Romero y La Playa

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Foto de Peter Harding: creative commons 3.0

ROMERO Y LA PLAYA

Por: Luis Cermeño

Un paisaje estival, tocaban ukeleles, embriagados por su propia belleza y juventud, cantaban canciones para un mañana mejor, lleno de paz, pero ante todo autosatisfacción de su propia existencia. Eran tan hermosos. Los pensamientos positivos irradiaban una energía cósmica hacia el universo que los ajustaba a la armonía de todo lo vivo.

Romero los veía celebrar en la entrada de su casa. Abría una lata de gaseosa,  los veía allí en la playa, alrededor de las chimeneas, bailando, celebrando cada noche la alegría de vivir y saboreando de sus risas, complaciendo sus cuerpos y almas con el calor de la amistad.

“Yo no sé porqué no puedo ser feliz”, escribió Romero en Twitter, parado ahí mismo, a la entrada de su casa, dando la espalda a la rumba de los chicos que se prendían con la puesta del sol, justo cuando al solitario le lastimaba más el día ¿o la noche?

No se consideraba particularmente desagradable, aunque tampoco es que fuera guapo. Pero estaba en el rango promedio en que a un ser humano se le puede clasificar en el torneo para la felicidad, y la seducción, y el éxito… Pero si él estaba jugando en el campeonato de la vida social, seguro iba entre los peores equipos y ni siquiera se aproximaba a los favoritos.

Incluso en un principio pensó que podía dar la batalla. Tímidamente se acercaba a la fogata, incluso en dos ocasiones pudo iniciar una conversación con alguna linda chica de pelos dorados, pero pronto llegaban otros y otros, y la chica de pelos dorados era abordada por otro con mayores habilidades, y entonces ya se estaba riendo en un grupo que cada vez se cerraba más contra él y él estaba de nuevo afuera, tan cerca al grupo, pero fuera de él, ignorado por todos y más solo que siempre.

Quiso cambiar de táctica de juego, y aproximarse por otro flanco, ser más agresivo, llegar con una flauta, al principio parecía que era recibido, pero cuando menos lo esperaba estaba otra vez fuera del círculo, tocando para él solo, acariciando a un cachorro que de vez en cuando se acercaba para abrigarse él también, o sencillamente maldiciéndolos a su espalda, sin que en ningún momento fuera determinado.

Romero se encerraba en su cuarto a olvidar su derrota, y dibujaba en sus diarios cómics que le prometieran una carrera en el mundo underground,con su particular punto de vista satírico de la sociedad y la hipocresía del sistema. Pronto se agotaba, se asomaba a la ventana para confirmar que las luces de las chimeneas aún estuvieran encendidas y prendía su computador, allí intercambiaba mensajes con el amigo del colegio, y cuando se rendía, entraba a una página porno en donde miraba videos sin descansar hasta que se hubiera derramado mínimo dos veces.

Una noche, ya entrada la oscuridad, Romero se encontraba paseando en la playa, en dirección contraria al grupo de juerguistas. Sumido en sus pensamientos adolescentes, sin tener ningún problema en particular que le estimulara la inteligencia para destinarlo a la tribuna de las grandes mentes, tropezó con una sombra. Pidió disculpas, cuando comprendió que se trataba de un cuerpo, del grácil cuerpo de una joven. Ella se irguió en una posición absurdamente rígida y lo enfrentó como si fuera a atacarlo. Volvió a excusarse con la joven, que le pareció bonita a pesar de su rudeza, agachó la cabeza y se aprestaba para seguir derecho en su caminata.

Ella pareció relajarse y conciente de la torpeza del joven, le sonrió y le dijo que no había problema. Le preguntó a dónde iba. Él dijo que solo caminaba hasta que el cansancio lo venciera y pudiera conciliar el sueño.

– ¿Así que eres de aquí? ¿Y qué tal la vida frente al océano? Yo moriría por tener una vista semejante todos los días de mi vida.

– No está mal. Pero tampoco es tan espectacular una vez te acostumbras a ello. Supongo que normal. Diría que incluso un poco desesperante, con tanto juerguista y gente que solo quiere pasarla bien, sin pensar en otra cosa para la vida.

– Oye, pareces un poco amargado para ser tan joven. ¿No te gusta la fiesta?

– Sí me gusta, pero pues verás, no soy un tipo de fiestas.

Romero se encontraba en una situación difícil. Pues quería parecer más serio de lo que era, pues eso le daría la impresión de ser un tipo maduro pese a su corta edad, y eso podía impresionar a la joven. Pero tampoco quería dar la idea de ser un muchacho aburrido y apático, pues eso podría hacerle parecer un subnormal y también reflejar su inmadurez de adolescente.

La joven se divertía porque era consciente del dilema de Romero, el rubor de su cara también expresaba su carácter introvertido y sabía muy bien que por esto no le resultaba fácil encajar y esta era la principal razón para que divagara por la playa solitario, aún siendo un lugareño.

Fueron caminando playa abajo hasta las rocas, y sentada en una de estas piedras lisas que lamían las olas, la joven le contó a Romero sus aventuras de guerra, que estaba licenciada y esperaba pronto empezar la universidad. Quería estudiar artes y dedicarse a la licenciatura. Romero un poco inspirado le contó que hacía cómics y que todavía no sabía qué estudiar, tal vez diseño, porque era muy bueno dibujando.

Les dio la medianoche hablando de los sueños, el arte, la guerra y el amor. Ella se despidió rumbo a su hotel y él descamino la playa hasta llegar al grupo de los muchachos felices frente a su casa.

Esa noche no se masturbó, sino que pensó todo el tiempo en su nueva amiga. Tenía deseos de verla al día siguiente. Era su oportunidad para el amor y no la dejaría escapar.

La encontró la siguiente noche en el mismo sitio. Esta vez la conversación no fue tan fluida como hubiera esperado, Romero. La encontró más distante que la noche anterior. No sospechaba que fuera natural en las mujeres ese cambio de ánimo. Le propuso que fueran a las rocas como la noche pasada pero ella no quiso. Dijo que quería conocer el otro lado de la playa. Romero se fastidió. Allí estaban los juerguistas.

Cuando pasaron por el lado de la hoguera en donde las sombras de los esbeltos cuerpos se balanceaban, los ojos de ella parecieron recobrar brillo y se detuvo. Él le mostró su casa, allí al frente, pero ella apenas le prestó atención. Le preguntó si no quería una cerveza. Él no tomaba pero tampoco quería parecer un niño. Aceptó la oferta y compraron un six-pack en un almacén cercano.

La joven veterana de guerra le propuso que volvieran a la playa, y se sentaron cerca de la fogata. Ella también veía los cuerpos de los jóvenes, como él , solo que él los veía con desolación y ella con encanto. Pronto pasó una pareja, con coronas de flores en la cabeza, y cuando la vieron le sonrieron. Apenas saludaron a Romero, y éste les devolvió de mala gana el saludo.

– ¿Eres nueva?

– Estoy solo de paso, descansando mi servicio para ir a la universidad

– Vaya! Tenemos una héroe de guerra en el pueblo.

– ¡Por favor!

– Anímate, te vamos a presentar, todos querrán saludarte.

La joven observó entonces la cara deprimida de Romero, y le preguntó si quería ir con ella. Él la miró con los ojos de un perro que se despide de su amo. De todos modos, volvió a ver a la joven pareja, y supo lo lejos que estaba de su bienvenida.

– No, no puedo. Quiero ir a trabajar mis cómics

– ¡Oh, qué pena! Está bien. Nos vemos mañana en el mismo punto.

Esa noche Romero no pudo dormir por el ruido de la juerga. Al día siguiente pasó por el mismo punto y no la encontró.

No la volvió a ver jamás.

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