Mil cazamientos

Por Rocío Sala Espiell

cazadores

Se sentó detrás de un árbol a esperar. Según lo que le habían dicho faltaba poco para aquella persona saliera de la ducha y se vistiera delante de la ventana, como las últimas tardes alrededor de las cinco, o seis, después de ejercitarse en el sótano. Desde afuera podía escuchar el metal de las pesas chocando, el ruido a trabajo, las quejas por el esfuerzo, sentía hasta el sudor de su frente. Miraba a cada lado, tenía que asegurarse de que nadie la viera. Salió de la ducha sin ponerse la toalla: le colgaba algo del cuerpo. Se paró de un salto y se golpeó la cabeza contra una rama. Él no era él, tal como le habían avisado. Se acercó lo más que pudo a la ventana: tenía un cubo de seis centímetros por lado, colgando por medio de dos cables, del costado derecho, a la altura de las costillas. Cada vez era más difícil diferenciarlos, pero eso ya lo había visto en otros, no necesitó ver más. Empezó a correr en dirección a su casa, que quedaba a pocas cuadras, y al entrar la interceptó su madre:

-¿De dónde venís tan apurada? –Le preguntó al verla atravesar la entrada, con la respiración agitada.

Cerró la puerta y fue hasta la cocina a agarrar un vaso con agua. No podía hablar.

-¿Otra vez Angélica? –La siguió y le zamarreó el brazo, haciendo que volcase–. Dijimos que íbamos a dejar de hacerlo.

-Dijiste, mamá –refutó sin mirarla y tomó el agua de un sorbo.

Tenía el pecho agitado, sentía que el corazón estaba a punto de estallar. Volvió a llenar el vaso y a vaciarlo. Dio media vuelta y se dirigió a las escaleras; inhaló profundo y las subió a los saltos.

-¡Basta Angélica! –Gritó desde el primer escalón–. ¡Tenemos que parar!

-Que no quieras denunciarlos no es mi problema –dijo, sin subir el tono, ya adentro de su habitación y cerró la puerta. No estaba segura de querer ser escuchada.

Al escuchar el portazo se alejó de las escaleras y fue hasta la puerta, se asomó por la mirilla: nadie. Puso las trabas y conectó la alarma. Prendió la computadora y conectó los videos de la cámara externa. No la habían seguido. Dividió la pantalla y puso en vivo todas las cámaras. Angélica estaba en su habitación, sentada en el piso, de espaldas a la cámara; el patio vacio; las demás habitaciones desiertas; el living tranquilo. Puso a descongelar la comida y se sentó a esperar frente a la pantalla. No había razón para preocuparse. Estaba todo calmo, no la habían visto, seguido, o en su defecto no vieron a donde se metió. Angélica sabe escabullirse, pensó intentando tranquilizarse. Era inteligente. Los había educado así, por su bien.

Subió con un plato de comida y tocó la puerta: una, dos, tres veces. A la cuarta le dio la orden de que abriera la puerta o la iba a tener que tirar.

-Te traje la comida –estiró el brazo.

-Veo –agarró el plato.

-De nada.

-Gracias –intentó cerrar la puerta, pero en el camino la madera se encontró con un pie que la detuvo.

-Estamos juntas en esto.

-No sé de qué lado jugas mamá –ejerció presión, apoyando todo el peso de su cuerpo contra la puerta.

-¿Jugar? No es un juego, pero en todo caso juego para nosotras –movió el pie, se lo estaba aplastando.

-Médian jugaba para nosotras –cerró la puerta, que terminó su recorrido a casi nada de distancia de la nariz de su mamá.

-¡Médian está muerto, Angélica! –Estrelló el puño contra la puerta–. ¡Muerto! ¡Entendelo!

Volvió a abrir la puerta y se paró justo enfrente. Hacía tiempo que tenían la misma altura, ya no había una mirada por debajo de la otra, como en la última lucha cuando la obligó a no seguir a su hermano. Le salvó la vida, pero a Médian no lo pudo parar. No había forma. Si decidían arreglar las cosas a la fuerza esta vez iba a ser justo.

-Tu objetivo es sobrevivir, Angélica. No denunciar.

-¿Es una orden? –Había tenido tiempo de dejar el plato en el piso, estaba lista.

-Sí –puso la mano en el picaporte y cerró la puerta antes que su hija lo hiciera, o se animara a hacer algo peor.

Ya la había desautorizado una vez, podía volver a hacerlo y el resultado no iba a ser el mismo. Estaba grande, si Angélica llegaba a querer irse no la iba a poder obligar a quedarse.

Bajó y se sentó frente a la pantalla, con la misma comida precalentada para ella. Retrocedió cada uno de los videos: quería asegurarse de que en su ausencia no hubiese pasado algo indeseado. Definitivamente no la habían seguido. Activó el sensor de movimientos y se acomodó. La noche iba a ser larga, como las últimas seiscientas noches. Se le entrecerraban los ojos, tenía el plato de comida intacto sobre la falda. Ese alimento era comparable al que se le daba a los perros en su época.

Entre cabeceo y cabeceo revisaba los videos: al ver a Angélica dormida se puso de pie. Volvió a retroceder la grabación de su habitación y se cercioró hacía cuánto no se movía. Cincuenta minutos, exceptuando las vueltas propias de una persona que está se acomodando. No podía creer haberse quedado dormida tanto tiempo. Qué irresponsable, pensó y enseguida otro pensamiento ocupó su cabeza: ya vas a ver para que lado juego. Agarró un papel y lo escribió; abrió la puerta de entrada y volvió a poner la alarma con el control remoto, desde afuera. Caminó las pocas cuadras que separaban a ese chico de ella. Había sido su carnada, hacía rato sabía de él. Hizo que otro le avisara para ver qué hacía. Estaba todo dicho. “Te vieron.” Lo tiró por debajo de la puerta y volvió sobre sus pasos: faltaban tres cuadras para llegar a su casa cuando el control le avisó que la alarma se había activado. Angélica se había vuelto cazadora, ya no lo podía controlar.

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