Archive | marzo 2014

Galería del Trueque Digital Planetario 2014

El pasado  Marzo 16 se llevó en las instalaciones del  Planetario de Bogotá una nueva versión del Trueque Digital. Esta hacktividad pretende fomentar la cultura del compartir que tanto se ha puesto en cuestión por los fundamentalistas del copyright y las empresas, por más contraculturales que se pinten (caso Metallica, que se presentó ese mismo día en la ciudad). Además del intercambio de contenidos digitales, ese día se llevaron a cabo charlas sobre cultura libre, cultura digital, ciencia ficción, medios libres y astronomía. Al tiempo se proyectaban cortos licenciados en creative commons. Por supuesto, Mil Inviernos tuvo su aparición estelar presentando una conversación que transitaba entre la ciencia ficción, la cultura libre, y  el amor, sobre todo el amor. Sobre el aspecto de ciencia ficción y cultura libre, que a mi parecer quedó en el aire en la charla, quise profundizar en un artículo en Amazing Stories: Ciencia Ficción y Cultura Libre. Sobre el amor, es un tema que se profundiza todos los días. Acá presentamos algunas fotos de lo que pasó ese día. La galería completa se puede apreciar en:   Flickr del Trueque

Maria Juliana Soto, Luis Fernando Medina Maria Juliana Soto, Luis Fernando Medina
Camilo Delgado-Correal Mil Inviernos

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Agua y caramelos por África

Por Fernando Suárez-Obando

Fernando Suárez

I

Confundía ensoñación con pesadillas, parecía estar en un estado febril. Apenas podía abrir los ojos para ver la extensa planicie herida por el hilo gris de la carretera; cerraba los parpados y veía a lado y lado de la vía, bailarines Yao y hombres-león; figuras que fijaban su mirada sobre mis ojos cegados por el sueño; su escrutadora mirada, viva, fija sobre mi ser a medida que avanzábamos por la llanura.

Máscaras inexpresivas, presencias aterradoras, unos tras otros; los hombres-León, ocasionalmente emprendían su danza convulsa, solo para detenerse cuando yo quería fijarme en sus movimientos; bailaban a lo lejos, se detenía ante mi cercanía. Uno tras otro. Bailarín, hombre-León y máscaras. Una hilera interminable de seres brotados de la planicie. Sus espíritus enmarcaban la carretera y el resplandor de sus atuendos matizaba el sol abrazador. El rojo de las melenas inducía el temor de una presa que corre sin esperanza, la presencia de un predador implacable que se repite en hileras infinitas, cercando el camino, esperando pacientemente el momento de dar el zarpazo y detener la huida. La misma carretera al abrir los ojos, la misma carretera al cerrarlos; llanura sin cazadores, llanura con leones humanos.

Finalmente me despertó el grito del conductor: -Vieron a los Yao? – gritó sin quitar la mirada de la carretera. – Vi a varios, eran muchos – respondí sacudiéndome la modorra. – ¡Vamos, solo había dos! –. Dijo el conductor soltando una mirada de sorpresa por el espejo retrovisor. – Uno detrás del otro, permanecían inmóviles al lado de la carretera –. Sonrió y se mantuvo fijo en el camino. – ¡Pero solo eran dos! -. Sentencio -. Pensé que eran más, tal vez miles, o al menos cientos –. Dije mientras sacudía la cabeza, intentando volver a esta realidad. – Has dormido por treinta minutos –. Intervino Antonio, que estaba a mí lado en el asiento trasero. – ¡Aja! ¡Treinta minutos! ¿No fueron veintiocho o treinta y dos? ¡Que preciso! Que importa, vi a miles de Yao y leones y máscaras -. Replique en voz baja, volviendo la cara hacia la ventana.

Afuera, la Sabana Africana atravesada por la cinta asfáltica. Viajábamos desde el noroeste hacia Lilongwe, habíamos partido desde el lago Malawi hacia poco menos de una hora; continuábamos hacia el este, en dirección a la capital. El sol rojizo de atardecer nos rasguñaba la espalda.

Sentía el sopor y el cansancio; ojos edematosos enmarcados por mi cara brillante; que letargo atroz; debía despabilarme para disfrutar las últimas horas de luz y recrearme con la Sabana. A pesar de las pesadillas con los Yao, un viaje sin contratiempos; me concentraba fijando mi mente en la infinita llanura, contemplando el paisaje, viendo pasar retazos de África, por la ventana del Rover.

Avanzamos hasta Salima, paso obligado partiendo de la Bahía Senga en dirección a Lilongwe. -Salima, Salima- lo repetía en voz baja para no olvidar. Salima, una pequeña ciudad, más que ciudad un pueblo grande con Mezquita, algunas calles pavimentadas; Coffin shops alternando con tiendas de muebles y carpinterías, talleres de mecánica a lado y lado de cafeterías paupérrimas que se promocionaban con letras pintadas sobre sucias paredes blancas: “tea room and soft drinks”; tráfico, cabras, gente y un ejército de camionetas de las ONGs instaladas en Malawi. Decenas de mini-buses agolpados recogiendo o dejando vecinos; volquetas colmadas de personas en el cruce de caminos, gente lanzando arengas desde las volquetas, gente saludando desde los platones, gente en domingo de traje y camino al rito, al templo o al partido de futbol; a donde fuera que se dirigieran, se notaba en ellos la agitación del día, gente, algarabía y sopor de un domingo cualquiera; el sol nos castigaba de frente, a todos por igual. Serian alrededor de las cuatro de la tarde cuando nos detuvimos.

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Un pianista sin vergüenza (l’Accordeur de 2010)

verguenza

La vergüenza es una emoción o un estado de conocimiento y tener un sentido de ella implica entender o conocer que en algún momento se está avergonzado. Tal estado puede surgir en situaciones de deshonra, desgracia, insuficiencia, humillación, o disgusto. La vergüenza es el efecto de una acción deshonrosa o injusta. Los orígenes de la palabra vergüenza se piensa que vienen de un termino antigua que significaba “cubrirse”. Tal acto, de forma figurada o literal, es una de las formas de la expresión física de la vergüenza. Esta acción de cubrirse o de por lo menos mantenerse retraído en cama es lo que hace el joven protagonista del corto francés El afinador de piano (l’Accordeur) de 2010 dirigido por Olivier Treiner.

Adrien es un joven pianista prodigio que cae en desgracia cuando falla en el evento para el que se ha preparado durante toda su vida. Al verse deshonrado, el pianista decide sobrevivir como afinador de pianos, pero para mejorar el negocio finge ser ciego. La pregunta que se abre ante toda la situación es ¿qué pasaría si el desvergonzado afinador viera algo que no debería ver?

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La sangre que cantó Arguedas hasta matarlo

arguedas

El llamado que la sangre le hizo a José María Arguedas desembocó en su decisión de pegarse un tiro para confluir con el río  que llevaba dentro y bucear en la presunta totalidad que trasunta lo eterno y la carencia de nombre y espacio y tiempo. Su nombre no sólo se ha encumbrado en la tradición narrativa del Perú, también ha estado afiliado a la antropología y su voz quedó grabada en cantos que hielan el corazón más incendiado. Les presentamos “Carnaval de Tambobamba”, una canción entonada por el autor de “El sexto” y “Los ríos profundos”:

Decapitadoras del aliento

EL blog de Daniel Zapata publica un artículo de Andrés Felipe Escovar sobre la taxonomía del objeto del amor, que al tratar de acoger a nadie termina tropezando con alguien que te va a destrozar y acuchillar ante el mínimo gesto de escape, así sea el tierno asomarse a una ventana para tratar de otear un infinito ya clausurado para siempre.

Musatura

Conocí a Felipe hace años. Exactamente en un teléfono público en Manizales, por la avenida paralela. Pasaba por el lado, me estiró el teléfono y me dijo: “llamadas solo emergencias… ¿para estos hijueputas qué es una llamada de emergencia? Mi novia me está esperando en la casa para ir a una cita médica y no alcanzo a llegar porque me acaban de robar. Ahora el teléfono es inteligente y determina qué es una emergencia…no me crea tan…”. Me pareció que tenía razón; lo invité para que “retacáramos” el pasaje del bus, yo tenía mil pesos y coincidencialmente íbamos a destinos similares.

Tiempo después me lo volví a encontrar en Bogotá, esta vez adelantaba una manifestación en contra del transporte público, gritaba por un megáfono: “¡no más mierda! Si nos toca ir de pie y apretados, debemos pagar la mitad del pasaje…¡no más mierda!” Me hice cerca, donde me pudiera ver…

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Pumzi: Un corto de distopía ecológica desde Kenia

En el futuro tú no puedes seguir tus sueños. Para evitar los sueños existe el medicamento supresor de sueños. En un mundo devastado por una Tercera Guerra Mundial por los recursos ecológicos, debes permanecer dentro de comunidades encerradas, a menos que solicites una “Visa al Exterior” y te sea aceptada.

pumzi

 

Asha es curadora del Museo Virtual de Historia en el que se exponen muestras de lo que anteriormente se conociera como la biosfera de este planeta.  Algún día recibe, de algún lugar extraño, unas muestras de semilla. Tras un rápido estudio con sus aparatos especializados, se da cuenta que estas carecen de radiación y son apropiadas para la vida. En un ambiente de absoluto raciocinio de agua, en donde no se puede gastar una  gota de agua, decide ir afuera (aún sin la Visa) y plantarla al lugar en donde le indican esos sueños que reaparecen a pesar del supresor de sueños.

Pumzi es un magistral corto de Ciencia Ficción, dirigido y escrito por Wanuri Kahiu, que fue presentado en el Festival de Sundance en el 2010. Con  efectos limpios y mesurados, nos sumerge en un ambiente de desolación y melancolía por este planeta arruinado.

Claves del futuro en Synth Britannia

crashsynth

 

Si se pudiera marcar una fecha que dividió definitivamente dos de las grandes vertientes  de la música pop británica, esta fecha sería 1975, cuando la gira de Kraftwerk en Liverpool coincidió con la gira “Wings Over England” de (los ex  Beatles) The Wings. De las guitarras, el pelo largo, los jeans y flores; surgía otra propuesta desde el brazo germánico, con trajes de corbata, pelo corto y sintetizadores que podían reemplazar toda la parafernalia circense de una banda de rock.

Era el inicio de una nueva era del futuro.

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