El síndrome del pedestal (decimocuarta entrega)

FOTO ZULETA

 

Les presentamos un nuevo capítulo de “El síndrome del pedestal”, una novela escrita por Ernesto Zarza González. Acá podrán leer el capítulo anterior:

 

XIV.

-Fantasmas que rondan por el Infierno de Dante-. Círculo séptimo (Violencia). Aro III: Violentos contra Dios, la Naturaleza y el Arte.

 

“La fe no puede decepcionarnos, ya que no nos promete nada sobre la tierra”.

JOSEPH ROTH, ‘El busto del emperador’.

 

– Les digo que mi vieja siempre pareció odiarme –comentaba Mateo al grupo de jugadores de dominó en una ocasión-. Creo que el resentimiento que le había ocasionado mi viejo lo proyectaba en mí.

– Che, Mateo, no digás esas cosas –le reconvino Juan-. Mirá que de la vieja no se puede hablar así frente a los demás.

            – ¿Y qué querés que haga? –le contestó Mateo, quien, debido a los años que tenía de estar viviendo en la Argentina hablaba con acento porteño cuando se dirigía a un natural del país-. Vos no sabés cómo fueron las circunstancias que rodearon mi infancia –el tono de su voz se volvió severo, enfático, como si no admitiera que alguien que desconocía los aspectos de su vida se atreviera a hacer juicios al respecto-. Mi viejo la preñó y la dejó siendo yo un pibe de cuatro años. Era un mujeriego y la hacía sufrir mucho. Vos no sabés lo que es tener que soportar todos los días a una madre que se quejaba por todo lo que le tocaba hacer; si lavaba la ropa, se quejaba; si tenía que cocinar, se quejaba. Se quejaba porque tenía que laburar y mantenerme, a la vez que se quejaba porque, según ella, yo nunca hacía nada para ayudarla. Vos no sabés lo que era tener que aguantar a una señora beata que no hacía más que pedirle a Dios porque terminara rápido con su sufrimiento.

– Che, Mateo -intervino Eduardo para cambiar el asunto, aunque se sintió un poco identificado con el dueño de “Mi Recoveco”, pues él mismo tenía motivos para estar resentido con su madre: peleó con ella fuertemente luego de que se enteró, por medio de una de sus habituales discusiones con Pirobovich, de que ella había influido en Broening para que le ayudase a ser parte de la nómina de periodistas del diario. Ella no desconocía lo humillado que lo hizo sentir el saber que se había entrometido en sus asuntos, haciéndolo quedar ante los demás como un consentido, como un incapaz, como alguien que necesitaba de la ayuda de su madre para poder hacer algo en la vida, como si no tuviera las suficientes capacidades para lograr lo que se propusiese-, creo que mejor dejamos el tema y seguimos jugando…

– Pero pará, que quiero contarles –se defendió Mateo-. Ya podemos seguir ganándoles luego –dijo con una risa que mezcló con los recuerdos aciagos de su pasado. Enrique memoró una conversación que tuvo en cierta ocasión con su amigo, un tete a tete en ese mismo sitio, en el que Mateo le comentó algo respecto a la forma como su madre lo obligaba a leer La Biblia todos los días; a pesar de estar ebrio en ese momento, no olvidó esa singular parte de la charla. Sirvió cerveza en los vasos que estaban pidiendo ser llenados de nuevo-. Mi viejo es de Grecia; digo que es de allí porque todavía no ha muerto. Terminó emigrando a Colombia debido a serios problemas que adquirió con la justicia de su país. Por qué escogió a Bogotá para esconderse, no lo sé. Claro que por esa época como que estaban bien las cosas allá; Rojas Pinilla era el presidente y, según he escuchado, ha sido de lo mejor que hemos tenido, a pesar de ser un dictador.

– Tiene razón; el hombre, entre otras cosas, fue quien mandó a hacer el aeropuerto “El Dorado” de Bogotá, impulsó la construcción del Hospital Militar, de la carretera Bogotá-Chía, del ferrocarril del Atlántico, inauguró la siderúrgica de Paz del Río, una nueva refinería de petróleo en Barrancabermeja, llevó la televisión al país y fundó la Universidad Pedagógica de Tunja, entre otras cosas –asintió Enrique-. Fue la única dictadura que hubo en el siglo XX en Colombia, el país que paradójicamente está más acuciado por la violencia. Pero es como les he dicho a ustedes –se dirigió a Juan y a Eduardo-: Colombia, a diferencia de los demás países latinoamericanos, no ha sido afrentado por las recurrentes dictaduras militares, casi todas ellas patrocinadas por el gigante del norte, que se da el mote de “defensor de la libertad y de la democracia”, pero que atenta contra sus supuestos principios éticos y morales cuando ve que la misma democracia hace que lleguen al poder personas que no tienen la ideología capitalista que ellos detentan; en esos casos sus intereses económicos, por lo tanto, se podrían ver perjudicados. Nuestra violencia, por lo demás, no ha sido de Estado, como sí ha sucedido con los países hermanos de América. A propósito, recuerdo ahora un hecho muy curioso que pasó en mi país, hablando de Rojas Pinilla. Laureano Gómez, el presidente elegido democráticamente en 1950, tuvo que retirarse de la presidencia por motivos de salud, por lo que se fue a España en 1951, siendo reemplazado por el designado, Roberto Urdaneta Arbeláez. El general Gustavo Rojas Pinilla a la sazón tenía un importante cargo en el ejército, pero no era del agrado de Gómez, quien regresó al país en junio de 1953 y le exigió a Urdaneta que lo destituyera; éste se negó a hacerlo, por lo que Gómez reasumió el cargo del cual todavía era el titular, el 13 de junio de 1953. Ese mismo día se dio el golpe de Estado, por medio del cual se derrocó al presidente elegido por medio del voto. Curiosamente, ese día hubo tres presidentes en Colombia.

            – No sabía eso, socio –cortó Mateo a Enrique antes de que éste continuase; al parecer, el dios del Recoveco no había sacado de su cabeza la obsesión que tenía de contar parte de su historia. Salas vio, desanimado, que el intento de cambiar de tema había sido un fracaso-. Muy interesante, pero déjeme terminar lo que les estaba contando. Mi viejo llegó a Bogotá con algo de dinero en el bolsillo; bueno, llegó con mucho dinero, por lo que pudo comprar una casa en Chapinero, que en ese entonces era un barrio elegante, y viviendo allí conoció a mi mamá, que era hija de una de las familias más prestantes de la ciudad. Se casaron a escondidas de mis abuelos, que nunca quisieron al advenedizo griego, pues con razón veían en él a un delincuente que había llegado huyendo de las autoridades de su país. Desheredaron a mi madre, nunca más la volvieron a ver. Mi padre hizo muy malos negocios en Bogotá, por lo que terminó en la quiebra y con muchos, y peligrosos, acreedores. Viendo que su vida corría peligro, un buen día compró un tiquete de avión y se dirigió a Italia, a la casa de uno de sus hermanos, que aún vive allí. Nunca más se comunicó con mi madre, no supo nada de mí; yo tenía cuatro años cuando nos abandonó. Como mis abuelos y los demás conocidos de mi mamá se negaban a ayudarla, nos tocó mudarnos. Sin plata, solos frente al mundo, sin una miserable propiedad, hubimos de ir a un barrio muy pobre, el barrio Las Cruces, en donde mi vida vio sus primeros pasos y mi psique sus primeras manifestaciones de viveza e ingenio.

            – Bueno, socio –Enrique aprovechó el breve descanso que se estaba tomando Mateo para decir algo-, eso explica, como decía usted, la aversión que su madre sentía por todo lo que tuviese relación alguna con su padre o con lo que él representaba. Cambiar la cómoda posición en la que estaba, habituada al lujo y a las comodidades, para después tener que andar sin rumbo fijo, debió ser un golpe terrible para su espíritu. ¿Por eso usted dice que ella lo veía como una extensión de ese personaje que la dejó tan marcada, por lo que se desquitaba, aunque sin que ella misma lo percibiera de esa forma, con usted?

“El pensamiento no puede ser delegado ni en una iglesia, ni en un partido, ni en una autoridad personal o institucional, ni en un texto sagrado de cualquier índole”.

ESTANISLAO ZULETA, ‘Sobre la filosofía liberal’.

            – Justo por eso, socio –convino Mateo con gravedad-. Creo que ni yo hubiera podido explicarme mejor. Además, apeló a la religión para librarse de las cargas que la vida le estaba imponiendo; sabemos que las personas acuden a las religiones como un medio de tener una cierta esperanza de que algo mejor les espera en un futuro determinado, ya sea en esta tierra o en otra vida. Le piden a Dios que les ayude, que les depare un porvenir distinto; es la manera como se desenlazan de los problemas y demás penalidades que tienen, confiando en la promesa divina de un mejor futuro. Mi madre creía que rezando todos los días, desde las cinco de la mañana hasta las diez de la noche, iba a hacer que volvieran los tiempos de dicha y prosperidad material que otrora disfrutó; pensaba que leyendo La Biblia, y aprendiéndola de memoria, iba a hacer que la tierra girara al revés y que sus penalidades no se presentarían. Después entró en el estado de la contemplación mística, por la que veía todo como un mensaje de Dios; según lo que ella misma concluía, Dios le había colocado una serie de pruebas en la vida para ver qué tanto se merecería un lugar en el cielo. Por causa de esta creencia, llegó a convencerse de que lo que le sucedía había sido determinado por Dios, como si éste fuera una encarnación del Destino, y que si él así lo deseaba la sacaría de esa podredumbre en la que se encontraba. “Dios proveerá”, decía siempre, esperando que le llegara la buena fortuna sin hacer nada por conseguirla por su cuenta. Los católicos y las nuevas sectas protestantes han sometido a las personas a esa especie de puerilidad, a una infantil concepción de la vida, por la cual hace que se acaban las responsabilidades de las personas, quienes se las endilgan al padre celestial, como el niño consentido hace con sus progenitores, a quien los ha creado, en cuya cabeza está la obligación de sacarlas de los apuros que en esta tierra tienen, ya que por eso es que le profesan cierta fe.

            – Che, ¡y yo que te hacía creyente! –le dijo Eduardo en son de amigable chanza, aunque estaba impresionado por lo que acababa de oír; nunca había escuchado hablar de esa forma a Mateo, por lo cual el estupor que éste le había deparado había sido superlativo. Quizás se podía sentir un dejo de nerviosismo en su aparentemente estoica modulación de voz.

– No sé si lo soy en realidad o no –le respondió Mateo-. Creo que el socio una vez me dijo que parecía que fuera agnóstico, aunque en otra vez ocasión dijo que yo parecía lo contrario, un gnóstico. En realidad no me pongo a martirizar mi cerebro pensando en eso; más bien espero hasta el día en que me muera, para ver si hay algo realmente. De ser así, ¡vaya sorpresa me voy a llevar en el infierno! –todos rieron al mismo tiempo; parecía que Mateo había dejado de lado el tema de su familia para concentrase, de nuevo, en el juego. Falsa ilusión-. Pero, siguiendo con la historia, creo que mi mamá, así como me veía a modo de una manifestación del maldito que la traicionó, también concibió la idea de que yo podía ser el vehículo catalizador que la ayudara a asegurar su salvación eterna, así como su redención en la tierra. Tanto fue de esa forma, que me obligaba a levantarme muy temprano para que leyera La Biblia con ella; todos los días me hacía ir a misa y los domingos, aunque no me lo crean, me hacía vestir de monaguillo. ¿Pueden creerlo? ¡De monaguillo! Entonces fui el “hazme reír” de mis amigos, simplemente porque ella quería que yo fuese su intermediario ante el juez del cielo. La cosa es muy simple: ella quiso hacer de mí un beato desde niño, ¡a mí, con lo caspa que era! Me hacía vestir de monaguillo y me llevaba para que ayudara en la misa al cura del barrio. Cuando no me escapaba en la mitad de la misa para ir a jugar con mis amigotes, hacía todo lo contrario: en vez de darle el cáliz al cura, le llevaba un libro; cuando tenía que arrodillarme, me sentaba; cuando debía comerme el pedazo de ostia, agarraba el vino de consagración y me lo bebía. La gente se reía a carcajadas y mi madre quería matarme cuando llegaba a la casa, pero nunca le daba la oportunidad de agarrarme. Si era del caso, me quedaba a dormir en otra parte. Los problemas con mi madre me hicieron preguntarme, varias veces, si realmente es que uno tiene una madre o si era que el dios que ella tanto adoraba me estaba martirizando al darme a mí, precisamente, esa progenitora. ¿Quién le había dado la autoridad para tratarme así?, pensaba.

            – En realidad –le interrumpió Enrique-, la autoridad les ha sido dada desde el mismo momento de la concepción, afianzada por el embarazo y el parto. De hecho, tanto es así, que los pueblos antiguos, en sus primerísimas concepciones, notorio factor que aún se presenta en algunos pueblos de la Polinesia y de Nueva Guinea, le daban prevalencia al derecho materno. Si me permiten, les explicaré someramente el porqué –miró a sus amigos, esperando un momento a ver si alguno de ellos interponía un recurso de queja o de súplica en contra de su intervención. Al ver que ninguno deseaba interrumpirlo, en especial Mateo, que quedó mirándolo con jovialidad, aunque parecía que su cabeza estaba en la Bogotá marginal de los años sesenta, mientras que sus dedos jugueteaban con unas fichas de dominó, continuó-. Como había mucha promiscuidad sexual en los primeros tiempos del hombre moderno, “heterismo” le llamó Bachofen, se excluía la posibilidad de saber con certeza quién sería el padre de las personas (lo que es similar a ese dicho de los sicarios de Medellín: “madre sólo hay una, padre puede ser cualquier hijueputa”); la filiación, por lo tanto, sólo podía contarse por línea de la madre, lo que dio lugar al nacimiento del derecho materno, hecho que hacía que las mujeres gozaran de una gran reputación. La tradición de trazar el linaje se hacía por esta vía materna. Desde esos tiempos las mujeres, las madres, tienen la autoridad que miles de años de atavismo inmodificado les ha deparado. Esa aparte de la natural.

            – Le entiendo, socio –dijo Mateo-, por lo cual creo que no me expliqué bien. No es eso lo que pienso ahora, siendo un hombre maduro de casi cincuenta años. Me refería a lo que pasaba por mi mente de niño, cuando sentía que mi madre me odiaba por encima de todo y sobre todo.

            – Che, Mateo, pará, y vos también, Enrique –intervino Juan González-. Estamos escabiando, disfrutando de unas birras bien frías y de la compañía de los amigos; dejemos los pensamientos tristes a un lado, sigamos jugando dominó y riéndonos de la vida, tal como lo estamos haciendo ahora. Yo también fui abandonado por mi padre, aunque, a diferencia de vos, mi madre siempre me ha consentido. Mirá que ahora, a estas alturas del partido, cuando ya está acabando el primer tiempo, sigue manteniéndome a pesar de ser casi un profesional. Ella trabaja duro, sin saber la porquería de hijo que tiene aquí, que se gasta en cerveza y en libros la guita que le envía para que termine sus estudios. Pero no me pongo a pensar en lo buenas o malas que son mis acciones. Dejo de lado el sentimiento ético, abandono en un basurero la conciencia, que es la peor enemiga que los hombres pueden tener, y disfruto viniendo y jugando dominó, a pesar de que muchas veces perdemos con ustedes. Ya he dicho que deberíamos jugar al truco, aunque sea de vez en cuando, para ver si los argentinos no les ganamos todas las partidas. Vos sabés que es un juego en el que hay que ser vivo y mentiroso, y nadie como nosotros para serlo. Sino, mirá vos a nuestros políticos y a todos los que se robaron el país. Bien hacen los que protestan y los que fueron a la Plaza de Mayo el día en que tumbaron a De La Rúa. Yo debería ser un piquetero, como ellos, sumarme a la lucha social, pero no he conseguido al chanta que me facilite el dinero para movilizarme, morfar (mujeres o comida), pagar la cuota del bulín. A propósito, ¡no se imaginan lo sucio que está! Hace meses que no lo limpio, y mi novia está brava conmigo porque me vengo a jugar en vez de quedarme con ella cogiendo como conejo y viendo televisión. Pero así se me va ahora la vida. Quiere que me ponga a laburar, ya que, de lo contrario, no vuelvo a verla desnuda en un buen tiempo. ¡Yo laburando! ¡Que labure ella y me mantenga!

 

            – ¡Che, pará, pará que te vas a ganar una trompada! –Eduardo pareció Kiko cuando se desespera con el Chavo del Ocho-. Ya te he dicho que es un placer indescriptible entablar una conversación seria y formal con vos, pero a veces te pasás de académico. Mirá que nadie entiende todo el cúmulo de palabras que salen de tu boca cuando te inspirás y nos deleitás con el fruto de tu sabiduría.

 

            – ¡No te burlés, boludo! Mirá que las cosas que digo son con mucho cariño y afecto –respondió Juan, riendo y tomando todo el contenido del vaso de cerveza de un solo golpe-. Lo único que digo es que hay que disfrutar de la vida. Cada día como si fuera el último. ¡Carpe diem!, según dice nuestro eminente antropólogo. Si tenés una mina fea, garchátela con gusto, como si fuera la más hermosa de las mujeres, como si fuera única y especial para vos en ese momento; eso es lo que quieren las minas: no que hagás el amor sin parar, sino que le hagás el amor a ella. Si vas a la cancha, cantá y saltá aunque tu equipo pierda. Si te vas a comer un choripán, ponele mucho chimichurri. Hay que disfrutar de los pequeños placeres que nos son dados; los grandes goces están destinados solamente a los mentecatos y los conchetos. Mirá si no a estas chicas: todas lindas, hermosas, que no parecen sentirse mal por tener que atender a chabones borrachos y maleducados; quién sabe qué será de sus vidas fuera de aquí, pero, sin embargo, en este lugar las veo que disfrutan mucho.

 

            – No creo que sea para tanto –dijo Enrique, quien, con complacencia escuchaba las barbotadas palabras de su amigo. Sabía bien que él a propósito lo hacía de esa manera, así como su perpetua alegría y jovialidad no se la quitaba ni quien le asegurara que había visto a su madre vendiendo su cuerpo a tres pesos-. En medio del tráfago de lunfardos que esbozó, alcancé a colegir el quid del asunto. Le afirmo que no es de esa forma tan idealizada como usted las pinta.

 

            – Les aseguro que, si les cuento la historia de cualquiera de estas chicas, van a dejar de decir tantas pavadas –aseveró Mateo en tanto recordaba la ocasión en que, siendo él todavía un niño, le dio un fuerte dolor de cabeza que nada parecía aplacar; se revolcaba en el suelo y gritaba y lloraba de la angustia que le producían las punzadas tan extremas. Le pedía a su madre que hiciera algo, que lo ayudara de alguna forma; su exagerada mente de infante le hacía creer que iba a morir. Pero su mamá se mantenía estática e indiferente, viendo cómo sufría su hijo, quien no entendía lo que consideraba un comportamiento antinatural de su progenitora. Quizás pensaba que Mateo mentía, pues él creció con el motete de “mentiroso” que ella le endilgó-. De hecho, la historia de Andrea bastará para que su percepción de la realidad sufra un cambio dramático; la ven ahora junto a esos tipos hablando, parece que está muy dichosa, pero, al fin y al cabo, haciendo su trabajo. ¡No saben cuánto le duele estar en esa posición!

            A continuación Mateo les narró la infausta historia de la vida de Andrea. El dominó fue, definitivamente, dejado de lado y los jóvenes se metieron en un mundo abyecto y cruel ubicado en una de las provincias del norte de la Argentina. Fueron pasando las cervezas, las horas, los cigarrillos, pero lo que no vadeó el río del tiempo fue la instintiva sensación de protección que surgió en cada uno de los que escuchaban a Mateo, por más estoicos e imperturbables que desearan que fueran sus sentimientos. Una vez terminado el relato todos voltearon a mirar a la protagonista, a la Cenicienta del naturalismo, y se quedaron contemplando, por un momento, a la mujer que le sonreía a los ebrios y repelentes seres que estaban a su alrededor como si estuviera pasando, realmente, un rato ameno.

 

 

 

 

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