Alamiro Guzmán: las cartas del minero (II)  

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Cuando estaba yo recién llegado a Chile, una de las primeras historias que Berta me contó fue la de Silvia. Después de escucharla comencé a ver de manera diferente las fotos en las portadas de los periódicos y siempre que caminaba por los paseos musicalizados del centro de Santiago sentía un poco de temor. Silvia y Berta se conocían de muchos años atrás ya que las dos dedicaron gran parte de sus vidas a buscar a los detenidos-desaparecidos y a pedir justicia por los asesinados víctimas de la dictadura. Así se conocieron y se volvieron amigas. Un día –no se la fecha exacta, debió ser a mediados de los ochenta–  Silvia y Berta iban caminando por el centro de Santiago cuando pasaron cerca de un puesto de revistas o una caseta donde vendían periódicos. De un momento a otro Silvia se soltó del brazo de Berta y cayó al suelo. Comenzó a llorar desconsolada. En una de las portadas de los periódicos habían publicado las fotografías de un grupo de hombres que habían descubierto enterrados en el desierto.  Una de las fotografías de la portada del periódico mostraba los restos secos y descompuestos de un hombre vestido con una camisa de cuadros azul y roja y un pantalón beige. El esposo de Silvia había desaparecido años atrás -tal vez en el comienzo de la dictadura- llevando exactamente la misma ropa con la que aparecía en la fotografía. Así fue que Silvia volvió a ver a su marido.

El 9 de septiembre de 2007 la conocí Silvia. No hablamos mucho pero Berta se encargó de recordarme quien era ella. Ese día, domingo, fuimos al Cementerio del Prado en Santiago a conmemorar un año más de la muerte del Alamiro. Javier y yo llegamos tarde y ya estaban todos allí. Cuando nos sentamos Victoria nos presentó a su padre. Se arrodilló sobre el pasto, acarició la lápida gris y nos dijo “este es el Alamiro, ¿nos parecemos? Somos iguales”.Al rededor de la lapida nos sentamos todos, hablamos de la muerte, contamos anécdotas de funerales, de desentierros y traslados de cuerpos, recordamos nuestros muertos y hablamos de nuestros vivos, nos reímos, recordamos canciones y cantamos el feliz cumpleaños. Victoria se emocionó y se puso a llorar. Comimos torta y bebimos una botella de vino todos de la misma copa. Luego nos pasamos uno a uno un ringlete para pedir un deseo. Cuando el ringlete llegó a mí comenzó a dar vueltas sin detenerse, la Berta soltó una carcajada ahogada y dijo que eso era el Alamiro que sabía que este “conchesumadre” le estaba leyendo sus cartas. La Berta, Victoria, Soledad, Silvia y yo, charlamos un rato mas mientras Gonzalo, el esposo de Soledad, Nahuel, su hijo mayor –el único para ese momento– y Javier se fueron a elevar una cometa. La piedra gris y rectangular que casi no sobresalía del pasto tan solo decía Alamiro Guzmán y las fechas correspondientes, 1928-2003.

“Berta:

Hoy domingo dentro de mi celda de 2 de largo y 150 de ancho, con una ventana que queda para el lado de Balmaceda, mirando para el cerro san Cristóbal que queda cerca de mi casa, de nuestra casa, estoy hoy escribiendo nuevamente. Hoy vi  la Candy en la tele, sale linda, dile que me emocioné cuando la vi, cuánto la quiero, me siento su padre, pórtate bien para que la pases mal y permíteme hoy seguir narrándote parte de mi vida.

Por los años 47-48-49 y 50 fueron años muy duros, la crisis del salitre se iba acentuando, la paralización de las oficinas salitreras estaban amenazadas, el salitre en el mercado mundial fue perdiendo comprador, después de la segunda guerra mundial los pueblos en Europa quedaron con una recesión por lo tanto, complementado con la represión del traidor (Videla) mis padres y muchos compañeros se alejaron de Iquique.

Mis hermanos estaban muy chicos, el mayor de los Guzmán murió, mi viejo Guzmán tuvo un accidente muy grave en la mina, que casi le cuesta la vida. Mis padres después  se vinieron a Iquique a vivir. Las relaciones entre ellos estaban muy mal, mi vieja ya no lo quería, y tenia relación con otro hombre. Eso para mi era un gran sufrimiento, todas estas cosas y en particular la económica en particular, repercutían en mi.

Mi padre se compró una carreta con dos burros para fletes, pero como quedó casi invalido de un brazo por el accidente, mi madre tenia que ayudarlo, pero a ella no le gustó ese trabajo y se pelearon, mi madre entró a trabajar en una fabrica de conservas de pescado convirtiéndose en una obrera. La carreta quedó paralizada, solo trabajaba cuando yo estaba de franco o con permiso militar y como yo soy vergonzoso tenia problemas con mi viejo, el tenia que subirse a la carreta dirigiendo los burros por la calle y yo iba a pie por la vereda hasta donde teníamos que retirar mercadería. A veces nos tocaba en pleno centro cargando sacos o cajones y los cabros me conocían y chacoteaban siempre, me peleé con mi viejo por que era vergonzoso, no quería seguir mas trabajando en la carreta, la plata no alcanzaba para nada. Yo pasaba mucha hambre en el regimiento, mi madre y una tía que tenia solo me llevaban tomates y atún.

El tiempo pasaba lentamente, yo no hallaba la hora de salir del servicio militar. Mi madre se fue a Copiapó y nos dejó, mi padre no sabia que hacer, solo tenia valor para tomar vino todas las tardes, yo no quería llegar a la casa, muchas veces tuve que dormir en la plaza o en la estación del tren, donde siempre había gente, después empecé a ir a un almacén de un hombre joven que había conocido en el campamento minero Don Guillermo, que esta cerca de Pozo al monte en la Pampa. El problema era que a este señor le gustaban las patitas de chancho. Yo atendía y vendía, me daba algo, pero mis primas y amigos también me molestaban. Tuve un buen tiempo ayudándole y soportaba las burlas de todos, conmigo no pasaba nada, yo veía que el hombre se las arreglaba con otros cabros y muchachos, pero un día fuimos al teatro juntos y me llevó al teatro mas rasca que había en  Iquique. Yo estaba vestido de militar, en ese tiempo usábamos polainas de cuero largas, parecía gato con botas. Cuando comenzó la película este maricón empezó a correr me mano cuando apagaron la luz. Quería bajarme el marrueco y quería atracar. Ante esta situación desagradable, a mitad de la película y lleno de vergüenza le dije enojado – vamonos – y él entendió que yo lo estaba invitando y como era un hombre con más de cien kilos de peso y alto y yo un muchacho como de sesenta kilos  me tomó del brazo y yo tuve que arrancarme. Fue mi primera y última experiencia con un maricón. Después nunca más lo visité aunque no tuviera un centavo.

Mientras transcurría el tiempo que era muy lento y mis problemas en casa y con mi padre se agravaban, y mi vida partidaria seguía también. El compañero que teníamos del partido que era el responsable de organizarlo todo lo había logrado más o menos. Habíamos entre doscientos a mil jóvenes de la juventud comunista y empezábamos a hacer actividades.  Este compañero tenía su chapa y le decíamos “el Américo”. Mas tarde supe su verdadero nombre, se llamaba Eloy Ramírez, ahora vive acá en Santiago, muy viejito y conoció la represión del fascismo, que lo tuvo en Pisagua dejándolo muy mal. Yo en esa época, dentro de nuestra organización, fui el tercer hombre responsable.”

 @loloelrolo

La primera parte se puede leer aquí

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About LoloelRolo

Soy un artista plástico con ínfulas de escritor. Tengo una maestría que me hace culturalista. Ser cursi es mi pasión y stalker es mi emoción. Soy autor de una tesis sobre blogueros en Colombia. Me la paso leyendo blogs y escribiendo sobre sus autores.

One response to “Alamiro Guzmán: las cartas del minero (II)  ”

  1. Margarita Gzmán says :

    Una historia real, y muy cercana para mi, Alamiro es mi tio, hermano de mi padre, al que casi no conocí, asi que es una parte de mi familia que está oscura, dentro de las cosas que pasaron en la dictadura, poco nos enteramos el resto de la familia
    Espero con ansias la próxima carta

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