Amor transhumano (Sobre El maravilloso Mago de Oz)

07-Corazon1

Lyman Frank Baum, en el prólogo que hizo a su novela “El maravilloso Mago de Oz”, en 1900, dijo que esta historia fue “aspira a ser un cuento de hadas modernizado, que conserva el prodigio y la alegría y abandona angustias y pesadillas”. Pero como las angustias y las pesadillas rebalsan toda intencionalidad, la novela está llena de abandonos, llanto, desarraigo, fracasos, temores, decepciones y un deambular incesante trasuntado por las carencias.

Entre todas las exégesis que se han planteado a este libro, puede plantearse una lectura que  relacione la diseminación de la paja con la que estaba lleno el espantapájaros con la historia bíblica de Onán, o contrastar ese episodio con la gran presunción sobre la que nos fundamentamos para entender a nuestra identidad como algo íntimamente ligado a nuestro cuerpo. El leñador de hojalata que busca volver a tener un corazón: es un transhumano con hambre de amor.

Este leñador alguna vez estuvo hecho de carne y hueso pero terminó siendo una prótesis de sí mismo (gracias a unos implantes hechos por un hojalatero y no a causa de algún hechizo que lo convirtiera en una pieza de hojalata). Los materiales sintéticos que constituyen a su cuerpo no son simples herramientas supletorias sino que lo convierten en una entidad que desea retornar al amor y, para ello, confía en que todo habrá de remediarse con el implante de un corazón. En consecuencia, el amor para el leñador es una emanación anatómica, perdiendo así su status metafísico.

Quizá lo humano no ha sido más que una ilusión que nos ha obnubilado para así desconocer que en cada uno de nosotros habita un mundo radicalmente autista y lejano:

Así, mientras caminaban por el bosque, el Leñador de Hojalata contó la siguiente historia:

– Yo era hijo de un leñador que talaba árboles en el bosque y vendía la madera para ganarse la vida. Cuando fui mayor, también me hice leñador y, cuando mi padre murió, cuidé de mi anciana madre mientras vivió. Después pensé que en vez de vivir solo podía casarme para no convertirme en un solitario.

Había una joven Munchkin tan bella, que pronto me enamoré de ella con todo mi corazón. Por su parte, prometió casarse conmigo tan pronto como ganara lo suficiente para construirle una casa mejor. De modo que me puse a trabajar como nunca. Pero la muchacha vivía con una anciana, que no quería que se casara con nadie, pues era tan perezosa, que deseaba que la joven permaneciera con ella y le hiciera la comida y las faenas caseras. Por eso fue la anciana a ver a la Bruja Malvada del Este y le prometió dos ovejas y una vaca, si evitaba el matrimonio. Acto seguido, la Bruja Malvada encantó mi hacha y, cuando un día cortaba yo con todas mis fuerzas, porque estaba ansioso por tener mi nueva casa y a mi mujer tan pronto como fuera posible, el hacha resbaló de repente y me cortó la pierna izquierda.

Esto, al principio, me pareció una gran desgracia, pues sabía que un hombre con una sola pierna no era el más indicado como leñador. Fui al hojalatero e hice que me pusiera una pierna nueva de hojalata. La pierna funcionaba muy bien, una vez que me acostumbré a ella. Pero mi acción encolerizó a la Bruja Malvada del Este, porque había prometido a la anciana que no me casaría con la hermosa joven Munchkin. Cuando comencé a cortar de nuevo, mi hacha resbaló y me cortó la pierna derecha. Fui otra vez al hojalatero y me hizo otra pierna de hojalata. Después de lo cual, el hacha encantada me cortó los brazos, uno tras otros; pero, sin desalentarme, hice que me los reemplazaran por otros de hojalata. Entonces la Bruja Malvada hizo resbalar el hacha y me cortó la cabeza; en un primer momento pensé que era mi fin. Pero ocurrió que el hojalatero acertó a pasar por allí y me hizo una cabeza nueva de hojalata.

Pensé que había vencido a la Bruja Malvada, y trabajé más duro que nunca; pero poco sospechaba yo de lo cruel que mi enemiga podía ser. Ideó una nueva forma de eliminar mi amor por la hermosa doncella Munchkin; hizo que mi hacha resbalara otra vez y cortó de un tajo mi cuerpo, partiéndome en dos mitades. Una vez más el hojalatero vino en mi ayuda y me hizo un cuerpo de hojalata, sujetando a él mis brazos, piernas y cabeza por medio de articulaciones, de modo que me pude mover como antes. Pero, ¡ay de mí!, no tenía corazón y perdí todo mi amor por la joven Munchkin; ya me daba lo mismo casarme o no. Supongo que ella estará todavía viviendo con la anciana, esperando que vaya a buscarla.

Mi cuerpo resplandecía tanto al sol, que me sentía muy orgulloso de él y ya no me importaba si mi hacha resbalaba, porque no podía cortarme. Existía sólo un peligro: que mis articulaciones enmohecieran. Pero tenía una aceitera en mi cabaña y yo mismo me ocupaba de engrasarme cuando lo necesitaba. Mas, un día, me olvidé de hacerlo y, sorprendido por una tormenta, antes de que me diera cuenta del peligro, mis articulaciones se oxidaron y me dejaron inmóvil en el bosque, hasta que llegasteis a ayudarme. Fue una terrible experiencia, pero durante el año que permanecí así tuve tiempo para comprender que la mayor pérdida que había sufrido fue la de mi corazón. Mientras estuve enamorado, fui el hombre más feliz de la tierra; pero nadie puede amar cuando no tiene corazón, y por eso estoy decidido a pedir a Oz que me dé uno. Si lo hace, volveré junto a la joven Munchkin y me casaré con ella.

 

Tomado de “El maravilloso Mago de OZ”. P. 46-48, Cap V. Ediciones Gaviota. Traducido por Antonio Quevedo

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