El síndrome del pedestal (séptima entrega)

Por Ernesto Zarza González

erzagon@gmail.com

Esta es una nueva entrega de la novela “El síndrome del pedestal”. Acá podrán leer el capítulo anterior.

Glinka

VII

Suenan acordes de “Russlan y Ludmilla”, autoría de

Mijáil Ivánocivh Glinka.

 

“El cinismo es barato… puede comprarse en cualquier supermercado”.

GRAHAM GREENE, ‘Los comediantes’

 

            Eduardo Ortega salió del hospital y empezó a caminar sin saber de su rumbo. Sus pasos, sin quererlo, lo hacían dirigirse al diario en el que se desempeñaba y sus pensamientos, siguiendo el mismo derrotero deslizado de la realidad, lo llevaban a un mundo inexistente al que le daba forma en su mente. Como en el cuento ‘Exilio’, de Edmond Hamilton, en el que un escritor de ciencia-ficción queda atrapado en su propia creación, Ortega presentía que, de una forma u otra, él también quedaría capturado en medio de la trama de lo que su cerebro maquinaba. La golpiza que le dieron al pibe no sería el motivo central de la labor periodística que había iniciado; Mateo, el hombre detrás de ese nombre, era la clave de lo que pensaba desarrollar, quizás como un trabajo serio de investigación, quizás como un artículo cualquiera, quizás como una serie de notas, quizás como unas entrevistas. Se preguntaba, una y otra vez, por la figura del agresor, quien sin duda habría de ser un personaje reconocido en el mundo del hampa, pues no era muy probable que un empresario de los que la sociedad denomina ‘serio’ se dedicara a ese tipo de negocios; por voces que escuchaba en las calles tenía entendido que la mayoría de los dueños de establecimientos como aquel en el que fue apaleado su entrevistado eran sujetos de honradez dudosa, muy posiblemente ligados a actividades ilícitas y con problemas con la justicia.

Eso sería una bomba, se decía, en el caso de que tuviera la posibilidad de  acceder a la interna de un sitio como ese y así lograr conocer a fondo su desenvolvimiento. De acuerdo con lo planteado, no dejaba de pensar que tuvo razón al intuir, cuando vio que transportaban en la camilla a quien se había convertido en su fuente, que de ello algo interesante podía salir.

            Entonces partió de la premisa que le decía que tendría que hacer una investigación acerca de un hombre que posiblemente fuera un criminal y, por ende, que habría de terminar conociendo algo de las actividades, de los pensamientos y de los proyectos de un delincuente como Mateo. Mateo, un hombre que se encontraba tan alejado del rol social con el que el Destino sentenció a la mayoría de las personas, pero, sin embargo, tan cercano a los demás seres humanos, predestinado para mostrarle a la sociedad el error que cometió, al hacer el reparto de actividades entre los que la integran, en el momento en que decidió que unos debían vivir del trabajo y del esfuerzo de los demás, otros del dinero que cobran a guisa de coimas y otros del que de manera directa y descarada le roban a la nación en su propia cara.

            De sus pensamientos lo sacó un presentimiento. Algo dentro de él lo impulsó a encender el teléfono celular, algo dentro de él lo hizo volver a la realidad. Como si la hubiera olvidado, llevado por el instinto de reportero que tenía, había de retornar a su sendero de nuevo. A modo de ser sorprendido por el Destino, en ese mismo momento entró una llamada. Eduardo, como llamado nuevamente al cuadrilátero, despabiló y observó el nombre que apareció en la pantalla. Natalia. Sonrió y se dijo a sí mismo, con un aire de suficiencia ególatra y soberbia, que sabía que era ella. Su mente, de manera inconsciente, se había adelantado al timbre del aparato y le había puesto sobre aviso.

Un cúmulo de emociones dispares se apropiaron, por una milésima de segundo, que le pareció conformado por millones de ellos, de la mente del joven, quien se sintió ensoberbecido pensando que ella, justamente ella, se había tomado el trabajo de llamarlo, posiblemente con la intención de ponerlo sobre aviso debido a una posible argucia de Pirobovich en su contra; se sintió aún más ensoberbecido al colegir, por ello, que Natalia podría estar preocupada, demostrando de esa forma algún interés en él. Pero la ruleta de sus sentimientos continuaba girando, pues, a la vez, se sintió temeroso al pensar en la manera en la que le contestaría a la mujer más hermosa que había visto y tratado en su existencia, aquella mujer a la que nunca le había hablado de la forma adecuada a la situación en la que las circunstancias los había hecho encontrarse; no pensó que el Destino se complacía en jugarle a veces unas trastadas un tanto pesadas: lo sabía. Un escalofrío invadió su cuerpo y volvió a sentir cómo su rostro era poseído por el maldito demonio rojo que tantas veces le había hecho pasar vergüenza delante de ella al hacer que se pigmentara de manera veloz y vergonzosa; el mismo diablo colorado que lo perseguía sin tregua, como persiguen los remordimientos a los débiles de espíritu, como persiguen los canes a los zorros en una cacería protagonizada por los ineptos y escuálidos nobles de antaño, como persigue el depredador al animal de presa, como lo perseguía la efigie de la hermosa mujer cada vez que la veía en la sala de redacción, como lo perseguía su incapacidad de proponerle algo. Y era ella, ¡ella!, la que lo llamaba. La imagen de esa princesa se presentó en su mente y no soportó un instante más no atender su llamada, la llamada de la princesa. Eduardo rió, con un dejo de nerviosismo que no dejaría pasar un observador avezado, y contestó el teléfono.

“Los dulces infiernos de los enamorados, que Dante ni siquiera pudo imaginar”.

JACK LONDON, ‘La princesa’.

– Hola Naty –procuró que el tono de su voz fuera espontáneo, pero, según pensó, algo lo delataba; siempre estaba ese algo cuando hablaba con ella. Después quedó callado, esperando por la voz, la ronca pero agradable voz que lo hacía pensar, con un dejo de la cursilería que él tanto odiaba, que los ángeles existen, que ella era la mayor prueba de ese hecho irrefutable, la ronca pero agradable voz que lo hizo pensar que ese ángel tendría que decirle algo a continuación.

-¡Che, boludo!, ¿qué hacés? –escuchó la ronca pero agradable voz del ángel, aunque coligió que sonaba más a reproche que a saludo, aun cuando Natalia había esgrimido las mismas palabras que la fórmula ritual de la cortesía informal impone- “Nacho” quiere matarte. Anda gritando por todos lados, puteando a todo el mundo, pegándole patadas a las sillas. Está como loco, no escucha razones, balbucea…

– No digás que es por mi causa –la interrumpió mientras trataba que su voz fuera lo más natural posible, por lo que procuraba darle la modulación de sarcástica indiferencia que tanto había practicado.

– No te hagás el boludo, que te sienta bien cuando la cosa es en joda –lo increpó Natalia, como si estuviera regañando a un hijo suyo o, en últimas, a un imbécil que disfrutaba siéndolo o pretendiendo pasar por tal, siendo que la gente sabía que era todo lo contrario y que la máscara que usaba no era una medida de escape de su propia hipocresía-. Te lo digo en serio. Si no te ve pronto, mejor que no te aparezcás y, si lo hacés, si no es con algo de lo que te mandó conseguir, de seguro que te va a matar…

“Te va a matar”, se dijo Eduardo in mente. “Esa frase hecha que tanto nos gusta decir a los argentinos, como si fuera algo real el hecho de que alguien fuera a acabar con la existencia de otro ser humano por las estupideces por las que solemos expresar esa tontería. Creo que se nos sale sin que nos demos cuenta”.

– ¿Dónde andás? –preguntó ella, haciendo que su voz sonara de manera diferente; Ortega tuvo muy en cuenta esa inflexión.

– ¿Por qué querés saberlo? ¿Te mandó “Nacho” a preguntarlo? –indagó, a su vez, Eduardo Ortega, de manera pueril, sabiendo de antemano la respuesta. Posiblemente después de hablar fue que pensó que a ella le molestaría la estupidez con la que salió; quizás eso era lo que él, subconscientemente, buscaba. Se divirtió al imaginar el gesto que debió formarse en el bello rostro de Natalia y al pretenderse tan sagaz como para predecir que ella le respondería con el consabido “boludo”.

Pero ella no dijo nada. Luego de un silencio algo engorroso hubo de decirle a la joven que estaba dando vueltas, que había salido a caminar sin razón alguna y que, en ese momento, en el que se percataba de eso, se encontraba cerca del edificio en el que tiene su sede el diario. Con la creencia de que pudo haberla molestado -el mutismo de la joven fue más elocuente que cualquier insulto que le pudiera prodigar-, varió un poco la estúpida estrategia que estaba utilizando al colegir que Natalia no estaba obligada a entender su absurda forma de ser, por la que ante ella pretendía pasar por un estoico, filósofo inalterable, forma de ser con la que pretendía ocultar el inexplicable sentimiento de timidez que ella le despertaba.

            – Ahora, ¿creés que, en verdad, Pirobovich anda tan caliente conmigo, o no será uno de los habituales arrebatos que tiene cuando cualquier asunto, que a mí se refiera, lo saca de la apatía que lo carcome día a día? –quiso saber, variando la modulación de su voz, que sonó como si en realidad le importara el que su jefe estuviera indispuesto con él; pero él conocía la razón que produjo ese cambio: ella, ella, únicamente ella, el procurar volver al estado inicial de la conversación, el procurar volver al estado en el que la conversación se encontraría de no ser por la necedad a la que lo había obligado su timorata disposición frente a ella.

            – ¿Vos qué creés? –le contestó la joven. Ortega no pudo saber si se lo decía con un dejo de rabia o si, por el contrario, lo hacía con un retintín de sarcasmo, debido a lo obvia que resultaba la respuesta que cualquiera le daría a una pregunta formulada para salir del atolladero en el que la falta de sensatez lo metió. Quizás Natalia recordó la superioridad que sobre él le otorgaban los constantes colores que en su tez aparecían cuando la veía o cuando le hablaba (por supuesto que ese detalle no se le escapó a una percepción tan aguda como la de la inteligente mujer).

            – Bueno, ¿y qué querés que haga? –algo dentro de él lo incitó a ponerse a la defensiva. “¿Esta trola qué se ha creído?”, pensaba entre tanto.

            – Decime dónde andabas –como si de un juego se tratara, juego en el que la meta era dejar al oponente fuera de lugar por medio del empleo de las más variadas figuras retóricas, ella volvió a hacer acopio del cambio en el tono de su voz. Ortega quedó algo extrañado ante el dejillo de interés casi maternal que ella le colocó a su interpelación.

            – Fui al Hospital Argerich –musitó Eduardo. Quizás, sin proponérselo, lo dijo con humildad, como si acabara de recibir un golpe inesperado, un golpe ante el cual no hay defensa alguna.

            – Eso lo sabía o, por lo menos, me lo esperaba –continuó Natalia con el juego, plenamente convencida de que estaba ganando la partida y de que el tipo que otrora había querido pasar de mordaz, indiferente y estoico era un enclenque que, si estuviera  frente a ella, mostraría todos los colores que en su cara se podían presentar, el arrebol cotidiano que la hacía pensar que ella podría disponer de su Destino a su antojo, como si de una figura astral se tratase. El solo pensarlo la motivaba a sentirse superior; un aparte de orgullo insufló su ego, aunque, a la vez, una especie de conmiseración hacia ese ser al que respetaba y valoraba hizo que desease acabar, por el momento, con la travesura que estaba llevando a cabo.

            – Entonces, ¿qué querés saber? –preguntó un Eduardo dejado fuera de combate por la serie de golpes que había recibido.

            – Por qué te has demorado tanto, por qué tenías apagado el celular, por qué no te has manifestado, qué has logrado sacar y si vas a venir o no. Ya te dije que “Nacho” está que echa humo –esta vez Natalia, de acuerdo a lo que había pensado, decidió dejar de lado la victoria que había conseguido para darle lugar a la conciliación, cediendo un poco de su parte para que pudiera ser exitosa. La dulzura que acompañó a las palabras hizo cambiar el timorato acento que estaba apropiándose de su joven interlocutor. Ortega  habría dado cualquier cosa por ver las bellas facciones de la joven al momento de pronunciar esas palabras, palabras que lo hicieron pensar que un velado interés ella  deseó dejar entredicho.

            – Bueno, mirá que no pude hacer lo que “Nacho” me pidió… –dijo Ortega, empezando por lo que, precisamente, ella no quería escuchar, como si de esa forma se sacara un gran peso de encima. A continuación esgrimió una perorata, que no por eso dejó de ser verdad, aunque parecía hecha a modo de excusa… el abismo moral que en ese momento lo separaba de la mujer seguía teniendo una gran extensión, a pesar de que ella procuró acortarla-. Llegué, sí, al Argerich, pero todo era un bolomqui, estaba hasta las termópilas de periodistas; el desorden era muy grande y, la verdad, resultó imposible sacar algo; la mina que iba a ser operada no se dejó ver –ni él mismo creyó esa mentira; por supuesto que ella, juzgando conocerlo y estimarlo como un periodista sagaz y sin complejos, salvo cuando la veía, tampoco se tragó el cuento, pero no pensó oponerle recurso alguno; muy maltrecho quedó el joven después del enfrentamiento lúdico al que se dedicaron.

            – Bueno, che, contame qué hiciste –nuevamente procuró otorgarle a su voz el aparente acento de interés.

            – Quedé un rato viendo cómo los demás se daban piñas por saber cómo estaba vestida la mujer, si la había acompañado algún sobrino, si el vecino era su amante, si uno de sus tíos era homosexual, si iba a darle su hígado a unos antropófagos… –Eduardo, al parecer, estaba recobrando su talante.

            – ¡Pará, pará un rato, che, que me tenés podrida! –Natalia, molesta por la retahíla de su interlocutor o porque éste había deseado ser de nuevo un contrincante en el que la dignidad lúdrica saliera a flote, no aguantó los comentarios mordaces de Eduardo. “De nuevo este tarado sale con babosadas”, pensó-.  Che, sólo contame lo que pasó.

            – Si eso estaba haciendo, pero vos me interrumpiste. ¡Dejá de hacerlo! –fingió bramar Ortega- Como te decía, aburrido estaba de ver las estupideces por las que nuestros queridos colegas se pelean; hay que ver cuántos de ellos no saldrán con cualquier babosada hoy en los noticieros o en las revistas del corazón. La mujer no quiso dar declaraciones, los médicos nada más decían que ella, efectivamente, habría de ser operada, por lo cual salían con lo que fuera, cualquier cosa, con tal de robar un poco de cámara. Podrido como estaba, ya sabés como soy, me alejé a fumarme un pucho, cuando vi que unos enfermeros estaban metiendo a un pibe por la puerta de urgencias. Le dieron una bocha de golpes, casi lo matan, literalmente hablando, por lo que pensé que algo interesante podría sacar de todo eso.

            – ¿Y? -¿Había algo de malicia en su voz? Ortega pensaba en esa posibilidad.

            – Pude hablar con él… -¿Por qué tenía que pensar que ella estaba gozando ese juego? El solo pensarlo hacía que algo se le revolviera por dentro, como se le revolvía algo por dentro cuando los parásitos que habitaban en su cuerpo se alborozaban al ser alimentados con una buena ración de comida chatarra.

            – ¿Y? -¿Persistía la mordacidad, o sería cosa suya, un producto más de la paranoia que se apoderaba de él cada vez que hablaba con Natalia?

            – Bueno, algo le saqué, aunque creo que es sólo el comienzo. Tengo el presentimiento de que, más allá de lo que supe, puedo obtener una buena crónica –respondió, procurando darle a sus palabras un acento neutral.

            – ¿Por qué lo creés? –volvió a inquirir ella, aunque su mensaje no tenía una intención adyacente, tal como el fantasioso y trastornado joven pensaba.

            – Porque pretendo pasar por ser un buen periodista –contestó Eduardo, algo fastidiado por el interrogatorio del que estaba siendo objeto.

            – Por tal te tenés –le refutó Natalia, esta vez riendo con sumo deleite, como si empezara a gozar de la conversación al hacer ese retruécano, cosa que no dejaba de ser una somera muestra de aquella coquetería tan propia de las mujeres. Así pudo haberlo pensado Ortega, pero el razonamiento bien pronto sería desechado de su mente; nunca se percató de ese tipo de señales de parte de la joven.

            De pronto, como si un trueno retumbara en la sala de redacción, se escuchó un grito, un alarido sofocante y dilatado, de parte de Ignacio Pirobovich, quien parecía haber sido objeto de una visita inesperada. Fue como si Belcebú se hubiera presentado ante él con la excusa de llevárselo con el fin de mostrarle el que sería su futuro hogar, aquel por el que tantos esfuerzos fructíferos había realizado.

            – Eduardo, ¿dónde andás? –le cuestionó Natalia a Ortega, luego de que el chillido de su jefe la hiciera temblar, como si de un paroxismo se tratara.

            – Justo detrás de vos –escuchó la joven una conocida voz que ya no le hablaba por el teléfono celular; por el contrario, la sintió muy cercana. Después de experimentar una especie de cosquilleo interno, Natalia volteó y vio a Eduardo Ortega. Una sonrisa de picardía, y hasta de complicidad, se dibujaba en las facciones del joven, quien la miraba como llevado por un sentimiento alucinado de fascinación.

En esa ocasión el arrebol no se presentó en sus mejillas; Ortega era consciente  de que Pirobovich lo había visto, por lo que la exclamación fue exhalada, justo el grito desesperado que hizo temblar a Natalia. “¡Ortega, dónde andaban vos y la concha de tu madre!”

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