Santa Marta (Héroes Decadentes- FVR)

Héroes decadentes

 Francesco Giuseppe Vitola Rognini

Hoy presentamos:

Santa Marta

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

Ilustración Roberto Rodríguez “Hereje”

 

Hace cincuenta años, antes de que construyeran este barrio junto al mar, la zona era un paraíso. Hoy después de varias generaciones de negociantes y turistas, no es más que un barrio ruidoso junto a una laguna residual. De día es caluroso, en la noche baja de la Sierra Nevada un frescor agradable.

 Me gano la vida haciendo crónicas para una revista de viajes,  y gasto el dinero en las cosas elementales que se necesitan para vivir. Me gusta como vivo, no me falta nada y puedo hacer turismo ecológico por sitios paradisíacos.

 El barrio donde vivo se llama El Rodadero. El nombre viene de una formación rocosa junto al mar, que a lo largo de décadas, quizás cientos de años, ha venido acumulando la arena suelta que sopla el viento, de tal forma que la pequeña montaña tiene un lado de arenas suaves, que suben unos cincuenta metros hasta casi la cima del lugar. Sobre la formación rocosa se levanta un edificio de apartamentos lujosos. La vista desde lo más alto de las arenas, junto antes de donde comienza la vegetación espinosa, proporciona una paz sólo disfrutable muy temprano en la mañana y al atardecer. El resto del día los turistas alcoholizados deambulan sonrientes, bajo sus gorras de baseball.

Soy un tipo de gustos simples, la escritura, el ecoturismo, comer bien, las jornadas de sexo sin compromiso, junto con las actividades físicas al aire libre, son pequeñas obsesiones que tiendo a practicar religiosamente. ¿Qué sentido tiene la vida si lo que haces no te hace feliz, si no te hace bien?

Mis padres solían decir que las compañías correctas hacen la diferencia. Tuve que pasar por muchos altibajos para comprender este elemental concepto. En algún momento resolví la ecuación que me rompía la cabeza: una mujer siempre resuelve la amargura producida por otra. Y la amargura por si misma se genera en ausencia de una mujer a quien tocar, con quien coquetear, a quien amar. La ecuación resultó tan clara que me sorprendí, porque yo siempre fui pésimo para el álgebra y las matemáticas. Una buena mujer, cuando desea amarte y entregarse, sea de la forma más pura y virginal, o de la forma feroz, atrevida o sucia, produce esa sensación frenética que llamamos pasión. La descarga de adrenalina y sexo, hace olvidar por un tiempo todos tus problemas. Según dicen los expertos, solo la comida, el sexo y el ejercicio físico estimulan los mismos receptores nerviosos que las drogas alucinógenas y otros estimulantes. Es decir, que el sexo puede producir, lo mismo que un banquete de comida mediterránea, o en menor escala, lo que un ritual chamánico.

No hay éxtasis sin oscuridad. No hay amargura permanente con sexo frecuente. Así fue que cambió mi perspectiva de la vida. Me vine a Santa Marta y dejé atrás lo que no me convenía.

El lugar donde vivo consta de un balconcillo de tres metros por dos donde tengo el escritorio, un cuarto con aire acondicionado, cama matrimonial y baño privado, una cocina de unos diez metros de largo por dos de ancho, el cuarto de invitados con dos literas, ventiladores de pared y un aire que casi nunca se enciende. Además el apartamento tiene un baño para visitas.

Este barrio de pescadores, comerciantes y turistas es un archivo de historias, donde los fracasos, triunfos fugaces, la decadencia y búsqueda de la felicidad embotellada se repiten hasta el cansancio. Por eso busco salir a espacios con aire puro. Lugares donde es más probable conocer exóticas extranjeras aventureras, con historias de libertad y de lucha contra los elementos.

Me gusta irme de camping. Necesito algo de ropa, un pequeño mercado de enlatados, bebidas, y El viejo Red,  mi Chevrolet Sprint rojo, también conocido como Red menace.  

 

El parque Tayrona

Un par de semanas atrás conocí una mujer hermosa. Cabello negro, belleza mediterránea, dientes parejos, cuerpo apasionado, ojos oscuros, piercing en la nariz. Yo estaba bajo la sombra de una palmera y ella pasó frente a mí. El sol picaba, por lo que yo descansaba con los ojos cerrados. Ella dijo algo con un acento español. La miré como pude, con un ojo entreabierto. Guardé silencio. Ella repitió la frase:

-¿Hay un lavabo cerca?

 Sonreí y le dije que no había baños, que lo más parecido eran esas cajas de madera sin techo, dentro de las cuales había inodoros a los que nunca entraba agua fresca y cuyos residuos se escurrían hacia una posa subterránea. Agradeció sin quitar la vista de las letrinas, que estaban bajo la sombra de un árbol de mango selvático. Caminó hacía los inodoros, sucios como lo que usualmente contienen, con su mochila bien puesta. Empujó la puerta, echó una mirada y entró. Yo regresé a mi descanso pensando que su novio estaría cerca, mujeres así de atractivas no suelen andar solas por tierras extranjeras.

Hacía bien en buscar un sitio seguro para responder el llamado de la naturaleza. Siempre es más segura la playa que el monte para agacharse.

 He oído historias de zarigüeyas, que siguiendo el olor característico de las partes íntimas femeninas, han mordido varias mujeres en la zona. Alguna vez intentaron atraparlas colocando trampas con panties húmedos como carnada, pero no funcionó. Parece que la banda de zarigüeyas se experimentaba en el arte de conseguir bocados de carne delicada. No aceptaban engaños.

Pensé que la española se perdería en la selva por la que salió. Ya antes había visto a otra gente venir con sus mochilas desde otras playas, de paso, rumbo al norte. Lo que llamo “la eterna búsqueda de la playa perfecta”, algo que obsesiona al mochilero europeo. Fui hasta el mar, me di un chapuzón y luego volví hasta donde estaban mis cosas. Unas horas antes, como almuerzo, había preparado pescado asado con leña, salsa de jalapeños y papas cocidas. En el caldero había conservado un pescado entero y unas papas. Solo tenía que calentar, pero no había fuego.

 Las tripas bombeaban lava haciendo sonidos guturales y la noche se acercaba. Tendría cerca de una hora para hacer fuego, comer, lavar la cacerola y demás implementos. Mientras encendía algo de yesca y unas pequeñas ramas, a mis espaldas ella dijo:

-Tengo unas alubias rojas en lata, pero no tengo fuego; he caminado todo el día y recién llego. ¿Me dejas calentar esto y te invito un poco?

Me caerían bien unos fríjoles, pensé, seguro a ella le encantaría un poco de pescado.

-Claro, tengo un pescado asado en salsa de jalapeños y papas cocidas ¿Te suena bien? -respondí-.

Ella asintió feliz, dejando ver sus dientes blancos y dos grandes frontales que le daban un aire tierno. Cejas oscuras, labios rojos, sombras naturales y misteriosas bajo sus ojos. Estaba hambrienta y los dos comimos como salvajes. Luego lavamos los trastos sucios en la orilla del mar, usando como jabón la arena y como luz el atardecer, que era un hilo naranja para cuando terminamos.

 En la penumbra roja la deseé, sin palabras. Durante la noche, que se hizo profunda a las nueve, hablamos de nosotros. Nos tomamos unos tragos contra el frío. Luego llegó la lluvia, entramos a la carpa, y tuvimos que quitarnos la ropa empapada. Al principio estábamos incómodos, tapándonos más por las convenciones sociales que por pudor. Ambos le dábamos poca importancia al desnudo, nos sentíamos a gusto sin ropa.

Le ofrecí de fumar, y sentados sobre un sleeping bag nos fuimos acercando, hasta sentir el calor agradable del otro. Afuera llovían agujas heladas, era una de esas tormentas tropicales frente a las que eres una hormiga insignificante. Parecía un huracán, sin los terribles aullidos del viento rompiendo árboles. La carpa estaba frente a un mar embravecido, detrás de nosotros caían cocos en una antigua finca que los cultivaba para la venta. Estábamos a salvo en la franja segura.

A la mañana siguiente el calor y la humedad nos sacaron de la carpa. La ropa destilaba un olor terroso y embriagador. El hambre volvía a escena. Se vistió con risitas tímidas. Intercambiamos datos personales y luego de un beso tranquilo tomó el sendero de arena, lentamente, sin mirar atrás. En un recodo se perdió, como tragada por la selva.

Cuando salía del Parque Nacional esa tarde, escuché que en la zona se habían perdido un par de extranjeras. Inevitablemente pensé en ella y esperé volver a encontrarla algún día. Quizás por eso sigo visitando esos lugares donde el descanso es al aire libre, porque guardo la esperanza de encontrar gente auténtica que alimente mi vida.

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Héroes Decadentes es un libro de cuentos de Francesco Vitola Rognini, autor de Hambre de Caza (novela de libre descarga en Editorial Miliniviernos). Todos los domingo hacemos una  entrega de cada uno de los cuentos, y al final recogeremos todos ellos, lo que dará como resultado un  nuevo libro digital de libre descarga.

Además de este cuento, hasta la fecha hemos publicado Tardes sin parquesFrost, el payaso estrella , Golpea y Corre, El idealismo no sirve para una mierda  , Otro Borracho que no puede olvidar , Centro Comunitario Ratzinger Tristeza, soledad y rock and roll . Junto al prólogo de J. J. Junieles:  Este hambriento corazón 

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