Otro borracho que no puede olvidar (Héroes decadentes – FVR)

Héroes decadentes

 Francesco Giuseppe Vitola Rognini

Hoy presentamos:

Otro borracho que no puede olvidar

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

El ferrocarril está lleno. Estoy de pie, recostado al pasamanos vertical, borracho, intentando enfocar la mirada en lo que ocurre alrededor. Pasan imágenes pornográficas estimuladas por una pareja que se besa al bajar en la estación de Gracia. Otro par, cuarentones, van sentados muy cerca cuchicheando. Él tiene cara de cansado pero sonríe, viste traje, corbata y zapatos nuevos. Va con los brazos abiertos tratando de sujetarse a algo, como si no cupiera en el puesto. Ella va casi en harapos, parece una adicta, la piel reseca, los labios cuarteados, el contorno de los ojos de un color rojizo, y flaca anoréxica. Ríe nerviosamente dejando ver unos dientes amarillentos y haciendo que ese par de ojos acuosos se entrecierren. Las manos huesudas y pálidas en las que sobresalen venas inflamadas y azules tiemblan casi imperceptiblemente, como las de un fumador cuando algo le intranquiliza y el cuerpo le pide nicotina. Ella sabe que cuando él y su sonrisa bajen del vagón quedará sola de nuevo. Mientras él habla, mostrando sus dientes blancos de quien visita al dentista cuatro veces al año, con ese placer que dejan un par de polvos bien echados, ella lo mira asustada, con ojos enternecedores, dispuesta a todo con tal de tenerlo a su lado cada noche, cuando le atacan los demonios personales, cuando el silencio lo ocupa todo. El cuerpo humano es uno de esos misterios de la física: frágil y resistente a la vez. El tipo con su bigotito negro y afeitada perfecta baja en la estación de uno de los barrios residenciales más lujosos, probablemente encaminándose a un encuentro con su esposa e hijos.

Los pensamientos me llevan a una mujer que amé con locura en el pasado. Oigo su risa y ahí estoy, diciéndole al oído que nada se compara a su cuerpo. La locura toma las riendas del momento. Vienen imágenes cargadas de sensaciones, cuerpos que se atraen y se acomodan, lengua con piel, entrañas contra el músculo latente, saliva, sudor, exhalaciones del cuerpo haciendo el microclima de la pasión.

Regreso a esta realidad de ebrio nostálgico que lo ve todo claro y que mañana intentará de nuevo olvidar infructuosamente. Busco aire, echo una mirada alrededor y los cuerpos de quienes me acompañan desperdigados por el vagón se superponen a las imágenes de mis recuerdos. Se anuncia mi estación. En la calle encuentro el viento helado de la madrugada otoñal. El alcohol parece perder fuerza o el cuerpo parece usarlo para combustión interna. Gasolina para los músculos. El estómago pide comida. Camino de la boca del metro hasta el edificio donde vivo, giro la llave, en el momento que abro se cuelan las lesbianas del piso de abajo, del 402. Nos metemos todos en el pequeño y viejo ascensor de siglo diecinueve. Ellas llevan los cascos para motos y hablan en catalán cerrado. Yo evito mirarles, deseando bajen pronto para seguir directo a mi baño, que en ese momento se vislumbra como un santuario que me pide una oración gutural.

Luego de volcar la confusión en la porcelana, voy y enciendo el computador -que se conecta automáticamente al Internet inalámbrico de alguno de mis vecinos- y me voy a la nevera a buscar unas sobras guardadas en el Tupperware. Con el estómago entretenido diluyendo alimentos me dedico a buscar una pelirroja en los portales pornográficos. Me encantan las pelirrojas. La piel blanca y con pecas activa mis receptores de dopamina. Me enloquecen, me tranquilizan.

Pasado un rato la encuentro, sin nombre. Una diosa delicada, labios rosados, cabello rojo corto a la altura de las orejas, ojos verdes, y una hermosa orquídea húmeda por sexo, cubierta de un fino vello incandescente. La imagino moviéndose levemente por efecto del alcohol en mi cerebro. Las del 402 inician lo que han hecho sin falta casi todas las noches desde que llegué aquí hace unos meses. Comienza la escalada orgásmica y aprovecho sus gritos para hacer real mi diosa digital.

Cuando el silencio vuelve a tomar control pienso en la forma que tendrá la muerte. Si lleva una hoz, y una sotana negra rellena de huesos movidos por una fuerza absoluta. ¿Donde estará en estos momentos cuando el silencio lo es todo?, ¿sobre el edificio donde vivo?, ¿en el ferrocarril acompañando a la adicta en el momento que unos neonazis suben al vagón?, ¿dentro del cuarto de las vecinas cuando el consolador eléctrico hace corto dentro de una de ellas?, o ¿en las manos suaves, y el sexo complaciente de nuestros amores de turno?

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Héroes Decadentes es un libro de cuentos de Francesco Vitola Rognini, autor de Hambre de Caza (novela de libre descarga en Editorial Miliniviernos). Cada domingo hacemos una  entrega de cada uno de los cuentos, y al final recogeremos todos ellos, lo que dará como resultado un  nuevo libro digital de libre descarga.

Hasta la fecha hemos publicado,  Frost, el payaso estrella , Golpea y Corre,  El idealismo no sirve para una mierda  y el prólogo de J. J. Junieles:  Este hambriento corazón 

 

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