Frost, el payaso estrella (Héroes decadentes de FVR)

Héroes decadentes

 Francesco Vitola Rognini 

Advertencia:

Material incendiario.

Hoy les presentamos:

Frost, el payaso estrella

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

Frost era el payaso estrella del circo Hermanos Caspa. Su acto central consistía en lanzarles pasteles de crema a otros payasos, saltar sobre los lomos de cinco elefantes formados en fila, y luego caminar por una cuerda floja haciendo malabares con espadas afiladas como escalpelos. La secuencia se repetía diariamente, sin errores, tres veces al día.

El último día de una gira prolongada a más de dos años estaban programadas tres funciones, pero al final de la tarde optaron por hacer una cuarta, y así partir con la cabeza en alto. Anunciaron la hora de la función por los altoparlantes clavados en postes de madera que servían para sostener el colorido alumbrado. Sería a las ocho y treinta de la noche. Sólo quince minutos de descanso después de la función anterior.

Se respiraba tranquilidad, una cosa poco frecuente en este oficio. La hora de la función llegaba y la audiencia se formaba para comprar los boletos. Detrás de las carpas, entre las caravanas de los payasos, sonó un disparo ahogado. Se abrió la puerta de una de las casas rodantes y se asomó un payaso humeante. El tope del sombrero verde humeaba.

-Qué mal. Me pego un tiro y me pasa como a las caricaturas –se dijo Frost-.

            Desde donde estaba podía ver claramente la gente entrando a la carpa. Hora de trabajar, pero antes un trago para el camino, pensó. Vamos ver si algún día alcanzo a cobrar la pensión, murmuró. Se llevó la mano a la nariz, la presionó y de ella salió la melodía de La Cucaracha.

En el centro de la carpa principal, el dueño del circo sostuvo el micrófono y comentó algo los actos que se presentarían esa noche, con especial énfasis en la función de “Frost, el payaso estrella”.

El espectáculo comenzó con los caballos blancos guiados por hermosas Amazonas rubias, vestidas con diminutos trajes ceñidos y medias veladas transparentes que dejaban ver sus tonificadas piernas blancas. Siguieron los osos equilibristas en triciclos, y después los payasos que hacían bromas pesadas al público. Incluyendo esa en la que fingieron verter un balde de agua sobre los espectadores. Los presentes se cubrieron esperando el agua fría. Al levantar la mirada, sosteniendo una sonrisa idiota, se dieron cuenta de que en realidad eran solo guirnaldas de celofán azulado adheridas al fondo del balde.

Los malabaristas hermanos Caspa se lanzaron gatos vivos en el aire, luego mofetas. Una bailarina exótica hizo la danza de los siete velos, mientras caminaba descalza sobre un sendero de vidrio picado. Sonó una versión para karaoke de I can´t get no satisfaction, cantada tras bambalinas por una de las Amazonas en un pésimo inglés, y con voz de borracha. Perdía el ritmo, se le olvidaban partes, incluso se escuchaba cuando aspiraba el cigarrillo. En el momento culminante de la canción se vomitó un poco, y se lo volvió a tragar. Por el público corrió una oleada de asco. Uno de los hermanos Caspa le arrebató el micrófono y le dio una patada en el culo. La Amazona borracha trastabilló y cayó, llevándose con ella el telón de terciopelo.

La bailarina completó el recorrido sobre los cristales rotos, sacudió los trozos de vidrio que restaban en la planta de sus pies y abrió la boca. Uno a uno extrajo cuatro alacranes. El maestro de ceremonias los contó con voz grave, exagerando el dramatismo hasta convertirlo en comedia. Bajaron la intensidad de las luces, lo que le dio un aura misteriosa al cierre del acto. La preciosa cadencia de mujer evitaba hacer muecas cuando los arácnidos atenazaban su lengua. Estaba tranquila a pesar de todo, porque sabía que se les había removido el extremo ponzoñoso.

A la pista central entraron las mellizas, conocidas en el circo como Las Muñecas Ninfo. Hicieron una secuencia de posturas y contorsiones sostenidas sólo por la fuerza de sus brazos. El público boquiabierto dejó salir exclamaciones cada segundo.

Los utileros comenzaban a armar la jaula de los leones cuando una figura apareció sobre la cuerda floja, a quince metros sobre el suelo, sin red ni protección. Inició con paso lento, se detuvo en la mitad, encendió dos antorchas con un mechero. Sudaba copiosamente, lo que hizo que el encendedor de aluminio pintado de amarillo y adornado con una carita feliz se le resbalara en dirección a la cabeza de uno de los utileros. Produjo un sonido hueco. El payaso levantó una mano a modo de disculpa y comenzó a hacer malabares rápidos. Continuó caminando sobre la cuerda mientras abajo terminaban de armar la jaula. Los utileros decían que Frost estaba borracho de nuevo, que ojalá no se cayera sobre su cabeza como la última vez. En el circo todos odiaban los hospitales. El utilero pensó que le habían roto la cabeza, pero como no vio sangre se tranquilizó y fue a aplicarse hielo. Se dijo a sí mismo que luego se la cobraría. Guardó el mechero y desaparecieron de la pista dejando la jaula armada.

El payaso caminó sobre la cuerda floja con zapatos largos que le hacían aminorar el paso, lanzó las antorchas mucho más alto, hasta casi tocar el techo de la carpa. “¡Wauuu! ¡Oooh! ¡Aaah!” soltaban los presentes dejándose llevar por los nervios.

Los felinos entraron a la jaula y los rugidos casi hacen caer a Frost. Detrás del telón se decía que los osos habían escapado, y que tras ellos se habían ido los domadores. La audiencia observaba al payaso convencido de que todo era parte del show. No sabían si reír o huír. Hubo una algarabía de voces agudas, los niños se agarraron a sus padres.

Los tigres acorralaron al león. Los gritos aumentaron y algunos pensaron en largarse. Se quedaron por morbo, querían saber si el león era de verdad el rey de la selva, como siempre les habían dicho.

La batalla duró unos pocos minutos. Los animales se separaron para tomar aliento. El león sangraba en una de sus patas delanteras y por el cuello, pero no se daba por vencido. Los tigres tenían una mirada maligna, pero no tan feroz como la del león. Se lo querían comer vivo. Frost temblaba y repetía: “Dios, si salgo de esta dejo el ron, ¡lo juro!”. El maestro de ceremonias se desmayó antes de llegar al teléfono. Su vestido como de jinete inglés -hecho por una costurera experta en trajes para toreros- resistió bien la caída. Ni una rasgadura. Frost cruzó la cuerda floja. El público menos dotado estalló en aplausos. Las bestias reaccionaron al estruendo humano rugiendo y avanzando hacia la audiencia. Se ensañaron en una nueva lucha y algo pareció romperse en el mecanismo de seguridad de la jaula. El hombre tendido soltó una flatulencia inconciente.

Frost tomó una pequeña bicicleta oxidada, la colocó en la cuerda floja y comenzó a pedalear. Los que aún no se habían ido siguieron mirando. Los lados de la jaula calleron levantando una nube de tierra. El primero en asomar la cabeza fuera de la jaula fue uno de los tigres, miró a un grupo de niños y rugió. Un silencio espeso ocupó los pulmones de los bípedos. El miedo controló los latidos de cada uno de los que formaban la masa. El felino podía oler la ventaja. El llanto de los niños rompió la parálisis, ellos fueron los primeros en sentirse perdidos. Las mujeres se pusieron histéricas, sacaron las uñas para defender a sus criaturas. Se desquitaron con sus maridos, a los que recriminaron por haberles traído a ese circo de mala muerte. Los hombres ignoraban los chillidos. Algunos ayudaban a calmar a los niños, otros buscaban con la vista lugares altos donde poner a salvo a sus hijos. Las otras dos bestias salieron despacio. Medían los movimientos humanos, olfateaban el aire buscando el bocado más fácil. Se llenaban con los ojos, no se decidían por donde comenzar la matanza. Paladeaban saliva. Se saboreaban. No terminaban de creérselo, esperaban que en cualquier momento entraran los domadores con látigos y dardos.

Frost se cansó de pedalear y lanzó la pequeña bicicleta oxidada sobre el león. El felino sacudió la cabeza y miró hacía la cuerda. Frost payaseaba en la cuerda, haciendo equilibrio mientras se empinaba una botella de ron. El león rugió y los tigres regresaron a terminar lo que habían dejado inconcluso. Gracias a eso, la masa pudo salir en estampida por la puerta grande. El orgulloso propietario de la carpa y los elefantes despertó, miró la escena y volvió a privarse. El circo quedó desolado. Los artistas se habían escondido, los domadores no aparecían y no había rastro de la policía. El único lugar seguro era la cuerda floja.

De las sombras aparecieron tres personajes excéntricos. El lanzador de puñales armado con machetes, un payaso vestido de rojo con una AK-47 (que había guardado cuando abandonó la guerrilla y se unió al circo), y la mujer barbuda con un cinturón de chorizos, que lanzó para distraer la atención de los felinos, mientras ella disparaba su escopeta calibre doce. El payaso desde arriba gritó: “¡Aún me faltan 35 años para la pensión!”

Con la primera letra pronunciada, machetes y balas fueron disparados. Los animales quedaron hechos despojos en unos pocos segundos. Volvió el silencio. Podía escucharse como la cuerda floja se tensaba bajo los pies de Frost. El viento silbaba, y la carpa se sacudía por las ráfagas refrescantes. Era un silencio agradable.

En cambio, afuera, los rezagados de la masa deseaban alejarse rápido, lo hacían desordenadamente, hasta el punto de producir un embotellamiento. Se oían insultos y motores rugiendo.

Adentro, de los trozos de carne emanaba un olor apestoso. Combinación de hiel, sangre y mierda. El payaso -ex guerrillero- no pudo evitar vomitar sobre sus grandes zapatos. Vísceras, sangre y huesos, revueltos con tierra, adornaban el suelo. La mujer barbuda recogió los restos aún calientes y los guardó en bolsas negras. Demoró un par de horas en limpiar el reguero. Cuando el maestro de ceremonias despertó vio el desastre volvió a desaparecer tras la cortina de terciopelo púrpura en dirección al baño. “El espectáculo finalmente llegó a su fin” dijo, mientras desahogaba sus intestinos en el inodoro. Tras un largo momento de concentración, tomó fuerzas y gritó: “¡Papel, necesito papel!”

Nadie lo escuchó. No tuvo más remedio que irse con los pantalones a la altura de las rodillas hasta la cocineta a buscar algún trapo viejo, o en el mejor de los casos, servilletas. Terminó limpiándose el culo con el muestrario de terciopelos que le habían proporcionado los que hicieron el telón.

El ambiente de circo es despiadado, aquí nada se pierde, nada se desperdicia. En las fritangas instaladas fuera del circo se vendieron los restos de los animales, como morcillas y chorizos. Con lo obtenido se compró un kit de dardos tranquilizantes. Ahora sólo faltaba comprar nuevas bestias, ya que los osos nunca fueron recuperados. Parece que se los robaron en la calle.

Bellaquería es peor que una selva. Esa semana los mataderos donde se sacrifican caballos y burros de forma ilegal tuvieron por primera- y quizás por última vez- carne de oso pardo para la venta. “Sabe a búfalo de agua, pero la carne es más dura y terrosa” afirmó vehementemente el comprador, un importante empresario de la ciudad, que inmediatamente mandó hacer cortes gourmet. Su tienda, La Parafina, vendió los cortes entre la red de clientes aficionados de los gustos excéntricos, quienes pagaron grandes cantidades de dinero por el privilegio de probar y seguir en el anonimato.

Por su parte Frost rompió la promesa de no tomar más. Por sus acciones heroicas le dieron ochenta mil pesos, que gastó esa misma noche en putas baratas y aguardiente.

A la mañana siguiente, cuando despertó junto a una marrana encebollada a la que le faltaban los dos dientes frontales superiores, tomó un par de decisiones trascendentales: abandonaría el circo, pero antes le echaría un polvo a la Amazona más loca. Aquella que saltaba por entre los aros de fuego, mientras el caballo sobre el que iba de pie recorría el circuito. Intentaría enamorarla para llevársela como compañía en esa nueva etapa de su vida. Las dos ideas requerían planes separados. Regresó a la casa rodante pensando en un plan. Todos estaban en sus labores habituales: limpieza, entrenamiento y ocio. No había reglas específicas al respecto, solo una clara comprensión de la importancia de mantener limpio el lugar de trabajo. La mujer barbuda le guiñó un ojo y él sonrió hipócritamente. Unas noches antes habían dormido juntos luego de una borrachera con aguardiente casero, y desde entonces Frost no quería saber nada de ella. Aún tenía pesadillas con ese coño de pelos grises, negros y blancos, algunos largos, como con blower, y otros enquistadamente enroscados que formaban zonas de pequeños remolinos. En el sueño la cara de la mujer no tenía boca. En vez tenía esa vagina con labios móviles como de invertebrado marino, que decían: “Payasito, se te encogió. Parece un ratoncito.”

Siguió caminando hacia su casa rodante, recordando a la puta de la noche anterior para intentar olvidar el sueño con La barbuda. Estaba llegando a la puerta cuando escuchó ruidos que venían del interior de su cuchitril. Revolvían sus cosas y una voz femenina maldecía. Tocó la puerta con fuerza. Unos segundos después escuchó como quebraron una de las ventanas posteriores del vehículo, seguido por un sonido seco, como el de un coco cuando cae al suelo. Empujó la puerta y entró. La ardilla que alimentaba con comida para perros yacía redonda, con su kilo y medio de peso, tirada boca arriba sobre la mesa. El televisor donde veía las noticias cada medio día, tenía un hueco en la pantalla del que salía humo blanco. La nevera estaba abierta y comenzaba a descongelarse. La pistola bajo la almohada no había sido tocada. Fue hasta la ventana rota y se asomó afuera, en el piso estaba la Amazona loca en una postura incómoda. El cuello roto, la cabeza colgaba frente al pecho, las piernas abiertas, sentada, como si estuviera mirando algo en el suelo, como cuando los niños pequeños juegan en la arena o a las canicas.

“Ahora si me jodí, nadie me va a creer que se suicidó” se dijo en voz baja, al tiempo que intentaba verle las bragas, como analizando si aún era posible llevar a cabo la idea del polvo. Pero algo lo hizo reaccionar y palideció ante lo macabro del cuadro. Se sentó donde pudo, estiró la mano hasta la nevera, sacó la última cerveza que quedaba, la destapó y cerró la puerta con el pié. Miró todo aquel desorden, la ardilla -de un kilo y medio- muerta, la TV humeante, las botellas de aguardiente vacías, la cama revuelta, el baño tapado y sucio. Le dio un trago largo a la cerveza. Sabía que le quedaba poco tiempo para decidir qué hacer. La policía le pediría su versión, y a un payaso alcohólico no le cree ni su madre. Se había quedado sin balas, así que optó por ir donde La barbuda, coger su escopeta, matarla a ella y luego volarse la cabeza él.

Al final la policía no llegó. Los cadáveres fueron reciclados y vendidos como morcillas.

            Nada se desperdició, nadie los extrañó.

Nota editorial:

Héroes Decadentes es un libro de cuentos de Francesco Vitola Rognini, autor de Hambre de Caza (novela de libre descarga publicada por Editorial Miliniviernos). Desde hoy  haremos una entrega de cada uno de los cuentos, y al final recogeremos todos ellos que terminará como un  nuevo libro digital de libre descarga.

La semana pasada publicamos el prólogo de J. J. Junieles:_ Este hambriento corazón 

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