Golpea y corre (Héroes Decadentes de FVR)

Héroes decadentes

 Francesco Vitola Rognini 

Art übber alles (Arte por encima de todo)

Raoul Duke

Hoy les presentamos:

Golpea y corre

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

 

A las once de la mañana de un día luminoso de primavera el calor del pavimento hace que el automóvil oscuro que se acerca a la distancia se vea como un espejismo materializándose de la nada. Un par de chicas con lentes oscuros, sandalias y en pantalones cortos, llevan camisetas de algodón estampadas con mensajes provocativos “Cum Closer”, “!Squeeze!” que dejan ver senos sin brasier. Recorren la acera mientras comen conos de helado. Unos skaters de cabello largo miran de cerca a las colegialas calenturientas cuando pasan junto a ellas. Las calles están mojadas por la lluvia de la noche anterior. Las llantas del Dogde Charger verde oscuro chirrían en las curvas mientras se desliza a cincuenta kilómetros por hora.

            Franz Vroc es un ítalo-americano de segunda generación. Lleva un bronceado oscuro, de un moreno mediterráneo, aunque en invierno pasa por el más caucásico de los mormones del barrio. Tiene el cabello castaño oscuro peinado con gel hacia atrás. Sus ojos café enrojecidos van ocultos detrás de unas Ray Ban Warfarer marrones y negras. Su cara bien afeitada le quita algunos años y le hace ver más juvenil. Tiene cuarenta años; lleva unos diez años haciendo esto, pero aún le sudan las manos cada vez que tiene un trabajo. Va en el puesto del copiloto. Se coloca sus guantes Forzieri de cuero negro, se acomoda la Desert Eagle calibre .50 plateada que lleva al lado derecho de la cintura. Revisa los seguros de los cargadores de repuesto. Carga la ametralladora AR-15 con supresor de destello y asegura los cinco cargadores de reserva con munición, prueba la mira laser contra el techo del vehículo, y deja ver una sonrisa.

           Rafferty Arango es moreno, sus padres nacieron en Cartagena de Indias, en el Caribe colombiano. Sus ancestros africanos y árabes parecen salir a la superficie con el reciente bronceado. Lleva puesto un pasamontañas negro sobre la cabeza, a modo de gorro. Usa unos guantes de tiro Leather Trac-pro de Browning con los que sujeta su escopeta preferida, una Smith and Wesson con cargador para 19 cartuchos y linterna. Echa un vistazo a las ataduras de las botas negras brillantes por el constante embetunado. Los cordones están asegurados con cinta de tela gris 3M. Desde el asiento posterior le dice a Henry Sabana -quien conduce- que le suba al aire acondicionado. Henry lo mira por el retrovisor y le dice que está al máximo. Adentro del vehículo hay un micro clima helado, pero los tres están insolados y la ropa les incomoda. Se remueven en sus asientos, pero nada cambia. Nunca olvidarán que mujeres, playa y alcohol deben ir combinadas con bloqueador solar. Le viene a la mente una escena en la que están junto a una piscina, con tres mujeres halándolos para que entren al agua. Las conocieron la noche anterior, en medio de una borrachera. Tiene un breve destello de los seis zigzagueando por las calles adoquinadas de la ciudad vieja, en Cartagena. Junto a la piscina, con lentes oscuros y bebiendo Mojitos, pasan por alto el hecho de que el bloqueador solar cayó al agua y se fue flotando al otro lado de la piscina. Ellos se tiran al agua y manosean bajo el agua a los sensuales traseros exuberantes, pero luego, uno a uno, salen exhaustos y buscan una silla reclinable. Cuando despiertan están insolados, enrojecidos como camarones por el frente. No hay chicas a la vista y las billeteras se han ido con ellas.

Rafferty le grita que es imposible que el aire acondicionado esté al máximo. Franz calla y los deja discutir. Henry Sabana se gira para encarar a Rafferty, con evidentes molestias en la piel irritada. Discuten, se gritan. Franz resopla resignado en su puesto, sabe que es un error perder fuerzas en lamentos. Se imagina la escena que enfrentarán dentro de poco. Subirán cuatro pisos a toda velocidad, forrados como están y llevando armas pesadas. Bajo los pasamontañas se insultarán cada dos pasos, renegando en voz baja de su suerte y poniendo en duda su inteligencia. Subirán al trote, tendrán que enfrentar y matar algunos mercenarios que los estarán esperando, todo, soportando ese insidioso ardor en la piel.

            Al llegar a la puerta del edificio Franz despierta de la imagen que se estaba haciendo y baja maldiciendo entre dientes. Rafferty sale gruñendo detrás de él, luego de empujar hacia adelante el asiento del copiloto. Sufren en silencio. Franz ya no lleva lentes de sol. Bajo el pasamontañas Ghost son visibles sus ojos aguados por el dolor y enrojecidos por la ira contenida. Rafferty respira por la nariz y siente el alivio de la adrenalina suprimiendo el dolor. Esboza una sonrisa y vemos, en cámara lenta, como las aletas de la nariz vuelven a su posición de reposo, un momento antes de cubrir su rostro con la imagen de la calavera que lleva estampada el pasamontañas. Entran al edificio.

Henry analiza los detalles del edificio mientras se va del lugar, gira en la primera calle a la izquierda, hace un giro en U y se parquea en la esquina, justo donde no alcanzan a verlo. Por el manos libres informa que en la ventana del cuarto piso hay una persona fumando.

-El edificio está abandonado, a excepción del primer piso. Las rejas y escaleras de emergencia están tan oxidadas, si alguien quisiera escapar por ahí, no habría que disparar una sola bala. Quienes están arriba no parecen haber previsto rutas de escape, y por lo tanto tampoco esperan un ataque.

Henry estudió las posibles rutas de entrada y salida. No fue muy difícil, solo hay una, la del frente. Los dos apartamentos del primer piso están habitados. Lo dicen las cuatro bolsas de basura que están fuera del edificio, la planta artificial visible a través de una de las ventanas y un perro que ladra encerrado en uno de los dos patios. Henry reduce la potencia del aire y baja la ventanilla unos centímetros, lo suficiente para que salga el humo del cigarrillo. Una gorra negra de béisbol le cubre los ojos. La barba poblada le pica, pero al rascarse se lastima la nariz asoleada. El frío de la pistola nueve milímetros que lleva escondida bajo la pierna derecha le hace removerse en su puesto. La adrenalina fluye. Aprieta el volante con la mano derecha, la piel enrojecida se estira y parece no sentir dolor. Hace el mismo movimiento varias veces. Mueve el pie izquierdo repetidamente. Se detiene, presta atención a lo que le trae a su oído el audífono. Nada, silencio absoluto. Vuelve el movimiento del pie. El humo sale por la ventanilla y el viento hace remolinos con él. Unas hojas de papel periódico son elevadas a través de las calles solitarias del distrito industrial en el que están ocurriendo los hechos.

            En el apartamento del cuarto piso la luz natural entra fuerte por la ventana. Solo una persiana blanca amortigua la intensidad de la claridad. Una mujer sentada junto a la ventana sostiene sobre sus piernas un maletín lleno de dólares. Junto a ella hay dos gorilas blancos, con la cabeza afeitada y pistolas enfundadas. La mujer se prepara rayas sobre un espejo plateado con ribetes barrocos. El producto proviene del maletín expuesto frente a ella, sobre una mesita plegable. Un tipo con jeans, camisa blanca, botas texanas y chaqueta de cuero café, con una placa de policía al cuello espera el veredicto. El policía ve por la ventana el vehículo doblando la esquina. Corre hasta la puerta del apartamento, se asoma y ve que por las escaleras suben trotando dos hombres. Cierra la puerta, y alerta a los matones. La escena trascurre silenciada de voces, pero con el inicio de una canción de hard rock, al estilo de Queens of the Stone Age. La mujer, paranoica, corre hasta el baño y se esconde dentro de la bañera. Los gorilas albinos salen a recibir a los visitantes.

Franz y Rafferty cruzan disparos con los de arriba. Rafferty destroza el pié de uno de ellos, y al otro le vuela medio brazo. Los dos skinheads se desangran y su sangre comienza a escurrir por la escalera.

Joe Castillo, el policía encubierto que intentaba negociar parte de una incautación, es detective de la unidad antinarcóticos en Carolina del Sur. Aprovecha la balacera para subir por la escalera de emergencia hasta la azotea. Franz y Rafferty entran al apartamento y luego de unos minutos se oyen un par de disparos. Joe Catillo suda como un caballo de carreras con problemas hormonales. Se pasa las manos por la cabeza calva, rapada y sudada. La adrenalina y la cocaína lo hacen bajar como un kamikaze en busca de los maletines. Franz y Rafferty están informados de la presencia del policía, así que lo buscan por los cuartos. Se hacen señas para subir la escalera por turnos, están en esas cuando se lo encuentran de frente. Joe retrocede al ver al enmascarado con ametralladora. Se reinicia el tiroteo. Joe se resguarda. Tiene una ventaja estratégica. Franz retrocede, Rafferty corre a respaldarlo, bajan las escaleras cubriéndose por turnos. Llegan al vehículo donde Henry espera apuntando un lanzagranadas hacia el techo del edificio.

            Una vez dentro del carro Rafferty insulta y ordena a Henry para que acelere. “Tiene un Hemi V8, ¡por favor!”, contesta Henry mientras dan vuelta a la esquina, un par de segundos después. Joe Castillo baja las escaleras trotando y cuando se asoma a la calle esconde la placa que le identifica. Camina hasta su chatarra parqueada a unos metros de la entrada, intenta encenderlo tres veces, la maquina no responde. Baja del carro, azota la portezuela, camina hasta una de los apartamentos del primer piso y toca la puerta. Una viejecita se asoma y le pregunta: “¿en qué puedo ayudarlo?”. “Han matado a varias personas allá arriba, pida ayuda” responde Joe, le muestra la placa fugazmente y pregunta: “¿No escuchó nada?”. La anciana niega con la cabeza, en su cara se dibuja una máscara de miedo hecha de hondas arrugas de tristeza. Joe rompe el silencio diciéndole: “Bien, buscaré refuerzos. Cierre bien la puerta señora.” Regresa sobre sus pasos e intentar encender el auto de nuevo. El motor arranca. Joe acelera a fondo, una nube de humo negro denso sale del exosto. A los pocos metros se apaga el cacharro luego de toser unas volutas negras. Toma la radio y da los datos: “A todas las unidades, un Dodge Charger Verde oscuro, modelo 69- 70 la matrícula termina en 439 acaba de salir de la escena de un crimen múltiple, cerca de la zona industrial. Están armados con armas de asalto, posiblemente hacen parte de una banda criminal. Intenté perseguirlos, pero el vehículo no responde.” Da la dirección por el radio teléfono, intenta encender el motor una última vez, pero no responde. Baja, saca su arma y se contiene de darle un tiro al motor. Guarda el arma. Hiperventilando, refunfuñando, apretando los dientes, da una vuelta sobre sí mismo y patea la llanta delantera del vehículo.

Mientras aparecen las dos patrullas con refuerzos se fuma tres cigarrillos. Cuando llegan, le pide a uno de los novatos que lo lleve a la estación. El joven, por la severa expresión evita preguntarle cualquier cosa. Lo deja frente al edificio, luego de veinte minutos de recorrido silencioso. Joe le da las gracias luego de mirar al joven uniformado. Como si hubiese considerado darle un consejo y luego se hubiese arrepentido.

Más tarde esa misma noche…

El auto de los fugitivos se desplaza por una carretera secundaria, plantas propias de los pantanos adornan la vera del camino. Atraviesan varios puentes, se adentran a en la zona cenagosa. Las luces del vehículo son la única garantía para no perderse en el negro absoluto de la noche. “Estaremos llegando entrada la madrugada”, dice Franz, mientras mira el reloj de muñeca. Rafferty va dormido en el asiento posterior, ronca con la cabeza apoyada en la chaqueta doblada bajo su nuca. Se detienen a llenar el tanque de gasolina y a comprar provisiones. Para estirar las piernas y cambiarse en el baño de la estación. Hablan de conseguir otro auto. Franz entra por comida a la tienda, lleva una camiseta blanca con cuello triangular, gorra de baseball negra, blue jeans y Converse All Star blancos. Rafferty sale del baño vistiendo una bermuda caqui hasta las rodillas, desert boots grises de Airwalk, camisa de cuadros negras con gris y una gorra negra de golfista. Henry llena el tanque; lleva una camiseta Adidas Clima365 TEE, zapatos deportivos y pantaloneta de entrenamiento de la misma marca.

            En la tienda de la estación de gasolina hay un viejo flaco y bien afeitado detrás del mostrador. Una cámara vigila girando sobre su cabeza, cerca del techo. Dos jóvenes punks se lanzan paquetes de dulces. Un tipo de jeans y gorra de cuero pide un paquete de habanos y una botella de Red Label.

            Franz llena la canasta de alimentos, los paga con efectivo y sale. El del paquete de habanos habla con una rubia de tetas grandes. Los punks meten sus cabezas en los refrigeradores. “Saquen las cabezas de ahí. Si no van a comprar nada, lárguense o llamaré a la policía” les dice el viejo detrás del mostrador, con el teléfono en la mano.

            Con el tanque lleno Henry se parquea en la parte oscura del estacionamiento. Espera con los vidrios arriba, el aire encendido al máximo, con el motor ronroneando y las luces apagadas. Franz sale y busca el coche. Henry enciende y apaga las luces una vez. Franz camina en dirección a la oscuridad del parqueadero, sube, coloca las bolsas de papel entre sus pies. Luego de unos segundos en silencio pregunta por Rafferty y las posibles razones de su tardanza. Henry lo mira y le pide que se tome una cerveza. Destapan dos y beben.

La puerta del baño se abre. Rafferty sale con las manos en los bolsillos, intentando parecer apacible, tratando de disimular las rayas de coca que se metió. Trae los músculos de la espalda tensos, camina en dirección a las luces de la estación de gasolina. Como no los encuentra, mira en todas direcciones. “Déjalo que se asuste… que piense que nos fuimos” le dice Henry a Franz. A los pocos segundos comienza a impacientarse, se le ve maldecir en la penumbra. Retrocede buscando la oscuridad, está a punto de explotar, de sacar la pistola, de patear al primero que salga de la tienda, de robar el primer incauto con automóvil que llegue al lugar. Evitan lo previsible.

            Encienden las luces del auto. Rafferty se acomoda el arma en entre el cinto y la zona lumbar, se aproxima al vehículo con tranquilidad.

            Se pierden en la noche, sobre la cinta negra del asfalto.

-Donde James July podremos limpiarnos, deshacernos del auto y pensar en cómo mover la mercancía robada. Ahora que el dinero fue repartido y cada cual lleva su parte, tendremos que dividir la droga, para luego, poder separarnos.- Dice Franz a Henry, que no despega la mirada del frente, y a Rafferty, que parece hipnotizado por las luces que despide el vehículo.

Llegan a casa de James a las cinco de la mañana. Comienzan a verse las primeras luces azuladas en el cielo oscuro. En el zaguán de la casa los espera una pareja, fumando y bebiendo en un sillón de madera con almohadones de tela gruesa. Se aproxima el auto, primero se ven solo las luces, después se logra distinguirla polvareda que levanta el Charger. Los anfitriones les hacen señas a los visitantes para que parqueen bajo unos árboles frondosos donde telas camufladas evitan los avistamientos aéreos. Cuando Franz, Rafferty y Henry descienden, la nube de polvo se ha ido con el viento.

-Mucho tiempo sin verlos- les dice James a los visitantes, antes de los apretones de manos y de presentarles a su cuarta esposa, Dixie-.

            La casa huele a cigarrillo y vodka. Por la ventana de la cocina se ve la corriente de agua pasar lentamente, coloreada por los destellos de un amanecer incipiente. Dixie aviva el fuego de la chimenea. La bruma del pantano comienza a desprenderse perezosa de la tierra, las márgenes del río y de las copas de los árboles. Por la chimenea sale una columna de humo.

            Los hombres están sentados en la cocina alrededor de una mesa circular. Ante la solicitud que hace Henry de conseguir otro automóvil James responde diciendo que tiene algo mejor. Les plantea esconder el auto en una cuevas no muy lejos de ahí. Les invita al patio de la casa, cubierto de pasto verde hasta el linde con la corriente del Mississippi. En el pequeño puerto de madera, bien amarrados, están una lancha de motor, un deslizador con hélice, un bote pequeño también a motor, y un velero con la lona recogida. Señala los botes y les dice:

-Eso es mejor que un automóvil. Por el agua la búsqueda se complica. En el pantano todo es más difícil para el que persigue. Pero antes, vamos comer y duerman un rato. Estos terrenos son hostiles, así que recarguen fuerzas.

            Luego del desayuno sureño -que incluía carne de caimán- se deshacen del auto. Un par de horas después regresan levantando una polvareda amarilla con la camioneta de James. Toman una larga siesta en unas camas cómodas y frías que pronto, al abrigo de las colchas de lana, les recuerdan lechos de infancia. Cuando despiertan el sol está alto, es casi medio día. Se alistan para la libertad.

De vuelta en la oficina de Narcóticos en Carolina del Sur

La oficina está iluminada como una morgue. Una lámpara fluorescente defectuosa acompaña el trabajo de Joe Castillo que mira archivos de imágenes en la pantalla del computador de escritorio. No ha dormido en las últimas diez horas, se ha tomado un par de anfetaminas para descongestionar la nariz, y casi un litro de café para justificar el ritmo del speed.

            El teléfono repica, es una información sobre el caso. La última vez que vieron el carro estaba mil quinientos kilómetros en dirección sureste, camino a los pantanos. Pregunta porque apenas hasta ahora le han informado, le responden que el anuncio nunca se hizo público a las dependencias de los estados cercanos, nunca esperaron que fueran tan lejos. Joe Castillo anota unos datos en su libreta, da la orden de que le informen personalmente si saben algo más, y sale del edificio en dirección al helipuerto que está cerca de la biblioteca Martin Luther King.

Hora de moverse

Franz, Rafferty y Henry alistan algo de comida, abrigo, y lo necesario para sobrevivir en el pantano. Suben al deslizador, donde hay dos tanques de gasolina de diez litros. Parten despacio luego de entregar cinco mil dólares a James. Todos llevan audífonos de aviación. Rafferty pilotea el deslizador, Henry lleva un chaleco naranja y va sentado adelante, aprieta el maletín con fuerza contra su pecho. Franz va en el medio con una mágnum que le compró a James, con el solo propósito de matar caimanes compró dos cajas de munición y un cuchillo de rececho. Teme a los caimanes de una forma enfermiza. Odia a esos reptiles más que a la policía. Antes de subirse se esnifaron unas rayas y las bajaron con whisky. Desayuno de guerra.

            Zarpan cargados y listos, entre árboles podridos, sauces llorones, reptiles y mapaches.

 

 

Procedimientos oficiales

Joe Castillo tomó un helicóptero, luego un avión y finalmente un Chevrolet El camino gris plata, con la que va calentando el asfalto. Por la radio ordena refuerzos en la vía treinta y cuatro Este, por la salida al Sur y al Norte. Solicita un helicóptero para que lo recoja a veinte kilómetros de donde está. Les especifica que aterricen en el campo de baseball de la escuela primaria Mark Twain. Repite las características del auto que persigue. Sonido de estática. Por radio le confirman y le aseguran la llegada del helicóptero, pero en veinticinco minutos. “OK, entendido. Cambio y fuera.”, dice y corta.

            Unos minutos después un mensaje en la radio aumenta los pensamientos violentos producidos por las anfetaminas:

-054, la ayuda aérea será imposible de conseguir, el helicóptero disponible sufrió una avería mientras despegaba. Al parecer una bandada de cisnes fue a dar contra las hélices del aparato y ahora tenemos la estación pintada de rojo, y el helicóptero está fuera de servicio; le pedimos que no continúe sin nosotros esta persecución, puede ser muy peligroso. Si decide continuar, hemos dispuesto patrullas en todas las entradas y salidas a doscientos kilómetros a la redonda. Sr. lo sentimos, pero por favor desista. Cambio y fuera.

            El policía frena en seco, baja del auto, y saca un bate de aluminio que lleva en el puesto del copiloto. Camina directo hacia un vagabundo que escarba en los botes de basura de un callejón aledaño. El tipo ve una sombra por el espejo lateral de un auto. No alcanza a verle la cara de quien lo muele a golpes, sin compasión. Los sesos escurren por el bate en un licuado de moco gris y huesos rotos, como batido de huevo, con todo y cáscaras. Escupe sobre el perdedor. Repite dos veces: “Alguien tenía que pagar”. Dos jóvenes negros le gritan que deje al vagabundo. Joe saca su pistola reglamentaria, una Glock, y los jóvenes huyen. Sube de nuevo a su patrulla y acelera en dirección a los pantanos.

            Llama a la central para dejar una última información:

-Sigo la persecución por tierra, aunque demoraré más. Me detuve a impedir que unos jóvenes negros asesinaran a palos a un vagabundo. Pero llegué tarde, no pude evitar su muerte. Los delincuentes escaparon. El pobre hombre está en el callejón de Washington con quince, barrio Uptown en Alabama Square. Avísenme apenas esté disponible la ayuda aérea, estaré encontrándome con las autoridades de la zona en aproximadamente una hora cuarenta minutos, cambio y fuera.

Dicho esto acelera a fondo, saca un par de capsulas anaranjadas. Las pasa con dos buches de cerveza. Quedan ocho latas más en el puesto del copiloto.

-Estoy a una hora y cuarenta minutos. Haré buen tiempo, ¡si señor! ¡Ya verán esos hijueputas! ¡No saben con quién se metieron!

Nota editorial:

Héroes Decadentes es un libro de cuentos de Francesco Vitola Rognini, autor de Hambre de Caza (novela de libre descarga publicada por Editorial Miliniviernos). Cada domingo hacemos una  entrega de cada uno de los cuentos, y al final recogeremos todos ellos, lo que dará como resultado un  nuevo libro digital de libre descarga.

Hasta la fecha hemos publicado el prólogo de J. J. Junieles:_ Este hambriento corazón y Frost, el payaso estrella 

Etiquetas: , , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: