José de Cora: La historia de La navaja inglesa no sucedió, pero pudo haber sucedido

Por Manuel García Pérez

 @ManuelGarciaOri

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Publicada por Tropo Editores, La navaja inglesa es una novela ambientada en el reinado de Carlos III y cuyo argumento gira en torno a una serie de asesinatos que parecen estar relacionados con la llegada a Madrid de la estatua de La Cibeles. Como destacamos ya en Mundiario, la novela se caracteriza por un lenguaje pulcro, innovador, lleno de sutilidad poética, por un tributo personal que José de Cora rinde a la estética de Valle-Inclán para crear su simbólico mundo de personajes, cuyo comportamiento está movido por una instintiva forma de sobrevivir en aquel Madrid apócrifo de decadente imperialismo. La siguiente entrevista a José de Cora, escritor, periodista y colaborador de MUNDIARIO, revela algunas estrategias técnicas de su excelente trabajo narrativo.

– ¿Cuál es la motivación de una novela ambientada en el reinado de Carlos III y en el trasunto mistérico que hay tras la diosa Cibeles?

– Fueron varias, además de la primera y principal, que consistía en conseguir una novela pulcra, lo mejor escrita posible y entretenida. La excusa es Cibeles y el desconocimiento que existe sobre lo que representó y las influencias que tuvo en el catolicismo, un tema inédito en la literatura mundial. Carlos III me dio el escenario gracias a su decisión de instalarla en el centro de Madrid, ciudad a la que también rinde homenaje el argumento. Otro fue, por ejemplo, conseguir una novela de géneros: histórica, policíaca, esotérica, erótica, sádica, mistérica, mitológica, costumbrista y por momentos, humorística. Un género de géneros.

– Arriesgas en la estructura con múltiples episodios y cambios de plano que aportan un gran dinamismo a la narración y arriesgas en el lenguaje, manejando todo tipo de jergas y registros.¿Qué intención subyace en ese trabajo tan personal y transgresor?

– Aunque es cierto que la narración pasa de un escenario a otro como secuencias de una serie televisiva, la razón última es que estaba obligado a hacerlo así, porque la acción es única, como en los órdenes clásicos. La fuente y la diosa lo dominan todo y nada hay en la novela que se salga de ese plan único. Al final el lector se da cuenta de que es así y que era necesario avanzar en varios frentes para que todos confluyan para desatar el nudo gordiano de lo que se cuenta. En cuanto al lenguaje, siempre procuro acercarme al momento histórico que viven mis personajes. Me desagrada profundamente encontrar novelas históricas en las que todos los personajes se expresan como contemporáneos del autor. Creo que esa forma de escribir trivializa el argumento y lo hace increíble.

– Leer tu novela ha sido volver a leer a Dickens, a Conan Doyle, pero también lo esperpéntico y esa narrativa fantástica de Cunqueiro están presentes en tu discurso narrativos. ¿Qué influencias hay tras el trabajo de La navaja inglesa?

– Supongo que muchas. Todos arrastramos el caudal de lecturas de nuestra vida, aunque para La navaja… me fijé en los autores de esos años, 1775-1780, y en los que me gustan. A Cunqueiro le reconozco influencia y enseñanza, pero para este trabajo tendría que añadir a Valle Inclán y al padre Isla, cuyo Fray Gerundio de Campazas es siempre una fuente inagotable de léxico. En cualquier caso, por muy difícil que resulte creerlo, son los propios personajes, los ficticios o los reales, los que una vez metidos en la novela, se revelan con sus propios modismos, con su propio estilo, casi siempre por encima de la voluntad del autor. Si el personaje está bien creado, rechaza las formas de expresarse que no van con él.

– En ocasiones, la trama queda diluida por los lances amorosos de los protagonistas, por la corruptela de la propia sociedad, por la descripción de los bajos fondos de ese Madrid picaresco. Tengo la sensación de que la trama es un pre-texto para establecer un discurso narrativo mucho más heterodoxo y global.

– Tanto el sexo, el sadismo, la sangre y la violencia, como el Madrid de los salones, las procesiones, el teatro, mercados, tabernas y los barrios más miserables de aquella ciudad, aparecen en la historia porque lo exige Cibeles. Si faltase alguno de esos elementos, el retrato de la diosa sería incompleto y la novela, coja. Ésa ya no es una decisión mía, salvo en el momento de concebir la trama alrededor de ella. Desarrapados, poderosos, enloquecidos, románticos, emasculadores, frenéticos sexuales, impotentes o criminales son tipos que se desprenden del culto a Cibeles, que es arrebatador. Ella es la que permite que existan todos en el mismo momento, pues de otra forma faltarían el desencadenante que les da sentido.

– ¿Qué importancia tiene para ti la documentación o la fidelidad al relato de la historia? ¿Consideras en tu caso el acontecimiento histórico como una anécdota para narrar una biografía de personajes ficticios?

– En este caso, la fidelidad es doble. Por un lado está el ambiente madrileño del siglo XVIII y por otro, el de la tradición de la diosa. Ambos son elementos a los que he procurado dar la máxima fidelidad. Sin embargo, lo que es absoluta ficción fue unirlos. Hacer que la diosa tuviese una influencia tan brutal en personajes del XVIII finisecular de Madrid.

– Hay una exploración muy acertada hacia las logias, hacia el ocultismo, una indagación sobre los orígenes mistéricos de la diosa Cibeles. Resulta fascinante. ¿Hasta qué punto es verosímil esa realidad social en el Madrid de Carlos III o es una invención puramente literaria?

– En parte ya queda dicho en la anterior respuesta. La historia de La navaja… no sucedió, pero pudo haber sucedido. Creo que sin ser plenamente consciente de ello, Carlos III reprodujo lo vivido en Roma el año 204 antes de Cristo, cuando traen a Cibeles a la ciudad y se desencadena una oleada de fervor a su causa debido a los supuestos favores que concede a los romanos, asediados por guerras, pestes y hambrunas. Las circunstancias históricas son muy distintas en Madrid veinte siglos después, pero ése fue mi trabajo. Montar una historia en la que el lector acaba por reconocer que pudo haber sucedido, y cada vez que me lo dicen, me llenan de satisfacción.

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