaras y aparecieron hombres y mujeres con diferentes trajes no obstante eran ellos mismos, y se mezclaron en la multitud.

Se apagaron las llamas y con ellas los gritos. Un informe montículo de cenizas ocupaba el espacio antes imperio de las cavernas. Y de entre las cenizas surgió un murmullo creciente y confuso de gentes vistiendo trajes de hoy y portando elementos que indicaban la actividad de su portador. Rostros tiznados con cascos de mineros, batas blancas, instrumentos de cirugía, telescopios, balanzas, redomas de laboratorio, hombres de anteojos, libros bajo el brazo, esquemas del mundo atómico, mapas estelares, imágenes de naves estelares, satélites, martillos, azadas, más instrumentos de labranza,… símbolos de comunicaciones inalámbricas, la historia de las conquistas del hombre estaba allí,… Simónides escuchó de nuevo la música hermosa y sublime, era el triunfo del hombre.

Los espectadores se abalanzaron hacia los actores, y les abrazaban como embrujados por la escena que acababan de presenciar.

Simónides vio regocijados a los promotores de la representación: el predicador, el hombre de ocre y al pordiosero ahora con aspecto empresarial y un gran cuenco reluciente en la mano.

-¡Excelente cosecha tenéis hoy! les dijo Simónides sonriendo.

– Así es – asintieron los tres- , no en balde ha sido tu prédica.

 –  ¡Otra vez con el ritornelo de mi prédica! Yo no predico, soy testigo de vuestra aventura. Si es por estos, no habrá uno entre cien mañana que no asista con el corazón arrepentido al encuentro diario con su deidad. Me refiero a esto…- concluyó dirigiendo la mirada al cuenco del ayer pordiosero, repleto y rebosante de donaciones de los eufóricos espectadores queriendo multiplicarla.

Tras una pausa, el hombre de ocre con la túnica fosforescente echa un revoltijo bajo el brazo, dijo:

-¡Simónides! Aunque lo niegues, eres el mejor predicador de esta feria.

Simónides replicó:

-El vestir trajes fosforescentes no da la calidad de iluminado, ni el empleo de lentes de aumento sobre la venda oscura aporta un lumen a la visión.

-Tú aun crees en la soberbia que es intentar invadir la frontera de Dios.

-¿Cómo traspasar fronteras inexistentes? Siendo Dios sin límites, ¿no estáis acaso siempre en el ámbito de su visión? Sois ilusión, vuestra realidad es ilusión, vuestra libertad es ilusión, vuestra luz es ilusión. Quitad a dios de vuestras ecuaciones y todas las incógnitas serán despejadas. La realidad cobrará materialización y la ilusión retornará a los recónditos entresijos de donde vino. Se os dijo: “Sin dios solo hay incógnitas”. Yo os digo: Sin dios toda incógnita será dilucidada.

“¿Qué son los actores sin máscaras? Estas son expresiones de la ilusión. Se recurre a ellas cuando se huye de la realidad. Seguirán por la vida con sus vendas y máscaras… ¡Están marcados! Pese a todo, el hombre libre brotará de ellos, él está latente, espera la incineración de su matriz para emerger fortalecido de sus cenizas. En esto habéis acertado”. 

Y dirigiendo la mirada a un grupo de sacerdotes que había entre los espectadores, y entre estos algunos emisarios:

-No está bien. Sería una abominación contra la libertad del hombre, la unión de estos credos. Deben desaparecer, y de sus cenizas y del rescoldo enfriado, surgir una religión armoniosa con la ley del hombre pues es para el servicio de este. No es una religión para dioses, no es para leones ni perros, es para humanos. Mandamientos y dogmas dictados por el hombre solo pueden ser aproximados hacia el hombre, ¿crear dogmas para otras especies? Intentadlo y entonces os conoceréis mejor. Y sabiendo que no eres el amo ¿qué clase de can eres cuando dictas normas a los perros?   

“La religión que no tenga al hombre como supremo objetivo receptor y merecedor de todo bien, es pútrida. ¡Ay de aquellos que beben de sus aguas! Son condenados a la ceguera en vida. Su envenenado espíritu extraviado en la locura ya no hallará la realidad en la tierra de la cual ha abdicado por enfermizo sueño.

“Cuando el hombre rendido, la guardia baja y tiene perdida la voluntad de lucha, abandonado en la pasividad exclama “¡Sea lo que tú quieras! Hágase tu voluntad”, dirige los ojos a la sombra y queda preso en la divinidad y la nada, doblegado en la ilusión mata al espíritu de lucha. Su cobardía le acompañará hasta la tumba.

“Cuando el hombre comenzó la indagación de las cosas una sugestiva iniciativa fue “¿Por qué no creer en dios?” Ahora, después de indagar y recurrir a la razón se pregunta “¿Por qué creer en dios?”. Preguntar “¿Qué religión tienes?” equivale a preguntar “¿Qué ropas usas?”. Se llega a una creencia religiosa como se llega a vestir. Es un camino de imitación. Deduzco vuestros credos por vuestras vestiduras.

“¡Transpórtate al presente hombre de la caverna! ¡Libérate de la venda que han puesto a tus ojos y ve las cosas a la luz de la realidad! Tened un renacimiento libre de ataduras y luego decidid el camino de tu pensamiento. 

“Imaginad la humanidad agrupada por religión y cada grupo con una teocracia acorde. Se destrozarían como perros rabiosos, y al final los restos exhaustos de los sobrevivientes por debilitamiento e incapacidad para lograr la hecatombe total, retornarían al primer minuto de civilización en comunión con la naturaleza y desterrando de sí toda huella de religión junto a sus instigadores. ¡Vaya forma de liberación!

“¿Qué será de los dioses hoy sobrevivientes cuando la ley natural sea panacea del hombre? ¿Qué dioses y credos agonizantes reptarán por la tierra? De los dioses de hoy junto a sus credos, no habrá huella alguna, quizás dos o tres excepciones hallen salvación en la historia del mito”.

La intervención de Simónides fue abruptamente rota por una entusiasta muchedumbre vivando a un hombre de cabello y barba largo y blanco, de aspecto venerable, entrado en años. Su presencia inspiraba respeto. Venía sentado en una silla a manera de trono, empotrada en andas cargada por seis robustos mozos vestido a semejanza del hombre transportado: bata blanca cruzada con cintas rojas y moradas. Otros cuatro mozos, dos a cada lado, sostenían un magnífico solio protegiendo del sol y el agua la testa del hombre. El pastor – predicador -, luego de mirar el reloj de su muñeca, dijo a Simónides:

-Lástima que tengas que interrumpir tu charla. Buena azotaina estabas dando a estos cabezas duras. Ojalá en cuenta lo tengan a la hora de reescribir religión. El tiempo permitido para nuestro teatro ha expirado. Veamos con qué salen  el de sotana blanca y su séquito.- Y se dirigieron a la palmera que había dado sombra a Simónides.

El hombre era de rostro adusto, no había signos de sonrisa en él. Gentes de su grupo al unísono gritaban: “¡Escuchad al sabio! ¡Oíd al santo! ¡Recibid su bendición!”.  Los transportadores se detuvieron en el sitio ocupado antes por el coro. El hombre, apoyado en un cayado de bambú de siete nudos, descendió, escogió una silla de las brindadas por los adeptos, y sentado habló:

-Queridos míos: Los seres vivos tienen el hábito de saludar la aurora: el ave con su canto, el león con su rugido, el asno con su rebuzno. Y a la tarde, a la puesta del sol, despiden al día y saludan a la naciente luna y estrellas con trinos, rebuznos y rugidos de un dejo especial diferente al de la mañana, así  que sus trinos, rebuznos y rugidos me dicen si es a la aurora a quien saludan o es al día que despiden. ¿Tú con qué saludas la mañanera luz del sol? ¿Con qué despides el día y saludas el advenimiento de la noche?

La muchedumbre rodeaba entusiasta al que así hablaba. Y pronto, los sacerdotes a los que antes se dirigiera Simónides, ahora reverentemente mezclados entre las gentes, escuchaban atentos como hipnotizados, las palabras del santo. Uno de ellos dijo:

-¿Nos habremos equivocado de hombre? ¿No será este nuestro hombre y no Simónides?

El hombre de ocre dijo a Simónides:

-En verdad es un santo, ¡el danda (1) que su mano sostiene no significa otra cosa!

-Tan cierto eres tú sanyasín (2) por tu traje y marca de cúrcuma como él es santo por el báculo- replicó Simónides con desgano.

El santo continuó:

-Para no cansaros, voy a divertiros unos minutos: Entre lobos aúllo, entre ovejas balo, entre vacas mujo, cacareo en el gallinero, siseo con la serpiente, entre asnos rebuzno y entre hombres y loros parloteo.- Calló, y tras una pausa, de su séquito salían comediantes disfrazados de animales; imitando a los animales remedados, emitían el sonido propio de la especie representada.

– Es lo más parecido a dios que mis ojos hayan visto hoy – dijo Simónides a los tres acompañantes, mientras la muchedumbre comenzaba un carnaval y se preparaban atuendos y danzaban imitando a los diversos animales conocidos y remedando sus sonidos, teniendo como guías a los actores del santo. 

A una señal del santo, todos enmudecieron. Este habló:

-Aunque el lobo esté de juerga, su aullido para mí es tristísimo. Se acabó el descanso. Volvamos a lo que vinimos. Mis palabras son claras y no río revuelto. No tenéis que emplear la caña en ellas. Los peces saltan a sus playas, basta tomarlos con la mano y echarlos en la sartén.

Tras una pausa, luego de mirar hacia la muchedumbre sin punto específico, continuó:

-¿Cómo saber cuándo hablo para vosotros y cuándo para mí? Cuando digo cosas que no hago ni puedo hacer, hablo para vosotros. Cuando no sentís lo que digo, y dices que hablo a un ausente y lejano oyente, has de saber que estoy hablando de mí y para mí. El bullicio es ajeno, los silencios son míos.

-¿Cómo hemos de hablar para nosotros mismos? – inquirió uno de los sacerdotes emisarios.

El santo replicó:

-Comenzad con hablar menos y oyendo más hasta volveros mudos y solo oídos. Comenzad a percibir disminuido el ruido hasta llegar a la sordera. Abrid los ojos y luego idlos cerrando hasta la ceguera. Y cuando hayáis conquistado la mudez, la sordera y la ceguera, próximos estaréis a la realidad. Así entrareis al camino de las realidades y la ilusión se alejará de ti.

-Sin duda – dijo Simónides al trío – habrán conquistado el imperio de la inacción y la extinción.

-Las palabras huyen de mí – continuó el santo mirando fijamente a la concurrencia – Y una inconciencia cada vez mayor de las cosas que hay dentro de mí y de las de afuera, me da una creciente paz que refresca mis sentidos. Queridos míos, hasta hoy acostumbrados a mi locuacidad, tendréis que aprender de mis silencios.

-Hay sabiduría en su prédica- murmuró el pordiosero de ayer.

-Cierto – asintió Simónides – y sabio es su parlamento y sabia la solución para obtener ventaja de su creciente enfermedad del olvido.  Acercaos  a él, algo más podréis aprender que ayude a mejorar vuestro teatro y vuestro transporte. He de veros paseando en regio carruaje y bajo solios protegidos del sol, la lluvia y el viento, bien merecido por vuestro teatro. – Se alejó hasta ya no percibir las palabras y la imagen del santo y la hueste rebaña, ni al trío que  apreciaba en su corazón.

 

 

 

 

 

(1) Danda: Báculo portado por algunos santos en  India.

(2) Sanyasín: En India. Especie de monje caminante. Renunciante.

 

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