¿Hasta cuándo esta inmortalidad? (crónica y necrológica)

Zeus in memoriam

Emperador2

Amigo, mi sentido pésame

L.C

De tan cretino, estoy por dar el último paso para precipitarme a la inmortalidad y soportar la humillación de vivir para siempre. La inmortalidad como negación de lo eterno; la prolongación de lo pasajero hasta el infinito.

Lo infinito y lo eterno son líneas paralelas que jamás se tocan. Así las condenó Euclides a cadena perpetua.

Tan perpetua como cualquier línea que en su interior contiene infinitos puntos.

Inmortalidad como la de Aquiles que corre tras la tortuga.

Agotamiento inmortal.

Lentitud inmortal.

A cada palada que cae sobre la caja de cartón, mi cretinismo crece y, con él, la condena de no morir jamás. El último montón de tierra ya hunde por completo el cuerpo de Zeus y, con ella, él le da la espalda a la inmortalidad. Le queda lo eterno, la putrefacción y el progresivo olvido de los que seguimos vivos. En la eternidad no es perro. Zeus no es Zeus, no tiene nombre ni nunca ha sido ni será.

Ellos viven menos años, muchos menos que los humanos, y muchísimo menos que las tortugas.

O.G

Y con la respiración frente al cuerpo carente de ella, los viejos cadáveres retornan, cada vez más difuminados, más habitantes de su anulación: olvidar todos los nombres para que jamás accedan a la inmortalidad; las obras sin muerte y los nombres que no fenecen son la condena a los vulgares o la tentativa de la vulgaridad y la ignomina para no dejarlos a merced de la eternidad.

Se renuevan los perros muertos.

Lucas, el Pincher, falleció en mis manos luego de que un Rotweiller lo mordiera por la espalda y le estallara los pulmones como un par de pompas de jabón. Los pulmones se hicieron sangre. Bombas de sangre. Hematomas con inspiraciones y respiraciones debilitadas. Mi papá dijo que no había curación. Y Lucas respiró como una locomotora cansada y se murió en las manos de ese niño que creo que fui yo. ¿Fui niño alguna vez? Respiró entre mis manos. Ahora lo intento sacar de la eternidad pero hay millones de Lucas y puede ser cualquier Lucas porque ese Lucas ya ha sido gusanos y tierra.  Escribí el nombre, su nombre, hasta que dejó de respirar, en la caja de cartón donde lo guardamos antes de enterrarlo bajo la sombra de un árbol que después tumbaron para hacer un parque, frente a casa. La retroexcavadora no se cercioró de los huesos hechos polvo y tierra de Lucas, dos o tres años después de muerto.

Lucas II fue el espejismo hecho a partir de una década de vejez: luego de haber montado a una perra huyó de la casa donde estaba preso como reproductor y lo atropellaron en una multitudinaria avenida. Los dueños de la canina nos lo ocultaron y pegamos volantes en postes del barrio pidiendo una ayuda; aparecía una foto, en blanco y negro, de Lucas y debajo decía: “Busco a mis dueños”. Ya nos buscaba como cadáver. Y nos visitará el día de los muertos y se confundirá y no sabrá si nosotros también  morimos y, como espantos, visitamos nuestras huellas, cada vez más tenues, que delatan nuestras vetustas respiraciones.

Zeus se desplomó por un infarto tan mortífero como su nacimiento. Días antes le diagnosticaron Cushing y un año atrás fue castrado por una masa que parecía reventar sus testículos. Y fue virgen. Un emperador virgen que decidió mirar su reflejo en el lago ubicado en los límites de su jardín, sentado, oteando el árbol de cerezos que suele estar en flor en estas regiones ecuatoriales y, en sus ramas, a los pájaros que nunca pudo cazar. Y solo se pasaba la lengua por los labios, saboreándose y avergonzándose por ese nombre tan grandilocuente que le endilgaron y que no se pudo quitar, ni siquiera, cuando trocó a todo ese imperio por el lago, el cerezo, los pájaros y el silencio de su reclusión anciana.

Zeus es más importante que Coetzee

L.C

Trocar imperios por silencios y permitir a los invasores que calcinen los monumentos. Y que las cenizas esparcidas se conviertan en el recordatorio de la abdicación. Zeus jamás montó a una perra. Alguna vez de su boca brotaron unas palabras empapadas con babas llenas de harina de pescado: lo vergonzoso no es intentar seducir a una hembra sino que ella sea seducida porque de la fantasía se salta al terror, del terror al porno, del porno al policial y del policial al realismo sucio donde el olor predominante es el de los genitales que rozan a otros genitales.

Mientras esta pesadilla continúa, tenemos al menos la posibilidad de esperar juntos a que el temporal finalice

N.B

En las noches, el salto del Tequendama fulgura por los detergentes que hacen espuma en sus aguas llenas de desechos industriales y el olor a algo similar a una mierda emanada de deidades precolombinas empantana las fosas nasales del más cocainómano, inclusive. El parabrisas del carro se llena de gotas embarazadas de Escherichia Coli aplastadas contra el vidrio. El cadáver de Zeus no emanará flatulencias divinas, sólo perfumes de cadáver. Hay muchas historias sobre los picotazos que los buitres propinan a los ataúdes donde se alojan los cuerpos descompuestos de quienes no encuentran una sepultura y deben ser cargados por cientos de kilómetros rumbo a algún basurero. Bendito sea el designio que me ha hecho estéril y divorciado y no debo explicarle a un hijo la muerte ni andarme con distinciones entre la eternidad y la inmortalidad. Aguas del río Bogotá empapan a los infames que vivirán para siempre aunque se tiren cien mil veces desde donde comienza la caída del salto del Tequendama.

 Prosigamos en este océano de certidumbres de cosas magras y, a veces, de momentos esplendorosos que hemos podido proporcionarnos todos aquellos que tenemos alas rotas.

N.B

Algunos piden que, al morir, los cremen y  tiren sus cenizas al río Bogotá. Otros  aguardan a que su futuro como cadáveres flote sobre las aguas inmundas. En ambos casos regresarían al río por donde discurre toda la mierda de la ciudad: con la cara llena de excrementos de mamá  he nacido y al excremento he de volver.

Vanas simetrías.

Simetrías: precipitarse al abismo de la inmortalidad y tirarse en el salto del Tequendama.

No fui capaz de tirar a Zeus al río. Continué la marcha hasta la casa de campo y, apenas se derrita la caja de cartón donde lo guardé, en unos cuantos meses, sembraré un aguacate. Cuando coma los frutos y mi digestión culmine con la eliminación de los residuos hechos un mojón que riela por el río Bogotá, el ciclo de la inmortalidad continuará y  Zeus- para ponerle un nombre a esa ausencia de su cuerpo y de todo lo que fue- se acercará a la eternidad a medida que lo olvido.

Es probable que durante las noches lo escuchen. No se aterren, hay cosas que es mejor dejar en el misterio de lo oculto.

O.G

Anoche llegué a casa y, antes de encender las luces,  lo sentí pasar la lengua por sus barbas blancas.

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