Ese cristiano futurista llamado G. K. Chesterton

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El hombre que fue jueves de G.K. Chesterton contiene una serie de simulacros  donde las personas devienen otras; se transforman con base en artilugios que, si bien no responden a las técnicas biológicas e informáticas de este siglo,  hacen de la realidad una escuálida intuición pues Dios, como verdad última, es una brisa apenas perceptible a través de los ojos de los humanos simuladores. Esta novela fue traducida por Alfonso Reyes quien, en su prólogo  a la edición en nuestro idioma, firmado en 1919, coloca al escritor inglés como un cristiano futurista:

El paganismo ponía el ideal humano en una pretérita Edad de Oro. El cristianismo, en  una futura salvación. Para el cristianismo, el mal está en el pasado, está en el pecado original; y el bien, en el porvenir. Abandonarse es declinar hacia atrás. Estamos corriendo  diariamente un grave peligro: hay que esforzarse por vivir al paso de la vida, hay que revolucionar hasta para ser conservador, porque las cosas tienden, espontáneamente, a  degenerar de su esencia.

El extracto que a continuación podrán leer, forma parte de toda esa cadena de simulacros que desemboca en una pregunta por la identidad; no tanto porque se plantee un “¿qué soy?” sino un “¿es pertinente preguntarme qué soy?”. ¿Estamos condenados a “ser” los mismos para siempre? Si en nuestra esencia hay algo de Dios y Dios lo es todo, nada nos excluiría de ser todos y el Maligno nos impone ser alguien auténtico, único e irrepetible:

“Soy actor de profesión. Me llamo Wilks. Cuando trabajaba en el teatro, frecuentaba a  toda clase de picaros y bohemios. Ya me codeaba con la canalla del hipódromo, ya con la  gentuza del arte; y ocasionalmente, un día, en cierta guarida de soñadores desterrados, me  presentaron al Profesor de Worms, célebre filósofo nihilista alemán. Nada extraordinario  advertí en él. Le estudié cuidadosamente. Me dijeron que aquel hombre había demostrado  que Dios es el principio destructor del universo. De aquí infería él la necesidad de una  energía furiosa e incesante encaminada a aniquilarlo todo. La energía era para él el todo. El  pobre hombre estaba lisiado, miope, semiparalítico. Yo tenía un humor ligero; el tipo me  desagradó: me puse a imitarlo por burla. De haber sido dibujante, hubiera sacado su  caricatura; como yo era actor, me puse a representar su caricatura. En mi disfraz procuré  exagerar los rasgos repulsivos del personaje. Al entrar en la sala donde acostumbraban  reunirse sus admiradores, yo esperaba ser recibido o entre carcajadas o, si el ánimo general  no estaba para ello, con manifestaciones de indignación e insultos. Pero ¡cuál sería mi  sorpresa cuando voy viendo que me acogen con un respetuoso silencio, seguido, en cuanto  abrí los labios, por un murmullo de admiración! De puro sutil, me había quebrado; resultaba  yo más verdadero de lo que me figuraba.

“En suma, que me tomaron por el legítimo y célebre profesor nihilista. Yo era entonces un  muchacho de espíritu equilibrado, y aquello fue para mí un golpe terrible. Antes que hubiera  podido recobrarme, dos o tres de “mis” admiradores se me acercaron llenos de indignación,  y me dijeron que en el cuarto de al lado era yo víctima de un insulto público. Pregunté qué  pasaba. Me dijeron que un impertinente se había atrevido a vestirse como yo, e intentaba  parodiarme ridículamente. Por desgracia yo había bebido más champaña de lo que me  hubiera convenido y, en un rapto de locura, decidí afrontar la situación. El verdadero  Profesor, al entrar, fue recibido por la mirada furiosa de la compañía y mi adusto ceño  glacial.

“Inútil decir que hubo un choque. En vano los atribulados pesimistas se preguntaban cuál  de los dos profesores parecía realmente más viejo. Yo gané al fin. Un pobre viejo  valetudinario como mi rival no podía dar una impresión de caducidad tan completa como un  actor joven en la primavera de la vida. Ya comprende usted: él era realmente paralítico y,  llevando esta ventaja, no podía representar la parálisis tan bien como yo. Entonces intentó  derrotarme intelectualmente. Pero yo le opuse una táctica muy sencilla: cada vez que él  decía algo que sólo él podía entender, yo contestaba algo que ni yo mismo entendía. Él  decía, por ejemplo:

“—No creo que usted trate de aplicar el principio de que la evolución sólo es negación,  puesto que ello implica ciertas lagunas que son esenciales de diferenciación.

“A lo cual replicaba yo desdeñosamente:

“—Eso lo ha leído usted en Pinckwerts; la noción de la involución como función  eugenética la expuso hace ya mucho tiempo Glumpe.

“Huelga decir que los tales Pinckwerts y Glumpe no existen. Pero, con gran sorpresa mía,  el auditorio parecía recordarlos perfectamente. Y el Profesor, viendo que el método culto y  misterioso no le servía de nada ante un enemigo poco escrupuloso, se dedicó a atacarme  con ingeniosidades de género más popular.

“—Ya veo —dijo con sorna— que usted ha triunfado nomo el falso cerdo de Esopo.

“—Y usted —contesté sonriendo— pierde como el erizo de Montaigne.

“Ignoro si habrá tal erizo en Montaigne.

“—Ya va usted perdiendo recursos —dijo él— y lo mismo perderá las barbas.

“A esto que, además de ser verdadero, era ingenioso, no encontré respuesta inteligente.  Solté la risa y dije al azar: “—Sí, como las botas del panteísta.

“Y di media vuelta afectando un aire de triunfo. El verdadero Profesor fue expulsado,  aunque sin violencia, salvo que uno de los presentes insistía en pellizcarle las narices a toda  conciencia. A estas horas en toda Europa lo reciben como a un delicioso impostor. Y su ira y  sus protestas de sinceridad lo hacen, como usted comprende, más ridículo todavía.”

Traducción hecha por Alfonso Reyes. Este extracto pertenece al capítulo VIII de “El hombre que fue jueves”

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