Feria madre (decimotercera entrega)

Por Pedro Pablo Escobar

(http://elviajedesimonides.blogspot.com/)

Hoy Simónides habrá de dirigirse a un grupo de personas que asisten a una comida. Si desean leer la anterior entrega, acá lo podrán hacer:

CAPITULO  XIII.

DE LA VERDAD.

El sitio de la pesca se hallaba en un lugar apartado, bañado por el río en la porción boscosa de la ciudadela, rodeado de densa vegetación que en partes impedía la visión del cielo. Sus aguas lamían grandes rocas. Una acequia alimentaba la presa de la pesca. El sendero que a ella conducía estaba bordeado de floresta natural. Aves variadas no cesaban en sus trinos. El sendero terminaba en un  espacioso patio. A un costado había una enramada a manera de restaurante al aire, y al frente un pequeño lago creado por la acequia del riachuelo que corría ruidoso a unos cien pasos. Las gentes pagaban en una ventanilla el valor de la cena y recibían a cambio una caña de pescar y aprovisionamiento de carnada. Sobre rocas medianas demarcando la represa, había gentes con sus cañas tiradas al agua. Había paz. Simónides observaba con nostalgia la escena. En su corazón sentía que esto no sería duradero, había rumor de odios crecientes entre practicantes de credos, y aún de muertos no confirmados oficialmente a manos de guardias sinodales oponentes. Sin embargo, el ambiente aunque tenso era de calma exterior. Las personas sencillas eran lejanas a esta situación, el sueño de integración a través de una religión universal aun animaba a muchos corazones. Por un instante Simónides permitió que la tristeza punzara su corazón. Pronto volvió a su habitual serenidad. 

Cada cual tiraba el anzuelo con la caña. Al sacar al pez si no tenía un mensaje colgado tras las agallas era devuelto al agua y el pescador reiniciaba la pesca. Y sonreía triunfante cuando del pez colgaba un frasco conteniendo el mensaje. El pescador entregaba el pez a la cocina para la preparación de su cena y a cambio recibía una papeleta con un número, y luego, era libre de leer y meditar en el mensaje. Podría haber pescas venenosas o de peces que heridos intentarían atacar a su captor, así que un experto vigilaba la pesca para evitar eventos desgraciados. Había un letrero en medio de tan singular paraje: “El pez grande se traga al chico. El pez chico digiere al grande convertido en carroña. Es el ciclo de vida, ley de compensación  a través  de la permanencia. No siempre el pez hermoso contiene bello mensaje, podrá ser apetitosa su carne y amargo el mensaje, podrá ser su carne venenosa y entonces es necesario devolverlo al agua y reintentar la pesca. Debes sopesar la posibilidad de que el pez que ha mordido tu anzuelo, sea tu verdugo. Cuídate entonces, ten paciencia y se afortunado en la pesca de tu cena”.

Sobre otras rocas algunos comensales aguardando la cena, meditaban en el mensaje proveniente del pez, mientras escanciaban bebidas que tomaban libremente de una mesa dispuesta para ello. De vez en cuando una moza tras el mostrador gritaba un número y el poseedor del cartón con el número coincidente iba a ella y recibía una bandeja con el suculento fruto de su pesca ricamente aderezado con otras viandas, y ataviado con el tesoro gastronómico se retiraba hacia las mesas destinada para disfrutar la merienda. Unos y otros intercambiaban comentarios acerca de los mensajes pescados que muchas veces por coincidencia parecían estar relacionados con la inquietud capital del pescador, ocasionando el rumor de que eran testigos de una milagrosa pesca.

Le fue preparada una mesa especial a Simónides quien cortésmente se rehusó a tomar caña y carnada. Y para no desairar a sus anfitriones accedió a tomar una frugal cena a base de frutas y hortalizas frescas, y un vaso de agua del manantial. Mientras degustaba lentamente, muy lentamente la cena, observaba apaciblemente y en silencio a los pescadores, a los comensales, la estancia, la represa y el bosque. Esta imagen no le abandonaría jamás, y agradeció en el corazón a los anfitriones quienes al verlo así no osaban importunarlo ni quebrantar su silencio con conversación.

Los tres, Aristos no estaba con ellos, se acercaron a Simónides, y uno habló:

-Señor, la cena ha terminado. Le solicitamos vuestra intervención a manera de sobremesa. Muchos comensales hallarán grata vuestra prédica para dilucidar sus inquietudes.

Simónides hizo un gesto de complacencia. Eligió una roca grande en uno de los costados de la presa, y la tomó como asiento. Las gentes le rodeaban a los lados y al frente, sentadas o de pié unas en las rocas y otras en la hierba.

Habló:

-Sin buscarla me habéis endilgado la virtud de parlanchín. Así sea. Habéis venido a saciar el apetito, saciado está, ¿pero lo está el hambre de vuestro espíritu? No voy a henchiros y deseo que esa hambre crezca y cada cual la trate a su manera. Mas no es mi intención que os vayáis con las manos vacías. Esa hambre y sed que sentís la siente todo insatisfecho aspirante a la felicidad, hablemos de ella.

“A menudo el sufrimiento es una reacción del individuo ante cosas por otros  catalogadas como falencias. Cuando temprano comienza el sufrimiento, a menudo surgen genios y misántropos ansiosos de conquista, y el ejercicio de superar obstáculos los hace aptos en alto grado para afrontar el entorno. Sin embargo, lo natural es eliminar el sufrimiento. Gratificante es la existencia de genios alegres.

“La causa del sufrimiento es el deseo, infirió el gran asceta partiendo del Sansara como suprema realidad. ¿Cuál entonces la inferencia de felicidad? Palabra innombrable en su argumento y sin embardo bien tatuada en la frente de todo hombre. ¿No es esta la íntima y suprema constante búsqueda del hombre? Si esto es realidad, la causa del sufrimiento es el deseo insatisfecho, la ambición irrealizable, así que su alimento es la permanente insatisfacción, así que un sendero válido a la felicidad es el deseo en realización y la capacidad de tener siempre siquiera uno presente. También causa sufrimiento el no aceptar la realidad que la implacable naturaleza brinda; pues bien, si no podéis domarla, aceptadla con resignación, y si no deriváis dicha en ello que tampoco motive congoja en tu corazón. Dentro del innúmero de situaciones de dicha la más común y preferida es la sensualidad complacida. ¡Gloria a Baco! Veneno de los predicadores de la abstinencia es la tristeza, más en sus solitarias cavilaciones a veces les inunda una chispa de sensualidad, momento ínfimo y suficiente para hacerlos sentir así sea un momento que la naturaleza aunque apagada por el rezo y el flagelo, emerge del rescoldo, y entonces, en esos sublimes instantes de extravío, vuelven a ser humanos.

“La felicidad es el medio, el camino y el fin. Es pues vuestro derecho y deber ser felices entre vuestros límites. Reitero: Causa del sufrimiento es el deseo insatisfecho. Aprended a desear, a satisfacer vuestro deseo y a renovarlo adecuadamente. La felicidad es un continuum de deseo y satisfacción acompañada de un intermitente sentimiento de placidez. Sabed que entre las varias caras de la satisfacción priman la física y la intelectual, la primera deviene del deseo, la otra tiene arraigos en la abstracción e interiorización del individuo y el entorno. Sed felices dentro de vuestros límites. Desarrollad el arte del desear justo y correcto. Un deseo justo y correcto es aquel que conlleva al bienestar del individuo, de la comunidad y de la especie.   

“La virtud es soporte de la felicidad, y su contraparte lo es del sufrimiento. Hay virtudes para vuestros sentidos y virtudes para vuestro intelecto. Cada una con su contraparte son grados extremos de la misma cosa. Coexisten para vuestro servicio, aprende a manejarlas, se su maestro, no su esclavo. El hombre del común goza y sufre, el avisado goza, el sabio no sufre ni goza, se solaza. ¿Quién es sabio? ¿Es pues la verdad una virtud? Al igual que la razón, es fuente de felicidad o desdicha según la expectativa del experimentador.

 

“En el dolor y en el placer, en la ganancia y en la pérdida, en la soledad y entre la muchedumbre, en la cima y en el abismo, en el sueño y despierto, lúcido y embriagado, en los extremos y en la parte media, en la niñez, la juventud, la adultez y la vejez, en la vida y la muerte, eso que no muda eres tú. Lo que no cambia, y… ¿qué no cambia? Es tu dilema, ¿qué hay en ti? ¿Qué te compone? ¿Qué eres tú? ¿Quién eres tú?… Viene a mi mente el primer encuentro con  el hombre de ocre…

“Bastante tenéis para indagar viendo pasar estas claras aguas. Quizás sentado en una roca lances tu interrogante al agua y solo te levantes cuando el agua mensajera retornando a su nacencia por este mismo cauce vuelva a ti con la respuesta. ¡Pescador de verdades, se paciente!

-Solo un milagro o un gran pecado  –  exclamó un oyente – podría realizar tal cosa.

Simónides contestó

-Preciso es soñar la cosa para que suceda, mas con soñarla no sucede la cosa. Del soñar brota la idea de la cosa, y de la voluntad la acción que la concreta. Sueño, voluntad y acción, de la necesidad expresión son. ¿Qué es la necesidad y qué la cosa? La necesidad es la ley. La ley induce hacia la cosa, y esta deduce la ley. No hay misterio en esto, es la realidad. En su unión reposa la anhelada unidad de donde emana la diversidad estructurando toda existencia.

“La verdad es una faceta de las mil en que se expresa la realidad. 

“Esta verdad no es permanente. Su postulación está precedida de “Si…”. De “Hoy estás vivo y mañana muerto”, infiere que no siempre estarás vivo SI estás vivo,  y no siempre has estado muerto SI estás muerto”. “Estas vivo SI…”, y “Estás muerto SI…”.

 “Piensa que dos más dos superan la suma de la fórmula y el universo habrá cambiado para ti e ingresado al plano de la creación y la diversidad. Piensa que son tres y estarás destruyendo tu universo de regreso a la unidad.  Tú,  hombre de ocre – dirigiéndose a este – Continúa. Háblanos de unidad y dualidad.

– De la gradación emanan los extremos, de estos la ilusión de dualidad, los cuales al unirse se aniquilan como una serpiente engulléndose a sí misma por la cola, y surgiendo la unidad que presente siempre estuvo. La dualidad es una aptitud virtual de la unidad. La sed de conocimiento alimenta el impulso de medir, y para medir se asigna un punto en el objeto dividiéndolo en el par de opuestos creando la ilusión de dualidad.  De la dualidad surge la multiplicidad. Eliminad el punto y la cosa retornará a la unidad, aunque en verdad la unidad jamás ha desaparecido. ¡Ella es la realidad! La multiplicidad es una aptitud y una ilusión de la cual no te liberarás. El eliminar puntos de referencia conducirá a la unidad. Mas estas atrapado, esa ilusión es tu realidad. La unidad parece ser la realidad primigenia. Del acto de medir como impulso de conocimiento, surgió la dualidad y la multiplicidad. El retorno a la unidad es el regreso a casa, es volver a la verdad. ¡Qué tan distantes estamos de ella! ¡No! No hay distancia, siempre estamos en ella. No hay conciencia de esto, el solo pensarlo nos sumerge en la ilusión de la dualidad. Seguimos un camino asumiendo pautas de referencia, mas al ir deshaciendo la madeja de referencias, nos acercamos a la meta, como el hijo que ha partido a lejanas estancias y ahora retorna al hogar. Y en esa dualidad, hemos construido de la ilusión una a manera de realidad dedicándole una existencia estéril.

– Basta por ahora hombre de oriente – interrumpió Simónides -, luego de la cena que hemos disfrutado es difícil digerir tal postre. Intentaremos deglutirlo en la abstracción de nuestras interiorizaciones. Volvamos a dónde íbamos. Dad a cada cual tanta verdad como pueda soportar. Más de la que pueda vivenciar es la muerte.

“Este ambiente y esta cena han adormilado mi espíritu. Así que ilustraré la sentencia con una anécdota:

“Había un hombre común en un país próspero. Complementando su dicha, tenía una hermosa y virtuosa mujer, dos hijos hembra y varón ambos sanos adolescentes,  un trabajo que le garantizaba el sustento a él y familia, y numerosa amistad en el vecindario y en el sitio de trabajo. Era una vida monótona, segura y satisfecha. Un día despertó hastiado con sentimiento de “vacío en el alma”. Recurrió al sacerdote de la localidad en busca de “llenado”, pero ni el rezo, ni las penitencias ni las contribuciones a la obra de Dios le llenaban. Oyó hablar de un maestro venido de oriente, experto en las artes de la meditación y el ascetismo. Tras salir victorioso de algunas pruebas de paciencia, fue aceptado por el asceta. Transcurridos unos días de sadhana (1), sintió “llena el alma” y reemplazó las actividades mundanas innecesarias por solitarias meditaciones que comenzaban en la noche invocando la guía del nuevo y amado maestro y culminaban en las primeras horas del amanecer dándole apenas el tiempo justo para dormir dos horas y reintegrarse a la rutina oficinesca. Un día el maestro, en vísperas de regreso a su tierra, viendo la amargura del discípulo ante la proximidad de la partida, a manera de regalo, le enseñó un mantra y el rito para invocarle con la promesa de que acudiría a su llamado si era justo y únicamente por dos veces y en cada una le concedería la materialización de un deseo. El maestro retornó a su país, y el hombre persistía en su espiritual ejercicio. Día a día crecía la fama de su santidad y sabiduría, y las gentes acudían a comunicarle sus cuitas y a buscar consejo, y a cambio le hacían alguna donación por lo general acorde a la disponibilidad económica del consultante y la magnitud del problema planteado. No necesitando más la oficina como sustento, la dejó y adaptó la vivienda como consultorio. No siempre el consultante era honesto en la confesión de su problema o en la intención ética de la consulta llegando a veces a cometer pecados graves aun siguiendo los consejos siempre bienintencionados del buen hombre. Con el tiempo, su visión y oído ganaron  agudeza, y notó que en la mayoría de los casos el timbre de la voz y gestos y ademanes del consultante tenían estrecha relación con el tema de consulta, así que halló un patrón que pocas veces era violado por el consultante, agrandando su fama a la que se sumó la de “lector del alma”. Un día, contrariado por la no siempre sinceridad o claridad del consultante, dijo para sí: “Si pudiera escuchar el pensamiento ajeno evitaría el engaño y mi tiempo se reduciría a solo la atención del consultante”.  Ejecutó los rituales de invocación, y en el momento apropiado entonó el mantra. Sintió la presencia inmaterial del maestro, y en su mente escuchó la voz: “Aquí estoy ¿Por qué has interrumpido mi reposo?” “Señor – replicó el hombre – concédeme escuchar el pensamiento ajeno al contacto de mi visión”. Tras un “¡Así sea!” desapareció la sensación de la presencia. La tragedia del don comenzó en el desayuno del nuevo día: Sentado en el comedor, contactó con la vista a su señora colocando los platos sobre la mesa, y en su mente escuchó la que parecía ser la voz de ella: “¡Inservible padrón! Ve pronto a tu consultorio a esquilmar tus ovejas mientras yo me deleitaré con mi amado que ansioso debe estar esperando por mí. El sí  sabe hacerme feliz, sí que sabe escudriñar mi sexo, el solo imaginar el roce de su cuerpo con el mío me aproxima al orgasmo que tú cerdo e inapetente egoísta me niega cada vez que descargas tu asquerosa porquería en mis entrañas. No sabes cuánto cuesta purificar mi cuerpo de tu huella para estar agraciada y fresca para mi querido. Como te odio tonto, cansado e inapetente chivo, aliméntate bien para que tengas la energía de estar echado todo el tiempo escuchando la idiotez de tu estúpida clientela. Come rápido para que yo pueda libre de tu presencia ir al encuentro de mi amado. Dios de todos los cielos, ¿por qué eres injusto conmigo? ¿No asisto acaso a tu ritual como es lo ordenado? ¿Mis diezmos no tienen valor? ¿Por qué no te llevas de una vez por todas a este cansado buey para que yo pueda gozar las dichas de este mundo sin el temor de su presencia? ¿Por qué no muere pronto y que yo pueda así unirme sin temores con mi amado? ¿Cómo podría yo en el cielo convivir con este miserable? En vez de paraíso sería el eterno infierno. Sé justo Dios del universo, llévate pronto a este animal amaestrado para la oficina y ahora para consejero, mas jamás para aplacar el fuego de una mujer ardiente”. Estupefacto el hombre volvió la mirada hacia sus hijos, luego a su señora, y así la estuvo rotando anonadado sin entender lo que estaba sucediendo. Solo escuchaba pensamientos de fieras sedientas de sexo, sadismo y masoquismo, deseos criminales, quejas por ambiciones inalcanzables de confort y placer, y en casi todo coincidían que él, su sostenedor, que dedicaba todo el tiempo y esfuerzo en el bien de aquellos, le consideraban la causa mayor de sus males, “¡Muere! ¡Muere cerdo!” era el eco persistente y retumbante en su interior, y ya no distinguía de quién eran las voces ni a quién se dirigían, ni si eran ecos de realidades o de pensamientos ociosos y deseos fugaces o persistentes. Un frío recorría su espina dorsal: ¿era la voz de ella? ¿De ellos? ¿La suya? ¿Venía de lejos? No había manera de establecer fronteras. Al cerrar los ojos o quitar la mirada a su familia, las voces cesaban, mas reiniciaban el ataque con solo posarla en cualquiera de ellos. No soportó más. Se levantó desfigurado por la sorpresa y la angustia, arrojó los platos con el alimento – aun sin probar – contra la familia y salió presuroso balbuciendo “Oh santo Dios, ¿por qué no morí en el vientre que me parió antes que escuchar la maldición de estas bestias? Dios, sé misericordioso y dame la muerte”. “¡Enloqueció mi hombre!”, “¡Enloqueció mi padre!” se escuchó repetir en el comedor mientras el hombre se encerraba en el cuarto que había adecuado para meditación. Tras un agotador esfuerzo logró serenarse, hizo los rituales de invocación, y por último, entonó el mantra. Como antes, sintió la presencia inmaterial del maestro, y en su mente escuchó la voz, esta vez con un dejo de contrariedad: “Aquí estoy. ¿Por qué has interrumpido de nuevo mi reposo?” -“Señor, replicó el hombre, concédeme ser ciego, quita para siempre la visión de mis ojos”. Tras un “¡Así sea!” y un “¡Hasta nunca jamás!” lleno de inenarrable tristeza, desapareció la sensación de la presencia, y comenzó la permanente oscuridad en la visión física del cazador de verdades.

“Veo que se ha aligerado la pesantez de la cena. La gente es dada a crear mentiras para explicar la verdad, y al fin de cuentas crean tantas mentiras como verdades quieren saber, y luego cuando ven una verdad, dicen que es una falsedad porque no coincide con su mentira.

“En esa búsqueda del gran tesoro, de los secretos últimos del alma, los aventureros parten de pequeñas verdades y arriban a grandes mentiras, y logrado el fin, unos mueren y otros se autoproclaman poseedores de la verdad. Reverenciados son por la miope y perezosa muchedumbre. Quiero mi aventura en reversa, desintoxicante, que partiendo de pequeñas o grandes mentiras lleguemos a pequeñas y grandes verdades, ardua será esta aventura, mas seremos guiados por el amor a la existencia,… 

“De las palabras dichas solo una en mil es escuchada, de ellas solo una en mil tiene alguna significación, de estas solo una en mil tiene visos de verdad, y de estas en mil, novecientas noventa y nueve son incomprensibles. ¿Cuál y dónde está la palabra de verdad?

“Sé que “mis verdades” no son absolutas, siempre habrá alguna negación a “mis afirmaciones”, siempre habrá situaciones que les reste cobertura, y es que estas verdades y estas afirmaciones apuntan a la generalidad y no a la excepción.

“Ah! Quisiera que sabios y teólogos broten de entre las miasmas de alambiques y redomas  de los laboratorios con fórmulas y números bajo el brazo y rótulos de “lo probable”, y no de la cátedra obtusa de los  recintos sombríos de solitarias cavernas y conventículos donde la sombra y el aire quieto impiden la respiración y la visión, con un amasijo de textos nebulosos y malolientes bajo el brazo con rótulos de “la verdad, el dogma, lo absoluto”.

“La verdad se enriquece junto con el conocimiento. Somos ignorantes en las cosas que están más allá del horizonte. ¡Qué tan pobre es la verdad y que tan inmensa la soberbia el pretender ser poseedor de verdades más allá de la frontera de la razón y el conocimiento!

“Puesto que hoy soy el hablador, ahí va otra anécdota: Un día un joven buscador de verdades, agotado en el camino, hizo un alto y sentado en un árbol caído, cerró los ojos concentrado tratando de vislumbrar el fin de su búsqueda. Fue vuelto a la realidad del sendero por la presencia de un anciano a quien interpeló: “¿Quién sois en este solitario paraje?” – El anciano dijo: “Soy tu visitante. Tiempo vendrá en que reseca la garganta y lacerados los pies tras la inútil marcha día tras día y noche tras noche a través de montañas de roca  y valles desnudos  y secos,  y ardientes desiertos, en pos de la verdad esquiva, o del consolador supremo, encontrareis la fuente que sacie tu sed y tu hambre; tarde será, pero será. Y entonces esa agua saciará tu sed, y con ella lavarás tus ojos cubiertos por la arena, y veréis aproximarse al sabio que saciará tu ansia de conocimiento. Saciados garganta y mente, verás con mayor claridad lo que crees son las cosas, y aprenderás sus nombres, y darás nombres a las cosas que de él carecen. Pasada esta embriaguez  lujuriosa, recordarás que ya has pasado por estos parajes y haber sido visitado por el mismo visitante, y haber visto las mismas cosas con otros ojos y otros nombres, y entonces continúas el camino por montañas y desiertos en la eterna búsqueda, y llegarás otra vez a este sitio, y lo mirarás con otros ojos y nombraras las cosa con otros nombres, y entonces decidirás hacer alto en tu peregrinar, y pronto descubres que son cosas diferentes, la similitud te ha tendido una mala jugada, todo es parecido pero no idéntico, y agotado no sabes si morir en el sitio o continuar el peregrinaje; tal vez te animes a seguir, pues el peregrino no muere en el sitio, su sepulcro está en el camino.

“Triste este eterno peregrinar, dijo el joven, este eterno ir de fuente en fuente, este eterno ver las cosas con otros ojos y este eterno nombrarlas con otros nombres.

“¿Eterno?, replicó el anciano , ¿Cuál fuente, montaña, o búsqueda es eterna? Si desentierras a tus muertos, verás en qué montón de ceniza y barro se han trocado. Si regresas tus pasos, verás con claridad que nada es igual a ayer. Montañas, desiertos, fuentes, cosas, son otros, y tu sorpresa mayor será cuando encuentres un cuerpo muerto y calcinado a la vera del sendero y entonces descubrirás que ese eres tú extenuado y extinto en el peregrinaje.  Y ahí terminará tu osadía y aventura. Si regresas, cuídate de mirar a la vera del camino si de verdad aspiras llegar a sitio alguno. El camino no es un círculo, más parece una espiral delineando un cono.

“- Pero tú, maestro, ¿cómo es que llegaste hasta acá bajo mi conjuro?

“-¿Conjuro? ¿Llamas así tus oraciones de indefenso? Te has cruzado conmigo en cada fuente. Y en cada montaña y en cada desierto he visto mi cadáver a la  vera del camino, y continúo porque muerto no puedo permanecer más de un segundo.

“- Señor, soy un buscador de la verdad. Sé que la posees y puedes hacerme partícipe de ella.

“- ¿Yo poseedor? – Replicó el anciano – La verdad al igual que el tiempo y el espacio, es relativa. Así cada cual tiene su propia verdad, la media verdad, la aproximación, y su contraparte la mentira. Esto hoy es, mañana no será. Y cosas que hoy no son, mañana serán.

“-¿Entonces la verdad no es eterna?

“-¿Sabes siquiera que es lo próximo a lo próximo a lo eterno? Ved la realidad de hoy. ¿Por qué hundirte en profundidades e indagaciones que tu mente no podría digerir con sensatez?

“-¡Oh señor! Me habéis dado un vaso de vuestra sabiduría, ¿cómo pretender que mi sed una vez despierta quede saciada así no más?”

“ Y el anciano le contestó: Terco joven. Digo para vuestra tranquilidad que el ser individual es perecedero. Es un suspiro congelado en la imaginación. Revívelo y tornará a la inexistencia. Aun el ser colectivo es perecedero, y porque su duración supera nuestra efímera existencia, lo creemos de persistencia inagotable. ¡Otra jugarreta de esa ansia irracional de eternidad surgida como rebelión a una realidad menospreciada!” 

 “-Estaba dormido sobre una verdad, arropado con una mentira. Ahora despierto no sé si estoy sobre una mentira arropado con una verdad. Harto difícil saber nuestro sitio y momento. El ropaje era como mi espíritu y lo sucedido allí era como mi verdad en una embriaguez”.

 “-Sigue el camino conducente a lo total. Si te es imposible busca la aproximación. Si aún esta te es esquiva, aun sabiendo la inutilidad del esfuerzo, persevera en el camino, a algún sitio has de llegar”.

“Terminado el diálogo, el anciano continuó su camino deshaciendo la ruta del peregrino.

“Cuantas veces lo que crees verdad está en ti, y sin embargo la buscas en la escuela, en el maestro, en el predicador, siempre fuera de ti. Y concuerdas con ellos en la medida que sus dictámenes son análogos a los tuyos. En verdad, no has buscado la verdad sino la afirmación de tus apreciaciones. Sin embargo, la verdad de afuera es infinita respecto a tu verdad interior.

“El hombre es inclinado a crear en el mundo de las formas, y en ello es un maestro, mas ignora que la forma es una ilusión en cuanto no envuelva un cuerpo. Es una sombra y como tal efímera. Pero a ellas ha dedicado culto y lo mejor de ingenio: hacer realidad la sombra evadiendo su material realidad y traicionando su existencia. Y entre más alejado de esta, entre más distante e incoherente es, más reputado de virtuoso es apreciado.

“Decid cada verdad con una sonrisa, y la gente reirá exclamando “¡Qué excelente payaso!”. Oyentes míos, sed buenos payasos, pero no tanto que lleguéis a la soledad, esta es una carga pesada. Más si a ella llegáis, alegraos, porque entonces sabréis que estáis en los linderos del hombre libre.

Simónides hizo un gesto que parecía una despedida y se alejó en silencio y solitario por la senda bordeada de bosque por donde había llegado.

 

(1) Práctica de disciplina espiritual.

 

 

 

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