Dejad que Sri Lanka engulla mi cadáver: Una biografía de Arthur C. Clarke (Reseña)

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“Sólo hay una cosa más dolorosa que casarte con una inercial: Divorciarte”: La frase se la adjudica Christopher Viacheslavsky a Arthur C. Clarke cuando lo entrevistó en junio de 1982 en Colombo, pocos meses después del fallecimiento de Philip K. Dick. Lo dicho por el autor inglés fue lo que más retumbó en la memoria de su entrevistador quien, años después y con ocasión del fallecimiento del Sir que vivió en Colombo, publicó el intento de biografía Dejad que Sri Lanka engulla mi cadáver (2009).

La veracidad de los datos  del libro se torna en un elemento incidental hasta que, en el último tercio de la historia, todo semeja una novela delineada a partir de las omisiones, quizá intencionales, del biógrafo. Las fotografías de Arthur, rodeado de niños en Sri Lanka, es la suspicacia que utiliza Viacheslavsky para recordar aquél escándalo gestado desde un tabloide británico para acusar al guionista de 2001: una odisea en el espacio, de pagar a infantes para obtener sus favores sexuales.

El pretendido biógrafo, sin extenderse mucho en los rituales, refiere la existencia de muchachitos castrados que dejan de ser humanos para convertirse en un intermedio entre las deidades y las criaturas terrenales y se pregunta si acostarse con seres de esta naturaleza pueda encajar dentro de la categoría de abuso de menores. Este cuestionamiento, según Viacheslavsky, se lo trasladó a Clarke cuando se encontraron y el escritor y científico no tuvo más remedio que remontarse a toda su historia sentimental.

De este modo Clarke narra aquellos seis meses que duró su matrimonio con Marilyn Mayfield, una mujer joven que ya tenía un hijo de otro. La biografía se ralentiza, se detiene en detalles que no parecen haber sido contados por Clarke durante la entrevista sino que fueron, más bien, producto de las cavilaciones de Viacheslavsky. Un ejemplo de ello es el episodio de una noche (poco después de que la pareja decidiera separarse, aunque aún vivieran bajo el mismo techo y él tuviera que dormir en un colchón tirado en el suelo): Marilyn se le acercó para darle un beso en la boca, Arthur volteó su cara y afirmó que eso fue lo que mató a Jesús.

Casos como el anterior permiten entrever una grieta donde todos sus textos cobran un sentido diferente, menos apegados al presumido cientificismo y optimismo que tanto le han endilgado. Viacheslavsky no busca encontrar una estricta relación causal entre la obra científica y literaria de Clarke con su vida sentimental pero ello no obsta para que relate el episodio en el que el pequeño Arthur fue picado por un bicho y, en lugar de llorar, encontró la solución perfecta para paliar cualquier dolor que lo aquejara: mirar al cielo nocturno y apreciar esos millones de estallidos que, aunque insignificantes, son más grandes que cualquier resquebrajamiento individual.

Viacheslavsky no hace mucho hincapié en los argumentos que fundamenten sus aseveraciones; la alusión a los inerciales y los divorcios no puede ser más que el cálculo de una posible lectura de “´¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. Esta relación, impensada en los más puristas clasificadores de la Ciencia Ficción, ofrece la posibilidad de una eliminación de las clasificaciones y genealogías que se asumen como conceptos irrebatibles.

Y es que en Dejad que Sri Lanka engulla mi cadáver, las barreras se franquean para recordar la desazón propia de todas las vidas; ni los más entusiastas amantes de la racionalidad humana y los hambrientos exploradores del espacio pueden escapar a esa soledad silenciosa que va derruyendo hasta los más fuertes. ¿Las miradas al cielo de Clarke son la respuesta al amor sentido por alguna inercial y su inercialito? ¿Los trayectos celestes fueron la única opción para dejar que la vida pasara por una sucesiva remembranza de ese fantasma en que se tornaron el cuerpo y los pensamientos de Marilyn, insuflándolo de deseos de vivir a orillas de algo más intenso que las luces cósmicas? Estas preguntas no las contesta Viacheslavsky, le bastó con formularlas para recordarnos que Clarke fue un humano que no dudó un solo instante en besar a una inercial,  a sabiendas de que la empatía era algo carente de sentido para ella.

Nada mejor para recordar los nacimientos de Dick y Clarke que el hallazgo amoroso de seres no humanos, instalado en estos autores hasta sus últimos días como entidades sobrevivientes de los cataclismos de la decepción. 

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