El síndrome del pedestal (Octava entrega)

Esta es una nueva entrega de El síndrome del pedestal, la novela escrita por Ernesto Zarza González (erzagon@gmail.com). Acá podrán leer el capítulo anterior:

 

Infiernozarza

VIII.

 

-Fantasmas que rondan por el Infierno de Dante-. Círculo segundo (Lujuria).

 

“¿Quién puede distinguir entre el héroe y el asesino, entre el líder y el tirano?”

JORGE AMADO, ‘Memoria de un niño’.

 

            El grito retumbó dentro de las paredes y causó estragos en toda la edificación. Una exclamación sorda, aguda, maléfica y malintencionada fue la que barbotaron unos labios de los que nunca salió algo hermoso. Unos ojos que miraban con furia, un odio entretejido, una maldición de un ser sin patrones de conducta, unas gotas de saliva que eran escupidas por quien pronunciaba incoherencias, unas inyecciones de adrenalina que atraían a los perros callejeros que rondaban por los alrededores, un deseo de muerte, una patada a la decencia, un pertrecho de artimañas y de argucias maquinadas sin clemencia, un utensilio del diablo, una oración de un curate, un relato de seres teologales que narra sucesos que nunca pasaron pero que tampoco fueron imaginados, un insulto a los valores, un anhelo compulsivo de desechar para siempre la moral y mandarla con todos los beatos y beodos que la corrompen a los más recónditos lugares, un panegírico a la falta de mérito y de sinceridad, una apocada visión de las cosas duras, unos dientes amarillos por el abuso del cigarrillo y grises por el ortodoxo uso de maniatadas frases y de muestreos de poco valor, unas manos prestas a ser empleadas para deleitar a los que gozan al golpear a los inermes sin extremidades, unos brazos que querían tirarse para hacer genuflexiones con unas rodillas hincadas en suelos de podredumbre, un artilugio hecho para hacer caer en sus redes a los insensatos y a los crédulos que se solazan pensando en las ayudas que nunca van a recibir de quien les otorgó el don del libre albedrío para que fornicaran con animales y para que dejaran una mísera y rala descendencia en una tierra que están pudriendo y marchitando tal como el que los creó lo hizo con el invento de un otoño que deviene en un invierno que se ríe de una primavera porque se va a cagar del calor con un verano que hace que se acunen las moscas y que se paren en los rincones más escondidos de los seres humanos para inocular sus huevos y hacer que la pútrida carne de los que se creen pensantes sea pasto para que sus crías de él se alimenten y crezcan dentro del más insalubre de los sitios que hay en el mundo. Eso y mucho más fue lo que significó ese grito, un insulto a los animales que tienen que compartir su planeta con el advenedizo ser humano.

            Carolina se tapó los oídos con las manos y los gritos que se negaban a salir de su garganta eran captados por su mente; trataba de neutralizar con sus delgadas extremidades y con sus débiles aullidos las injurias que expelía la boca de su padre, como si fueran impulsadas por los seres teologales de un cuadro de Pieter Brueghel el Viejo. Su madre, como queriendo unirse a los bacantes, exhalaba trinos de una boca que apestaba a licor barato, modulaciones que se perdían en las miasmas insondables del alcohol, confundiéndose con el olor acre y rancio que su aliento le imprimía al aire que trataban de respirar. El hombre estaba aturdido por el dolor que sentía, como si una saeta lanzada con firmeza hubiera penetrado en su sucio corazón, y se arrastraba entre las porquerías del suelo debido a una borrachera que lo hacía trastabillar y repetir incoherencias de seres infernales, como si las palabras de los evangelistas fueran tergiversadas y puestas al revés, dichas por un insensato que ingirió suficiente licor para hacer de su espíritu un templo a la putrefacción y a la incongruencia. La mujer, siguiendo el admirable ejemplo que le daba su marido, empezó a levantar las piernas, como si deseara darle patadas a unos invisibles seres angelicales, de los que odiaba su belleza y el candor de una juventud que la conoció a ella abriendo sus extremidades inferiores para que hombres de dudosa  calaña se deleitaran con el fruto que ella misma había tocado más de una vez en su incipiente niñez. El humo exhalado por unas bocas que chupaban cigarrillos de pocos centavos subía por un aire cargado de inmundicias; era como si toda la suciedad de la pobre y olvidada localidad en la que vivían se hubiera concentrado en los hocicos de esos dos abominables entes, de esos dos malvados demonios que ultrajaban con crueldad a dos hermosos ángeles, de esos dos pérfidos reptiles que se  incitaban con desenfrenado furor etílico.

            Porque Carolina intentaba proteger al menudo fardo que bajo sus blancos, pequeños y delicados senos cobijada. Sin embargo, el fardo seguía moviéndose febrilmente y de él salía el eco del llanto de un bebé, del bebé de Carolina, el bebé que  temblaba por causa del pavor que le tenía a los diablos que apestaban a odio inveterado y a licor rebajado que eran sus abuelos.

            Ella, asustada y angustiada, manifestaba un temor conocido, un temor que la hizo sentirse débil, desamparada, inerme, un temor ocasionado por la actitud de los que la crearon un día que estaban pasados del alcohol y de la lascivia: el miedo a la muerte, a una Parca que llegaría con sus horribles hábitos oliendo a podredumbre, a porquería, al apestoso y libidinoso resuello de su padre, a las sucias y experimentadas entrañas de su madre. A pesar del alcoholismo que enfermaba a sus padres, nunca creyó que podría presentarse un conato de violencia excesiva en contra suya o de su hijo. Y gritó, aulló como una loba que protege al último miembro de su camada de la acometida que los salvajes lobos veteranos hacen, en medio de una de sus lucubraciones de poder y de locura, mientras intentaba cubrirlo con su escaso cuerpo, como si ese fuera el sedante apropiado para neutralizar las agresivas intenciones de los asesinos en potencia, las agresivas intenciones homicidas de los que le dieron la vida. Inútil era todo esfuerzo tendiente a alejar de ella y de su hijo a los dos demonios, inútil era todo esfuerzo tendiente a persuadirlos, inútil era todo esfuerzo tendiente a luchar contra los efectos que el alcohol y el odio producían en sus padres; lo peor del caso era la plena conciencia que tenía de su situación y de su humillante estado de indefensión. Sabía que ningún vecino iría a interceder por ella y por su cría, sabía que la policía nunca se enteraría de esa situación y que su hermano se encontraba fuera, tratando de rebuscar algo para poder darle un pequeño respiro a los estómagos de su hermana y de su sobrino o un extra de combustible al gaznate de sus progenitores. Pero él estaba afuera y, aunque no podía hacer nada en caso de estar presente, de manera física, por lo menos le comunicaría a la policía lo que estaba pasando, en caso de que Carolina así se lo pidiera.

            ¿Qué otra cosa podía pasar por la mente de la indefensa Carolina, sino era un miedo sin fronteras, una desesperación sin cuerpo, una agonía sin fin, una tortura sin mediación, una voz apagada que se perdía en la lejanía, en la lejanía que es propiedad de los seres inermes e inexpresivos?

            Gritos de celos y de resentimientos, de aversiones fundamentadas en la falta de lógica y en una moral inexistente, seguían retumbando por el cuchitril en el que vivían, haciéndole sentir vergüenza a sus paredes; el padre de Carolina continuaba lamentándose porque su  hija había dejado de ser de su exclusiva propiedad, el padre de Carolina continuaba lamentándose porque había perdido la garantía que tenía de ser el único hombre que la tocaba. Demasiado había pagado con la traición que la miserable le prodigó cuando otro hombre la preñó. ¿Qué razón tuvo el maldito Destino para burlarse de él al hacer que su hermosa hija, la hermosa mujer de la que estaba perdidamente enamorado, su mujer, fuera alguien que le recordara a la puta con la que vivía, la puta con la que se embriagaba a diario, la puta que había parido a sus dos hijos, la puta a la que odiaba más que a su propia vida? A guisa de respuesta, lloraba con lágrimas producto del rencor y de la descomposición que inundaban su podrido corazón; era un rencor irracional que generaba en él, dominando al débil remedo de mente que el alcohol le había obsequiado, sentimientos de hostilidad y de inquina hacia las demás personas, en especial si esa persona era alguien a quien no consideraba miembro de la raza humana, como, por ejemplo, la puta que parió a la mujer que para él era la más amada en la tierra (una puta más, una puta como su madre, una puta que lo estaba traicionando, una puta que andaba garchando con otros hombres; estaba rodeado de putas). Los celos, tan intransigentes como siempre,  volvían a apoderarse del maldecido personaje al recordar que un tipo en particular, un cerdo al que su hija le demostraba un especial cariño, iba a su casa y ordenaba como bien le venía en gana, sin respetar los derechos adquiridos que sobre el cuerpo de Carolina él tenía como padre y primer amante; ese aborrecible hombre aprovechaba cualquier ocasión para morfársela, ¡ante sus propias narices!, porque él no podía defender a su hija, débil como era frente al potencial devastador y homicida de su enemigo y a su aparente demostración de poderío, de lozanía y de fuerza. Mateo le estaba robando el amor de Carolina. Mateo estaba sacándolo del corazón de Carolina. Desde que Carolina lo conoció nunca más deseó estar íntimamente con su progenitor y hacer de los misterios y los placeres del incesto delicias que atiborraban sus corazones, delicias que les daban lujuriosos argumentos que la razón no podía contrarrestar. Desde que Mateo apareció, Carolina, cuando abría las piernas para realizar el coito con su padre, lo hacía sin ganas, como si fuera obligada, como si de un simple acto reflejo se tratara; por supuesto que ante los ojos y el corazón del enamorado no pasó desapercibido el cambio que había obrado en su hija, en su amante. Odiaba a Mateo, a ese aborrecible hombre que le había dado a Carolina un trabajo nocturno de mesera en un restaurante de su propiedad, con la misma violencia con la que odiaba a la puta con la que tuvo el fruto más hermoso, dulce y deseado del mundo: Carolina, su mujer, la mujer a la que amaba de manera enfermiza, la única mujer a la que había amado en su vida.

            La joven, casi una niña, de rostro angelical y de delgado cuerpo, se encontraba acurrucada, cobijando a su hijo con su regazo, llorando y temblando de miedo, implorándole a sus padres que no le hicieran daño a su retoño, suplicándole a su madre que no se les acercara más, rogándole a su padre que venciera al intempestivo odio que se despertó en su corazón. Veía cómo la enorme boca de su madre, inmunda cavidad en la que la ausencia de dientes evidenciaba los golpes que su compañero le había dado a lo largo de los años de pacífica y amorosa convivencia, expelía humo y pestilentes  ventosidades a través de los resquicios que los dientes ocuparon alguna vez. Veía cómo la mujer que durante siete meses la tuvo dentro de su cuerpo, alimentándola con las pocas muestras nutritivas que ingería, alimentándola con los desechos del humo y del alcohol, alimentándola con su miseria, se acercaba al rincón en el que ella, como presa de un depredador, timorata y asustada, se encontraba tendida, como si de esa forma pudiera escapar a la malvada mirada que la harpía le dirigía. Veía cómo esa figura, que otrora fue bella y deseable, a ella se acercaba, en tanto un gruñido de satisfacción, que la aterrada imaginación de la muchacha transformó en un grito infernal, salía de la garganta de quien se quejaba en sus borracheras porque quedó con evidentes secuelas por haber parido a la mujer que le robó a su marido. Veía cómo la fofa, grasosa y sucia estampa de lo que llamaba ‘madre’ pretendía lanzarle golpes por encima de su cabeza; sabía que era la mayor retaliación que su padre le permitía a la asquerosa que la había acogido en su seno, la asquerosa que le dio la putrefacta leche materna mezclada con rancio alcohol, la asquerosa que, al hablarle, escupía sobre su rostro pavesas de saliva ácida y de venenoso aliento, la asquerosa que estaba celosa de la bella presencia de su hija, la asquerosa que la odiaba tanto que la culpaba de la huida de la lindura que poseía, la asquerosa que le endilgaba la pérdida de su juventud.

            De la podrida mente de la bruja, en cuyo interior se llevó a cabo una matanza de neuronas, no se separaba la ambición de vengarse de su hija, la única ambición que tenía, la ambición que la mantenía viva, la ambición por la que moriría. Por ello, aprovechaba cualquier ocasión para saciar su odio en el débil cuerpo de Carolina, aprovechaba cualquier ocasión para saciar su crueldad. Cuando el miserable que la  indujo a la prostitución, el caficho de su propia esposa, para mantener su acendrado vicio, el miserable que luego sería el padre de unos hijos de puta, se iba de juerga y dejaba a la otrora bella y seductora mujer con los dos engendros que le había hecho, los celos y la inquina de la mujer eran solventados con los daños que le infligía a su hija cada vez que le era posible. Una simple amenaza de un detrimento mayor, si le revelaba a su padre el pequeño secreto, era suficiente para que la niña se abstuviera de abrir la boca y de recitarle a su amante lo que padecía. Odiaba a Carolina desde que empezó a formarse, a ser hermosa y atractiva, a ser su antinomia; pero su odio creció desmesuradamente, tornándose ciego, a partir del momento en el que se dio cuenta de que ella, a la que le había dado la vida, miraba a su marido de una manera extraña (miraba sus genitales, miraba sus sueños, miraba sus borracheras) y le coqueteaba sin tapujo. Carolina se estaba enamorando de su propio padre y su libido la arrastraba con su portentoso caudal; todo lo que le habían enseñado sus compañeros de juego lo llevó a la práctica un día que su viejo estaba descansando una borrachera en su cama, sin importarle que su madre la descubriera.

            Con el cuerpo trashumando alcohol y el hediondo olor del sudor de un pobre diablo que le pagó unas monedas por un favor cualquiera, la abnegada madre arribó a su ejemplar hogar y descubrió a la hija aprovechándose de un padre que simulaba estar privado por el abuso del licor. El estropicio que se armó fue mayor que el que se formó el día que el cielo sucumbió ante su nuevo señor. Cuando el brutal brazo, herramienta de la venganza forjada en los hornos del odio, estaba presto a bajar sobre el delicado ser una férrea mano lo detuvo. Él no permitiría que una sucia y horrible puta le hiciera daño a quien él amaba más que a su propia vida: su hija, su amante, su mujer, una niña.

            Durante mucho tiempo Carolina disfrutó de la protección de su padre, de sus caricias, de su apestoso aliento alcoholizado encima de ella, dentro de ella, sacudiéndola, sojuzgándola, haciéndola sentir el placer que ningún otro hombre le podía brindar: el goce morboso y enfermizo de una forma secreta y prohibida de amor y de pasión. Su hermano no podía evitarlo; la amenaza de un padre psicópata era más persuasiva que cualquier otro medio y una madre que esperaba con paciencia el día de su desquite eran suficientes para que nadie más, aparte de ellos, se enterara de la situación.

            Una situación que tuvo un momento crítico cuando se descubrió que Carolina estaba embarazada. Tan sólo tenía catorce años cuando eso sucedió. La traición, la propia sensación de inferioridad, la turbulencia de sus pasiones, la perniciosa influencia del delirium tremens, los mal recibidos consejos de un corazón que estaba agostado, el complejo de suciedad, la vorágine de insidiosas razones en una mente que no pensaba, el llanto apocalíptico, las braceadas y las perneadas de frustración, el dolor inherente a la desgracia que siente alguien dentro de sí como un candente brazo de hierro que le atraviesa el corazón y le derrite las venas y las arterias, el sufrimiento producto de su incapacidad, la pudrición que lo corrompía, la arrancada furibunda de cabellos, la impotencia de un loco que gritaba y gesticulaba y lanzaba maldiciones al aire y a las demás personas y a Dios y al Diablo y que escupía imprecaciones y que rezaba anatemas… ¡Quién sabe qué otros sentimientos demenciales y dispares obligaron al consuetudinario consumidor de bebidas alcohólicas a golpear, con manos, brazos, piernas y pies, a su hija en la barriga!; ¡muerte, muerte, muerte al engendro del demonio!, engendro del demonio que ella tenía dentro. Carolina, la dulce y bella niña, aprendió, teniendo a su progenitor como maestro, que entre más amantes tuviera más placer obtendría. En consecuencia, optó por buscar en sus compañeros de juegos a los más  indicados para garchar, entre los que salió el afortunado que la preñó. Sin saber por qué diablos su panza crecía tanto, decidió dejar de comer, someterse a una dieta que la engordaba más.

El poco juicio del alienado por el alcohol no pudo reprimir su molestia cuando llegó a la conclusión de que él no podría ser el desnaturalizado padre de la que sería la víctima de su enojo, víctima a la que intentó acallar desde ese momento, dentro de las profundidades oscuras y olvidadas del cubil materno en el que estaba, a punta de golpes, con la cómplice y complaciente anuencia de la madre. Los vecinos, acostumbrados a los gritos y a las horribles blasfemias y juramentos de la familia modelo, se adherían al gorjeo, sustituyendo los bramidos de la casa de al lado, previniendo cualquier visita inesperada de sus amigos policías, colocando cumbia villera a todo volumen; muchas de las mujeres que odiaban y muchas de las que envidiaban a Carolina se unieron al impúdico jolgorio. El amparo de la niña llegó del ser más inesperado; su hermano, una hormiga, un insecto, olvidando por un momento el temor reverencial y cobarde que le tenía a su padre, dejó de lado toda aquella maraña de espanto para ser, por un instante, el cruzado que acudiría en ayuda de la víctima indefensa. Por lo tanto, dando paso a un momentáneo fulgor y a una determinación fugaz –que debían ser aprovechados- se lanzó sobre el soporífero y pestilente pozo que destilaba alcohol y lo empujó sobre una desmantelada silla. Poco le importaba en ese instante la retaliación que después llevaría a cabo aquel ser demoníaco, pues la adrenalina se había apoderado de él, fluyendo como un manantial de valentía y coraje en el que los perros callejeros van a bañarse y a saciar su sed para después orinar en la cara de aquel que nunca más los recobraría y que continuaría siendo un medroso engendro de las tinieblas, un pusilánime que terminaría sin dientes y con las encías negras.

Tomando a la doncella entre sus brazos, el caballero intentó salir del minarete en el que ella se encontraban prisionera, pero no tuvo en cuenta a la malvada bruja que era la guardiana de la vestal. La maldita hechicera se lanzó sobre él con una descarga de furia atroz, pero fue repelida en un primer intento. Su hijo no la entendía, no podía hacerlo; desconocía que ella había soportado durante muchos y largos años el martirio que la envidia y el odio generan sobre quien los padece, saturando cada una de las cavidades de su derruido cuerpo. La atribulada mujer no podía desaprovechar aquel momento en que su marido, presa frágil de los celos y de la impotencia, mal contendiente sería en las fieras ganas de dañar, de lacerar, de herir y de lesionar que tenía la maldita hembra. Como una leona herida, valga el estúpido símil, se arrojó nuevamente sobre su hijo lanzando dentadas, arañazos, puños, patadas, insultos, denuestos, escupitajos, sangre ocular, miradas de exterminio, desdeñosas maquinaciones, deseos de asesinato puro y sin remordimiento.

El retoño de la puta a la que parió, porque se daba el caso de que estaba en el medio, sería de aquellos que pagarían con su furia por hallarse inmerso en las mismas circunstancias; el hijo que ella parió, en caso de rechazarla de nuevo, sin apartarse de su camino, también tendría que recibir su parte de odio y de animadversión. Con la voz de la conciencia etílica saltó de nuevo sobre el muchacho, pero fue repelida con una fuerza, un vigor y una determinación que desconocía en el alfeñique al que había visto crecer como un títere. Un gran golpe la dejó aturdida y echada a pocos pasos de su marido. La cruzada fue exitosa, los herejes fueron repelidos… la cuarentena del caballero terminó, el cielo le abría sus puertas, nunca más tendría que armarse de valor y luchar; nunca más lo hizo.

            Pero esos eran puntos de un pasado que una mente podrida en las vastedades etílicas considerarían muy lejano; sin olvidar lo que ella creía haber padecido, veía que el día de su revancha estaba muy cerca. Años de sufrimiento aún más grande, siendo testigo de los deliquios amorosos de los que gozaban del incesto, veían llegar la hora de la venganza, la culminación de sus penurias: su propio marido tampoco soportaba ser un esclavo de los celos. Quizás los pensamientos homicidas, dormidos por años, desde el día en que su hijo no le permitió atacar a la embarazada, estaban despertando del sueño, como un animal que había hibernado durante dos lustros; un furor satánico la hacía olvidar a su nieto, quien ya era un niño de cuatro años que lloraba al ver la descompuesta faz de un ser que siempre le pareció horripilante y malvado: le parecía un vivo engendro de las tinieblas, una de las horrendas brujas perseguidas por los cándidos dominicos de la Edad Media, uno de esos entes ruines que hacían sacrificios de niños para beber su sangre y comer sus entrañas, esos horribles entes que sus espíritus daban en usufructo al Demonio. El miedo que sentía el niño fue transportado a su madre, motivándola a lanzar un débil grito una vez más; ella sabía que su gruesa y grasosa progenitora la avasallaba fácilmente y era difícil esgrimir cualquier tipo de arma teniendo a su pequeño en su regazo. Arrinconada, se sentía prácticamente inerme y derrotada, como si estuviera aguardando, resignada, el fatal destino que le era propio, como si de ella toda esperanza se hubiera alejado, como si sólo esperara recibir sobre su cabeza el golpe final.

En consecuencia, cubrió una vez más a su crío y, sintiendo sobre su piel el caudal del río del que sus lágrimas fueron fuente, se dispuso a darle un dulce final con sus manos de madre. Nuevamente, como hacía años, vio cómo el brazo homicida se levantaba con furia atronadora, la mirada roja y sangrante de una madre que hubiera preferido ser la progenitora de bestias, la cara dislocada y los deseos de muerte de una loca que bailaba de frenesí etílico y criminal, el aliento de peste y las ventanillas que expelían humo y secreciones podridas. No demoraría mucho en caer el apéndice asesino; un último grito, como si fuera el desahogo final, salió de la blanca y delgada garganta de Carolina, en cuya piel tantas veces había resbalado la apestosa lengua de quien había sido su amante, llenándola de una saliva pastosa, pegajosa, amarilla y putrefacta.

            Mientras la joven cerraba los ojos, como si de esa forma no fuera a sentir el golpe que le venía encima, y lanzaba su postrer chillido, nuevamente una mano férrea y firme, movida por la fuerte voluntad que le imprime el alcohol a un hombre enamorado, tomó con hercúlea convicción a la extremidad de la que otrora fue esbozo de belleza y juventud y la lanzó lejos de Carolina, dislocándole el hombro a quien fuera su mujer en aras de la protección de una hija a la que había convertido en su amante. Después de observar, con una cara que denotaba una desacostumbrada tranquilidad (y la que le cedió a Carolina como un dulce regalo de los dioses), por un rato a la muchacha y de comprobar que ella y su nieto, su bastardo nieto, estaban bien, se dirigió hacia la mujer con paso firme y rostro cadavérico; en él se leía su intención de no dejar con solo diente a la maldita que quería privarlo de lo que él amaba más que a nada ni nadie en el mundo. Los gritos del engendro del diablo, de dolor por la luxación de la que había sido objeto, de rabia por no haber podido cumplir con su cometido y de angustia por la incertidumbre de lo que le esperaba, retumbaron e hicieron eco en las paredes de la habitación. De ella salieron, como si su mente hubiera olvidado por un momento lo que hacía pocos segundos había pasado, suplicantes pedidos de ayuda a su hija, en los que le recordaba que ella fue la que la parió, en los que le decía que no podía dejar que el salvaje que tenía de padre la maltratara, que ella también era madre, que era muy joven para quedar huérfana… En los ojos de su marido veía lo mismo que Carolina, hacía unos segundos, vio reflejados en los de ella.

            Románticos sueños danzan en la mente de Carolina. La puerta del cuchitril en el que habitaban se abrió de golpe, como si una patada hubiera sido dada con fuerza. Mateo entró, con una pequeña pistola calibre 22 en la mano derecha, mirando de un lado a otro con insistencia. Se calmó al ver que Carolina y el niño estaban bien; la mirada de tranquilidad -y hasta de ternura, se podría decir- que le lanzó a la joven se trocó en una cruel muestra de lo que un odio bien fundado puede generar: el padre de la muchacha, como sacudido por un rayo, cayó y rodó por el suelo, después de recibir una patada en su mentón. Paradójicamente fue la misma clase de patada que él había estado decidido a propinarle a su mujer; ésta no se quedó quieta y, ágil y oportuna, aprovechó la coyuntura que la intempestiva entrada de Mateo produjo para echarse encima de su marido y arrancarle trozos de la cara a arañazos, mientras que su boca barbotaba la más completa cantidad de porquerías que de un basurero podrían sacarse. Mateo los miró con indiferencia: para él poco o nada valía que ese par de hijos de puta se acabaran entre ellos. Guardó la pistola y se dirigió hacia el sitio en el que Carolina continuaba acurrucada, abrazando febrilmente a su hijo; suavemente, casi con delicadeza, los tomó entre sus manos, sacándolos del sitio de podredumbre y excrementos en el que les había tocado vivir. Hasta ese momento.

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