El síndrome del pedestal (segunda entrega)

Por Ernesto Zarza González

(erzagon@gmail.com)

AlexanderGlazounov

Esta es la segunda entrega de la novela “El síndrome del pedestal” (acá podrán encontrar la primera parte):

II.

Suenan acordes de la “Apoteosis de las flores”, autoría de

 Alexander Kostantínovich Glazunov.

 

“Estamos en un mundo tan singular que el vivir sólo es soñar”.

PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, ‘La vida es sueño’.

            “El frío invierno había llegado a su fin; por todas partes se respiraba el encantador aroma de la naciente primavera, un hálito que se transportaba, como salido de un sueño, de manera enigmática, similar a los sortilegios que ha de salvar quien se encuentra dispuesto a lograr algo; la alegría parecía ser inoculada por las flores y las aves a los contornos, hecho por el cual parecía que en la gente el instinto del amor puro hacia los demás prevalecía por encima de todo. La belleza humana y el esteticismo producto de lo hermoso se acoplaban con las flores que vanidosas se exhibían, como si de un desfile de fragancias y de colores en el que las principales estrellas hacían esperar y desesperar a sus fieles seguidores. Era como si todo lo que de malo hay en la humanidad hubiera desaparecido como por ensalmo, dándole paso a los más puros sentimientos, aquellos que necesariamente han de ser sacados a flote si esperamos llegar algún día a vernos como hermanos, sin distingos de raza o de los jactanciosos convencionalismos que tanto nos desligan. Parecía que la gente se dejaba contagiar el extraño encanto, por lo que, en vez de caminar por los andenes, flotaban dejándose llevar por el viento, cual entes angelicales, por los nebulosos senderos de lo intangible, mientras los gorriones y los demás pájaros cantores, aleccionados por el dulce olor de los jazmines y su cohorte de vestales, les indicaban con su cadente canto el compás que debían seguir para que olvidaran aquella desagradable cacofonía de antaño, que los ahogaba en un mar de putrefacción y que alejaba al hombre de los más bellos pensamientos y de las más excelsas pasiones. Los ojos de los humanos dejaron de lanzar miradas de odio, la lascivia se borró de sus facciones; la ira de sus mentes no se apoderó y el odio de sus corazones se alejó. Había llegado la primavera, época de enamorados y de encantos, de dulces fragancias y de cantores, de terneza y de frescura, de resurrección y de armonía…”

            – ¡Hombre, ya basta! -exclamó Enrique Salas, como sacudiéndose del letargo modoso en el que la lectura lo había sumido, a la vez que cerraba de sopetón el libro que tenía en sus manos- Coincidirá conmigo en que esto es una bazofia. El tipo que ha escrito esta bisutería no puede ser tan cínico como para creer que ha hecho mérito alguno para que se continúe con su lectura. Me parece de lo más pueril y cursi que he leído.

 

            Los ojos negros, amplios y un poco rasgados, de Salas acompañaron con su significado al ligero mohín de disgusto que se formó en su cara morena y redonda, en la que unas gruesas cejas negras flotaban entre una frente generosa que lindaba con un igualmente negro cabello crespo cortado a ras; su nariz, pequeña y bien formada, se arrugaba por las muestras de desaprobación que recibía de su cerebro y su carnosa, sensual y roja boca entraba en el juego con un rictus que se había hecho característico en él, rictus que hacía que todos sus conocidos lo chancearan al respecto. Su grueso y fornido cuerpo, de acuerdo con su rostro, con sus movimientos suaves e incómodos también parecía hacer alardes de su molestia. Contaba con treinta y un años de edad, y escogió a la antropología como profesión.

            – ¡Che, y qué querés? El autor es un amante de la vida, un esteta, un pasionario… -le contestó Eduardo Ortega con un dejo de burla en su voz, como si disfrutara al  escuchar las críticas que su amigo hacía de la obra que él, a propósito, había colocado a su disposición.

            Si Salas era la muestra de un joven olimpista griego mezclado con un Adonis sub-sahariano, Ortega no se le parecía en nada, pero no por eso dejaba de ser un tipo interesante: era de tez blanca, cabello castaño y ojos verdes; su altura era superior a la de su compañero y su cuerpo mucho más esbelto y delgado. Su nariz era más respingada y sus cejas menos pobladas; en su boca, de labios finos y algo pálidos, presta a ser reconocida como la de alguien irónico, una sonrisa complaciente apareció para hacerle compañía al dejo de burla que le otorgó a su voz. A ojo de buen cubero era menor que su interlocutor; bien podría presentarse esa diferencia en tres o cuatro años.

            – No creerá usted las estupideces que está diciendo. ¡Un esteta… un pasionario! ¡Escúchese! Hasta parece que le gusta este adefesio -repuso Salas con un aire de desdén poco afectado; hizo una seña despectiva al libro, acompañada por su inmutable mohín de disgusto-. En mi vida había tenido que leer cosa más ridícula. Parece que el autor empezó de esa manera porque no tenía idea alguna de qué quería escribir; tomó cualquier tema para comenzar un escrito y, como si de un escriba de la antigüedad se tratase, trató de hilvanarlo, así fuera de la forma más inverosímil, con lo que proyectaba plasmar sobre el papel. ¿De qué hablará después en su poca inspirada obra? Es más que predecible: sobre los amantes que van caminando tomados de la mano a la vera del río, sobre los que de manera cursi y trillada se sientan a ver el rosado crepúsculo, sobre los pajarillos que copulan en el árbol que cobija con su augusta sombra a los enamorados, sobre los besos ardorosos de las parejas que se unen jurándose un eterno cariño… Pueril, como había dicho; ordinario.

            Ortega observó a su amigo con complacencia: Salas habló de lo predecible que le resultaba el contenido de la lectura, pero no juzgó que él mismo lo había sido de esa manera en el juego en el que el periodista lo involucró. Estimaba que no le resultaba muy complicado pensar, y hacer futurología, respecto a lo que podría responder el antropólogo; conocía sus gustos sobre ese punto. La lectura de la obra de un personaje que había ganado o que había sido finalista de uno de los tantos concursos de literatura que abundan en la ciudad nunca podría convencer a Salas del talento del autor, puesto que él, haciendo uso de la generalización a la que apelaba con frecuencia, de manera despectiva pensaba que todos esos certámenes no eran más que una máscara que escondía la avaricia de los que los ideaban, por lo cual aceptaban cualquier cosa, cualquier cosa, que les mandaran, con tal de hacer más dinero. De igual forma colegía que la puerilidad y la falta de estética de las obras presentadas hacían que su ordinariez se tornara en algo de lo más sofocante.

“Vanidad de vanidades; todo es vanidad”.

COHELET, ‘Eclesiastés 1, 2’.

            – Vamos, pibe -continuó Ortega con su experimento, tratando de ver hasta dónde había llegado a conocer a Salas-. Vos sabés, como antropólogo, que la llegada de la primavera siempre ha sido plenamente celebrada por los pueblos del mundo en todas las épocas. ¿Cómo es que le negás el derecho al sufrido autor de la balada, inalienable por lo demás, de disfrutar con un hecho natural que abre los corazones y enaltece las pasiones? -concluyó con un ligero sarcasmo en su voz.

            Salas cayó en cuenta de las intenciones que abrigaba Ortega con toda la pompa y la defensa que pretendía hacer del escrito. Percibió su mordacidad (aunque no le disgustaba que su amigo se comportara de esa manera; para él ése era un síntoma de inteligencia, la principal, según él, virtud que exigía en quien habría de entablar relaciones con su persona) y hasta se puede decir que la disfrutó, pues empezó a reír. Pronto Ortega se unió al festejo, riendo a su vez porque Salas se salió con la suya: volvió a realizar una de sus impredecibles acciones. El experimento, que tuvo un inicio excepcional, terminó siendo un fracaso, aunque no con la contundencia que un antagonista deseara.

            – Con exagerado arrobamiento veo que usted nunca perderá la costumbre de burlarse de sus amigos -le dijo Salas con cordialidad (y buscando la manera más afectada de hacerlo) a su interlocutor en tanto le entregaba el libro en el que se alcanzaba a vislumbrar la sigla GCBA, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires-. Aun así, alcanzo a presentir tan sólo una parte del objetivo que se planteó al mostrarme este infundio -Salas permanecía fiel a su opinión.

            – ¿Objetivo, che? -preguntó el aludido con un aire de candor.

            – Claro, a usted le gusta que yo suelte la lengua, ¿no? Amalgama las situaciones a su manera y, como buen periodista, siempre está tras un fin determinado -concluyó Salas, un tanto estirado por la conclusión, a su manera de ver correcta, a la que había llegado.

            – Y bueno, de algo hemos de hablar, ¿no? No voy a venir aquí solamente a emborracharme y a ver tu fea cara -dijo Ortega con el tono que se le da a quien busca una justificación que no desea encontrar.

            – Precisamente usted trató de concatenar, de una forma un tanto acertada, la fatuidad del escrito con la importancia que para la humanidad ha significado el advenimiento de la primavera -Salas, obviando el comentario de Ortega, habló con un retintín académico, presentando lo que Jorge Luis Borges denominaba un ‘oximoron’. Así, pareció que iba a iniciar una perorata al respecto, por lo que Ortega, complacido, se arrellanó en el poltrón en el que estaba sentado, dispuesto a escuchar de buena manera lo que su amigo iba a decir, aquello que él mismo, con las dotes dialécticas que había obtenido por medio del ejercicio del periodismo, había buscado. Creía que, de esa forma, siempre le sonsacaba alguna información útil a su camarada, al que, por lo demás, no le molestaba dar, de vez en cuando, una palmaria muestra de sus conocimientos-. La primavera, en los países que se encuentran más allá de los trópicos, tal como usted, de una manera tan sabia, reprodujo -se miraron a los ojos y ambos sonrieron irónicamente-, ha sido alabada por los antiguos, quienes nos legaron ese sentimiento, porque representa un fenómeno de cambio y de reestructuración. Desde los tiempos de los egipcios en el Nilo y de los sumerios en la Mesopotamia, sitios en los que la calidad de los suelos era propicia para tal efecto, por la importancia que para esos centros agrícolas tenía la aportación de agua a los cultivos, y el consiguiente acaecimiento de los umbrales del Estado (de los cuales, cabe recordar, en Sumeria, por la aparición de la agricultura, se dio el inicio a la civilización en forma de pequeñas entidades humanas que, con el tiempo, llegaron a ser las ciudades-estado de Isin, de Ur y de Larsa), se ha aprovechado dicha época del año para llevar a cabo las cosechas, de tal manera que en los albores del verano éstas hayan concluido y los granos puedan ser almacenados en los trojs o graneros que para tal efecto eran hechos.

‘Así –siguió Salas, como si estuviese dictando una cátedra magistral en una importante universidad-, las comunidades agrícolas se fueron formando en sociedades bien dispuestas, en las que el arado, la siembra y la recolección de los frutos fueron parte fundamental de los nuevos centros de poderío que por ende iban surgiendo -Salas se calló un momento, en el cual auscultó a Ortega, con el fin de observar el efecto que sus palabras producían en él; al notar que el otro se encontraba prestándole atención, sin que mediara la menor intención de interrumpirlo, continuó-. Como ve, no sólo para hablar de amor y para enamoriscarse sirve la primavera… de hecho, recuerdo ahora que era la época propicia para poner en movimiento el aparato militar de esos grandes ascendientes de los Estados modernos. Alejandro Magno, Ramsés II de Egipto, Murssilis, del reino Hitita, Hammurabi y Nabuconodosor de Babilonia, Asurbanipal de Asiria y todos los grandes reyes y estrategas militares de antaño tenían que esperar la llegada de los primeros días primaverales para colocar sus tropas en movimiento, de tal manera que las grandes empresas de las milicias se llevaban a cabo en esos días que ensalzan los poetas, en los que los pájaros cantan y las flores aparecen. Por supuesto, en invierno era imposible movilizarse; las circunstancias de índole logística de esos tiempos impedían…

Pero lo que Salas consideraba una educada e interesada atención de su interlocutor no era más que una falacia interpretada con majestuosidad. La urbanidad del periodista le impedía interrumpir una clase magistral, pero su mente, apartada de los lineamientos sociales, lo llevaba a un viaje que estaba realizándose en el país de los recuerdos, como si su protagonista fuera llevado a él por uno de los fantasmas de la obra de Dickens, sólo que, en vez de ser navideños, estos eran primaverales. No en balde le había dado a leer a su amigo lo que sabía de antemano a él le iba a parecer una muestra de mal gusto y de anorexia de talento; como llevado de un arrebato inexplicable de infantil nostalgia, Ortega, antes de encontrarse con Enrique Salas, memoró las circunstancias que lo habían llevado a la ocasión en la que lo conoció, un día en el que también estaba muriendo el invierno y naciendo la primavera. Sonrió con deleite al recrear en su mente las escenas que acontecieron en el diario estando él afuera; Natalia se las había referido con emoción… ¡Cómo fastidió al bruto de Ignacio Pirobovich!

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