Algunas flores del muerto (extracto de “La montaña mágica”)

THOMAS-MANN-9

“Ulises”, “En busca del tiempo perdido” y   “La montaña mágica” padecen la misma enfermedad: Todo el mundo las alude y pocos las leen. Más que por el reto que implica leer un voluminoso ejemplar de casi mil páginas (aún hoy se sigue creyendo que es una novedad que un libro largo sea de alto impacto y se vuelva en una nueva biblia, como suele promulgarse por parte de los fanáticos de “2666” o “La broma infinita”), es por el desgano que genera una pieza museográfica, encumbrada por  suplementos culturales, críticos y comentadores que han petrificado las posibilidades de lectura de dichos libros. Quizá sea la venganza de la humanidad para con esos escritores, una venganza inocente e inconsciente, inferida por quienes no tienen más remedio que erigirse como patriarcas de interpretaciones incontestables. Pese a esos intentos, estos libros siempre tendrán pliegues, como este de “La montaña mágica” de Thomas Mann que a continuación les presentamos, donde el abuelo muerto puede ser sustituido por esas  “grandes obras maestras” que se canonizan y se vuelven obligatorias para ser “cultos” y las flores y el ataúd podrían corresponder a los cientos de tesis, tesinas y reseñas que aparecen a diario (también podrá condenarse esta permutación pues implica una lectura en clave alegórica, tan defenestrada hoy por los literatos):

La muerte era de una naturaleza piadosa, significativa y de una belleza triste, es decir, muy espiritual; pero al mismo tiempo completamente de otra naturaleza, casi contraria, muy física, muy material y entonces no se la podía considerar ni como bella, ni como significativa, ni como piadosa, ni incluso como triste. La naturaleza solemne y espiritual se expresaba por el suntuoso ataúd del difunto, por la magnificencia de las flores, por las palmas que, como se sabe, significaban la paz celeste; además, y más claramente todavía, por el crucifijo en las manos del abuelo difunto, por el Cristo bendiciendo, de Thorwaldsen, que se hallaba derecho a la cabecera del féretro, y por los dos candelabros erguidos a ambos lados que, en aquella circunstancia, habían adquirido igualmente un carácter sacerdotal. Todas esas disposiciones encontraban aparentemente su sentido exacto y bienhechor en el pensamiento de que el abuelo había adquirido para siempre su figura definitiva y verdadera. Pero, además, como el pequeño Hans Castorp no dejó de notar, a pesar de que no se atrevía a confesárselo en voz alta, todo aquello y sobre todo la enorme cantidad de flores, en particular de tuberosas esparcidas por todas partes, tenía por objeto mitigar ese otro aspecto de la muerte que no es ni bello ni verdaderamente triste, sino más bien un poco inconveniente, de una naturaleza bajamente corporal: tenía por objeto hacer olvidar o impedir que se tuviese conciencia de aquello.

Traducido por Mario Verdaguer

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