Retrospectiva cariñosa en el SITP

primer amor

Ayer a las cinco y cuarto de la tarde le escribí a mi jefa por whatsapp, le dije que me iba. Aproveché que había salido de la oficina media hora antes y temiéndome que volviera en cualquier minuto le escribí “chau”. Agarré mi maleta, salí de la torre norte y me fui. Por primera vez en dos meses no tuve que montar en taxi, ni compartir puestos en una van en medio de trancones –hablando de lo mismo que habíamos hecho todo el día– con la gente del trabajo. No me caen mal pero estoy consciente de que las personas con las que uno trabaja no son los mejores amigos de uno. Los compañeros de oficina son gente con la que uno “aterriza” circunstancialmente en algún proyecto pero no decidió estar con ellos y muy seguramente al final terminará queriéndolos (así sea un poquito). Sin embargo, ayer me sentí contento porque después de dos meses de trabajo casi forzado, no tenía que estar con ellos en el trayecto de regreso a casa.

Me senté en el SITP, mirando al sol, solo. Estaba a punto de anochecer, el cielo se veía amarillo, brillante. Quince minutos después cuando bajamos por la cien y el tráfico empezó a ponerse más lento, casi quieto, vi por la ventana a un muchacho que había conocido trece años antes. Noté la ausencia en su espalda del violín. Cuando lo conocí lo llevaba a cuestas a todas partes. No recuerdo como se llamaba, pero lo vi y de inmediato supe que era el aprendiz de la filarmónica con el que Alonso salía cuando estábamos en la universidad.

En esa época yo era aún un adolescente de 19 años, flaco, sonriente, cándido y soñador, pero nada de eso me sirvió para que Alonso me quisiera. Un día después de una borrachera me dejó claro que no estaba enamorado de mí, que me veía como un amiguito, como un compañero de lecturas pero nada más. Después de eso empecé a verlo en la universidad yendo y viniendo por plazoletas y edificios con el muchacho del violín. Veía cómo lo seguía y cómo lo cortejaba, de la misma forma que lo había hecho conmigo meses atrás.

El día que fui a reclamar mi libreta militar, ya de regreso en la universidad, me encontré con Alonso y con el niño del violín haciendo fila en la entrada de un cineclub. Emocionado como estaba –porque por fin se acababa ese trámite engorroso de dos años que había acabado con mis ahorros– le mostré mi nueva libreta militar a Alonso. Él la miró, sonrió y se dirigió al muchacho del violín para preguntarle si él ya también la había sacado. El joven músico miró al suelo y respondió que no se había presentado al servicio militar obligatorio porque aún no había pasado a décimo de bachillerato. Alonso se quedó mirándolo absorto y un poco nervioso, con sus ojos amarillos rodeados de unas ojeras profundas por tanta rumba, con sus arrugas pronunciadas, con sus kilos de más y con sus treinta y nueve años de existencia.

Ayer volví a ver desde el SITP al muchacho del violín, sin violín. Lo que aun no entiendo es porqué se veía exactamente igual que hace 13 años. Se veía igual que el joven del recuerdo.

 

@loloelrolo

 

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About LoloelRolo

Soy un artista plástico con ínfulas de escritor. Tengo una maestría que me hace culturalista. Ser cursi es mi pasión y stalker es mi emoción. Soy autor de una tesis sobre blogueros en Colombia. Me la paso leyendo blogs y escribiendo sobre sus autores.

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