Ronin, de Francisco Narla.

Por Manuel García Pérez

@ManuelGarciaOri

Ronin

En ocasiones tengo en cuenta el valor narrativo de una obra cuando, al leer en voz alta alguno de sus párrafos, descubro esa letanía subyacente en el ritmo de su lenguaje, una marca de oralidad que me recuerda a la tradición como una ofrenda ancestral, como una epifanía que rinde culto a la palabra en sí misma. La palabra como origen del mundo y de la historia de cada uno de nosotros en ese Libro Infinito que es el universo, parafraseando a Mallarmé.

   Ronin tiene esos visos de epopeya. Ronin, publicada por TH Novela, nos descubre otra reinterpretación del mito iniciático del samurai que se enfrenta a su solitaria condena errante para lograr que la hazaña sea valedora de una salvación personal y de toda una comunidad. Sobre Assur escribí lo suyo en su momento y, sobre Ronin, mantengo las siguientes virtudes que la novela ofrece para aquel lector que quiera adentrarse en una historia de aventuras, acorde con una tradición anglosajona que Narla ha asumido con un lenguaje preciosista y abigarrado: “El sol se ponía por la popa y Hasekura Tsunenaga observaba fascinado los telones de agua que se abrían reverencialmente ante la roda. De todas las órdenes que había recibido en su vida, aquella encomienda de viajar al país de los nanbanjin era, sin duda, la peor de todas. Echaba de menos sus humildes tierras, añoraba a su familia” (pág. 630).

  Es precisamente ese culto a la palabra lo que manifiesta su carácter oral, su capacidad para ser entonado en voz alta, siendo Ronin una novela que profundiza, en algunos momentos, más en el lenguaje que en la aventura. Pero es precisamente esa  cualidad tan significativa la que diferencia a un narrador sincero como Narla de otros meros imitadores de novela histórica que apenas aportan su personalismo y su visión literaria de los asuntos en sus obras: “La lluvia le fue calando la lana prieta de la capa y humilló las alas del sombrero. Echaba de menos a Martín, aquel loco bromista dispuesto a sonreír siempre que se hablase de mujeres o vino, en él hubiera podido confiar. Aquel largirucho que se había pasado la vida escapando del hambre sufrida de niño lo había demostrado arriesgando la vida por él y, cada vez que pensaba en ello, sentía una verdosa amargura que le hurgaba en las entrañas” (pág. 683).

  Narla no deja de construir una novela de aventuras, propia de un género de iniciación que acometen héroes que se decantan por el bien o por el mal, pero, al igual que en Assur, el lenguaje fluye, con sus complejidades descriptivas, con una notable densidad conceptual, fluye hacia la aventura, hacia las acciones intrépidas que comprenden una arquitectura inspirada en diversos tiempos y voces. Ronin es un pre-texto para elaborar un discurso, cautivador desde el principio por esa adherencia a la aventura como proceso personal de descubrimiento de la verdad, de la verdad de la muerte, de la verdad de los encuentros con el otro y con otros espacios inexplorados para un samurái como Saigo Hayabusa: “Le pedían que renunciase a todo aquello en cuanto había creído. Torii leyó comprensivamente el rostro del hombre que tenía enfrente, sabía que le estaba solicitando algo terrible. Saigo Hayabusa había aprendido a vivir como un ashigaru, un simple campesino que había llegado a su posición desde los arrozales, y lo único que tenía era la prez de su honra” (pág. 50-51). A diferencia de novelas históricas que plagan el mercado editorial con inflación de datos, a veces mal contrastados, para recrear momentos narrativos de personajes emblemáticos, Ronin descarta ese vicio exasperante y se adentra en la vicisitud, en la pericia, en el sentimentalismo romántico que desprenden los personajes y sus desafiantes retos. El encuentro de dos mundos culturales completamente diferentes, Japón y nuestra Península, ocasiona la extraordinaria vivencia de dos personajes, predestinados a la hazaña para consumar el honor de un destino y arbitra todas las secuencias de una novela río que pone en crisis y al límite de la supervivencia al ser humano que debe cambiar cuanto le rodea para que los suyos no sucumban: “ Y bajo el riesgo de aquella ominosa premonición del piloto, el San José y sus hombres llevaban casi un mes de aguardo; mientras, los rumores de que había llegado hasta el Guadalquivir un barco de La Habana con extravagantes hombres procedentes del misterioso Japón se extendieron por tierra firme como la llama en la yesca. (…) Acodado en la borda del galeón, Dámaso miraba hacia los pinos que jugaban a ser tentetiesos en las lodosas marismas en las orillas. (…) apretaba las manos en la regala hasta que los nudillos se le volvían blancos, porque aun cuando quería verla a ella, a él acudía la amplia sonrisa de Horruño el día que se habían despedido” (págs. 704-7059.

   Narla no indaga sobre el valor histórico del acontecimiento; es el trasfondo sobre el que coloca la estructura y los hechos. Nos equivoca el resumen de la contraportada, pues la narración, personalmente, destaca por el estilismo, concienzudo, aplicado al destello, al rasgo nimio, a la gestualidad, siendo los personajes los que mueven la historia de ese mundo increíble y mítico. Mítico porque, pese a los esfuerzos del creador, nos resulta remoto y desconociudo. No importa si fue real o no. El lector asume como veraz la ilustración histórica de la época, porque se interesa por los personajes desde el primer capítulo, cuando, in media res,  Saigo está interesado en  morir y sacrificarse ante su daimyo antes de asumir la derrota de su clan. Hay una herencia de Dickens tangible en la combinación de historias diferentes que al final se encuentran y en ese regusto por apostillar los matices descriptivos en cada intervención.

  Esos efectos retóricos hacen que la obra merezca el rango de modernidad a la vez que el de apropiación de epopeya, de canto bárdico, como esencialidad de su hipnótica lectura. La brevedad de los capítulos es un acierto porque Narla apura esa esencia narrativa y formal en cada episodio otorgándole un dinamismo acentuado a las historias de los diferentes personajes. Lo que me queda por decir es que Ronin consigue crear una ucronía, un no lugar en el tiempo histórico, pero resulta finalmente irrelevante cuando la fuerza del lenguaje, su concreción y su tono épico, puede con todo lo demás.

   Enhorabuena.

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