Agua y caramelos por África

Por Fernando Suárez-Obando

Fernando Suárez

I

Confundía ensoñación con pesadillas, parecía estar en un estado febril. Apenas podía abrir los ojos para ver la extensa planicie herida por el hilo gris de la carretera; cerraba los parpados y veía a lado y lado de la vía, bailarines Yao y hombres-león; figuras que fijaban su mirada sobre mis ojos cegados por el sueño; su escrutadora mirada, viva, fija sobre mi ser a medida que avanzábamos por la llanura.

Máscaras inexpresivas, presencias aterradoras, unos tras otros; los hombres-León, ocasionalmente emprendían su danza convulsa, solo para detenerse cuando yo quería fijarme en sus movimientos; bailaban a lo lejos, se detenía ante mi cercanía. Uno tras otro. Bailarín, hombre-León y máscaras. Una hilera interminable de seres brotados de la planicie. Sus espíritus enmarcaban la carretera y el resplandor de sus atuendos matizaba el sol abrazador. El rojo de las melenas inducía el temor de una presa que corre sin esperanza, la presencia de un predador implacable que se repite en hileras infinitas, cercando el camino, esperando pacientemente el momento de dar el zarpazo y detener la huida. La misma carretera al abrir los ojos, la misma carretera al cerrarlos; llanura sin cazadores, llanura con leones humanos.

Finalmente me despertó el grito del conductor: -Vieron a los Yao? – gritó sin quitar la mirada de la carretera. – Vi a varios, eran muchos – respondí sacudiéndome la modorra. – ¡Vamos, solo había dos! –. Dijo el conductor soltando una mirada de sorpresa por el espejo retrovisor. – Uno detrás del otro, permanecían inmóviles al lado de la carretera –. Sonrió y se mantuvo fijo en el camino. – ¡Pero solo eran dos! -. Sentencio -. Pensé que eran más, tal vez miles, o al menos cientos –. Dije mientras sacudía la cabeza, intentando volver a esta realidad. – Has dormido por treinta minutos –. Intervino Antonio, que estaba a mí lado en el asiento trasero. – ¡Aja! ¡Treinta minutos! ¿No fueron veintiocho o treinta y dos? ¡Que preciso! Que importa, vi a miles de Yao y leones y máscaras -. Replique en voz baja, volviendo la cara hacia la ventana.

Afuera, la Sabana Africana atravesada por la cinta asfáltica. Viajábamos desde el noroeste hacia Lilongwe, habíamos partido desde el lago Malawi hacia poco menos de una hora; continuábamos hacia el este, en dirección a la capital. El sol rojizo de atardecer nos rasguñaba la espalda.

Sentía el sopor y el cansancio; ojos edematosos enmarcados por mi cara brillante; que letargo atroz; debía despabilarme para disfrutar las últimas horas de luz y recrearme con la Sabana. A pesar de las pesadillas con los Yao, un viaje sin contratiempos; me concentraba fijando mi mente en la infinita llanura, contemplando el paisaje, viendo pasar retazos de África, por la ventana del Rover.

Avanzamos hasta Salima, paso obligado partiendo de la Bahía Senga en dirección a Lilongwe. -Salima, Salima- lo repetía en voz baja para no olvidar. Salima, una pequeña ciudad, más que ciudad un pueblo grande con Mezquita, algunas calles pavimentadas; Coffin shops alternando con tiendas de muebles y carpinterías, talleres de mecánica a lado y lado de cafeterías paupérrimas que se promocionaban con letras pintadas sobre sucias paredes blancas: “tea room and soft drinks”; tráfico, cabras, gente y un ejército de camionetas de las ONGs instaladas en Malawi. Decenas de mini-buses agolpados recogiendo o dejando vecinos; volquetas colmadas de personas en el cruce de caminos, gente lanzando arengas desde las volquetas, gente saludando desde los platones, gente en domingo de traje y camino al rito, al templo o al partido de futbol; a donde fuera que se dirigieran, se notaba en ellos la agitación del día, gente, algarabía y sopor de un domingo cualquiera; el sol nos castigaba de frente, a todos por igual. Serian alrededor de las cuatro de la tarde cuando nos detuvimos.

II

Viajábamos en un Land Rover Serie III; supongo que 1985. Incómodo y ruidoso, un invernadero especial para cultivar modorras. Aun así, no debería permitirse explorar África si no es en un Rover. En Salima decidimos llenar el tanque, aprovisionarnos de botellas de agua, y compré una bolsa de caramelos de colores; estire las piernas caminando por el asfalto, sintiendo el abrazador calor; escasas Acacias brindaban sombra a los viajeros. – Salima, Salima – repetía en voz baja para no olvidar. Al rato comencé a decir –Salima, Mesalina, Salima Mesalina-. Sonreí ante la bufonada, no parecía ser Salima una ciudad disoluta y pervertida, no es Salima a Mesalina, como Edith a Sodoma, solo era una nemotecnia sin sentido.

Seguimos por la cinta gris, hiriendo el paisaje, kilometro a kilometro arrullados por el ronroneo del Rover. El camino nos llevaba por un paisaje melancólico y evocador; me seducía pensar que hacíamos un vano intento por huir del atardecer; en vano porque nosotros éramos el atardecer. Sabanas infinitas bañadas por rayos dorados, que hacían resaltar a los escasos Baobabs, y en medio de esa visión de geografía exótica y eterna, nosotros los exploradores sin fango, citadinos que no tenían que sufrir ni huir de las tribus salvajes, un grupo de azungu pretendiendo ser herederos de Livingston. Éramos el atardecer en una diminuta nave plateada en medio de la sabana eterna; rogando inconscientemente porque la carretera no desapareciera súbitamente y que ese hilo gris nos devolviera a la civilización. El cuadro del atardecer africano estaría incompleto sin exploradores, o al menos, exploradores en apariencia. Éramos la apariencia que hacía falta para completar el atardecer. Éramos el atardecer.

La carretera se perdía entre colinas bajas que descendían en suave pendiente hacia valles semiáridos salpicados de parches verdes de Acacias, o tal vez de Miombos, y Sicomoros; grupos de árboles de plátano y papaya; y cada tanto sobresalía un Baobab solitario, robusto y dominante; mas allá se asomaban pequeñas palmas entre las villas de chozas de barro y techos de paja. Al lado de cada casucha, los depósitos de granos hechos de bambú; el ganado y las cabras husmeando por la puerta principal de algún hogar; gallinas negras idas de la existencia, perros echados espantando moscas con la cola; perros, moscas, Baobabs, villas y valles semiáridos envueltos en la modorra del domingo.

Mujeres ceñidas con sus coloridos vitenge, despuntaban entre los retazos verdes y las franjas marrón de la tierra seca, unas llevando vasijas con agua apoyadas sobre el Duku en sus cabezas, otras sentadas a la vera del camino; sentadas sobre la tierra roja, cerca de los perros, tolerando a las gallinas negras, contando las cabras, cuidando los depósitos de bambú y cuidando que los niños siguieran siendo niños. Más lejos o más cerca: siempre los niños, a lo largo del camino, cerca o allá en las villas, niños y hombres-león, bailarines Yao en medio de filas interminables de niños. De nuevo el sueño, la ensoñación y el espejismo de multitudes que cuidaban la vera de la carretera. Niños medio desnudos, descalzos, saludando desde la orilla del camino, moviendo alegremente sus manitos, fijando su mirada en la cotidiana rareza de los azungu: los fugaces seres exóticos que atravesaban la llanura sobre el ronroneo del Rover. Y se atravesaban en el camino las cabras, las vacas, los perros, y otra vez las gallinas negras, siempre idas de este mundo. Sobrepasábamos, a la velocidad de un motor exhausto, a hombres tenaces que en su bicicleta, trasladaban cargas imposibles: 4 o 5 canecas metálicas de 50 galones, o un montón de muebles apilados entre el sillín y el cuadro; hombres y mujeres luchando por mover su carga, resistiendo el peso de la tarde sin rendirse ante las colinas; los niños luchando por sobrevivir, sin negar una sonrisa; sin negarme un curioso adiós, sin dejar de decirle adiós al pálido musungu. Variaciones del mismo tema de escenas pintorescas en el paisaje del África sub-tropical. La escena se repetía una y otra vez, kilómetro a kilómetro.

III

Faltando unos 50 kilómetros para llegar a Lilongwe, el Rover empezó a quejarse como un viejo cansado; los frenos no respondían y el conductor tenía que pararse encima del pedal para disminuir la velocidad; el volante había cobrado vida propia y el carromato estaba incontrolable; la alarma de temperatura se encendió y eso nos obligó a detenernos.

Mr. Douglas conducía; era el viejo zorro que conocía el terreno; era un blanco y rubicundo Ingles, canoso y de mirada escrutadora. Corpulento, fuerte, digno de respeto y temor al mismo tiempo. Yo viajaba en el asiento de atrás en el lado izquierdo, desde mi asiento podía ver cada movimiento de Mr. Douglas. Su posición sobre el volante, sus manos señalando detalles del paisaje, la leve inclinación de su cabeza al buscarme en el retrovisor. Me ofrecí a revisar la averiada nave, mientras los otros tres pasajeros, esperaban adormilados algún diagnóstico.

Mr. Douglas y yo, inspeccionamos y revisamos el corazón del Rover, pero todo parecía perfecto; un motor sucio sin fugas, un digno representante de la máquina que impulsa un viaje de ocurrencia sin novedades. ¡No parecía nada grave! Pero tampoco había explicación para la alarma y la luz roja del tablero y el motor no daba señales explicitas de algún daño importante. A lado y lado de la vía, llanura, colinas, valles semiáridos y lejanía. Sintiendo el peso de la inmensidad de la Sabana, pensé: – sí viviera acá mismo, en esta vera del camino, ya habría llegado a casa -. Pero definitivamente no vivía allí.

Aunque la luz de temperatura seguía prendida, decidimos avanzar; en realidad no había otra opción, avanzar antes que callera la noche. Basábamos nuestra tranquilidad en el nivel normal del agua, y la calma chicha se sostenía en que no hacía falta aceite ni gasolina. Por unos momentos el anciano quejumbroso recupero su fuerza, encendimos el campero, el Rover había vuelto y anduvimos en silencio; contemplando. Absortos.

Paramos en un mercadillo a la orilla de la carretera cerca de Mvera y compramos dos bolsas de tomates para la cena de esa noche; aun creíamos que llegaríamos a cenar. Retomamos de nuevo el camino, los frenos parecían funcionar bien pero la alarma del tablero seguía encendida; al cabo de dos colinas empinadas, el viejo Rover se quedó sin fuerza; bajando las pendientes el carromato avanzaba por gravedad; decidimos parar por segunda vez. Mr. Douglas y yo volvimos a revisar, los otros tres, atrás en su modorra turista. Arturo apoltronado a la derecha de mi asiento; Harry en frente, al lado izquierdo, miraba nervioso por encima de sus lentes redondos y John, en la parte trasera acomodado entre maletas y corotos. No veíamos la rareza mecánica, nuestra ignorancia disfraza a la máquina de normalidad. Ya solo nos quedaba la incertidumbre sobre el cuándo y el cómo el campero iba a dejar de funcionar. Sentía la soledad del camino desconocido, lejos de algún signo de familiaridad, remotamente cercados por el paisaje, abrazados por el fin de la tarde. La noche inminente.

De vuelta a la cabina; avanzamos unos metros, pero a los pocos  minutos empezaron a encenderse más  luces en el tablero, ¡eso no se veía bien! Y simplemente el armatoste se apagó; el carromato equivalía a cualquier carro de balineras; el motor dio sus últimos jadeos y con la inercia salimos a la orilla; quedamos varados en un caserío, al frente de una escuela: Mchemani School.

Cuando el campero se detuvo, Mr. Douglas y yo, nos bajamos nuevamente a mirar, mientras los otros tres seguían en clase turista esperando las noticias. Abrimos otra vez el capó y el humo blanco se hizo más que evidente, el motor recalentado nos golpeó el rostro; el agua del radiador hirviendo se hacía vapor, la maquina estaba muerta.

No pasaron más de dos minutos después de habernos detenido; no más de un minuto de habernos resignado a esperar la noche varados en medio de la nada, cuando varios ojos curiosos aparecieron de la nada; rodeando, susurrando, riendo. Al principio, algunos tímidos; tal vez cuatro o cinco niños se acercaron a ver a los azungu; luego cinco más, tal vez diez más, y al cabo de los segundos, y al cabo de los niños, ¡eran todos los niños de la aldea! Pequeños, barrigones, sucios, mocosuelos en harapos que venían a atisbar lo que pasaba. No menos de 30 fisgones que se reían entre ellos y nos miraban como a extraterrestres. Parecían un pequeño mar que rodeaba a la isla Rover, las olas rompían asomándose por las ventanas examinando a la clase turista; se movían en batientes de crespitos negros, cabezas chutas salpicadas de lesiones escabiosas y uno que otro piojo, saltando de cresta en cresta. Niñas con extraños vestidos de satín, mujercitas diminutas engalanadas con fachas raídas blancas y rosadas que contrastaban con jovencitas forradas en el Chitenje; faldas de colores, trazas de zapatos en torrentes de pies descalzos; uñas negras; rapaces con chaquetas americanas y apenas dos niños con pantalón largo.

IV

Entre la multitud de niños, se asomaban los ojos del hambre, de la curiosidad, las miradas sorprendidas con la simplicidad de un carromato encallado en la arena roja; éramos el atardecer, éramos el acontecimiento en una tarde cualquiera de domingo.

Las olas de cabecitas rompían contra los espolones del carro, mientras nos abríamos paso entre la multitud ruidosa, nadábamos entre niños y carencias; sin gaviotas pero con risitas, alcanzábamos puerto en el motor humeante. Mr. Douglas y yo nos resignamos a esperar frente a la maquina expuesta, un milagro, una señal; compartiendo miradas con los pequeños tripones. Si me reía, ellos se reían; si fruncía el ceño, ellos fruncían el ceño; si alzaba la mano: alzaban la mano; el mar de cabecitas ahora era el espejo de mis acciones, y me veía reducido al tamaño de pequeños seres que de algún modo me anhelaban, me imitaban admirando mis gafas de sol; una coreografía de bocas sucias, de lenguas enredadas que preguntaban en Ingles por mi nombre.

Las correas del ventilador y la bomba de agua estaban rotas, el motor recalentado, la noche cercana, y la marea de cabecitas moteada de escleras amarillas, pupilas invariablemente negras, dientes y barullo. El mar de leva se hacía denso, se acumulaban olas de niñitos a mi alrededor. Los perros latían a lo lejos, persistiendo en la modorra, luchando perezosamente con las moscas. El domingo concluía con una nave en aprietos.

Al momento, se acerca un hombre de traje, con camisa y sin corbata. Un hombre muy delgado, con esos vestidos que parecen prestados. Ni impecable ni impoluto, pero sin duda un tipo agradable, de sonrisa amplia con quien es fácil hablar de cualquier trivialidad. El hombre sobresalía del mar de cabecitas por su altura, pero su intención era la misma que la de las demás oleadas: curiosear y preguntar. El hombre delgado se presentó como Ernest, el mecánico. Mecánico de profesión. ¡Milagros africanos! Era la importancia de llamarse Ernesto, asegurando que podía reparar el carromato. Ernest, la ola más sobresaliente de las cabecitas.

Ernest, inspecciono el motor, aunque hizo mucho menos que nosotros. Mando a un espontaneo estafeta por herramientas, quien salió corriendo hacia la aldea; el mensajero volvió al rato con apenas una llave combinada, un trinquete y una pinza. Ernest observo nuevamente el motor y concluyo con el ceño fruncido y el puño derecho en la barbilla, que habría que esperar a que la maquina se enfriara y que solo así la miraría con detenimiento. Ante tamaña conclusión, me desentendí del personaje y del motor, decidí hundirme en el mar de voces, descendí a la picota de los niños, al escrutinio de un clamor de juegos; a jugar con ellos, a ser uno de ellos.

Me hablaban a medio lengua, me hablaban los niños vivaces, coexistiendo con el Ingles pero dominando el Chechewa; se señalaban, me señalaban, me miraban y se reían y se reían aún más, ¡quién sabe que decían de mí! luego empezaron a señalarme objetos, yo solo seguía con mi mirada el punto que señalaban los dedos y entonces me soltaban los nombres de aquellas cosas en el idioma Ingles.

Señalaban un árbol, yo lo miraba, y todos en coro: – ¡Tree!-. La coreografía seguía con un camión, yo lo miraba, y todos decían: – ¡Truck! -. El siguiente pasó, era un buey, lo observé, hice cara de sorpresa y todos gritaron: – ¡Ox! -. El último paso del baile fue un remolino; me encontraba en el centro del maelstrom; todos los dedos señalaban mi rostro; – ¿Quién era yo? ¿Qué era yo? ¿Qué gritarían en coro si fuera otro el que dirigiera la ronda? ¿Qué sería yo? ¿Ox? ¿Musungu? -. ¿Yo tendría algún nombre en Inglés o en Chechewa? -.

No podía quedarme atrás, no podía callar; eso sería ahogarme en el mar de cabecitas; y empecé a chapucear para sobrevivir; nadaba cuando les decía: -¡Eyes! – y ellos se tocaban los ojos; gritaba: – ¡Ears! – Y todos a las orejas; susurraba – ¡Nose! – ¡y a la punta de la nariz! – ¡Tongue! – y el mar se moteaba con el rojo de sus lenguas. Estaba a salvo, ya no me ahogaría; pero dude por un momento sobre el rumbo que debía tomar: – ¿Volver al motor? ¿Hablar con Ernst? ¿Preguntar el curso de acción a Mr. Douglas? ¿Despertar a los turistas de la modorra? Instintivamente, como buscando una respuesta, me apreté la barbilla y todos gritaron: – ¡Chin! -.

V

No habían pasado más de quince minutos, desde el deceso del motor hasta la coral anglosajona de mi mentón, cuando descendió del camino una camioneta manejada por otro musungu. Un alemán anónimo, acompañado de una mujer en el asiento del frente y un Malauí en la ventana de atrás. El alemán se detuvo al ver el carro averiado rodeado de cabecitas en coreografía lingüística; nos comentó que había percibido algún peligro en la situación y se detuvo a socorrer. Mr. Douglas reacciono de inmediato y le pregunto al alemán si podía llevar a algunos de nosotros hasta cierto punto en Lilongwe. El alemán dijo sin chistar que sí.

Nadie conocía al alemán, nadie lo había visto antes; un personaje salido de la nada; a pesar de ello Mr. Douglas nos preguntó, a los 4 pasajeros, si alguno quería irse  a Lilongwe con el extraño. Inmediatamente conteste que no; yo no me movía de ahí y pensé: – menos con un desconocido, por más alemán que sea, o tal vez: mucho menos con un Alemán -. Además, yo estaba embebido en el mar de risas, ¡no quería, no podía salir de allí! Dos de nosotros decidieron irse –Arturo y John-. Rápidamente se montaron en el carromato del extraño. Toda la historia del alemán fue cuestión de tres minutos; a mí no me pareció correcto que nos separáramos. Dos camiones de musungos en un mismo domingo; parecía la gloria para los críos. Rápidamente el mar de barrigones y mocosos, llenos los espacios entre los visitantes y todos los niños presenciaron el trasteo de la clase turista a la nave de rescate. Manos batiéndose en despedida, adornadas con sonrisas amplias, lucha de pies para dar con el mejor lugar, buscando la primera fila para gritar: -¡Pitani bwino!- (-¡Adiós!-).

Ahora quedábamos solo tres. Esperando a que se enfriara el motor del carro y aguardando a que Ernest obrara un milagro.   Mr. Douglas llamo al Director de la ONG en Lilongwe y le relató la situación. Se convino que nos vendrían a recoger en un automóvil, calcularon que en una hora llegaban hasta la escuela. Ya eran casi las seis y la noche estaba a punto; el cielo toldado, el frio, el ruido de los camiones devorando la carretera; los curiosos y el mar de cabecitas que seguía ahí, rompiendo ola a ola contra mí. ¡Ya no más ahogarme en el maelstrom! tenía que pasar a la defensiva. A jugar con los niños; primero a saltar, a saltar en un pie; luego a adivinar la marca de los camiones que pasaban por la carretera, a señalar a las cabras, y más risas, mas palabras, mas Ingles y más Chechewa; quería más niños, más cabecitas sucias, un poco más de juego antes de la noche, quería volverme ellos y querían ser como yo.

Cometí la imprudencia de sacar mi cámara fotográfica. Al menos cinco niños salieron corriendo con angustia en sus ojos; trate de disimular, pero los pequeños ya se había perdido y no los volví a ver. Intente guardar la cámara, pero el resto de la multitud la aclamaba. Exigían que completara la tarea. A manera de sentencia las oleadas de niños me decían: – ¡Sí la cámara esta afuera, entonces tienes que usarla! – Debacle para la foto; una vez más se agolparon las cabecitas; guerra de pies descalzos; los más pequeños allá abajo en el fondo del tumulto, los más grandes tratando de ganarse mi favor.

Extendí mis brazos hacia arriba, el diafragma y la lente los miraba desde el cielo; el mar de cabecitas extendió sus brazos buscando alcanzar la cámara; las crestas de las olas tenia infinitos dedos; el mar moteado de palmas, y los ojos de los niños esquivando codos y brazos, buscando la lente, parpadeando con el flash, riéndose con el destello. La aglomeración alcanzó su éxtasis cuando los niños vieron sus caras en la pantalla de la camarita. Yo giraba el dispositivo, y haciendo un círculo les mostraba la imagen a los que podía, pero ellos querían más, más de ellos mismos; yo solo quería dejar de ver la multiplicación de la carencia, la veía en vivo y la volvía a ver en la imagen digital.

Cada foto era como empezar de nuevo, como encontrarme con ellos por primera vez. Cada 15 segundos se alternaba la escena entre la realidad de la cámara y el escenario de naufragio: muy pocos tenían zapatos, todos estaban sucios, su ropita vieja, y tal vez única; su única muda ataviada con la marca de donaciones de extranjeros que mandaban vestidos de satín, vestidos para muñeca, satín blanco y rosado, y encajes y camisas, y americanas, solo dos pequeños con pantalón.

Me gustaban más las telas tradicionales, pero eran escasas en el mar de indumentaria donada. Mas barrigones de lombrices, con el pelo negro lleno de tierra y otra vez se veían saltar uno que otro piojo, conjuntivas rojas, algunos sin dientes, y estrabismo, escabiosis, desnutrición. La ropa vieja, sucia; los mocos secos, congelados en el camino que escurre hacia los labios; las niñas pequeñas con vestidos desgastados; una niña de no más de 12 años, cargaba un bebe colgado en su espalda. El crio estaba envuelto en una tela, amarrado a los hombros y a la cintura de la niña, no sé si era su hijo un hermanito menor. Variaciones del mismo tema, el mismo paisaje cabeza a cabeza. Yo quería dejar de ver la multiplicación de la carencia, la veía en vivo, en el retrato que elaboraban mis ojos, sintiéndola en las risas y la volvía a ver en la imagen digital, fotografía tras fotografía; una y otra vez. Me saturaba el olor, no podía resistir más entre la alegría de los niños y la miseria de su apariencia; yo era el que sobraba, el que no entendía lo allí pasaba, yo era la carencia de comprensión; y la miseria de mi ignorancia me indicaba que ellos eran genuinamente felices antes la novedad de mi apariencia. Mientras yo miraba cada uno de mis objetos con la triste rutina de su perenne presencia.

Una vez el motor se enfrío, los “mecánicos” trataron de hacer algo, pero mientras manipulaban las correas, empeoraron el daño, el agua restante del sistema se dreno completamente; el radiador quedo finalmente vacío en segundos, delatando una avería mayor; aun si consiguiéramos agua, la fuga seria segura.

VI

Mr. Douglas llamaba con nerviosismo averiguando que pasaba con nuestro rescate y sin saber aun de la suerte de los otros dos con el alemán, yo seguía rodeado de niños. Estaba haciendo frio, la temperatura descendió rápidamente hasta los 11 C°. Mantenía las manos en los bolsillos, y todos los niños tenían las manos en los bolsillos; los rapaces que no las tenían allí, imitaban mi postura. Caminaba y todos los niños caminaban. Otra vez, la ronda continuaba con las manos en los bolsillos, me reía y las crestas de las olas se pintaban de dientes amarillos; estábamos conectados como espejos. Entonces jugamos a las muecas. Me convertí en una cara feliz y les dije – ¡Happy Face! – y gritaban: – ¡Happy Face! – mientras dibujaban sonrisas en sus rostros; luego hacíamos el numerito de – ¡Sad Face! – y todos al unísono: – ¡Sad face!-, borrando de sus caritas dientes y labios templados. Luego, el acto de – ¡Surprise face! -, y ellos como viendo a un grupo de perdidos y varados: – ¡Surprise face! –…y risas y más risas y más caminatas de Dandi con las manos en los bolsillos.

De un momento a otro señalaron mi rostro; apuntaron hacia mi boca con sus índices y preguntaron por mi nombre: ¿Cómo te llamas? Yo soy Fernando. Me preguntaron por el nombre de los demás y les dije: Gerry es Mr Douglas y Harry es de las gafitas redondas. – ¡Ah! ¡Aja! – La ola emprendió el juego: se escondían detrás del carro y empezaban las vocecitas agudas: – Gerry, Gerry – y más allá: – Harry, Harry -, salticos pequeños, risa, sonrisa, carcajadas y más salticos, salticos en la punta del pie; niñitos furtivos detrás del carromato, las vocecitas agudas señalando a los sobrevivientes: – Harry, Harry, Fernando, Fernando, Gerry, Gerry -.

Luego de escuchar mi nombre giraba la cabeza buscando la fuente de la broma, pero se alejaba, desaparecía; era mi nombre perdido entre montones de niños, cabecitas, y risas. – Gerry, Gerry, Fernando, Harry -. Salticos, empujones, polvo, camiones, atardecer en domingo. No había más opción si no reírse con los niños, y contener la emoción de haber convertido la simpleza de una maquina averiada, en la ruptura de la rutina; la rutina que define la belleza magnífica de los cuerpecitos agolpados de los niños; más niños, polvo, hambre, perros, bambú, esteras, bicicletas, arboles; una escuela sin agua, todo lo que para mí era exótico, para ellos era un día a día, lo que para mí era rutina, para ellos era sorprendente.

La realidad era que el carro no andaría más; quien venía por nosotros no llegaba; la noche era total; el caserío cercano sin luz eléctrica, la oscuridad nos envolvía a todos. África negra en oscura noche. Ernest, el mecánico, ofreció la casa de sus padres para guardar el Rover. Así que la nueva tarea era la de empujar el armatoste por el caserío; enfilando el rumbo hacia la casa de los padres de Ernst. Movilizar la nave significaba romper olas sin tener que aplastarlas.

Decidí quedarme en la parte de atrás del Rover, aguardando con la multitud de niños. Mr. Douglas luchaba por conseguir señal en su celular y el tercer musungo con las manos en el timón. Comenzamos a impulsar el carro. Las olas de cabecitas, ya no rompían contra la isla si no que la movilizaban. Me angustiaba pensar que alguno de los niños fuera a parar debajo de alguna llanta. Empujando, empujando, hasta que el campero cogió momento y empezó a rodar casi solo; desde el carro se oía la voz de Harry que gritaba: – ¿Para dónde voy? ¿Giro ahora? ¿Sigo por el camino? – Y yo ¡cómo podía saberlo! Que le podía decir, también era mi primera vez por este pueblo. Apenas se diferenciaba el camino, y bien hubiéramos podido pasar por encima de una casa sin darnos cuenta. Ya no veía a Ernest, ¡no lo veía!; no estaba a mi lado y yo tenía aún más miedo de ver un niño debajo de las llantas; en medio de la oscuridad era factible que algo así pasara. Grité que paráramos, y detuvimos el carro en frente una tienda paupérrima alumbrada con una vela. Las vocecitas seguían como si nada – Fernando, Harry, Fernando, Gerry, Gerry, Harry – y las risas se incrementaban, en tonos y formas, variaban rítmicamente; ellos seguían como si cada episodio fuera mejor que el anterior.

Ernest nunca se fue realmente de mi lado, simplemente no lo veía.  Negro como la noche, Ernest sólo volvía a mi percepción si él me sonreía. Le comenté mis temores sobre un accidente; Ernest decidió que el tomaría el volante y dirigiría el Rover a su destino. Ni él ni nadie atendió mi llamado de sacar a los niños de la tarea; nuevamente todos a empujar. Más algarabía y niños rosando las llantas. Ahora Harry se esforzaba por apartarlos un poco del camino. Anduvimos unos doscientos metros y Ernest súbitamente detuvo el carro, y yo, empujado por la inercia quede incrustado en la parte de atrás del Rover, causando gran excitación entre los niños; la noche se ilumino con las carcajadas; escleras y dientes, como puntitos blancos que delineaban al Rover. Ernst, estando detrás del volante se dio cuenta del peligro; se apeó del carro, recogió una caña del piso y empezó a ahuyentar niños con el palo; amenazando con la improvisada fusta, correteando a los mocosos que desafiaban al mecánico. Sin embargo Ernest no disimulaba la risa, y gritaba, y meneaba la vara, sin éxito. Al final tuvo mejor resultado usando la palabra, le hablo a las olas de cabecitas y les explico el peligro; a una sola voz los niños se apartaron y reanudamos la marcha por la trocha.

VII

Levantando polvo y bullicio, llegamos a una casucha humilde de donde emergieron sus habitantes: una mujer enjuta delegada y ciega, apoyada en el brazo de un joven; nos saludaron extendiendo sus brazos y sus manos; más allá de la bienvenida, su actitud de agradecimiento parecía demostrar la satisfacción y el orgullo de un privilegio: el encargo de salvaguardar al Rover por una noche y de recibir los 3.000 kwchas por el favor.

Ahora, el carro estaba realmente varado y guardado en la lejanía; nuestras maletas y algunas artesanías, que habíamos comprado cerca de Senga, estaban a salvo en la clase turista. Aseguramos el carro y los tres caminamos de vuelta a la carretera para esperar el rescate; ya eran las 6:30 PM. Había menos niños; afrontábamos la marea baja de las cabecitas; solo quedaban los de más edad; los más pequeños ya no estaban. – Se habrían ido a sus casitas, a contarle el día a la mama – pensé. Alrededor de la casa se distinguían sombras de otros transeúntes; las siluetas de unos hombres de dibujaban por la vela de la tienda, y la aldea reaparecía en este mundo cuando la iluminaban los camiones desde la carretera.

Cada vez menos niños; se diluían las olas, se iban, se perdían en la oscuridad, algunos se despedían, otros no miraban atrás. Seguimos hablando con Ernest; de su trabajo, de sus negocios, de sus ideas, de su tío el líder de la villa, de su cuñado, de los niños, de la falta de agua en la escuela, del partido de futbol, de los planes para la semana, de la grúa que llevaría en unos días al Rover de vuelta a Lilongwe. Una charla formal sin la gracia de los niños.

Finalmente llego la nave de rescate desde la ciudad, y sentí alivio al ver a Oliver al volante. Oliver se reía y se burlaba, nos comentó que había pensado dos veces en ir a rescatarnos, porque estaban celebrando el cumpleaños de su esposa. No era una buena excusa la de ir por nosotros solo para zafarse de la fiesta.   Pues bien, de vuelta al Rover, por el camino de la oscuridad, guiando a Oliver hasta la casa de la ciega. Quedaban no más de quince niños quienes no habían desistido aun de estar presentes en el final de esta historia.

Oliver parqueó el automóvil al lado del Rover y comenzamos a trasbordar maletas y bolsas de un lado a otro. Entonces la trivialidad del trasteo die pie a un dilema: las bolsas con las artesanías eran irrelevantes para los locales, pero las botellas de agua estaban casi intactas y la bolsa de caramelos de Salima estaba medio llena; los ojos de la marea baja estaban atentos a esos tesoros y ellos, los niños de la noche, de algún modo sabían que su espera hasta la conclusión, debía tener alguna recompensa.

¿Cómo repartir? ¿Habría que repartir algo? ¿Qué debería darles? – Me pregunté – Sin consultar a los demás, tome las botellas y la bolsa de caramelos, di la media vuelta y mientras los quince persistentes fijaron sus gritos en los colores de las botellas y en la ansiedad por los caramelos, decidí que había que darle un cierre a mi visita. No puedo culparlos por haberme rapado todo lo que había en mis manos y salir corriendo; en medio de su lucha por nuestras sobras, solo atine a decir “no peleen entre ustedes”. Nunca habría suficiente para todos y la lucha fue desigual. Los más grandes gozaron de los caramelos y del agua. Los más chicos apenas pudieron atesorar las envolturas y las botellas vacías. Luego de la repartición Mr. Douglas me miro seriamente – ¡Hubieras podido causar un motín! – dijo con gesto reprobatorio.

Cerramos el día ofreciendo las bolsas de tomates a Ernest y a su madre ciega. La trivialidad de un motor recalentado, termino para ellos en la ruptura en su rutina; el domingo terminaba con la nave averiada, las naves del rescate y la pequeña guerra de los caramelos y el agua. Finalmente el mar de cabecitas desapareció; cada ola se fue con sus piojos, cada barriga retorno a su lenta muerte, al olvido de los que estamos en otro mundo. Cuando nos subimos al automóvil de Oliver, aun escuchaba las agudas vocecitas: – bye Fernando, bye Harry, bye Gerry –

El alemán llevo al par de escurridizos al Ginger Blue en Lilongwe y desde ahí tomaron un taxi hasta la casa de Mr. Douglas. Estuvieron cómodamente sentados esperando nuestro regreso. Finalmente estábamos de vuelta; nos reunimos los cinco, hablamos de lo que paso en el día; cenamos Lasaña de vegetales, berenjenas y tomamos agua; saboreamos la abundancia; repetimos las porciones y abrimos un vino Sur Africano; seguimos con nuestra rutina de hombres de la Web; unos verificando pasajes para el próximo vuelo; otros revisando los correos; todos tomando más agua, como si fuera tan natural que los vasos siempre estuvieran llenos; nosotros, lejos de esos niños que quedaron atrás en la oscuridad, con el hambre, con sus piojos y su harapos; unos con el sabor de los caramelos, otros con el anhelo de los dulcecitos. Miré a Arturo y le dije: – Si yo fuera uno de esos niños, guardaría una envoltura de caramelo como un tesoro. – ¡Seguro! – replicó con cinismo y ojos incrédulos. – Seguro que tú no lo harías Arturo – pensé.

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