La caída en USA ´94. Crónica futbolera

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En  Colombia existió un noticiero con visos de un futuro en mundos lejanos. Se llamaba Criptón, como el planeta del que salió Clark Kent cuando aún no se llamaba así y no se lo consideraba un superhombre. El logo del telediario correspondía al modelo atómico de Rutherford  y era una promesa de un futuro que obviaba la mecánica cuántica y los destellos de los saltos sin trayectoria de los electrones.  Un día ese futuro se acabó  y todo volvió a ser presente.

De los primeros que supieron de la extinción del porvenir, mucho antes de la desaparición de Criptón, fue Alberto. Él no me lo dijo pero así lo asumo. Siempre preciso hallar algún mojón que me indique el comienzo de las catástrofes, sobretodo, esas tan mediocres que nos desgastan,  les adjudicamos un así es la vida y nos oxidan hasta que, mucho tiempo después, ya ni siquiera recordemos cuándo cruzamos la invisible línea que nos convirtió en pobres diablos.

 Alberto, por la época del informativo Criptón, aún gustaba de sentarse frente a la pantalla del televisor y ver fútbol. También veía los noticieros en donde empezaba a ganar terreno la sección de farándula y, en ella, emergían tetas operadas y traseros levantados a punta de máquinas de gimnasio. Ese era  el material alimenticio de sus primeros escarceos con la masturbación: aún no tenía el valor suficiente de acercarse a una droguería y comprar una revista sueca ni sabía con exactitud el mecanismo apropiado para culminar con el calor inyectado en su bajo vientre.

Era 1994 y aún existían las revistas pornográficas con mujeres que conservaban el pelo ensortijado de sus genitales, el país se figuraba la entrada triunfal al mundial de fútbol de la selección Colombia y en Alberto surgió la contemplación de la mujer como algo más que una potencial madre o un organismo similar a los extraterrestre que solía aguardar en las noches de su casa de campo, cuando salía al jardín y hacía hogueras esperando a que alguna nave espacial lo divisara y lo abdujera.

Un alienígena le enseñaría secretos insondables y comprensiones que ningún otro habitante de la tierra hubiese advertido antes. En ese entonces, Alberto ya sabía que no sería un genio y que cualquier cualidad extraordinaria debía venir de otro mundo. Ni siquiera tenía la destreza promedio para patear un balón de fútbol y este deporte, al verlo, fue la fundacional nostalgia de un destino abortado.

La noche que Colombia cayó ante Rumania (3-1), Alberto vio, en una ventana que daba justo al frente de su cuarto, en un octavo piso, a una mujer quitándose la ropa. La luz estaba apagada, su silueta se delineaba como la de esas modelos que aparecían en la sección de farándula del noticiero Criptón. Surgió la criptonita que incubó en Alberto el insomnio.

Alberto se encerró en su cuarto y se dedicó la mayor parte de esas vacaciones de mitad de año escolar a acodarse en el alféizar para observar la ventana del apartamento vecino. Siempre al acecho, como un francotirador que se disparó a sí mismo por no abatir a su víctima, Alberto falleció durante aquellos días de junio de 1994 y hoy día es un cadáver insepulto.

Su familia creyó que el muchacho se había deprimido por la derrota ante Rumania. Todos se aliviaron al vislumbrar un atisbo de normalidad en Alberto quien, algunas veces, se ausentaba durante las cenas y las reuniones con tíos y primos.

Alberto dio un nuevo paso hacia el placer solitario gracias a suaves manoseos por encima de la ropa, evocándola a ella (esa ella que era un contorno, nada más). Entonces brotaron aullidos de algo que se instalaba en su cerebro, manos, espalda, brazos y piernas hasta despertarlo en mitad de su ya liviano sueño para advertir que sus calzoncillos se humedecían con almidón y olían a blanqueador clorox.

Por primera vez se encerró durante días enteros, inaugurando las jornadas que, a lo largo de su vida, iban a discurrir en su cama, sometido a una erección menguante. La soledad y el desasosiego aumentaron en su adultez hasta convertirse en las principales causas de su divorcio, ocurrido pocos meses antes de que Alberto me contara lo que ahora cuento.

Fue la mañana del mismo día del partido entre Colombia y Estados Unidos que Alberto pudo ver el rostro de la mujer del edificio vecino. Salía de la portería con apuro y  subió a un taxi que la esperaba. Ella dejó de ser contorno y Alberto tuvo la sensación de haberla visto antes  ¿Será esto el amor?, se preguntó y aún lo sigue haciendo, aferrándose a la posibilidad de un apego con elementos distintos a los de la resignación inherente a cualquier relación de pareja.

Y no fue el amor sino Criptón quien le dio la respuesta. Cuando regresó a su cama y se tiró boca abajo, frotándose contra el colchón, recordó que esa muchacha había sido entrevistada en la sección de farándula: su criptonita tenía un rostro y una voz.

Al mediodía, durante la emisión del telediario, Alberto trató de atisbar algo de ella, ignorando que era una modelo más de las que habrían de pasar sin pena ni gloria y, muchos años después, sería madre de un par de niñitos cocainómanos y estudiantes de los mejores colegios de la clase media alta de la ciudad.

Alberto no vio el partido. Escuchó los susurros de sus hermanos cuando Andrés Escobar se hizo un gol en su propio arco. Ya todo había terminado y eso mismo se repitió Alberto en su cuarto. Él no supo si lloró porque Colombia quedó eliminada o porque le decía adiós a algo indiscernible a sus catorce años de edad. Ahora él odia el fútbol y enfatiza que, desde el partido con Rumania, jamás volvió a ver algún espectáculo relacionado con este deporte.

Entre las laceraciones de su desencanto, después de la medianoche, Alberto se incorporó y vio que la ventana del frente estaba iluminada. La silueta de la mujer se entrelazaba con la de un hombre; se besaron, se quitaron la ropa mutuamente y desaparecieron del rectángulo luminiscente. Alberto descubrió el mecanismo más efectivo para hacerse sentir placer por sí mismo: el triste placer solitario que se sigue infligiendo. Fue la primera vez que eyaculó y evocó la luz de las aeronaves extraterrestres que aún espera.

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