Una entrevista con Peter Watts

WattsComo lo dijimos hace algunos días, la editorial Fata Libelli editó este 2013 un libro de relatos del escritor Peter Watts.  Este autor también fue entrevistado y, a continuación, replicamos las declaraciones que hizo al mundo hispanoparlante:

Peter Watts es un autor canadiense de ciencia ficción dura, biólogo marino y experto en cuestiones relacionadas con la inteligencia, la conciencia y la definición de “ser vivo”. También es autor de Ad astra, una imprescindible recopilación de relatos de fantasía científica.

A continuación os ofrecemos una entrevista en tres partes donde le interrogamos, primero, por conceptos biológicos presentes en su narrativa, luego por sus opiniones sobre el futuro de la ciencia y de la ciencia ficción, y finalmente hablamos de su experiencia personal en el mundo editorial.

Hoy, empezamos con unas preguntas sobre cuestiones muy presentes en la obra de Watts: ¿qué significa estar vivo? ¿qué es la inteligencia? ¿podremos comunicarnos con otros seres inteligentes?

Fata Libelli: Como ilustre explorador de todas las áreas relacionadas con la inteligencia y la conciencia, y también como biólogo marino de profesión, me veo obligada a preguntarte… ¿vamos a poder comunicarnos pronto con delfines y ballenas?

Peter Watts: Ojalá. La investigación naval de John Lilly fue una de las influencias primordiales que me atrajo hacia el estudio de la inteligencia de los cetáceos cuando yo todavía estaba en el instituto, antes de que descubriera qué clase de majara drogadicto era aquel tipo.

Ahora bien, el concepto mismo de “comunicación” (por el que demasiado a menudo entendemos “lenguaje”) acarrea cierto prejuicio antropocéntrico. El lenguaje es, después de todo, un rodeo: una forma taquigráfica de destilar información sensorial y emocional, marcadores que sustituyen objetos reales. Esto puede resultar poco útil para una especie capaz de usar ecolocalización, cuyos miembros pueden en realidad pintar esas imágenes de primera mano. ¿Para qué desarrollar un burdo símbolo para “pez” cuando puedes sencillamente irradiar el perfil acústico de un arenque en el melón de tu colega? ¿Para qué desarrollar un vocabulario para “triste” o “feliz” cuando tus conespecíficos pueden leer tu estado emocional directamente al escanear los perfiles acústicos de tus senos nasales y de tu sistema vascular? Nadie familiarizado con la variedad y la complejidad de las estrategias de caza de las ballenas asesinas negaría que estas son inteligentes; pero el que dichas criaturas puedan comunicarse de alguna manera que nosotros, monos terrestres, seamos capaces de discernir es otra pregunta muy diferente.

FL: Pero el esfuerzo por comunicarse con animales, extraterrestres e inteligencias artificiales es omnipresente en tu narrativa (‘The island’, Visión ciega, ‘Bulk Food’…). ¿Crees que este tipo de comunicación será posible alguna vez, aunque sea a un nivel muy básico?

PW: Desde luego no lo descartaría en principio, pero cada caso tendría que analizarse uno por uno para ver si funcionaría. Las especies que han evolucionado siguiendo trayectorias similares tienen más posibilidades de poseer estructuras mentales y protocolos de comunicación compatibles; aquellas especies cuya evolución se ha separado significativamente de la nuestra pueden no presentar suficientes puntos de referencia comunes como para que nos podamos encontrar en un espacio intermedio.

Se ha defendido que las especies inteligentes podrían usar las matemáticas y las ciencias “duras” (la física, la química) como una suerte de “piedra de toque universal” para la comunicación, ya que presumiblemente todos hemos evolucionado en el mismo universo físico y deberíamos ser conscientes de los mismos principios básicos antes de que llegáramos siquiera a (por ejemplo) construir una radio para tratar de comunicarnos. Es plausible, pero yo no creo que sea inevitable. Nuestra comprensión del universo está inevitablemente ligada a nuestra percepción del universo; e incluso en este mismo planeta, nuestras percepciones se encuentran mediadas por receptores físicos plagados de imperfecciones y errores de diseño, y son además muy fáciles de engañar. Dada la escasa fiabilidad de nuestros sentidos, yo no apostaría por que la cosmovisión de un extraterrestre fuera a ser necesariamente parecida a la nuestra.

FL: Tus seres extraterrestres han sido enormemente alabados por ser muy diferentes, por alejarse por completo del tópico de los humanoides verdes con antenas. Algunas veces estos seres son tan raros (sin genes, sin cefalización, con mentes colmena en vez de mentes individuales) que incluso los protagonistas de algunas de tus historias tienen a veces problemas para identificarlos como seres vivos. ¿Hay una definición básica de ‘vida’ aplicable a humanos, extraterrestres e inteligencias artificiales?

PW: Hasta hace poco, la definición de Dawkins habría cumplido bien ese papel: la vida es información, moldeada por la selección natural. Desde luego, eso significa que los virus informáticos tienen potencial para ser calificados como formas de vida, no metafórica sino literalmente. Puedo vivir con ello. La vida artificial puede cumplir los criterios de Darwin tan bien como la de cualquier otro tipo.

El problema ahora es que estamos en vías de crear vida sintética (bichos esponjosos con genes reales y procesos metabólicos) partiendo casi desde cero. Esas cosas están innegablemente vivas, pero no han sido moldeadas por la selección natural. Estarías en el mismo caso si tomas en consideración cualquier inteligencia artificial no derivada de un algoritmo genético.

Darwin acuñó el término “selección natural” para distinguirlo de la “selección artificial” que caracteriza cosas como la crianza de perros o palomas. Así que tal vez retocar la definición de Dawkins a “Información, moldeada por la selección natural o artificial” puede ser suficiente para cubrir a los seres sintéticos que vayan apareciendo.

O, tal vez, es hora ya de dejar de definir la vida en términos de cómo fue originada, o de qué está hecha, y concentrarse más bien en qué hace. ¿Qué tal si definimos la vida como cualquier complejo de secuencias energéticas estructuradas que restringe el aumento de entropía manteniéndolo por debajo de cierto umbral?

FL: Algunas de tus narraciones han jugado a poner en duda la idea de que la conciencia es la cúspide de la evolución. A veces has citado a Dawkins (y la teoría del zombi filosófico) como fuente de esta idea de que la conciencia podría no ser útil funcionalmente. ¿Podrías contarnos algo más al respecto? ¿Podemos tener comportamientos inteligentes y aprendizaje sin conciencia?

PW: Ya los tenemos. La mayor parte de tu comportamiento inteligente y de tu aprendizaje es no-consciente. Conducir un vehículo motorizado, por ejemplo, es un comportamiento inteligente aprendido, ¿pero realmente meditas sobre cada uno de los giros y correcciones de curso y sobre las señales de tráfico que encuentras en tu recorrido a través de la ciudad? ¿No dicen los atletas, los artistas y los intérpretes de toda índole que la mejor manera de arruinar una función es pensando en ella conscientemente? Diablos, incluso hay artículos publicados en revistas sometidas a revisión por homólogos que afirman que pensar conscientemente sobre un problema puede llegar a degradar la decisión resultante. (Mi ejemplo favorito es el caso de un vecino del Área Metropolitana de Toronto que cruzó Ontario con su coche, mató a alguien, condujo de vuelta a casa y se acostó… todo ello en sueños, sin una sombra de conciencia en absoluto).

FL: También has investigado el concepto de mente colmena en oposición al de individualidad. En una charla reciente sugieres que nuestra creciente dependencia de Internet y la progresiva velocidad con que podemos acceder a ella podrían llevarnos a desarrollar cierto tipo de “cognición externa” similar en cierta manera a una inteligencia colectiva. Es decir, en vez de guardar y procesar información en nuestra propia memoria, accedemos instantáneamente a un repositorio común de conocimientos. ¿Qué podría significar esto para nosotros como individuos?

PW: Como insistía en esa misma charla, creo que todo se resume en el ancho de banda y la latencia de la conexión. Es cuestión de tiempo (no mucho) que empecemos a desarrollar una interfaz que permita transferencias directas de información entre un cerebro humano y una fuente externa (ya sea otro cerebro de carne o una simple base de datos distribuida); si mantienes el ancho de banda de dicha conexión lo suficientemente bajo, obtienes solo una excelente base de datos con una interfaz interna. Si, por el contrario, los componentes de ese sistema se comunican tan rápido como los hemisferios de nuestro cerebro intercambian información (si terminas con la clase de sincronía de respuesta en milisegundos que parece caracterizar el pensamiento consciente en los seres humanos) entonces sospecho que la pregunta de “qué podría significar para nosotros como individuos” pierde todo significado. Ya no seríamos individuos. Seríamos componentes de una entidad más grande, lóbulos en un cerebro de mayor tamaño; de la misma manera que los hemisferios cerebrales aislados, cada uno con su distinta personalidad, se funden en una misma conciencia singular cuando están conectados.

FL: En las notas finales de Visión ciega mencionas Being No One de Thomas Metzinger y su “World Zero Hypothesis” como fuente de ideas del libro. Una obra que, en tus propias palabras, afronta las verdaderas preguntas que nos mantienen despiertos mirando el techo a las tres de la madrugada. ¿Puedes simplificar su teoría un poco para nosotros?

PW: No. Afortunadamente no es necesario, porque el propio Metzinger ya la ha simplificado para todos en un libro mucho más accesible llamado The Ego Tunnel, que recomiendo por muchas razones más allá de su franca defensa de los alucinógenos recreativos.

De todos modos, si no recuerdo mal el contexto de esa frase, una de las enseñanzas que Being No One consiguió hacerme llegar con éxito fue por qué la conciencia será siempre intratable de forma subjetiva para el yo consciente. Para conseguir comprender un fenómeno, debes ser capaz de mirarlo desde el exterior; para observar de forma adecuada la conciencia debes salirte fuera de ella. Lo cual significa añadir otra capa analítica, un nuevo observador que observe al anterior. En ese punto la conciencia se colapsa en otra mera variable local, pero ahora hay otra conciencia mirándola, y ésta no puede ser observada a su vez porque no hay nada fuera de ella para mirarla. La conciencia siempre permanecerá intratable para sí misma, porque la capa más externa de la cebolla nunca está disponible para inspección. Podemos apilar asociaciones neuronales y tasas de disparo hasta que nos aburramos, pero la razón por la que nos sentimos conscientes tal vez quede para siempre fuera de nuestro entendimiento a causa de una regresión infinita.

Puede que esta no sea la enseñanza más profunda del mundo, y desde luego Metzinger no fue el primero en compartirla. Pero fue justo uno de los puntos de su libro donde algo hizo clic dentro de mí, donde comprendí algo que jamás había comprendido antes.

Si esto es testimonio de la genialidad de Metzinger o prueba de mi propia estupidez lo dejaré a juicio del lector.

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