El síndrome del pedestal (décima entrega)

Presentamos un nuevo capítulo de la novela “El síndrome del pedestal” escrita por Ernesto Zarza González (erzagon@gmail.com). Acá podrán leer la entrega anterior.

Otto_Nicolai

X.

 

Suenan acordes de “Las alegres comadres de Windsor”, autoría de Otto Nicolai.

 

“El mundo es maravilloso y lleno de misterios. Y, no obstante, se pasa uno cuatro horas hablando de nada.”

ALDOUS HUXLEY, ‘Contrapunto’.

-¿Se da cuenta, socio, de por qué digo que esa niña está loca? –le decía Mateo a Enrique Salas en una ocasión, en la que se encontraban en “Mi Recoveco”, refiriéndose a Carolina, mientras se disponía a destapar otro litro de cerveza.

            – Hombre, socio, eso lo deduce cualquiera después de haber dedicado un pequeño instante a conversar con ella –respondió el aludido haciendo uso de la frecuente disposición a la pretendida sapiencia de la que siempre deseaba hacer acopio-. Yo, por ejemplo, desde la primera vez que entré acá y la vi lo supe sin tener que haber intercambiado una palabra con la pelada; al notar su enfermiza obcecación por Federico lo  constaté. Claro está que después, cuando se olvidó del hijo para pretender atrapar al padre, fue que me percaté de que hasta el más obtuso de los seres humanos hubiera podido pasar por un eminente fisonomista si tenía a la ‘Flaca’ como objeto de estudio.

-Tiene razón –dijo Mateo sonriendo-, tiene toda la razón. Incluso las estúpidas que tengo acá se ha dado cuenta de lo desviada que está la pobre, y lo digo sin ánimo de ser condescendiente o algo por el estilo, ya que una puta como ésta se merece, en el fondo, la suerte que ha tenido. Como usted acaba de decir, cuando estaba recién llegada quería violarse a mi hijo por encima de todo, aunque todavía andaba tragada de su propio padre; todos nos dábamos cuenta de lo obsesionada que se encontraba con Federico…

– Y el tipo sin pararle bolas –interrumpió Salas.

– ¡Qué bolas le va a parar si sabe que es una puta! –exclamó Mateo con el dejo de desdén que había hecho tan característico cada vez que se refería a una de sus empleadas-. Pero en verdad era un poco deprimente ver ese espectáculo…

– Siempre pensé, y se lo dije en más de una ocasión, que era perjudicial para usted tener a sus hijos acá en el negocio –expresó Enrique, cortándole, una vez más, la palabra a su interlocutor-. Iván únicamente se dedicaba a celar a Larisa, en tanto que Carolina y la ‘Enana’, aquella del tatuaje de araña en el brazo, se peleaban por Federico; así ninguna trabajaba.

– ¡Por eso fue que mandé a esos dos a que se fueran con las que los habían parido, socio! –lanzó Mateo, como si estuviera desesperado por tener que repetir algo que ya había sido comentado- Iván no dejaba trabajar a Larisa por andar detrás de ella, porque el huevón ese estaba bien tragao, mientras que el otro no dejaba hacer lo propio con las dos que se la pasaban suspirando por él y tratando de culiárselo. Desde que ese par de turros se fueron las cosas han mejorado.

– Siempre le dije que los clientes se iban porque usted y sus hijos tenían esto a guisa de club personal, para su propia diversión –Enrique también se sintió repitiendo lo que muchas veces había enunciado, con un asomo de cansancio en su voz.

– Claro, entonces me tocó emputarme, socio, con ellos y con las idiotas esas; ¡me estaban jodiendo el negocio! –Mateo seguía hablando como consigo mismo; parecía que un dejo de cólera aparecía en sus facciones-. Y ahora, mire usted, llegan más clientes y están más satisfechos con el servicio.

– Como “Ay Amor”, que está gozando de la vida más que nadie… parece que Baco le hubiera insuflado su pernicia y Sardanápalo su molicie. ¡Hay que ver cómo está gastando plata! –dijo Salas, señalando a un hombre alto y esmirriado, de quien siempre había pensado que tenía un parecido escalofriante con el personaje conocido como “Mr. Bean”, tan magistralmente interpretado por el humorista inglés Atkinson.

– Ese huevón es de los mejores clientes que tengo –comentó Mateo, como si paseara entre vaporosas.

– Es increíble ver que siempre se emborracha y grita “¡ay amor!”… De hecho, es el estribillo de una de las horribles canciones que escucha –manifestó Enrique, todavía vagando con sus pensamientos-. ¿Se ha percatado de que la ha colocado más de cinco veces hoy?

– Socio, si el tipo es el perdedor más grande que hay… –quiso explicar Mateo.

– ¿Y qué, por eso no tiene derecho a cantar? –protestó Enrique.

– ¡Usted ya está borracho, socio! –emitió Mateo con una gran sonrisa; gozaba cuando Enrique se pasaba un poco de tragos y decía incoherencias. Era un tipo totalmente distinto al que representaba cuando llegaba sobrio y con las ínfulas de intelectual infalible que parecían acompañarlo-. ¡Déjeme, que le voy a explicar! Mire usted: le digo que el tipo es un perdedor, tal como lo son todos los que a este lugar frecuentan…

            – ¡Gracias por el cumplido, socio! –expresó el antropólogo, aunque en su voz no se retrató ningún aspaviento ni marca alguna que indicara que su dignidad se hubiera sentido afectada o su orgullo herido; de hecho, el orgullo era mandado a un lugar muy distante, que goza de un escatológico nombre, cada vez que Enrique hablaba con su amigo, mientras los litros de cerveza se desvanecían como los efluvios de los marcados por la conciencia. Enrique sonrió y, sabiendo que Mateo sabría lo que a continuación diría, así como su sentido, no aguantó las ganas de hacerlo. –Usted sabe que acá no todos podemos ser tan distinguidos como el dueño del local. Al césar lo que es del césar…

            – Hombre, es claro que a usted no lo incluyo dentro de esos tipos; eso es lógico –comentó Mateo sonriendo, pues claramente había captado la modesta ironía de su amigo-. Usted sabe bien que es la única persona a la que realmente respeto –“eso es lo que me dice, vaya a saber uno si es cierto”, pensaba Salas cada vez que Mateo mencionaba la frase hecha, aunque, sin embargo, no dejaba de pensar que podían ser ciertas las palabras y que podía confiar en la sinceridad de Mateo- y que no lo voy a comparar con los parias, con los brutos y con los ignorantes que vienen aquí.

            – En eso no me diferencio mucho de ellos… –barbotó Enrique; él mismo se interrumpió para tomar un sorbo más de cerveza.

            – Le decía, entonces –continuó Mateo, como si supiera que no debía prestar atención a Enrique; acostumbrado a verlo ebrio, sabía la forma de comportarse con él-, que aquí sólo vienen perdedores. Mire usted: rateros, abogados de pobres, desempleados, chantas, borrachos, matones, gente que no piensa en grande, gente que no piensa, que no tiene cerebro, gente que vive sin apelar a las necesidades, gente que vive el día sin pensar en su futuro…

            – ¡Esos me agradan, socio, me agradan! –exclamó Enrique Salas  interrumpiendo, como parecía ser un hecho consumado, a Mateo- Carpe diem, vive el día, no caviles en lo demás… carpe diem, como decían los antiguos. Me parece que fue Krishnamurti quien dijo, siguiendo los preceptos de Buda, que uno no debe pensar, que debe dejar la mente en blanco para concentrarse en lo que hace en el momento preciso… ¡Es la atención, socio, la atención!

            – Sí, entiendo lo que dice –Mateo no hacía más que sonreír; parecía que, respecto a Enrique, era el ser más tranquilo y paciente que había-, pero eso no quiere decir que no sean unos perdedores los que se reúnen aquí para hacerme ganar plata…

            – ¡Carpe diem!

– …es como este Oscar…

– ¿Quién diablos es Oscar, socio? Hombre, hable de gente que yo conozca –rezongó Salas, como si estuviera disgustado.

– Oscar es aquel al que usted le dice “Ay Amor”, socio –contestó Mateo jovialmente, con la sonrisa adornando su cara, como si permanentemente  se viera influenciado por el genio verde de la risa.

– ¡Ay amor! –gritó Enrique, emulando al borracho que estaba de pie frente a la barra, a cinco puestos de donde él estaba sentado, tratando de llevar a cabo una conversación.

– Bueno, ese, el mismo tipo que casi todas las noches está aquí. Como usted ha podido apreciar, llega solo, pide una botella de vino y, sin hablar con nadie, se dispone a beber, metido en sus pensamientos –continuó Mateo con la explicación de una idea que no deseaba dejar partir-. Pero, cuando ha podido colocarla, como buen perdedor que es, hace que todo el mundo se entere de que por fin tuvo sexo, hecho por el cual llega, pide su acostumbrada botella de tinto, saca diez monedas de un peso y coloca esa maldita canción hasta que nos pudre a todos, en tanto canta, baila y grita su estribillo…

            – No sabía que esa era la razón, aunque uno no debe sorprenderse de nada en la vida –dijo Salas dando un tinte filosófico, como si de esa forma buscara esconder el efectivo asombro que le causó la revelación.

            – ¡Claro que esa es, socio! ¿Por qué cree que las niñas se ríen tanto de él? Porque saben cuándo, cada tantos meses, el pobre ha podido sacudirse un poco. Mire cómo lo acosan, cómo lo joden… aprovechan el humor del tarado para sacarle cuanto trago es  posible. Mire que hasta la idiota de Pilar está tratando de sonsacarle algo –le explicaba Mateo a Enrique-. ¡Ni bobas que fueran! Ellas saben que reciben un porcentaje por cada trago que les brinden.

            – Por supuesto, socio,  y, por motivo de esa política, usted hace que acosen a los clientes, que se sienten al lado de uno como si fueran las mejores amigas que se pudiera tener… ¡Hasta querían hacerme sentir lindo, socio! –se burló el antropólogo de sí mismo; la broma cuajó bien y los dos interlocutores se desternillaron de la risa- Recuerdo que su hijo, Federico, me decía en cierta ocasión que yo era un tipo inteligente porque no le gastaba trago a ninguna de ellas. Lo que ignoraba es que no deseaba explotarlas –volvieron a reírse-. Incluso, se atrevió a compararme con Juan; él le brindaba a la primera que se le acercaba, buscando algo con ella… ¡buenos chascos se llevó al ver que las que escogía eran, precisamente, las que no se iban a ir a un motel con él!

            – Si, socio. Recuerdo que el mismo pelao me lo decía –corroboró Mateo-, así como que no tiene en muy alta estima a su amigo.

“Todos lo hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas. Vemos, por primera vez, a cierta persona que un minuto antes ni siquiera sabíamos que existiese y, sin embargo, nada más conocerla nos decimos: ‘no me gusta ese hombre’. ¿Por qué no nos gusta? Lo ignoramos; sólo sabemos que no nos gusta. Instintivamente, le hemos cobrado antipatía”.

JACK LONDON, ‘Cara de luna’.

            – Me parece que a usted tampoco le cuadra mucho, ¿o me equivoco? –preguntó Enrique con un dejo de sardonía en su voz, mientras que su boca formó el acostumbrado rictus de desaprobación que tanto empleaba. No le gustaba que a su amigo Juan, a quien consideraba un ser muy capaz e inteligente, lo subestimaran quienes no lo conocían; se lo había dicho a Mateo más de una vez-. Bueno, nadie tiene que agradarle a las demás personas… Es más: creo que quien lo intenta y así siempre lo hace es porque no es más que un ser irresoluto, acomplejado, incapaz de crear de sí mismo una buena imagen, que tiene temor de que las personas lo vean como realmente es. Y por eso es que termina mintiendo, a él mismo (llegando a convertirse en un mitómano) y a los demás: por temor, por físico y puro miedo, manifestado en el estado emocional de un ser poco estable, vanidoso y poco fiable. Si yo no le agrado a alguien, ¡que se joda! Me basta con saber que estoy bien conmigo, que me gusto como soy, valga la estúpida tautología; eso es lo que pasa con Juan: es un tipo auténtico, alegre, extrovertido y ocurrente. Si él le gasta a una de estas mujeres un trago y ella no le para bolas, pues no la vuelve a ver y listo. No veo porqué tienen que ponerse a recriminar a alguien por su manera de actuar y ver de esa forma a los que le están dando de comer a ustedes y a las chicas –Enrique parecía enervado; no le gustaba que hablaran mal de un amigo suyo frente a él y, aunque Mateo no lo había hecho de manera expresa, tácitamente era fácil de captar el fondo del mensaje.

-Tiene toda la razón, y le pido disculpas si en algún momento llegué a ofenderlo al  decir algo de su amigo –dijo Mateo con sinceridad, quizás entendiendo que no era el momento para ponerse a hablar de Juan, aunque no por eso iba a cambiar la forma de ver al muchacho que llegaba hablando incoherencias, repitiendo como un loro cualquier tipo de estupidez que llegara a su mente.

-No, no tiene nada de qué disculparse… yo he sido el idiota que se ha dejado manejar por las emociones dejando de lado la razón –terció, a su vez, Enrique Salas-. Si a usted no le cae bien Juan, he de reconocer que con él siempre ha sido un caballero y que se ha comportado de la forma en que las más elementales normas de la cortesía lo exigen: con respeto, distancia y aplomo. De hecho, podría llegar a ponerme en el lugar del otro, como lo exige el imperativo kantiano, en este caso en el suyo y en el de su hijo, viendo que, efectivamente, para ustedes la situación se presenta de esa manera y lo piensan de esa forma; todos los días han tenido que lidiar con estas personas que hacen gastos en las chicas, sabiendo cómo son las cosas aquí. Por eso, creo que yo también le debo una disculpa.

-Bueno –acotó Mateo con benevolencia, mostrando un profundo respeto a su amigo-, no nos vamos a poner a buscar culpables y a dispensar perdones como canónigos. No somos un par de huevones sin cerebro, por lo que cuestiones como estas no deben ir más allá de nosotros –estableció Mateo-. Eso dejémoselo a los perdedores que discuten aquí por cualquier motivo, que llegan a enamorarse de las muchachas y a esperar algo más de ellas, sin que sus escuetos cerebros les hagan entender que ellas, a pesar de lo que digan, no son más que unas trolas, muchas de ellas, la mayoría, con unos quilombos los hijueputas en sus casas, en sus mentes, entre sus piernas.

– Como el de nuestra amiga Carolina, socio –enunció Enrique, queriendo retomar el tema.

– Como el de la pobre loca esa –asintió Mateo.

– Debe ser duro estar en el pellejo de ella, igualmente –expresó Salas, riendo con Mateo al caer en cuenta de que no se puede estar en el pellejo de una persona tan flaca como lo era la hermosa rubia de la que estaban hablando. En tanto, una nueva cerveza, fría, espumosa, salía del congelador para ser degustada-.  Imagínese: enamorada de su padre, llega a un boliche en el que le toca coquetearle a los hombres para que le brinden un trago, de tal manera que se gana un porcentaje, amén de lo que le dé usted por venir a trabajar en la noche. Así, empieza a conocer más hombres, quizás sintiéndose una mujer que vende su cuerpo y su alma al igual que su madre, pero continúa con su amor contrario a la naturaleza, como una Electra (de la que Jung sacó el nombre del complejo, en clara alusión a la supuesta rivalidad que mantenía con Freud) o una Mirra moderna. Con situaciones como ésta, en la que la mente de un seglar como yo no alcanza a vislumbrar de una manera clara los sinsabores anímicos de la mujer, es que me llega la ventolera de criticarme a mí mismo por no haber estudiado sicología.

– Bueno, debo reconocer que no sé de quiénes está hablando –respondió Mateo-; desconozco de dónde sacó los nombres de las mujeres que mencionó, pero lo que sí puedo expresarle es que cualquiera de nosotros tiene algo de loquero dentro de sí. Por ejemplo: estas desquiciadas que tengo de trabajadoras tienen que soportar, todos los días, el aliento apestoso de los borrachos que vienen con el ánimo de tocarles las tetas y de pellizcarles el culo, hecho que no puede dejar de molestarles, aunque, por motivos relacionados con su trabajo, tengan que aguantarse las ganas y llorar por dentro (salvo que sea demasiada la presión que han de soportar de parte de los estúpidos y feos tipos que las acosan, por lo que algunas no resisten y se meten al cuarto en el que se cambian la ropa para dar rienda suelta a sus sentimientos; claro que otras, como Karen o Andrea, sí mandan a la puta que los parió a los que las molestan). El padecimiento que les ocasiona su condición, a veces, no lo pueden esconder, por más que hayan bebido unos tragos y por más que la especie de dejo profesional que tienen actúe dentro de su ser. Es realmente doloroso ver eso, aunque no lo crea –terminó Mateo mirando fijamente a Enrique, aunque procurando estar con su actitud habitual, al ver la cara de incredulidad que creyó notar en su interlocutor.

-Nunca he dicho eso –replicó Enrique mientras sonreía, pues notó que Mateo trataba de otorgarle a sus facciones, tan irónicas y duras a la vez, un tinte melodramático y un retintín misericordioso, como si su labor fuera la de ayudar, en vez de la de explotar, a unos pobres seres que el Destino había colocado bajo su égida.

– Quien le viera la risa de huevón no le creería, socio. No hace sino mirarme como lo hago yo con todo el mundo aquí –rezongó Mateo, riéndose también. Muchas personas se preguntaban cómo siendo Mateo un tipo con una apariencia tan jovial y alegre, un ser que siempre estaba con una sonrisa retratada en su rostro, podía llegar a convertirse en el caudal de iniquidad y crueldad que lo caracterizaba en ocasiones.

– Oiga, ahora que el ítem llega a la conversación, aprovechemos para explorar un poco las insondables, cáusticas y estúpidas sonrisas que usted hace todo el tiempo –dijo el antropólogo, lanzando la cascada de palabras, inducido por el porcentaje de deliquios etílicos que ocupaba su mente, con la especie de hablar estropajoso que se va apoderando de las personas que han ingerido licor hasta el punto de llegar a expresarse de esa manera-. Me hace desternillar de la risa el entrar y verlo a usted de pie, detrás de la barra, en la misma actitud de siempre: con una mueca que denota la mayor ironía retratada en sus facciones, mirando a todos como si fueran los seres más bajos, sosos, ignorantes y simples del planeta; pareciera que usted hubiera sido encargado por fuerzas brumosas para ser una especie de rey que los cobija a todos, pero que, contumazmente, no hace que su energía se traspase a ellos, como estaba obligado a hacerlo el Faraón de los egipcios, de tal manera que los deja en el estado primigenio y larval en el que han sido colocados en esta bendita tierra: como unos entes obtusos, como simios que requieren de la guía de un ser superior para poder traspasar un poco el estado de estolidez en el que están inmersos, tal como lo estuvieron los primeros amagos evolucionarios de lo que después sería el hombre moderno. No creo equivocarme, y de una manera engreída lo digo, cuando lo noto con esa actitud de superioridad, de ego satisfecho, de recaudador de almas que van al pairo por la vida, como si de derrelictos inducidos por la tormenta a viajar sin rumbo fijo por las inextricables e inconmensurables vastedades oceánicas se tratase, y usted fuera, con generosidad y entendimiento, el protector de abandonados que ha de recogerlos con el objeto de ampararlos con su manto púrpura.

 – ¡No joda, de verdad que cuando se le da por hablar mierda no hay quien lo iguale! –estalló Mateo en una carcajada-. Si le entendí algo, lo olvidé al perderme en medio de la cantidad de babosadas que dijo –Enrique sonrió, satisfecho por el halago-. Pero tiene toda la razón –la actitud de Mateo varió: sin dejar de tener retratado un esbozo de sonrisa en su cara, algo de seriedad de ella se había apoderado, actitud algo histriónica que empleó para botar la frase que a continuación diría, esperando por la reacción que producirían sus palabras en Enrique-: yo puse este negocio para ser Dios.

– En efecto –corroboró Salas después de pensarlo un ligero tiempo, mientras asentía con la cabeza-, usted es Dios.

-Sí, socio, yo soy Dios –sentenció Mateo con gravedad-. Yo fui quien un día, estando sentado y al pedo, dejando que mis divagaciones me llevaran, como diría usted, a territorios desconocidos y a cielos abiertos, pensé que quería poner un negocio como este, tal como otro Dios lo pensó al hacer la Tierra, y dije: “¡Hágase un lugar que me sea propio y exclusivo, en el que mi voluntad sea la ley. Hágase ‘Mi Recoveco’!”, pero al principio era soledad y caos y las tinieblas cubrían este abismo, mas mi espíritu aleteaba sobre sus pisos…

-¡Oiga, socio, no sea perjuro! –exclamó Enrique, riendo aleccionado por la cerveza, al ser testigo de la desfachatez de su amigo, quien, al parecer, estaba versado en unas escrituras que otras personas habían olvidado o que nunca llegaron a conocer-. Veo que tiene buenos conocimientos de la Biblia.

-Bueno, ¿qué quiere que le diga? –respondió Mateo- Mi mamá me obligaba, todas las mañanas, a leerla con ella. Era una mujer muy piadosa, según lo que ella misma pretendía, aunque creo que el serlo está alejado del hecho de saberse la Biblia de memoria y de leerla sin practicar, efectivamente, las virtudes a las que tanta alusión hace. Procuraba ser una santa porque iba a misa todos los putos días, porque leía la Biblia en cada ocasión que se le daba la gana y porque me cagaba a palos si yo me había volado a jugar o a joder la vida por ahí y no llegaba a la casa a tiempo para leer el libro de las hojas de mantequilla, que sólo servían para armarse baretos –en la cara de Mateo se produjo un cambio súbito: todo atisbo de sonrisa desapareció de su rostro, los ojos se pusieron más pequeños y duros, los labios se contrajeron y un mohín de disgusto apareció como un comensal no deseado.

– En la lejana Bogotá… –dijo Enrique Salas casi sin darse cuenta.

– Sí, en la lejana Bogotá –repitió Mateo, todavía embebido en la nebulosa aparición de los fantasmas y de los recuerdos del pasado.

– ¡Hey!, ¡hey!, no se vaya de este mundo –clamó Salas, saliendo de su abstracción, con el objeto de despertar a su amigo del letargo modoso en el que lo había sumido la contemplación de miles de cosas que fueron, cosas que no existen, cosas que nunca existieron, cosas que nadie sabrá, cosas que nunca podría sacar de su cabeza, de su memoria, de una mente concentrada en aprovechar las inquinas humanas; la biliosa visión llevó a Mateo a estradas siderales en las que corría presuroso con su madre, la misma que terminó abandonándolo, la misma que se olvidó de él, la misma de la que no sabía nada, la misma que podía estar muerta, la misma que ya no tenía un rostro, un nombre, un hijo-. No se vaya de este mundo erigido por usted… Por favor, continúe con el relato de la creación.

– Pero hombre –fingió bramar Mateo, sacado de la ensoñación en la que se había sumido-, si usted no hace más que interrumpirme.

            – Tiene razón, soy un mal conversador –asentó Enrique con humildad-: no sé escuchar. Pero no se vaya de nuevo en digresiones ni a caminos tornasolados en Grecia, a senderos curtidos en las selvas de Putumayo o puestas de sol en Cartagena; de digresión en digresión se ha manejado la conversación… digo, no es que me disguste, no faltaba más, ¡ala, mi chino! Lo que pasa es que si sigo bebiendo como un canónigo, y continuamos cambiando el tema a cada rato, mañana no me acordaré de un carajo, hecho que siempre me hace cavilar que no le saqué el debido provecho a una conversación, ¡hombre!

– Listo, socio, hagámoslo así –convino Mateo, aunque se reía al notar que precisamente quien predicaba era el que desdeñaba la práctica. Por supuesto que no se molestó en hacerle caer en cuenta a su amigo que era él quien justamente interrumpía a cada momento la conversación y quien más trabajaba para que ésta se saliera de su cauce a cada instante; nada de eso importaba: la mayoría de las veces, cuando el antropólogo estaba con unos cuantos litros de cerveza encima, se presentaba ese fenómeno, que, por lo demás, no dejaba de darle un toque distinto a una conversación, apartando el aspecto lineal, que puede llegar a tornarse aburrido, para darle lugar a la sugestiva sucesión de hechos, anécdotas, dichos, opiniones y demás que hacen de una plática una mezcla interesante entre dos personas que se estiman y se respetan, aunque sea a su manera-. Entonces, ¿qué le iba contando? –preguntó, más a sí mismo que a su interlocutor, quien, por lo visto, ya había olvidado el tema que estaban tratando antes de que el recuerdo indeleble de la madre llegara a la cabeza del dueño del local- ¡Ah, sí, sobre la creación, socio, sobre mi faena de creación! Le decía que mi espíritu ya aleteaba sobre los pisos de “Mi Recoveco”, me deleitaba ante la contemplación de lo que había hecho y me dije que estaba bien hecho, vi que era bueno –Enrique sonrió al notar que Mateo continuaba el símil con las palabras del génesis y pensó que no estaba mal ejecutado; se estaba hablando de la labor de instauración de un universo distinto, un recoveco ubicado en algún lugar de la Vía Láctea-. Luego dije: “reúnanse en un solo lugar todos los ebrios apestosos de la ciudad, los menesterosos más impíos, los perdularios más grandes, los mayores chorros, los juerguistas más desaforados, los noctámbulos más insignes, los más connotados leguleyos, los eminentes chantas, los puteros más avisados, los ladrones más hábiles, los mayores chupadores, los mentecatos más tarados, los fracasados más estúpidos, todos los que han de hacerme regodear con su necedad” y fue así. Los llamé a todos, simplemente, “perdedores”, y vi que era bueno.

– ¿Y qué hizo después? –preguntó Salas aprovechando el silencio que siguió, en el que Mateo procuró analizar el efecto que producía sobre el receptor de su mensaje, incapaz de soportar por un momento más las ganas de hablar que lo acuciaban, a pesar de que decía a cada instante que el mejor conversador es el que sabe escuchar con paciencia y detenimiento.

– Regodearme, como usted ve que lo hago siempre, ante tanto estúpido, fracasado y perdedor –contestó Mateo-. Me cago de la risa de las pobres vidas que tienen, vacías, sin sentido, duras, violentas, simples… Como ya le dije, usted es una isla de inteligencia, estudio, educación e intelectualidad en medio de este mar de brutos, ignorantes, rústicos, cerdos, analfabetas, ladrones, abogados y demás clase de porquerías que vienen a pasar un rato con las chicas a ver si las enamoran. Pero mire,  estoy yéndome por las ramas, estoy haciendo una digresión (vea que ya aprendí de usted lo que eso es. Dicho sea de paso, esa es de las cosas que me gustan de hablar con usted, socio, que siempre aprendo algo, lo que no haré hablando con la cantidad de perdedores que vienen acá) –al ver que Enrique pensaba intervenir, seguramente para argüir algo respecto a que “todos aprendemos de las demás personas, por muy frágiles, intelectualmente hablando, que sean o por muy ignorantes que se presenten”, tipo de basura dialéctica que acostumbraba emplear el antropólogo, se dio trazas para continuar sin permitir que le interrumpieran-. Luego hube de crear un grupo de vestales capaz de elevar a las más altas cumbres el deseo de los hombres, para de esa forma poder sonsacarles dinero y dejarlos con las ganas de algo más; usted sabe a qué me refiero. Esa era la condición principal que imponía, por lo cual dije: “haya luminarias rubias, morochas y coloradas en el firmamento de ‘Mi Recoveco’, que separen el día de la noche, que enciendan pasiones en los corazones de los hombres y que después las apaguen como los orines al fuego de una fogata, que luzcan siempre galanas y dispuestas, amables y asequibles, atentas y soliviantadoras, hermosas e imposibles, que sepan ser firmes dado el caso y crueles si llega el momento”. Y vi que lo que hice era bueno; es más, fue tan bueno lo que hice que a cada una, para que pudiera trabajar aquí, le puse como condición previa el tener que acostarse conmigo –Mateo rió con una marcada autosuficiencia, como si disfrutara el humillar a las muchachas que contrataba; Enrique se limitó a sonreír de manera equívoca, pensando in mente lo cerdo que era su interlocutor-. De verdad, socio –continuó con un mohín de complicidad, como si hubiera notado que Salas se debatía dentro de un pozo de incredulidad-, que a casi todas de las que han trabajado aquí me las he pasado por el papayo.

– Socio, y casi todas las que aquí he conocido le tienen el odio más grande que puede haber –le respondió el antropólogo con marcado sarcasmo, quizás un poco contrariado ante la desobligante e indiscreta confesión de Mateo.

– ¡Sí, socio, estas trolas! –dijo Mateo muerto de la risa, pasando de lado el tonillo mordaz de su interlocutor-. Piensan que uno ha de estar enamorado de ellas… es más, muchas se han creído por encima de las otras nada más porque llegan a ser el polvo de turno. Se hacen detrás de la barra como si fueran las dueñas y sacan el dinero de las vueltas con suficiencia; hasta han llegado a pagarles a las otras, según el momento histórico que se viva: si hoy me como a ésta, ella misma se encarga de pagarle a la que me comí ayer. Si usted estima que me río mucho, no ha visto cuánto he disfrutado todas las triquiñuelas y los roces estúpidos en los que se enfrascan estas mujeres. A simple vista algunas parecen ser las mejores amigas del mundo: no lo crea. En esa cofradía el cooperativismo no existe; es como dicen que sucede entre los universitarios.

– Mire, nuevamente se va en digresiones. Recuerde que estaba hablando de su creación –le evocó Enrique a su amigo.

– Bueno, socio, no es que haya más que decir del acto creador; simplemente usted ha sido partícipe de los resultados –concluyó Mateo-. Claro está que, a diferencia del que hizo este mundo, yo no soy tan liberal ni dadivoso con los seres que habitan en el mío –Salas no captó dejo alguno de mordacidad en esas palabras-. El libre albedrío es algo que no existe en este universo; aquí se hace solamente lo que diga yo, gústele a quien le guste. Si una de las mujercitas éstas no está conforme, ¡que se vaya a un burdel a dar el culo, socio, pero tengo que hacerme respetar! De igual manera he de hacerlo respecto a los tipos que vienen. Nadie me irrespeta, ni a mi negocio. Si son groseros, se van; si no lo hacen por las buenas, pues me encargo de que sepan hacerlo por las malas (o le doy el placer a Lucas, un buen maestro para aquellos  masoquistas que desean aprender una lección por medio del empleo de la fuerza). Ya varias veces ha ocurrido eso, creo que usted ha sido testigo de alguna que otra.

– Creo que sí –remoró Enrique-. En cierta ocasión, en la que yo llegaba amanecido (estimo que serían, más o menos, las seis de la mañana), justo cuando tomaba la puerta para abrirla, de aquí salía un muchacho con la cara absolutamente reventada. Creo que era un venezolano. Usted parecía dominado por el demonio de la intemperancia y sus ardides intransigentes, pues quería chuzar al pobre tipo con un destornillador, ¿lo recuerda? –inquirió, mirando a Mateo con una especie de censura en su mirada- Me tocó detenerlo, pues usted, según me decía, “quería joder al tipo”. Al mentirle diciendo que había visto cercana a una patrulla de la chuta logré que se calmara. ¿A eso es a lo que denomina hacer respetar el negocio? ¿A eso y a la paliza que le dieron usted y el ‘Negro’ al muchacho que, según usted, llegó bardeando?

– ¡Ah, sí, socio! Esa vez sí que estaba emputado –profirió Mateo con gusto, como recordando una hazaña que estaba escondida en los anales de la historia configurados en su cabeza-. Ese muchachito –enunció, hablando del venezolano, a la vez que sacaba otra cerveza- llegó con el ánimo de comerse a Larisa; no hacía más que molestarla, hasta que la agarró por la fuerza con el fin de meterla en el baño de los hombres. Si tenemos en cuenta que yo, muy educadamente, ya le había pedido que se comportara, piense cómo me molesté con el pelao ese cuando no me paró bolas y siguió con su joda.

– Recuerdo cómo le pedía, una vez traspasó las puertas del negocio, que no le hiciera daño –dijo el antropólogo, ya un poco más calmado-. La cara del pobre tipo daba grima: llena de sangre, con un mohín miserable reflejado en sus facciones, con un miedo cerval que parecía querer tragárselo. Pero también lo recuerdo a usted: desfigurado, con el rostro contraído por el furor, con unos ojos que despedían pavesas de ira y de odio; parecía que deseaba matar al pobre diablo ese…

– ¡Eso era justamente lo que quería hacer! –bramó Mateo-, darle duro a ese irrespetuoso. ¡Bien agradecido debe estar el miserable ese con usted por haberle salvado su perra vida!

– ¡Fui un Midas, un Radamantis u otro Éaco divino, un juez magnánimo y generoso! –Enrique volvió a su estado natural, pensando que con esa exclamación lanzaba una indirecta reprobación a las palabras de Mateo, engoladas por la acción ruin que defendían.

– Igual que ellos soy yo también en este reducto, como antes le decía, fiscal, jurado y juez –acotó Mateo, llevado nuevamente al tema que estaban tratando, debido a un salto neuronal-. Hice este sitio para mi deleite, para ser quien mande, para disponer de las vidas y de los deseos de los demás, para tener un lugar, un rincón en el cual ser todopoderoso. Como le había dicho, yo soy Dios. Más que todo vengo a gozar de mi creación, a esparcirme, a pasar un buen rato en tanto observo a las criaturas sometidas, como usted dice, bajo mi égida: las mujeres de las que dispongo como bien me viene en gana; si una no está contenta o no hace lo que le digo, se va; ¡en este universo mi voluntad es la ley! Los tipos que aquí entran han de subyugarse a mí; ya sabe lo que le pasa a quien está en desacuerdo, a quien se atreve a ser un réprobo, un apóstata, un perjuro contra su dios –Salas asintió con un leve movimiento de cabeza, un vaso con cerveza posado suavemente sobre sus labios-. Y así es respecto a los demás que pretendan entrar a Mi Recoveco: las trolas que vienen, como la vieja Viviana y “La Brasileña”, se comportan o las boto con una patada en sus sucios traseros. Comportarse  lo interpreto como el respetar a los clientes que están con mis chicas, así como hacer que los hombres que ellas aborden les gasten algún trago; no pueden venir esas mujeres, que no trabajan aquí, a llenar espacios sin reportarme ningún tipo de ganancia.  Los crotos, como el borracho que viene “dizque vendiendo ejemplares de ‘Hecho en Bs As’”, también son descartados dentro de mis dominios. Los turros y los chantas, por otra parte, se van corriendo o los saco a pedos, socio, a pedos; muchos de ellos no son más que soplones, sapos de los tombos –Enrique no pudo reprimir el gusto que sintió al escuchar esos regionalismos colombianos en boca de su interlocutor; tanto lunfardo a veces lo confundía, pero entendía que Mateo llevaba mucho tiempo en el país austral, por lo que se había habituado, a las buenas o a las malas, a las competencias culturales y lingüísticas de los argentinos-. A otros que no dejo entrar por nada en el mundo es a los putos, socio. Me imagino que usted los ha visto por ahí.

– Sí, los he visto, más que todo por Constitución y por Palermo, por la calle Godoy Cruz –asintió Enrique-. Nunca he podido evitar profesar algo de sentimiento al pensar en cuánto deben sufrir en invierno, por ejemplo, al tener que andar con tan pocas prendas para poder atraer potenciales clientes…

– ¡No sea tan pusilánime, socio! No puedo creer lo que estoy escuchando –lo interrumpió Mateo-.  Uno no debe sentir compasión ni sentimiento alguno que se le parezca por unos depravados como esos, por unos tipos que actúan de forma contraria a lo que la naturaleza ha impuesto –Enrique no pudo evitar sonreír de manera mordaz al escuchar eso de parte, precisamente, de Mateo-. A mí me da risa y asco a la vez verlos mostrando sus tetas y sus culos, bamboleándolos al aire como si estuvieran en una feria, pavoneándose con aromas de mujeres siendo que son hombres, socio, ¡hombres!, pues ellos no se cortan el pito. Claro que más risa me da el ver a los cafichos que los explotan, los novios, quienes, mientras los putos andan mamando frío e insultos y burlas de la gente, ellos se visten con esas sudaderas a las que les suena todo, que, dicho sea de paso, valen un dineral, y con tenis de ciento cincuenta pesos, comprados con el dinero que les dan los putos, para que ellos salgan con las novias, mujeres de verdad, mientras los putos se cagan de frío en las esquinas oscuras de la ciudad.

– Es decir que usted es el homo fóbico más grande que hay –dijo Salas-. No es algo que deba extrañarme; muchas personas todavía no se han podido acostumbrar al hecho de que no todos pensamos igual, sobre todo después de que la Inquisición dejó de acosar a las personas de bien con sus fábulas y con sus procesos sacados de los tenebrosos y recónditos laberintos urdidos en las turbulentas mentes de los curates dominicos que se saciaban matando por placer a los que no tenían el mismo pensamiento ni las mismas concepciones religiosas que ellos esgrimían de manera obsesiva y tirana –Enrique creyó oportuno aprovechar el pábulo que le daba la ocasión para echarle otro indirectazo a Mateo.

– Socio, parece que estuviera dando un discurso ante un auditorio de comunistas –interrumpió Mateo con la mayor intención de hacer una chanza que morigerase un poco el templado ánimo de su amigo, mas fue un intento que la brisa se llevó volatilizado.

– Esto no se trata de comunismo ni de ninguna otra doctrina socio-económica –respondió, adusto, Enrique, como si de esa forma pudiera transmitirle a Mateo la seriedad que trataba de esgrimir-. Es acerca de las personas y de sus derechos, de sus intereses y sus prerrogativas, de sus sentimientos, de sus deseos, anhelos y esperanzas. Es un grito sordo que lanzo desde adentro, una exclamación con furor, un aullido salvaje y rebelde, una perorata a la ponderación y a la transigencia, al entendimiento y a la razón. Es acerca de la libertad que cada quien tiene de decidir qué hacer con su propia personalidad, con sus pensamientos, sin que existan modos de incoarles tendencias contrarias a lo que desean, a lo que quieren, a lo que piensan. Como en una ocasión dijo un sabio francés, Claude Julien, “la libertad es mucho más importante para mí que mi prosperidad material”. ¿De qué vale tener todo el dinero que se ansíe, si los verdaderos empeños se ven truncos por la tenencia de una riqueza? Al fin y al cabo que las cosas materiales son ficticias, pasajeras, burdas, causantes de apegos por ellas y, por lo tanto, de dolor, el cual termina en sufrimiento, en envidia, en banalidad y apariencias (pues cuando el ser humano solamente se identifica con lo temporal, olvidando la realidad y lo trascendente, acude a la mentira, a la pretensión propia de un mundo materialista en el que, como expresó Maquiavelo, “todos ven lo que aparentas, pero pocos advierten lo que eres”).

– Socio, le pido que me disculpe por interrumpirlo de nuevo –dijo Mateo con humildad-, pero me parece que se está yendo para otro lado. Recuerde que estábamos hablando de los putos, no de los problemas políticos ni de los corruptos que se han robado a este país y al nuestro. Creo que debería tomar un respiro y un vaso más de cerveza, que se está calentando, mientras…

– Mientras termino mi idea –le cortó Salas a Mateo su intervención-. En vista de que usted insiste en que culmine mi “discurso” –el tono mordaz que le colocó a esta palabra fue ejemplar-, déjeme decirle que pienso igual que lo que podría hacerlo Nietzsche respecto de los travestis. Para mí son rebeldes, pero también son creadores, han hecho algo nuevo, han roto moldes, han ido en contra de la corriente que arrastra a los corderos y que los ahoga en su inmundicia, le han mostrado a los que se consideran “buenos” su hipocresía, su malicia y su poca originalidad; les han abierto las puertas a su cerrilismo, a su convencionalismo estúpido, a sus leyes corruptas (pues son hechas por corruptos) y a su falsa concepción de la vida, de las personas y de la realidad. “¡Ved a los buenos y los justos! ¿A quién odian más? A quien rompe sus tablas de valores, al infractor, al destructor. Pero ese es el creador”, decía el filósofo alemán, para después ensañarse con los mismos que mandan a los necios y sumisos borregos a sumergirse en el cieno de la hipocresía, a nadar en el lodo de la ignorancia, a bucear en las pútridas y hediondas aguas de la execración y de la estigmatización. “¿Qué me importan a mí vuestros buenos? En vuestros buenos hay muchas cosas que me repugnan, y no es su mal ciertamente”, dijo también Nietzsche, en clara alusión a la falsedad de pensamiento y de acción que hay en esta sociedad, en la que recriminan a quien hace uso de su libertad para desarrollar su personalidad, pero en la que adulan, como fieles ejemplares del miserable pancismo, al que tiene dinero y poder, sin que les importe un carajo el cómo se hicieron a ese dinero o a ese poder. Eso es lo que pienso, aunque usted no esté de acuerdo.

            – Es que no es necesario que estemos de acuerdo–replicó Mateo-. ¡Imagínese lo que sería el mundo si todos estuviéramos de acuerdo! ¡Sería el lugar más horrible para vivir! Todos enamorados de la misma mujer, todas las mujeres detrás del mismo hombre… a propósito, ahora que me llega a la mente, le comento una cosa antes de que se me olvide –Mateo hizo una pausa, en la que aprovechó para auscultar el rostro de Enrique, pues esperaba ver un dejo de curiosidad en él; parecía que la digresión estaba diseñada para ser un sofisma de distracción que alejara a su amigo de aquello a lo que su mente se había aferrado con porfía. Pero el antropólogo no le demostró mucho; al contrario, sorbió lo último que quedaba de cerveza y esperó a que Mateo destapara otro litro más y continuara con su idea. Parecía que miraba a la nada, como cuando escuchaba la ‘Marcha Fúnebre’ de Beethoven-. Usted, quien lo ve con ese caminado de perrito asustado, ha tenido sus buenas seguidoras por aquí… me imagino que lo sabía, ¿no?

            – Disculpe, pero no sé de qué me está hablando –se excusó Enrique buscando un teatral efecto de ingenuidad, mientras se apresuraba a servirse un poco más del frío líquido que calmaba el ímpetu que su disertación elevó.

– ¡Me va a decir que nunca se percató de que la Flaca estuvo muy interesada en usted, así como también la histérica de Belkys, socio! –soltó Mateo con afabilidad, riéndose de la afectada hipocresía caballeresca de Salas-. Por ahí me pareció que la Paraguaya le echaba miraditas dulces, con suspiros incluidos –se rió-; ahorita, la pobre de Pilar está que se muere por usted, hecho que no le ha pasado desapercibido, ¿no? –Enrique no contestó; solamente se limitó a mirar a su interlocutor, situación que éste interpretó como un silencio positivo-. Claro está que usted es un tipo muy agradable, y a todas las trata bien, pero no ha faltado la que ha creído que podría llegar a tener algo con usted, así fuera en sus más profundos pensamientos, sin que hubiera la necesidad de declarársele o algo por el estilo. Me explico: mire la clase de tipos que vienen, puros perdedores, como ya le había dicho. Usted, por el contrario, es un profesional, un tipo culto y educado, además de ser alguien que se comporta como un caballero con ellas. Usted proviene de una familia de profesionales, se podría decir que bien colocada, con recursos respetables, por lo menos eso se deduce del hecho de ver que todos estudiaron en colegios y universidades privadas. Es atento y amable con las chicas, aunque no marrano, como ya lo sabemos, pero ellas prefieren que usted las trate bien a que les gaste un trago; ya para eso vienen esos animales que no son caballeros, educados ni profesionales que les den lo que ellas quieran. Dígame si no las impresiona eso.

“Siempre he tenido en gran estima la instrucción unida a los buenos sentimientos” (decía el borracho Mermélanov).

FEDOR DOSTOIEVSKI, ‘Crimen y castigo’.

            – Siendo sincero, no veo cómo, socio –dijo Enrique con afectación, riendo por dentro de la histriónica duplicidad que él mismo exhibía.

            – Claro, me lo imagino –respondió Mateo con incredulidad-. Le voy a decir cómo, aunque usted eso ya lo sabe: aquí no vienen tipos cultos y educados, que las hagan sentir personas en vez de objetos; usted les habla con decencia, con decoro, con respeto, como todo un caballero. Mire a los demás: “¡vení!”, “¡traé!”, “¡saltá!”, “¡cantá!”, “¡chupá!”; las mandan como quieren, las tratan como  hacen con las putas, socio, como si  ellas no fueran seres con sensibilidad, con sentimientos, con muchos problemas, seres que requieren de una sonrisa franca, aunque sea una vez al día, por un mísero instante –Enrique se sorprendió al escuchar a Mateo esbozar esa idea; el ser que hacía tan solo unos instantes era el más despiadado intransigente sacaba a flote una serie de pensamientos dulces acerca de unas chicas a las que en muchas ocasiones trataba como si estuvieran por debajo de la medida humana-. Usted les regala una sonrisa, las hace sentir como si fueran damas, aleja de sus mentes, por un momento, la noción de que tienen que servir a hombres groseros y maleducados. Las hace sentir bonitas y, aunque saben que lo son, necesitan escucharlo; son palabras dulces las que usted les dedica, sin otro ánimo más que el de ser galante y educado con ellas, socio, y eso de verdad lo aprecian. No es necesario ser muy suspicaz para caer en cuenta de ello, además de que las he escuchado decirlo. Ellas ven en usted lo que no ven en sus casas: decencia, pulcritud, educación, caballerosidad, conocimiento, intelectualidad y otras virtudes que quizás aprendieron a destacar al conocerlo a usted. Lo ven como a una persona de la que pueden sentirse orgullosas; ellas nunca habían conocido a alguien como usted.

– ¿Qué quiere que haga, si usted bien sabe que soy un humanista? –preguntó Salas, quien siempre había pensado en todo lo que le había dicho Mateo, aunque consideraba que un caballero no debía exponerle ese tipo de pensamientos a los demás.

            – No le pido que haga nada, pues sin hacerlo ya ha puesto a varias así de locas por usted –contestó Mateo mientras sonreía-.  Y está muy bien cómo lo hace, pues no creo que haya llegado a ilusionarlas, a menos que haya hablado a escondidas con alguna por ahí…

– Nada de eso, socio–replicó Enrique con fogosidad, como si en ese asunto todo su honor estuviera en juego-. No tengo ninguna necesidad de herir a unas chicas que más desgracias y problemas no pueden pedirle a la vida, sea por los inconvenientes y dificultades que sea. Simplemente soy agradable y jovial, pero eso es todo. Ya le dije que soy un humanista.

            – Así no lo haya dicho me hubiera percatado, socio –asintió Mateo, sonriendo al ver la diligencia con la que su amigo le objetó-, pues usted tiene una cara de madre que no puede con ella. Usted sabe que éstas chicas son muy jóvenes y que, a pesar de su existencia dura y amarga, siempre parecen esperar a su príncipe azul. Quizás en usted lo han visto… el caballero pulcro de sus sueños. En este momento lo es de la peruana, socio.

– Ahora que ha hablado de Pilar, ¿sabe usted que el otro día me tocó hacer de maestro, al decirle cómo debía realizar su oficio? –indagó Enrique con alegría, pensando que, si su amigo no conocía esa anécdota, la iba a disfrutar mucho-. Fue una situación muy graciosa, por lo demás. Imagínese: el supuesto cliente diciéndole a la anfitriona cómo debía hacer su trabajo. Ya sabe que ella nunca había estado sumida en circunstancias parecidas, hasta que la trajo John; era mucha la necesidad que la mujer tenía de ganar algún dinero, aunque, según ella, en su vida había pensado en trabajar en un lugar como este o en desempeñarse de esta manera. Me imagino que ya le habrá comentado que en Perú cursó estudios universitarios y que no los pudo terminar porque los adelantaba en un establecimiento privado, pues el dinero resultó ser insuficiente (siempre el maldito dinero). Eso fue lo que la impelió a venir a la Argentina, pero usted conoce la historia: no consiguió empleo rápido (ni que hubiera mucho), John le ofreció venir, aunque fuera sólo para que le gasten tragos, sin que por eso su orgullo o su dignidad se viera perjudicada. Bueno. Ella estaba hablando conmigo en una ocasión, recién llegada, y se dio cuenta de que yo cargaba un libro de Ciro Alegría, ‘El sol de los jaguares’; no le puedo decir cuánto se emocionó al notar que yo leía a un paisano suyo, por lo que empezó a echarme el cuento que sabemos, lo de sus estudios frustrados y todo lo demás. Después de un buen rato, hube de hacerle caer en cuenta de que un tipo parecía muy interesado en ella. Zalamera me dijo que no era así y me dio a entender que se encontraba muy bien conmigo. Una muchacha muy dulce y linda, por cierto, pero muy inocente.

            – Eso me acuerda la piedra que me daba porque se la pasaba quieta, sin moverse, sin tratar de sacarle algún trago a alguien –recordó Mateo-. ¿Así que fue usted quien la hizo ponerse las pilas?

– No lo diría de esa forma –respondió Enrique-, pero sí la aleccioné de la siguiente manera: volví a decirle lo del tipo, así como le comenté que, en caso de no abordar a ningún cliente no iba a recibir la parte que le tocaba en comisión; además, que usted terminaría cansándose de esa situación, en la que le pagaba diez pesos diarios sin que  hiciera nada, por lo que podría decirle que no volviera más. Con suma atención me escuchaba, por lo que terminó diciéndome que no sabía cómo debía comportarse, qué patrón de conducta seguir. Le dije que debía ir, saludar de beso al tipo, sentarse a su lado con familiaridad, casi con descaro, y empezar a hablarle un rato, después del cual, entrada en confianza, le debía decir que si no le gastaba un trago tenía que dejarlo solo. La pobre muchacha se quejaba de que nunca había hecho algo así en su vida; claro está que yo intuía que la pelada se sentía prostituida, por lo que me tocó ser aún más persuasivo para hacerle caer en cuenta de que no lo era, que su oficio consistía simplemente en acompañar a los hombres y hablar con ellos (bailar también, si se daba el caso, es decir, si ella quería) y listo, que no iba más allá si ella no lo deseaba. Al fin la convencí y se dirigió al hombre. Al rato estaba con un trago en la mano –Enrique obvió decirle a Mateo que Pilar, una vez que tuvo el vaso en su poder, cada vez que iba a tomar un sorbo le sonreía y le dedicaba un brindis, hecho por el cual dejó de mirar hacia el lado en el que se encontraba la joven-. Yo me reía mucho de lo paradójica que resultó la situación. No sé cómo no le había contado cómo convencí a la pobre de que no era una “metriculae tabernae”.

– ¿Una qué, socio? –preguntó Mateo, viendo cómo volvían los fueros de intelectual que su amigo esbozaba a cada momento.

– Una “putilla de taberna”, como en la Edad Media le decían a las mujeres que se dedican a esa labor –explicó Salas.

– Pero bueno, socio –dijo Mateo mientras sonreía-, gracias a eso se ha soltado un poco más la niña, ¿no?

            – Por lo menos le alcanza para pagar el alquiler –contestó Enrique-, según lo que me ha dicho.

            – La verdad es que es una pobre diabla como todas las demás –opinó Mateo, volviendo ser el mismo sujeto inflexible y reflexivo, respecto a lo que a las muchachas se refería-. Quizás la única que escapa de ese molde es Lorena. Usted la ha visto: siempre alegre, hermosa, con un cuerpo espectacular y unas tetas fenomenales. No le ve ningún problema a acercársele al cliente que sea, con tal de sacarle unos tragos; baila, se ríe, cuenta chistes, va a culiar si es del caso…  no le ve problema a nada, socio. Es más: algunas veces, hablando con ella, no hace sino decirme cuánto le gusta que le den (así me lo dice, aunque con el empleo de un lunfardo hasta extraño). Le juro que a esa algún día de estos me la encamo, socio.

– El problema, según me parece –le dijo Enrique con algo de malicia-, es que ella parece estar muy enamorada de John.

 

“La gente aprovecha cualquier oportunidad para hablar mal de sus amigos”.

MILAN KUNDERA, ‘La insoportable levedad del ser’.

            – ¡Ah, ese duende hijueputa, socio! –exclamó, desternillado de la risa, Mateo-.  Mírelo: negrito, enano, flaco, feo, bocón, con ojos de ternero degollado, sin un puto peso en el bolsillo y todo lo demás que quiera verle, pero sin embargo la traga hace que esa mujer tan hermosa esté dispuesta a mantenerlo, a tenerlo viviendo de la renta. Pero el huevón ese no le para bolas, ¿puede creerlo? Cualquier tarado como él estaría botando babas por una cosita como Lorena, pero él no. Él está tragado de una culicagada falopera que nada más está con él cuando el estúpido ese le da droga, socio. No le voy a negar que es una delicia… creo que usted la ha visto alguna vez –ante el asentimiento del antropólogo, siguió-, pero no es para tanto, digo yo. Claro: piense qué tantas mujeres como éstas pudo haberse levantado en Cali el renacuajo de John; muy pocas, si no era ninguna, digo. Pero llega a la Argentina, en donde las hembras se mueren por los negros, así sean unos esperpentos como este hijueputa, y se siente el rey de la creación: llega a trabajar en sitios como este, incluso peores (no se imagina de dónde lo saqué), conoce mujeres que se dedican a ciertas labores, muchas de ellas unas hembrotas, como puede ver, se las come a punta de cuento, las enamora, hace que le den plata y se cree el hombre más pintoso que hay. ¡No se ha dado cuenta de que parece un mico y que a las argentinas les gustan los animales exóticos! –Mateo soltó una carcajada tan arcaica, que su catarata de cínico entusiasmo contagió a Enrique Salas-. ¡Ah, pero sí es muy afortunado este huevón; esa Lorena está muy rica!

            – Socio, me decía que sacó a John de un chuzo –le recordó Salas a Mateo.

            – ¡Ah, sí, socio! –clamó el interpelado como lo pudo haber hecho un gran científico al hacer un descubrimiento-. De uno en Constitución… ¡no se imagina la porquería en la que se desenvolvía el negrito este! También estaba de cantinero, por decirlo así, pero le tocaba hacer muchas cosas más y no le pagaban un carajo. Un día me lo presentaron, el hombre estaba con la culicagada, le propuse que se viniera conmigo y aquí lo tiene. ¡Mírelo! Mire la cara de huevón que tiene en este momento. De seguro que sigue peleado con la pendeja esa. Ayer no vino aduciendo una gripa, pero sé bien que estaba detrás de ella. Como el hombre se muestra reticente a concederle ciertos favores, es decir, a darle falopa, la hembra se le pierde con otros tipos que sí se la dan (y a los que ella también se los da). Lo deja vuelto mierda, pero ¡que sufra, por huevón! Voy a hablar con el tipo, socio, para que se ponga las pilas, que está haciendo los tragos muy cargados, buscando que se pongan en pedo las chicas, y a putearlo, una vez más, porque no vino ayer por andar detrás de la pendeja. No se vaya todavía. ¡Mire que debemos terminar la partida de dominó; tiene que darme la revancha, pues me ha sacado mucha plata!

            – Creo que más bien está esperando a que me emborrache más, de tal forma que pueda ganarme y así recuperar el dinero que ha perdido –se burló Enrique.

            – ¿Me cree capaz de tamaña felonía? –preguntó, bromeándose, Mateo-. Socio, no me responda.

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