Centro comunitario Ratzinger (Héroes Decadentes – FVR)

Héroes decadentes

 Francesco Giuseppe Vitola Rognini

Hoy presentamos:

CENTRO COMUNITARIO RATZINGER: 

centro comunitario...

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

En el periódico anunciaron la inauguración del centro comunitario con varios días de anticipación, los suficientes para solicitar un pase de prensa. Lo llamativo del asunto era que como centro comunitario construido por la iglesia católica revolucionaría el concepto de ayuda al prójimo. Eso decían los comunicados de prensa que repartieron a los medios.

Yo estaba respaldado por un canal de noticias en Internet, así que no hubo problema para entrar. Reportería en la era digital: más efectiva que la radio, la televisión y la prensa.

El lugar estaba construido en medio de vegetación densa. Tenía por sonido ambiente el canto simultáneo de millones de insectos, un zumbido agudo que daba la sensación de desamparo, de soledad absoluta. A medida que nos íbamos acercando se veían mejor los detalles de la construcción: una fachada bien lograda y la parte posterior aún inconclusa. A los enviados por otros medios ni se les pasaba por la cabeza comentarlo. Llegaron directo a la carpa de prensa, a beber gratis, a comer pastelitos de carne, empanaditas de pollo y deditos de queso. Parecían refugiados de guerra o pordioseros muertos de hambre. Se codeaban para ganar espacio, se miraban con rabia a pocos centímetros, habían perdido completamente la compostura. Los que organizaban la rueda de prensa sonreían.

El representante de la iglesia aún no hacía presencia, así que no se podía comenzar. La arquidiócesis había traído algunos niños pobres de la localidad, a los que uniformaron con pantalonetas y camisetas azules, zapatos deportivos y medias blancas. Los transportaron en buses alquilados y los dejaron bajar como a pequeños animales regañados:

– Bajen y pórtense bien, se quedan quietos y nada de ir a buscar comida.

Ante la imagen del parque infantil -construido en la plazoleta que adorna la entrada del centro comunitario- unos cuantos corren por el impulso natural, propio de su edad, desobedeciendo la orden dada por las profesoras. El parque era meramente decorativo, nada funcional.

La maestra jefe era una gorda amargada y gritona, de pelo corto teñido de rojo. Fingía una sonrisa por miedo a que la expulsaran del banquete prometido; y aunque perseguía desesperadamente a los niños, no se dejaron atrapar y al final lograron colarse en los juegos.

Los políticos sudaban y sin disimulo mandaron a la policía militar a sacar a los niños de ahí. Los periodistas que se habían llenado la panza, tomaban fotos y comenzaban a preguntar que sucedía. Los demás seguían engullendo, guardando comida y latas de cervezas en los bolsillos. Había un par de ebrios vomitando detrás de la carpa. Ante la mirada recriminatoria de las autoridades presentes limpiaban sus bocas y se ponían a trabajar.

Algunos intentamos ir a la parte de atrás de la edificación, pero los del servicio secreto nos lo impiden. Caminamos hacia la carpa de bebidas, la atravesamos y por debajo de ella nos escabullimos hacia la parte que nos interesaba investigar. Oímos gritos ahogados y lamentos de niños encerrados que provenían del segundo piso de la construcción. En la parte posterior de la misma tres médicos militares curaban las cortaduras de tres niños uniformados de azul y blanco. Les dijimos que nos contaran lo que pasaba. Los soldados se opusieron en principio, pero al verse en una situación tan comprometedora, frente a cámaras y grabadoras, uno de ellos soltó la lengua:

– La piscina en la que se metieron estos niños no estaba llena de bolas plásticas, en el fondo estaban los desechos de la construcción, vidrios, varillas y escombros, porque no dio tiempo a esconderlos en ningún otro lado.

Los que venían en representación de una red noticiosa latinoamericana se acercaron a los niños. Mientras uno les preguntaba sobre sus emociones, el camarógrafo hacía tomas en primer plano, buscando dramatismo extremo. Seguramente pensaban que ganarían algún premio de periodismo con eso. Mientras grababa, el camarógrafo hablaba por el manos libres contando lo que sucedía “…y busca una música bien dramática…pobre gente…pobre gente…sí listo, hago otras tomas y te lo mando…”

A mi me interesaba saber cual era la vista desde la parte alta de la construcción, además, los gritos nos llamaban. Dejamos atrás al par de colegas. Junto a la puerta de acceso posterior encontramos unos niños sentados frente a un monitor pantalla plana. Repetían mensajes en latín, miraban secuencias de imágenes: Guerras, Dios y El Vaticano, desnutrición, enfermedad, sonrisas. Al final de cada oración aparecía la imagen piadosa de algún servidor divino: Monja, Cura, enfermera monja, cura de seminario, El Papa, Obispos, Cardenales. Los pequeños tenían evidentes marcas de desnutrición: cabezas grandes, huesos visibles, ojos inmensos, bocas resecas. Aun más desconcertante era verlos sentados en pupitres hechos con lo que parecían viejas cajas de tomates, con clavos a la vista, mientras esos ojos hambrientos miraban hipnotizados la pantalla. Obedece, aguanta, recibe y agradece. Movían las cabezas sumidos en el trance inducido, los subtítulos traducían. No espabiles o no hay comida.

Intentamos despertarlos, pero un par de mujeres salidas de unos matorrales nos lo impidieron. Venían de un cobertizo escondido al fondo del patio, tras unos árboles. Detrás de ellas venían un par de soldados. Se arreglan la ropa. Ellas llevaban uniformes de azafatas: camisa blanca, mini falda azul. Ellos iban con camuflados para el desierto. Ellas nos dejaron ahí y se enfilaron a la parte posterior del tablero, donde cambiaron la programación del mensaje difundido. Los soldados se acercaron. Mostramos los pases de prensa, y comenzamos a preguntar por los niños. Ellos nos dejan seguir hacia el edificio para evitar dar respuestas.

Adentro, a través de las puertas de cristal oscuro, vimos lo que ocurría frente del edificio: aún esperaban que apareciera el representante de la iglesia para hacer el discurso inaugural. Las imágenes de los niños cortados, sus miradas de miedo y desconcierto rondaban mi cabeza. Estaba inquieto, impelido a encontrar culpables. No podía dejar de pensar en los niños con sus heridas sin sangre, y en los médicos militares haciendo lo que estaba en su poder: cortando el miedo con mentiras, aliviando el dolor con medicinas. Sollozaban para sus adentros, evitando pronunciar cualquier sonido con la voz cortada. Buenos militares. Sonreían con los ojos cubiertos de mercurio diluido en agua salada. Plomo hasta en el llanto. Resiste, gana. Nunca rendirse. No pain, no gain.

Subimos a ver que más escondía este gran elefante blanco. En la sala de espera del segundo piso, donde se suponía estarían los jóvenes con problemas psicológicos, encontramos cinco pandilleros metiéndose rayas de coca, y tomando ron. Tiraban dardos contra una diana colgada en la puerta blanca del Doc Fenatil, Psiquiatra en jefe. Estaban listos para hacer daño. No dejaron de hablar o de beber, ni siquiera cuando aparecimos en escena.

Nuestro camarógrafo rompió el hielo pidiendo un par de rayas, argumentando que el trabajo es duro, mal pagado y aburrido. En resumen, una mierda. Los pandilleros se carcajean. Entramos en un nivel de confianza tensa, como nylon tirado por un pez. Nos ofrecieron ron con una mano y un cuchillo de caza en la otra. La condición para poder salir con vida era apagar las cámaras. Nuestro camarógrafo llevaba siempre su equipo con una cinta negra sobre la pequeña luz roja, así que grabó todo, trasmitiéndolo directamente a la furgoneta del canal.

Nos sentamos a tomar unos tragos. Entre los bravucones había uno flaco, pálido, que hablaba sin orden ni descanso. El lo contó todo. La idea era quemar el edificio después de acabada la fiesta. La construcción estaba asegurada por el doble de su valor real. Les dieron tres millones a cada uno, medio kilo de coca, y doce botellas de ron; además de diez galones de gasolina y dos kilos de pólvora negra.

Los tipos, con amenazas, nos obligaron a probar la mercancía. Lo hicimos cagados de miedo. La gente dice tantas cosas de las drogas, que cuando te encuentras en una situación de este tipo, lo primero que piensas es en el diablo sonriéndote. ¡Y como tiene de afilados los colmillos!

Luego de la prueba, al fondo del recinto, vi los barriles de pólvora y la gasolina. Salté de mi asiento camino a la ventana. Nadie se mosqueó. Afuera, los políticos y jerarcas de la iglesia se relamían la plata, se babeaban sobre las manos en apretones difíciles de romper.

Unos ancianos buscaban a sus nietos entre los matorrales, bajo los automóviles y en los árboles. Nadie les dijo que los niños estaban en el parque. Uno de los viejos miró el edificio en un intento por encontrar algo, pero desistió pronto. Se acomodó los lentes y siguió llamando. Los organizadores les invitaron a sentarse, luego repartieron gaseosas, dulces, y fritos. También mandaron un payaso con botas militares a que se burlara de ellos. Los abuelos intentaban ignorar las ideas negativas, comiendo azúcar refinada y comida grasosa. “Todo está bien, en treinta minutos comienza el bingo” pareció decir un payaso.

Sin saber qué hacer, me dedico a caminar en círculos, consciente del picor en las fosas nasales, el sudor frío en las manos, y la inquietud del cerebro. Una puerta se abre y de la oscura habitación surge una figura con traje ceremonial blanco. Es el representante nacional de la que fue en algún momento la religión más poderosa del mundo. Vino a bendecir el edificio. Viene seguido de dos adolescentes cabizbajos, harapientos y malolientes:

– ¿Qué pasa aquí hijos míos? –Dijo el perverso discípulo de la ambición-.

– Somos de Canal Escorpión, puto corruptor de menores. Y vinimos a suministrarte una dosis de ponzoñosa realidad, que es la filosofía de nuestra empresa. En este preciso momento estamos transmitiendo en directo a nuestro canal local y por Internet al resto del mundo. ¿Qué puede decir de toda porquería? -dije con furia, mientras el goteo nasal fluía como riachuelo-.

El santurrón permaneció estático. El mayor de los niños que estaba en el cuarto fue hasta la mesa, se sirvió una raya y tomó una pequeña navaja sin que nadie lo notara. Los pandilleros nos miraron como diciendo “iba a ser una hermosa explosión”.

Lo que siguió pasó muy rápido. Sonaron las sirenas de policía, el niño se acercó al representante del demonio, los matones corrían a esconderse. La cámara captó el cuchillo cortando la yugular. La investidura del que representaba a Dios había sido purificada. La mecha había sido encendida por el más arrogante de los mercenarios. La explosión dejó diez heridos y seis muertos. Los niños pobres se fueron sin comer.

 

 

 

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Héroes Decadentes es un libro de cuentos de Francesco Vitola Rognini, autor de Hambre de Caza (novela de libre descarga en Editorial Miliniviernos). Todos los domingo hacemos una  entrega de cada uno de los cuentos, y al final recogeremos todos ellos, lo que dará como resultado un  nuevo libro digital de libre descarga.

Hasta la fecha hemos publicado,  Frost, el payaso estrella , Golpea y Corre, El idealismo no sirve para una mierda  , Otro Borracho que no puede olvidar y el prólogo de J. J. Junieles:  Este hambriento corazón 

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