Feria madre (decimocuarta entrega)

Por Pedro Pablo Escobar Escárraga

http://elviajedesimonides.blogspot.com/

Simónides continúa discutiendo en la gran feria de los mundos. Acá podrán leer el capítulo anterior:

cerebro1

CAPITULO  XIV.

DE LOS PREDICADORES Y DE LOS PROFETAS

En los primeros días de la feria la multitud heterogénea se mezclaba, y una sonrisa bienintencionada había en los rostros. Pero a medida que pasaban los días, el ánimo universal fue cediendo a los sentimientos de grupo, y los diálogos que en principio parecían amigables y animados en los jardines se tornaban en intolerantes discusiones, a tal punto que no pocas veces de las amenazas verbales se pasaba a los hechos, y entonces fue necesario declarar de exclusivo uso el parque lindante de la derecha de cada templo para adeptos del mismo, y fueron apostados guardias experimentados antimotines en el primer nivel de la torre, al ser este el acceso a los templos, ascensores y jardines, y lugar más proclive a la reyerta. El nivel superior del zigurat, sitio del sínodo universal, era escenario frecuente de álgidas disputas y muchas veces los jerarcas líderes para no caer en desprestigio y llegar a rompimientos sin retorno, suspendían sus congresos, y postergaban la continuación por dos o tres días, tiempo que dedicarían a apaciguar el enardecido espíritu de la indómita grey.  El desaliento y la desesperanza de estructurar un credo universal, y la quemante noticia de que Simónides estaba mercadeando verdades y medias-verdades en “El zaguán de la verdad” fue la razón para que por segunda vez enviaran una comitiva  numerosa en busca de Simónides con el propósito de arruinar su venta. El que parecía ser el superior del sínodo les encomendó: “No habrá religión sin Dioses. Qué pretende entonces Simónides? ¿De cuál bizarra religión es profeta? ¿De qué culto es sacerdote? No tiene dios, nadie sabe de su culto, mas es muchedumbre quien le escucha y hasta tiene discípulos. Compradle todas sus verdades y medias-verdades, y comprometedlo a venir a rendir cuentas al sínodo. Es intolerable esa anarquía que unida a las que ya tenemos, nos llevará a la ruina. No falléis esta vez, idos en su búsqueda”.

Era cierto. La tarde anterior, en una alcoba de hotel, Simónides miraba imperturbable la caja donde guardaba el dinero destinado para la permanencia en la feria. La caja estaba semivacía. Entre abandonar la feria o continuar en ella un tiempo más, optó por lo segundo, diciendo para sí: “No de palabras vive la especie, sino de sol, aire, agua y pan. Estos nutren al cuerpo, este nutre a la mente y ésta a las palabras. Hasta ahora las palabras han vaciado mi  bolsa, que por siquiera una vez ellas la llenen. Cada cual vive de su aptitud. Es contra  natura aceptar sin lucha la indefensión para vivir”.  Tomó el poco dinero que restaba en la caja y con él compró una resma de fino papel,  cortó en angostas tiras los pliegos, y en cada una escribió alguna frase al estilo de sus sentencias, las clasificó en tres grupos según su extensión, a las más cortas llamó verdades, a las intermedias llamó medias-verdades y desechó a las extensas al considerarlas susceptibles de mentira; introdujo las dos primeras en sendas bolsas, una clara y otra oscura, y con este tesoro en las primeras horas del siguiente día se dirigió a la calle llamada “El Zaguán de la Verdad”. Sentado sobre la barda contrató a un párvulo con expresión de pilluelo para pregonar, y a fe que lo hacía vigorosamente: “¡Medias-verdades a diez, verdades a cien!”. Al rato, una heterogénea multitud hacía fila para adquirir verdades y medias-verdades. Fue una sesión bien rentable para Simónides y su infante pregonero. El método de venta era sencillo: Recibido el dinero, el comprador introducía la mano en la bolsa de verdades o medias-verdades según la cobertura de la adquisición, y llevaba el producto para su pronta lectura, y no pocas veces intercambiaba la papeleta con otros adquirientes multiplicando el fruto de la compra.

-¿Cuál la razón de esos precios? – Quiso saber uno de los visitantes luego de adquirir unas siete verdades y otras tantas medias-verdades.

-¿No vale una verdad diez medias-verdades? – respondió Simónides, y agregó: – Arbitrario es el precio de una verdad, y ¿quién podrá tasarla en precio justo? Hoy, es costumbre que una media-verdad valga diez verdades, y una mentira cien medias-verdades. Gran negocio es el mentir, pero solo os ofrezco verdades y medias-verdades que al fin y al cabo con algo he de saciar las tripas.

-Y ¿cómo saber cuándo es verdad, media-verdad o incluso mentira? – interpeló el visitante.

-Las dos primeras son una u otra según la bolsa de que provengan. Una vez fuera, son indiferenciables. En cuanto a la mentira la sabréis por su precio, son bien costosas. La experiencia, la ciencia y la razón os lo dirán– respondió Simónides.

-Mejor negocio para vos vender mentiras – replicó el visitante.

-Astuto sois – dijo Simónides -, Arte difícil es mentir. – Y acercando los labios a un oído del visitante, le susurró: – Si buscáis mentiras id a los tahúres, políticos, teólogos y profetas. Aunque en verdad los dos primeros son más confiables al ser conscientes de sus mentiras lo cual es sabido y aceptado por las gentes. En los otros dos hay perversidad, pues de tanto predicar la mentira la han trocado en su suprema verdad, dando a su prédica tintes de sinceridad.

-No os insoléis más con este sol – Dijo su interlocutor -. No prolonguéis el martirio de este párvulo parlante. Mías son las verdades y medias-verdades que restan en tus bolsas. Soy emisario de la editorial VERDAD SUPREMA de la gran ciudad.

Y contando las papeletas, a todas tasó como verdades y canceló una gruesa suma al viajero suficiente como para satisfacer una larga temporada de holgazanería. Simónides dio la décima parte de la suma al pregonero, y se alejó con este, mientras escuchaba al enviado de la editorial gritar con voz en cuello:

-¡Pago a trescientos toda papeleta sea verdad o media-verdad!

-Señor – le dijo en un susurro el pupilo a Simónides -, confuso es lo que has dicho, y pese a ello, las gentes parecen satisfechas. ¿Habrán entendido alguna cosa?

-Qué importa – respondió Simónides – después de pagar sienten el cerebro henchido de sabiduría y yo lleno el bolsillo. Justo trueque. – Y sonriendo cada uno tomó su camino.

Pronto Simónides fue asediado por una docena de gentes que por sus variados y pintorescos trajes – sotanas, albornoces, turbantes, taparrabos, coronas y diademas emplumadas, parecían ser exponentes genuinos de cúpulas sacerdotales. Llegados a Simónides le interpelaron:

– ¿Es Ud. por suerte el que vende verdades y medias-verdades? Somos enviados por el gran sínodo del Consejo Supremo de las Congregaciones de Dios, y venimos con el propósito de adquirir todas tus verdades y medias-verdades, dispuestos estamos a pagar alto precio por cada una, pues es nuestro sacro deber librar de impurezas la mente de incautos buscadores, además no hay negocio en esto siendo el destino de esta singular adquisición la extinción en las llamas. El sínodo exige comprensión y respeto, virtudes de las que pareces carecer.

– Sí, soy yo  – Respondió Simónides, y al ver algunos visitantes de la visita anterior, continuó-: Aquí estamos como ayer: las mismas personas, con las mismas preguntas, las mismas respuestas y la misma insatisfacción. – Luego, dirigiéndose al que así le había hablado con  insolencia -: Mi carcaj aunque grande no es inagotable. ¿Por qué privarle a él y a mi arco del blanco preferido de sus flechas? ¿Por qué vaciarlo en la nada sin antes vaciar las impurezas de nuestras almas? Id tranquilos sin mengua de vuestro dinero: estas bolsas están vacías de verdades y medias-verdades. Todo fue vendido. Ahora si de nuevo me invitáis a su ruidoso sínodo, perdéis el tiempo, que está próximo el tiempo en que he de regresar a la región de  mis ancestros. El trueque de hoy ha sido único e irrepetible, suficiente hay en mi bolsillo para satisfacer mi materialidad hasta su desintegración.

La comitiva sintió alivio entendiendo que el mercader de tan insólita mercancía pronto enrumbaría hacia la región de los muertos por propia voluntad ahorrándoles quizá la ejecución de un crimen.

– Mas no os vayáis así sin antes satisfacer en algo vuestro teológico apetito – continuó Simónides- Oíd profetas, predicadores y hacedores de religiones: Jamás vuestras prédicas y falsa sapiencia han aportado un ápice al conocimiento humano. Vuestros dioses, a semejanza vuestra, son dispensadores de obscurantismo, enemigos del hombre que busca la claridad. No hay sabiduría en vuestra prédica. No sois amigables para el hombre, mas vivís de él. Ingratos, farsantes y traidores sois.

“Yo digo a las gentes: Huid de los profetas si no podéis desterrarlos. Son aves de mal agüero. Desconfiad de los ojos que se esconden tras obscuros anteojos. Cerrad los oídos a los predicadores, a los promeseros y a los mercaderes de la esperanza. Dice el farsante: “Se muere para vivir”, sabiendo que lo contrario es la verdad.  ¿De dónde saca fuerza e inspiración este truhan para engullir cada día y aun varias veces al día, sin merma en su entusiasmo las donaciones y dádivas del borrego auditorio? ¿Cómo nace el profeta, cómo se hace y cuál es su fin? Muchas veces de joven es honesto buscador desorientado de verdades. Adulto, cuando cree hallar alguna, se siente inspirado y se troca en predicador. Cuando crece el auditorio y el aplauso, se declara profeta. Y cuando la hueste comienza a venerarlo, completamente alucinado, se autoproclama ser el mismo dios encarnado en hombre. Así nace y a veces se perpetúa una religión.

“También digo a las gentes: Desconfiad del catedrático fracasado. Su enseñanza tiene tintes de hipocresía. Son mal ejemplo para el discipulado. Oíd la doctrina del triunfo dictada por triunfadores. Sed sordos a la voz del harapiento que os habla de tesoros, dudad del famélico que os habla de opíparos banquetes, mas aceptadlos como prójimo y huid de aquellos que os ofrecen saciaros el hambre y sed y el anhelo de dicha en las lejanías insoportables de la imaginación alucinada. Nada ha brotado de los místicos, profetas, predicadores y teólogos que haya contribuido a vuestro mejor vivir. Solo obscuridad y miedo emanan de sus lenguas y sus elucubraciones etéreas. Desconfiad de los que mucho hablan y poco hacen para vosotros. Ellos no son trabajadores de la tierra. Aran en las nubes, allí está su trono que vosotros endiosáis  ignorando que son farsantes constructores de obstáculos a vuestra visión del hoy, son promeseros del más allá. Os han enseñado a temer lo inexistente y en esto son expertos. Su hora está cercana, de tanto caminar ya no caminan, y muertos están de haber vivido tanto.

“Estáis incapacitados para obtener la verdad, y doblemente inválidos para divulgarla.

“Las religiones nacen en las soledades del espíritu inquisitivo del hombre, y se propagan y mueren por el parloteo y las armas. Pero hoy languidecen ante la contundencia de la ciencia y la razón.

“Cada credo asume como falsos a los dioses ajenos. ¿Cuál entonces es el verdadero? No hay dios verdadero a no ser en la imaginación del creyente.

“Es paradójico que deístas vivan como ateos y estos como deístas.

“Renunciar a la naturaleza para dedicarse a la deidad, gran desatino y pecado contra natura es. Y a esto le llamáis santidad. ¿Cómo puede suceder que un ser de esa índole predique la ley natural? Sólo un iluso o un hipócrita pretenden dar visos de virtud a tal torpeza. ¿Que como salvar a esta casta sacerdotal renunciante de la naturaleza, de  inclinación antinatural? Si son libres de castidad casadlos, y si hacen voto de castidad castradlos para hacer más liviano el peso de su voto que los aproxime a una casta asexual hoy propiedad de la cuarta edad.

“Cuantas veces la naturaleza ha tocado a sus oídos y llegado a su corazón invitando a la conciliación, y otras tantas veces rechazada y calumniada como gestora de la gran tentación. Y sin embargo, la verdad mora en la gran tentación, la más temida por los predicadores, y huyen de ella, la naturaleza, enclaustrándose, volviéndose eunucos a través de la autoflagelación y el rezo, renunciando a ser hombres. ¡No son humanos! Son despreciadores del hombre, de la vida, de la especie. Viven su locura contagiosa, cercenando la parte humana que aún les resta, y así van camino al infierno que dicen detestar y que sin embargo construyen con su práctica cuando son honestos, porque otros, expertos en el arte de la mentira, simulan ser de esa estirpe de predicadores pero con una existencia paralela llevan hasta el delirio la parte bestial del hombre. Ambos son malignos para el hombre, ambos deben ser desterrados o al menos cohibidos de comerciar con la especie.

“Donde hay hombre oveja, surge el hombre lobo, y el hombre pastor y el  intermediario hombre perro ovejero, y todos algo ganan de esta desigual sociedad: la oveja el sentimiento de protección, el lobo su alimento, el perro la caricia del pastor, y el pastor la propiedad y la libre disposición del rebaño. Donde haya pastores habrá ovejas, y donde haya ovejas habrá lobos. Tras una convivencia a menudo se truecan los papeles, y entonces el pastor ladra  y  bala, el lobo predica y bala, la oveja ladra y predica. ¡Esto es democracia del rebaño!  Mas en la intimidad, el pastor seguirá siendo pastor y predicará, el lobo seguirá siendo lobo y aullará, y la oveja seguirá siendo oveja y balará.

“No hace falta asistir a vuestro sínodo. ¡Estupidez de estupideces! Predicadores de vuestro fin sin gloria, merodeadores de una trágica y próxima extinción. Si sois de los que escuchan, ¿hasta dónde llegarán las voces amedrentadoras? ¿No hay en vosotros un hálito de espíritu libre que silencie esa loca vociferación? ¿Hasta cuando esos enajenados vociferantes seguirán atormentando vuestras mentes con infiernos eternos si no actuáis según su hipócrita moral? ¿Hasta cuando esperáis para desintoxicaros de esperanzas inútiles que ladinamente esos vociferantes prodigan a cuantos cumplen su torcida voluntad? Arrojadlos del templo de vuestra mente y corazón, desnudadlos públicamente, desterradlos a una isla desierta donde entre ellos arrojen de sí su inhumanidad y una vez curados vuelvan a vuestro seno con otros ojos, con otro corazón, con otra voluntad, y sean agradables y propicios a la especie. Eso digo a las gentes y a vosotros”.

Simónides quedó solo mientras la comitiva se alejaba en silencio. Transcurrido un corto tiempo, llegó a él un sujeto, el aire de suficiencia le delataba como especial, organizador y familiarizado con el mando:

-¿Simónides? – pronunció tras escrutar unos segundos.

– Soy él – respondió Simónides.

 – Vamos al grano. Representante soy – dijo el hombre – de la empresa “Servicios de Religión” cuyo pabellón de atención a clientes está en la plaza central a pocas cuadras del palacio de los templos- Le haré una breve reseña de nuestro objeto social, luego diré el motivo de mi visita. La empresa que represento se dedica a satisfacer la demanda de religión que gobernantes, asociaciones y demás por el estilo con  algún interés común requieran para una cabal y satisfactoria administración de sus asociados, gobernados y clientes según el caso. Ellos nos enteran de su misión, la característica de los asociados y el sujeto de su acción, las expectativas de cada cual y en respuesta ofrecemos alguna de las religiones que están en nuestro portafolio, intactas o con ajustes para el caso en particular, y la capacitación de gentes para el montaje y aplicación del credo ofrecido. Pero sucede a veces que las características a llenar son tan especiales y novedosas que no las cubre nuestro portafolio y es entonces que debemos construir la religión que se acomode a las expectativas del cliente. Cada día es mayor esta clase de demanda, y es ahí donde Ud. encaja. No estoy aquí por accidente, nuestros agentes han asistido a sus intervenciones públicas y lo recomiendan como altamente apto para el cargo de redactor no auxiliar sino maestro en la atención de tan especiales clientes. Los honorarios son excelentes y en ello nos sujetaremos a su pretensión.

 – Habéis equivocado de hombre. Soy el que buscas y no el que necesitas – Dijo Simónides. Se iba a marchar, cuando vio venir a Aristos. – ¡Este es el hombre vuestro!- dijo señalando hacia Aristos al tiempo que este le saludaba con una leve inclinación de cabeza, pues a pesar de su aparente distanciamiento, la presencia de Simónides le inspiraba respeto y humildad. Y antes de retirarse continuó dirigiéndose a Aristos: -Ya sabrás  dónde encontrarme por si precisas para tu nuevo oficio mi concepto aunque sea pobre. El trabajo a que te dedicarás será junto a tus experiencias en los sínodos, luego de la conflagración  que rápida se acerca, de suma ayuda en la labor que te espera junto a los tres y para la cual habéis  venido. Lo sé, y a su tiempo lo sabréis.

-¿Aristos? –  Exclamó el hombre – Yo te conozco, muchas veces te he visto en el gran sínodo.

Mientras el hombre intercambiaba impresiones con Aristos, Simónides se marchó sin despedida. Había complacencia en su semblante, intuía que el grupo de los cuatro a partir de ahora sería enriquecido con un nuevo miembro formando el grupo de LOS CINCO.

Dos días después, estando Simónides departiendo bajo un árbol en la Plaza del mito con el hombre de ocre, el predicador y el mendigo, llegaron Aristos y el empresario de Servicios de Religión. Simónides escogió una roca, como era su preferencia, y sentado en ella, habló dirigiendo la mirada a los recién llegados:

-No malgastéis palabras pidiéndome que os hable sobre lo que ya sabéis. Pero como es vuestro deseo escucharlo de otra boca  y con otras palabras, por mi promesa a Aristos intentaré complaceros: Cataloguemos los grupos humanos,  y démosle a cada uno la religión y gobierno que más acorde sea a su interés. Si es el caso, resucitemos dioses de panteones olvidados, démosles los dioses que esperan, que nazcan pronto, o mejor, ya deben haber nacido de vírgenes engendrados por la divinidad, organizad un comando de profetas y enviémoslos a predicar las buenas nuevas a cada grupo según su particular expectativa, dad a cada profeta la doctrina que ha de impartir y según el grupo a visitar. Hagamos cuerpos de leyes para cada grupo y démosle carácter divino y así eliminaremos la tragedia del hombre que se debate entre la ley externa que rige sus actos ante los demás y la ley religiosa que comulga en su intimidad no pocas veces en contradicción con la primera, así serán mansos y felices en la tierra y continuarán siéndolo en la eternidad. Que disfruten su paraíso acá según su pretensión y lo continúen en el más allá. Esta es la misión inmediata de vosotros teólogos, profetas y políticos.

“Si sois profetas, que vuestras profecías se cumplan en un tiempo no tan distante que acabe con la esperanza, ni tan corto que llegue sin cumplirse y seáis objeto de mofa por mendaces. De todas maneras cuidados de poner tiempo a vuestras profecías antes de vuestra extinción.

“Decid a las gentes lo que quieren oír y dadles lo que quieren tener, siendo pródigos en lo primero y avaros en los segundo, que si bien no se puede dar de lo que no se tiene, podéis despojarlos de su pertenencia y haciéndola parecer vuestra devolverla parcialmente y gota a gota a sus reales dueños, y en tal forma magnificada en su apariencia que las gentes agradecidas la sientan multiplicada. Pero si de todas maneras es imposible darles lo que quieren tener, al menos prometédselo.

“Aunque no tengáis soluciones, tened respuesta a todo.

“¡Suficiente de bromas! Ahora seamos serios. Cuidaos de imitar a vuestros antecesores creadores de religión: Comprendiendo que siendo humanos no podrían asimilar a dios, pretendieron deshumanizarse, y en la renuncia, con silicios y ayunos, castraron su naturaleza y crearon la palabra santidad. Desecharon la naturaleza y el sexo, y crearon una especie ajena al hombre, enferma y por tanto en agonía permanente, y las gentes incapaces de entender tal perversión les estimaron superiores y guías, y les alabaron pese al infierno permanente que predicaran. Extraño este comportamiento del hombre, solo la pereza en ver, oír y sentir puede explicar la aceptación de esta impostura. Esos famélicos impostores a su vez obedecen ciegamente a impostores gordos ávidos de placer, vianda y lujuria, estos no creen en dioses a no ser ellos mismos. Son realistas y taimados, hay mucho que aprender de sus vidas privadas.

“Cuando el lobo aúlla el rebaño ovejuno percibe: “Gracias criaturas humildes, con vuestra carne saciaréis mi hambre y con vuestra sangre mi sed. Y una vez muertos os tendré en mis gratos recuerdos. Es vuestra existencia un rico filón para mi especie, bendita seas ¡AAUUUUU! Glorioso el fin que os espera, pues al comeros  tu especie y la mía serán una”. Y el rebaño encuentra virtud en ser la fuente que sacie la ansiedad del lobo. Manera audaz y extraña de afrontar el destino. Es así como el mensaje cada cual a su manera lo percibe. “Mi mensaje es uno – dice el predicador ladino- que ni yo mismo a veces entiendo. Pero vosotros sabréis asimilarlo en vuestras meditaciones”. –  Así predican en su intimidad y en público los mensajeros de los dioses, así vociferan estos depredadores de la especie ante la aptitud servil, complaciente e hipnotizada del rebaño. Y los muy taimados haciendo malabares con el lenguaje dicen “Los que tengan ojos para ver verán, los que tengan oídos para oír oirán”, y cosas por el estilo. Y el auditorio, dócil, pusilánime y cegatón, exclama maravillado: “¡Cuán sabio e iluminado este profeta! ¡Nadie antes hablarnos así había hecho con tanta sapiencia y claridad!”. Y corre la nueva de pueblo en pueblo y en cada uno algo sorprendente se agrega a la prédica, y por donde pasa el predicador le erigen altares y le hacen caminar por túneles de flores, expectantes ante cualquier susurro del sujeto, que es luego interpretado como el súmmum de sabiduría, y después elevarán al sujeto a la categoría de enviado y luego como el dios en persona, y es tal la persistencia que el sujeto termina creyéndolo y comienza a prometer todas las cosas que el populacho ansia: felicidad, salud, abundancia de las cosas gratas a los sentidos, vida eterna, y mucho más, solo que … en el más allá, en una vida posterior a la presente. Así nacen los profetas y se consolida la grey. Las gentes siguen viendo la muerte arrebatar a los enfermos, la mirada ansiosa de los sedientos y hambrientos, el látigo del fuerte sobre la espalda del desprotegido, y entonces desean una muerte pronta para llegar a los estadios prometidos del profeta que desaparecido es ahora enaltecidos por una casta de timadores que dicen ver y oír cosas del rey del más allá, y erigen templos y esquilman al populacho para construir el boato sacerdotal. Después reclutan los mejores cerebros y con una opípara y real vida de abundancia material ocupan sus cerebros en el enriquecimiento de una doctrina que satisface el apetito insaciable y creciente de la élite predicadora de los dichos del profeta, y así surgen grandes sabios y teólogos basamentos de religión. Mas como el hombre necesita saber, pues la ignorancia es un fardo que ha de sacudirse más temprano que tarde, los predicadores, ahora teólogos de barriga henchida, dicen “¡No! No necesitas saber. ¡El saber es una abominación! ¡El hombre necesita creer, creer y solo creer!” y llenan de sombra la visión humana. Sin embargo, de entre el populacho algunos quitan parte de la sombra que por generaciones pusieron en su visión y ahora es creciente el grito y el justo anhelo de saber. Sea pues la nueva prédica una voz de aliento para enriquecer y satisfacer ese anhelo.

 “Es elástica la mente del predicador. En momentos alcanza las estrellas y luego se encoge hasta rozar la nariz. A veces se aproxima a fugaces formas de virtud cuando de congraciarse con el rebaño se trata y luego en la sombra nocturna retorna a su torcida inclinación depredadora, enlodando el entorno, y no hay mares suficientes de agua para lavar su inmundicia, ni soles para expulsar la sombra proyectada por la pesantez de su estómago glotón.

“También la autoflagelación y el ayuno, la soledad y el humo adormecedor de la hierba, son regios inspiradores de la irracionalidad y la locura: cantera de, unas veces adormecedoras y otras espeluznantes leyendas que cautivan a la muchedumbre impresionable ahuyentada de su hábitat natural atraída por el canto y lamento hipnotizador en que son maestros los auto-flagelantes y predicadores.

“La virtud emanada de su prédica no es la renuncia al goce de la sensualidad, es su negación, es una intemperancia pervertida. ¡No se renuncia a la naturaleza!

“Es curiosa y perniciosa la inclinación de algunos especímenes humanos de buscar la realidad en la ilusión y la verdad en la fantasía. ¿Cómo pretender hallar la realidad alejándose de ella? Y así dicen: “Esta es mi verdad,  mi realidad” engañándose a sí mismos y a la plebe que los agranda y  patrocina y toma como dogma su retorcida prédica.

“Estos teófobos piden hoy comprensión y respeto, cuando ellos siempre bendijeron la espada que desangraba y doblegaba naciones, sin jamás aceptar verdad alguna que no estuviera enmarcada en su irracional fanatismo.

“De este talante han sido los delegados de defender la infamia, ¿cuál de estos hizo ordalía en sí mismo para probar la protección del dios que inspirara hacerla con los profanos? Los muy ladinos jamás lo intentaron consigo mismos, siempre dudaron de su dios.  Siempre supieron que ningún dios evitaría la herida aun al santo causada por la llama de la hoguera, ningún dios siquiera mitigaría el dolor del sometido al potro, siempre supieron que sus dioses eran impotentes ante la naturaleza.

“Eran pueblos alegres y sensuales en su hábitat. Invadido por predicadores, estos volvieron pecaminosa su naturaleza y a las gentes pecadoras, pusilánimes, famélicas, malintencionadas y tristes. Solo recuperarán  el paraíso perdido mediante el destierro de los que en esta infame situación los hundieron.

“La religión de ayer era la madre del conocimiento. El advenimiento de la ciencia la relegó al imperio de lo improbable. La religión del futuro tendrá por matriz la ciencia y la razón.

“Es deseable que en el equipo constructor de religiones haya científicos deístas y teólogos ateos, y tal cual humanista con fe cero. No deberán faltar Afroditas, Marías e Hipatias (1). La mujer ha mostrado tener más sentido común que el hombre: En la Escritura poca o ninguna referencia tiene la mujer teóloga.

“De lo desconocido inferir el conocimiento sin dilucidarlo, así nacen los dogmas. De lo conocido inferir lo desconocido y dilucidarlo ha sido la madre del conocimiento.

“Es propio de malabaristas del lenguaje las frases sin sentido para hallar o realzar alguno, es como insuflar aire inerte en la placidez del lago para aumentar su caudal.

“Pronto he de hablaros más, el tiempo apremia, bullicio de armas se escucha en el aire. Dolor de parto comienza a escucharse saludando la nueva era”.

(1) Matemática y astrónoma alejandrina, desollada por la turba de feligreses de Cirilo – posteriormente Santo-. COSMOS – Cap. XIII. Carl Sagan.

 

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