El síndrome del pedestal (sexta entrega)

Les presentamos la sexta entrega de “El síndríme del pedestal”,  la novela escrita por Ernesto Zarza González (erzagon@gmail.com). Acá podrán leer el capítulo anterior.

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VI.

 

-Fantasmas que rondan por el  Vestíbulo del Infierno de Dante-. Cobardía.

 

“Muéstrame un fruto que se pudra antes de estar maduro y árboles que se cubran diariamente con un nuevo verdor”.

GOETHE, ‘Fausto’.

 

            Eduardo Ortega estaba algo desesperado por la espera, aun cuando se tenía por alguien paciente; sin embargo, el convencimiento de que algo de valor podía obtener de las declaraciones que un pobre diablo como el que había aparecido golpeado le daría lo motivaba a resistir estoicamente la tirria que le tenía a los hospitales. Claro está que lo  interesante que veía inmerso en el asunto no radicaba en la golpiza que le habían propinado al insulso personaje que fue introducido en la sala de urgencias, ni en los aspectos relativos a la mísera o denigrante vida que podía llevar; mucho menos en la forma de ver la vida que tenía ese sujeto, a quien no dudó en tachar de simplón. Ortega pensaba, con una clara visión que se proyectaba más allá de las circunstancias del hombre, que detrás de todo el problema que tuvo el vapuleado personaje se escondía algo más, como sucede en los conventos en los que las monjas fornican sin parar con los curas que van a tomarles la confesión; no era la tunda que se llevó el marginado lo que le llamaba la atención, sino los datos que se podían obtener de sopetón de los protagonistas del suceso, por lo cual consideraba imperante hablar con el apaleado lo antes posible.

            Decidió dejar de lado la desidia y enfrentar al enfermero que quedó apostado en la puerta para impedirle la entrada, pero sus esfuerzos parecían inútiles. El hombre era intransigente, sordo ante las explicaciones que Ortega le daba respecto a la importancia de saber el motivo por el que el paciente había sido golpeado de esa manera tan atroz; ni siquiera el enterarse de que ese hecho debía ser conocido por la policía produjo efecto sobre él. El clima del hospital empezaba a hacer mella en su espíritu, por lo que procuraba sonsacarle algún tipo de información al enfermero, quien, emulando al guardián de ‘El proceso’ de Kafka, le cerraba las puertas ante un asunto de justicia. Unas náuseas sumarias aparecían en Ortega, hecho que no dejó de advertir el otro hombre.

            El periodista, aduciendo un mareo, convidó varias veces al sujeto que le taponaba la entrada a despejarse un poco y a fumar un cigarrillo en la parte externa del edificio, invitación que finalmente no le fue negada. Una vez estuvieron ubicados en un patio lateral, empezó la conversación con las trilladas fórmulas que imponen las normas de la cortesía entre dos extraños. Los comentarios relativos al frío que se sentía, a lo pronto que llegaría el pleno de la primavera, a lo cruel que fue el invierno, a la tranquilidad que traía consigo la benigna estación del año y otros por el estilo, concernientes al clima (típica fórmula de conversación que tienen dos desconocidos para iniciar una tertulia, por ejemplo en un ascensor), dieron paso a los que se referían al tropel de periodistas que llevaba días aglutinado en las puertas del hospital y a la incomodidad que le ocasionaban a los pacientes (quienes, de hecho, se veían obligados a serlo), al personal del hospital, a los médicos y a los visitantes. Ortega, llevando a cabo un método sutil, inducía a su interlocutor, sin que éste se percatara de ello, hacia lo que él quería; de a poco fue introduciéndose en el tema que le interesaba.

 

            Finalmente el enfermero le comentó que el muchacho fue encontrado en una oscura calle del barrio Monserrat, yaciente sobre el borde de un andén; sin embargo, atrajo su atención el que nadie hubiera llamado a una ambulancia, a pesar de que dicha calle a toda hora es transitada por colectivos, taxis y remises. “Posiblemente pensaban que se trataba de un borracho dormido, como comúnmente ocurre”, dijo el enfermero. Ortega le dio la razón. Pensó en la cantidad de personas que se habían vuelto alcohólicas debido a los problemas surgidos por la grave crisis económica que estaba atravesando el país, fuente del aumento de las tasas delictivas, y a la degradación de una sociedad que marcaba serias diferencias entre quienes poseían el capital y quienes lo padecían. A su mente llegó un fulgor musical, una canción de “La Renga”, y tarareó parte de la letra: “Reducido es este residuo que no recicla este basural / Así te quieren, de eso se trata: perdido, sucio y sin chistar…” Le parecía obvio creer que ese muchacho fuera uno de ellos, sus trazas así lo reflejaban, uno de los que sufría de las injusticias sociales, uno de los que tuvo que vender su alma al diablo para poder seguir adelante con una mísera existencia a la que no le encontraba razón se ser, una mísera existencia a la que su supuesto sentido lo veía más distante que las calendas griegas; le parecía obvio creer que ese muchacho fuera uno de los que encontraba en el delito una forma de vida porque la sociedad sistemáticamente le había cerrado sus puertas al negarle la oportunidad de trabajar de manera honesta. “Pero todo esto es muy romántico de mi parte”, pensó Ortega con mordacidad, puesto que lo más probable era que el muchacho fuera otro de los vagos que halla en los petulantes convencionalismos de la sociedad la excusa para dedicarse a la vida del pillaje y del saqueo.

            Por intermedio del enfermero, quien, dicho sea de paso, le sacó tres cigarrillos, se enteró de que el muchacho había recibido sendos golpes en las costillas, como si le hubieran propinado varias patadas, y que tenía serias lesiones en su rostro, lleno de equimosis y cortadas; un hombro luxado y varios dedos de las manos rotos fueron el balance final, hasta donde sabía el enfermero. “Quizás los médicos determinen otras lesiones”, le comentó. Supo que el muchacho se salvó de milagro, pues pudo morir  desangrado en el lugar en el que lo dejaron tirado; una ambulancia que regresaba a su sede, luego de haber ido a atender lo que resultó una falsa alarma, pasó justo por el sitio en el que yacía postrado. Finalmente fue trasladado al centro médico más cercano, que resultó ser el Hospital Argerich.

            Ortega le agradeció al enfermero y, como un gesto de buena voluntad, le entregó cinco pesos para que comprara unas facturas, café y un paquete de cigarrillos. Como si fuera necesario recalcar el uso que debía hacer del dinero, entre risas le dijo “así pasás la guardia, aunque sea larga, pesada y dispendiosa, morfando y chupando puchos; ya sabés que, si te enfermás, no tenés que ir a ningún lado”.

            Después de un tiempo razonable el enfermero optó por entrar; al paciente podrían estar realizándole las últimas curaciones. Convidó a Ortega, muy comedidamente, a que siguiera con él, arguyendo que el efecto de la anestesia aplicada al muchacho estaría  desvaneciéndose; de la misma manera, muy comedidamente, le prometió ejercer todas “sus influencias” para que le dejaran ver al paciente.

            – Socio, si el tipo entró, como le había dicho, como “Pedro por su casa” -relataba Mateo a Enrique, amparados por la especie de celosía que formaba el negro letrero en el que, en letras blancas, se leía un eslogan barato y de poca originalidad: “‘Mi Recoveco’, whisquería, picadas y algo más…” Una vez Enrique le había llamado la atención al respecto a Mateo, quien no dudó ni un momento en achacarle la responsabilidad del exabrupto a su antiguo socio, Calvino-. Llegó bardeando

            – ¿Bardeando, socio? -interrumpió Enrique Salas-. Me imagino que, en lunfardo, tiene relación con alguna muestra de prepotencia. Había olvidado que usted se ha argentinizado por completo -remarcó con ironía.

            – No, socio -le dijo Mateo, que captó el sardónico comentario de Salas-, sino que uno debe adaptarse.

            – Lo sé, estaba cargándolo (vea que yo también puedo apelar al lunfardo) -se explicó con premura Enrique-. Como dijo Sancho Panza: “Si a Roma fueres, has como vieres”, lo cual no significa otra cosa más que hemos de adaptarnos a las competencias culturales de la nación que nos ha prestado su abrigo. Pero volví a sacarlo del tema…

            – Le decía que el tipo llegó muy prepotente –Mateo se desquitó al mostrar que él también tenía la capacidad de realizar comentarios mordaces, pero sutiles, mientras  dirigía una mirada perspicaz a Enrique-, exigiendo a gritos por servicio y obligando a las minas a estar con él. Usted sabe, tanto como yo, que la naturaleza del negocio requiere de ese tipo de servicio de las chicas, que han de acompañar a los clientes (eso sí, ellas verán cómo se las arreglan para sacarles las copas, de las que devengan un porcentaje). Bien. Tampoco desconoce que la mala educación no cuadra conmigo, así que puede imaginar cuánto me molestó la actitud grosera del tipo. Cuando iba a decirle que, si no se comportaba, podía irse, por las buenas, Teddy ya estaba hablándole; usted sabe cómo es él -Enrique sonrió sarcásticamente al recordar cómo era Teddy-. Le decía, de buenas maneras, que esa no era la forma de presentarse en ningún sitio, mucho menos en donde no era conocido por nadie. Al gil no le gustó que lo corrigieran y, quizás, lo emputó aún más la forma como Teddy lo hizo, en son de chanza, por lo que empezó a putearlo y a decirle cuanta cosa le venía a la cabeza. Gritaba a diestra y siniestra -una irónica sonrisa apareció en el rostro de Salas cuando escuchó la gastada frase hecha que esgrimió su interlocutor-, diciendo que él tenía plata para comprarnos a todos, que debíamos estar agradecidos de que alguien de su clase hubiera entrado al negocio en vez de estar en uno acorde a su elegancia y demás estupideces por el estilo, estupideces dichas por un pobre diablo como aquel que si tenía plata era seguramente porque había atracado a alguien. ¡Alguien de su clase! ¡A leguas se notaba que era un villero! Cuando Teddy lo tomó del brazo, y le volvió a pedir que se comportara, el hombre le mandó una piña, pero no le dio; así debía ser la traba que tenía el hijueputa. Yo ya había salido de la barra y me dirigía hacia ellos, pero Lucas se adelantó y, haciendo uso de la violencia que tanto le agrada, agarró al pelado y lo sacó a trompada limpia del negocio, tirándolo en la puerta de la calle. Yo no quería quedarme atrás, lo admito, pues también tenía la intención de ajusticiarlo, pero el hombre había salido corriendo, mientras entre gritos decía que iba a volver y que nos iba a dar una lección.

            – No, periodista -le decía el muchacho golpeado a Enrique, quien finalmente (y gracias a la “influencia” del enfermero) pudo acceder a él, aunque fuera por un pequeño instante-, yo no propicié nada. Simplemente llegué y pedí un trago y, sin darme cuenta, ya tenía encima a dos fiambres golpeándome.

            – ¿Sabés quiénes eran? -le preguntó Eduardo.

            – Che, qué voy a saber, si yo nunca había entrado a ese boliche -le respondió el joven, que prefirió no dar su nombre a pesar de los pedidos de Ortega al respecto.

            – Nosotros entramos y seguimos como si nada -continuó Mateo-. Después de un rato, vea usted cómo es de loca la gente, regresó el tipo con un arma, bardeando todavía más, buscando a Teddy, porque la agarró con él. Cuando lo vio le apuntó y alcanzó a soltar un tiro. No sé si fue debido a la suerte, a la mala puntería del salame o a la agilidad de Teddy, pero lo cierto es que no le dio; al ver que falló el primero se preparó para hacer un segundo disparo, pero ya tenía a Teddy encima de él, tomándolo del brazo. Forcejearon y se soltaron dos tiros más; uno de ellos rozó la mano de Teddy. En ese instante “El Negro” y yo estábamos encima del tipo… se podrá imaginar lo que pasó después.

            – Sin darme cuenta, esos dos chantas me sacaron del boliche -seguía el apaleado con su relato, dándole a Eduardo su ‘verdad’ de los hechos- y me agarraron a piñas y a patadas en la vereda. Yo les rogaba que no me pegaran más, pero entre más les pedía, más piñas me daban. En un momento logré sacudirme de ellos y me les volé, pero no podía correr mucho por los golpes que me habían dado, por lo que me alcanzaron y me metieron de nuevo al boliche, en donde me dieron más piñas, ellos y otros dos que se les unieron. ¡Mirá, mirá cómo me dejaron esos forros!

            – Socio, si es ahora y todavía estoy cansado por todos los golpes que le di a ese malparido –Mateo, con su peculiar forma, al habla-. ¡Mire, mire cómo quedaron mis nudillos por culpa del hijueputa ese! –con el rostro marcado por la indignación, extendió los brazos e hizo muestra de sus manos- Lo teníamos tirado en el piso y yo le pegaba y le pegaba con los puños, como si no quisiera parar de darle. De esa manera aprenden que no pueden llegar a mi negocio a hacer lo que se les venga en gana, aprenden a no irrespetarme el negocio. Si alguien llega, es bienvenido y bien atendido, pero si se comporta de la debida forma.

            – Si yo había entrado lo más de educado -se quejaba el golpeado con Eduardo.

            – Si no saben comportarse, por las buenas o las malas los hago salir -balbucía Mateo.

            – Yo sé bien cómo comportarme -se defendía el muchacho.

            – “El Negro”, por si fuera poco -prosiguió Mateo-, lo encendió a patadas en las costillas; yo le quité el revólver, se me había pasado comentarle eso, y con él le di varios  culatazos en las manos. Sin que me diera cuenta, “El Negro” me arrebató el mazo y lo colocó en la sien del pelado. Socio, ¡no se imagina el cagazo que me llevé! “El Negro” estaba desaforado, más loco de lo ordinario; temblaba de rabia y le gritaba “¡te voy a matar, hijo de puta, te voy a matar!”; puede tener por seguro que lo iba a hacer, pero yo lo paré y le dije que no lo quebrara dentro del negocio, que si lo hacía se me armaba un quilombo enorme.

            – Entonces uno de los chabones sacó un fierro y amenazó con matarme -el muchacho relataba como si estuviera haciendo sus descargos ante un juez-, pero otro le dijo que lo hiciera afuera, por lo que me arrastraron a la calle.

            – Ya en el andén convencí al “Negro” de que se tranquilizara, ya que la chuta estaba haciendo la ronda cerca de acá -relataba Mateo-. Además, socio, ya el tipo estaba medio privado de la razón, por lo que decidimos llevarlo a la otra calle y dejarlo tirado allí.

            – Afuera me dieron más piñas y más patadas, además de muchos golpes con la culata, pero no me dispararon -continuaban los descargos del muchacho-, porque supe hacerme el muerto. Discutieron un rato entre ellos, pero no te puedo decir qué era de lo que hablaban, porque yo estaba lelo; después sentí que me alzaron y me llevaron a donde me tiraron.

            – En ese sitio te encontró la ambulancia -dijo Eduardo-. ¿No sabés en dónde te dejaron?

            – No, che, qué voy a saber, si estaba medio muerto -le respondió aquel que se consideraba ultrajado.

            – ¿Escuchaste algún nombre? -preguntó Ortega-. Me hablaste de un tal Mateo.

            – Sí, ese Mateo era el dueño del boliche -le contestaron-. Y está ese “Negro”. ¡Ese gil es el Diablo!

            – ¿Nada más? -inquirió Eduardo.

            – ¿Qué más querés? -bramó el golpeado, un tanto molesto por esas preguntas que, según él, no iban a nada. Quería que el periodista publicara la noticia de inmediato, noticia en la que él sería el protagonista que le mostraría al mundo lo que le hicieron de una manera tan atroz, tan inhumana, tan salvaje, tan… Si era en forma de entrevista, para él estaba bien, aunque prefería una crónica desgarradora que incubara en los lectores un sentimiento de compasión hacia él y que los llenara de aversión hacia sus agresores.

            – Decime, por lo menos, el nombre del boliche en el que te golpearon -pidió, por último, Eduardo-. ¿Recordás el nombre?

– Eso sí te lo puedo decir; nunca olvidaré el nombre de ese maldito basural. El boliche se llama “Mi Recoveco”.

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