Simbiosis. Por Luís Antonio Bolaños de la Cruz

Algo que con frecuencia está ausente de la ciencia ficción es el erotismo, existen autores insignes: Farmer, Silverberg, Harrison, Effinger, Varley, cada cual en su estilo, que lo asumen, pero no remedian su abandono, como esa ha sido la tendencia histórica, a pesar de excelentes relatos eróticos de CF, recurro al refranero “Soldado advertido no muere en guerra” para que sepan con que se van a topar, me encanta abordar el tema, explícito o soterrado (para quienes siguieron a Velero25 los remito a su sección Bitimagen, que este mes de Enero 2014 retomamos en Agujero Negro gracias a la benevolencia de Isaac Robles), estoy convencido con firmeza que enriquece al género, y que repatear a la pacatería en las posaderas y expulsarla a las tristes regiones donde la aprecienhipócritas y pazguatos, es un deber que debemos cumplir quienes amamos la libertad y gozamos del placer. ¡¡Quedan avisados!!…

Luís Antonio Bolaños de la Cruz

Relato publicado previamente en  Revista Literaria Papirando

Simbiosis – Luís Antonio Bolaños de la Cruz


He querido mezclar en jolgorio agitándolos con un pelín de osadía, a los comics eróticos de Alfonso Azpiri y Frank Thorne, acaso filtrados por la estructura narrativa de Gallego & Sánchez, pero me ocurre con frecuencia que consciente del camino a recorrer llegó a un resultado que apunta hacia otra dimensión, y cuya intención es evidente, reposa en otros estímulos 

Si alguien hubiese imaginado la alianza que se daría entre dos especies en apariencia lejanas y más tarde tan funcionales, que compartiríamos naves, habitats, canciones, música y sexo mientras nos expandíamos por la galaxia, lo considerarían un prospectivista insigne y si además anunciaba que los traductores universales biológicos (“Trubis”) -que a ambas especies nos proporcionan tanta ventaja al comerciar e intercambiar conocimientos con alienígenas y biomáquinas-, requerían un especial momento de ayuntamiento, de éxtasis particular, de comunión carnal, para convertirse en lo que son, habría encontrado resistencia, ya que el fluido funcionamiento entre humanos y “trubis” engaña a quien no conozca la historia.

¿Qué quién soy para decirlo?: Uno de los miembros de la expedición original que se tropezó con los “Trubis”, no por algo me llaman ustedes el “antiguo”.

Recuerdo el momento en que todo se inicio: bajamos desde la nave-madrastra en nuestras burbujas de exploración a un planeta tipo Tierra de un sol G en fase Terminal, la luz color cerveza inundaba el alma de melancolía, pero en una límpida laguna al pie de una cascada decidimos desquitarnos. Nos divertíamos en jocunda orgía cuando sentimos que un aro de ocelos nos espiaba. Y si, allí en la orilla, en los árboles, en los peñascos, los vimos por primera vez. Al inicio parecían obsesionados por las redondeces femeninas y giraban en torno a ellas como satélites ebrios, -más tarde comprobamos que poseían un solo diseño fisiológico y que para reproducirse no requerían de órganos sexuales y como se aclaró a continuación, en cuanto a gustos, decididos heterosexuales-.

Pero he aquí como ostenta su brillantez un genio: el xenobiólogo en jefe, que siempre andaba con cien ojos puestos en los sucesos, consideró que existía interés mutuo intraespecie, y se animó a comprobarlo, para lo cual propuso que en lugar de ceder a la tentación inmediata de descubrir maneras de usarnos en mutua algazara, planificaramos un experimento donde participen voluntari@s, para ejecutar coitos bajo condiciones controladas de laboratorio, en el ovocitorio, flexible, cálido y blando, donde recibimos radiaciones de cierto tipo que detienen la madurez de los óvulos y de los espermatozoides para que las tripulaciones persistan –excepto accidentes- estables en guarismos durante el viaje.

Destella en mi mente la primera vez: Tendida más que acostada sobre las planchas del ovocitorio, con ligera tensión pero en lo fundamental serena y alerta, esperaba la elegida por sorteo, poseía un categórico nalgatorio que atrajo a bandadas de “trubis” a resbalar en su tangente, a través de sus semihenchidos labios mayores se observaba como el rubí de sus labios menores rodeaba la grieta oscura de su conducto vaginal, mientras palpitaba como un corazón.

Recuerdo que sacudí la cabeza para despejarme del alud del deseo y concentrarme en la indagación objetiva, se suponía que cada cierto lapso se introduciría en la cámara un “trubi”, cada cual un ser ultradelgado, tapizado de una suave pelambre blanquecina, de miembros inferiores en perpetua doblez cual resorte comprimido y con los superiores como cuerdas colgantes que culminaban en un puñado de minideditos gordezuelos, lo notable era que del pequeño cráneo emergía una trompetilla anillada que se bamboleaba (lo único grueso en ese cuerpecillo) cubierta de mucosidad y de hilos de baba.

El primero en ingresar tenía una mancha dorada en la estrecha espalda (para que sirviera de probable identificación), deambulo breves instantes y tras unos cuantos segundos, su trompa empezó a pulsar al ritmo de la vulva sin que en apariencia su mirada se dirigiera al órgano susodicho, en admirable sintonía. El siguiente episodio en ocurrir fue tan rápido que sólo la revisión de los sensópticos corroboraría lo que pareció suceder, se propulsó con sus resortadas piernas aterrizando sobre los rotundos muslos de nuestra compañera, con sus filamentosos brazos ensanchó la brecha genital e introdujo de un golpe la trompetilla, un ruido de succión lo acompañó desde ese momento.

La voluntaria había trasegado ralentizadores y depresores de la líbido antes del experimento (se trataba de establecer una relación con los “trubis” no de gozar mientras durara el evento) que debían en teoría protegerla e insensibilizarla de manera parcial, no obstante, sus poros se abrieron exhalando un aroma increíble, mezcla de canela y mandarina, los vellos se erizaron y la respiración se convirtió en jadeante, las mamas protuberaron y la piel se rubefaccionó, un temblorcillo se instaló en la musculatura superficial difundiéndose en ramalazos por el torso, aunque el rostro permaneció entre estático e inmutable, cual si estuviera hipnotizada.

Mi propia erección era ya incómoda, cuando terminó la sección chupar y absorber, en este caso escamas epiteliales para nutrirse y lubricar que caracteriza sus incursiones en los nidos de “mirmecos” (hormigas locales) empezó la de martilleo, maniobra destinada a alcanzar el aposento de la reina y aspirar las ricas sustancias que allí se apiñaban para deleite de la reina y facilitar la postura y nutrición de huevecillos; el sonido era ahora de chapoteo, el “trubi” extraía una y otra vez el instrumento y volvía a insertarlo más bien en metida ruda, con tanta eficiencia que hasta el propio diminuto cráneo desaparecía en el conducto; cuando era extraído, por un instante se veía el redondo túnel que acababa de abandonar en rojos contrastados desde los brillantes del borde hasta los densos y prietos del fondo y antes que colapsara era vuelto a ocupar por la henchida cornetilla, tras un par de centenares de oscilaciones el “trubi”, como más tarde reseñaríamos, irrumpió a la “primera fase de la maduración”, sus subsistemas ingresaron a funcionamiento lento hasta que se paralizó, las postreras embestidas fueron agónicas, casi en cámara lenta podíamos seguir los acontecimientos y de repente se sumergió en la matriz y sólo las patas emergieron, la vulva repleta era probable que estuviera transitando hacia el dolor moderado.

Interrumpimos el experimento, habíamos creído que se dedicarían a olisquear, a masajear y quizás, que era la esperanza de much@s a introducir un poco la trompetilla por algún agujero. No previmos que se pondría tan dura y henchida y que sería tan rápido y preciso en su intuición. Comprobamos a posteriori que a partir del acto sus metabolismos habían cambiado, con altísimo intercambio químico y molecular, dilatados segmentos del ADN humano y “trubi” residual se despertaron, finalizado el intercambio la mujer ganaba un aroma que seducía y obnubilaba, leve ensanchamiento de los poros para expelerlo y una sensibilidad vaginal que se acrecentaba con la práctica, pero era crucial que repitiera con cualquier “trubi” en un lapso determinado (un período menstrual) para no perder tales atributos.

En simultánea, el “trubi” ingresaba a una fase de hibernación y transmutación (“segunda fase de la maduración”) donde se desinflaba y podía ser extirpado, y culminaba después en un despliegue de cualidades que asombraba, mientras se iban manifestando las nuevas pautas conseguidas (“tercera fase de la maduración”): su físico se mantenía similar, pero sutiles agregados lo convertían en un ser diferente, el cráneo se ensanchaba, la trompetilla se cornificaba albergando una lengua que elevaba su performance sexual con las hembras homo sapiens y de insectívoro crepuscular pasaba a tener un alto coeficiente intelectual, don de lenguas y facilidad para producir los sonidos propios de aquellos con quienes nos topábamos en el vasto espacio interestelar. También necesitaba practicar coito interespecie para mantener ágil la mente y las traducciones correctas, recordemos que el coito intraespecie no los ampara y tampoco se reproducen una vez que forman parte de una singladura espacial, ya que las condiciones para ese proceso sólo se dan en su planeta.

No ha faltado algún burócrata despistado que ha sugerido desde su reducto sin experiencia de campo que las naves llevan sobrecupo de “trubis”, que no se requieren tantos traductores, pero la felicidad de nuestras compañeras y de nosotros mismos es trascendental para continuar con los negocios y la investigación cósmica, con las mejoras introducidas por el comercio carnal entre “trubis” y mujeres, como efecto secundario los hombres envueltos en dichas actividades adquirimos (mientras coexistimos en el mismo ambiente) un moderado priapismo, una capacidad aumentada para controlar el orgasmo y empatía, eso se comprueba en la armonía que reina y en las excelentes relaciones y condiciones de la vida cotidiana en las nave, ha desaparecido por ejemplo, ese horrible olor a pedo reciclado y a proteína podrida que se pegaba a las paredes, reemplazado de manera permanente con los aromas exhalados por los cuerpos femeninos que inundan sus pasillos y que ya aprendimos nos provocan las variaciones quimiosensibles descritas; asimismo sabemos que no sólo tras el encuentro colectivo diario para holgar y copular se eleva la sensoproductividad, la cual se mantiene en los ciclos sucesivos de vigilia y crionizaje (para ambas especies el efecto es salir en la misma condición que entraron), y que del mismo modo durante el clímax alcanzamos esa mente colectiva que quisieron Carlos Gustavo Jung y Gautama Buda y que preconizaron Ken Wilber y Fritoj Capra.

¿Que si existieron voluntari@s para un anal?, si, abundantes, pero los “trubis” persistieron en su opción heterosexual, hay quienes afirman que si la posición hubiese sido de decúbito ventral otro gallo cantaría (por aquello de la teoría morfogenética de Sheldrake, una vez que la mente colectiva de una especie sufre la impronta de un comportamiento sus especimenes la practicarán), los varones les agradecemos su persistencia en la opción, ya que nos permite dedicarnos con comodidad a los agujeros restantes.

Pero aquí culmino mi remembranza para que podamos echarnos una segunda ronda de coitos, afirmando que lo presenciado por diversos indagadores, lo vivenciado en lo personal y lo que continua sucediendo en el planeta de los “trubis” no deja resquicio a la menor duda: ambas especies nos necesitábamos, no sólo éramos complementarias, florecemos como el epítome de la simbiosis, para poder convertirse en “trubis” tienen que introducirse en una vulva humana y resurgir metamorfoseados (algunas envidiosas especies competidoras han robado especimenes tratando de conseguir idéntico resultado sin pasar por la ordalía de la penetración, pero han fracasado con ignominia y estolidez).

La prueba de la introducción (como se denomina al primer coito) se ha tornado en un acontecimiento significado para ellos y nosotros, en un auténtico salto cuántico; así, de posibles mascotas simpáticas brincaron a nueva especie sentipensante, que tal poder transformador el de la vagina que los convierte en los mejores traduinterpretadores… y además exclusivos.

Sin embargo, queda para el análisis una nota un tanto lóbrega, otra lectura del acontecimiento, ya que hay quienes empiezan a sugerir que una vez conseguida una cierta madurez por la humanidad, lo que aconteció era inevitable: los “trubis” nos esperaban para convertirnos en sus amuletos sexuales.

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