El síndrome del pedestal (decimoquinta entrega)

Les presentamos un nuevo capítulo de “El síndrome del pedestal”, la novela escrita por Ernesto Zarza González, acá podrán leer la entrega anterior:

 Nietzsche

 

XV

-Fantasmas que rondan por el Infierno de Dante-. Círculo octavo (Fraude). Aro I: Rufianes y seductores.

 

“La tierra está llena de superfluos, y los que están de más

perjudican la vida”.

FEDERICH NIETZSCHE, ‘Así hablaba Zaratustra’.

 

            Quien observara a la joven pensaría que estaba pasando un rato ameno. En medio del corro de bellas personas que la rodeaban ella sonreía con gusto y mostraba sus dientes en todas direcciones. Recogía su cabello, dejando al descubierto una parte de su blanco, bello y elegante cuello, como si quisiera llamar la atención de algún caballero.

            Era un 20 de julio, día en que se celebra la declaración de independencia colombiana del yugo imperialista español. La Embajada de Colombia contrató un salón de eventos, ubicado en la Avenida Corrientes, entre las calles Reconquista y 25 de Mayo, con el fin de hacer un pequeño cóctel de celebración de la festividad nacional, con un brindis por un año más de tan significativo suceso. El embajador habló, se cantó el himno nacional, se alzaron las copas que frenéticamente lanzaban un grito de júbilo y de añoranza por el terruño natal que tanto se extrañaba. Todos sonreían en ese momento cumbre, glorioso, casi angelical, en que los pensamientos y los sentimientos se fundían en una sola y melancólica unión y fraternidad. Los amigos se hicieron más unidos, los amantes más pasionarios, los curates más creyentes, los diplomáticos más engañosos, las damas más afectadas y soberbias, los muchachos más petimetres y vacíos. Todos sonreían y daban claras muestras de júbilo. Todos a excepción de Enrique Salas.

            El salón era amplio y luminoso. Bellas lámparas de cristal colgaban de su techo iluminándolo con sus fulgentes radiaciones y, en las paredes, frisos que representaban escenas de batallas entre romanos y bárbaros adornaban sus blancas manifestaciones. Encima de las dos puertas de entrada, hechas de roble y armoniosamente decoradas con representaciones ecuestres, sendos doseles marcaban sus aromas con signos de rosas y claveles. Junto a las puertas unas columnas dóricas adornaban con sus capiteles la estancia y, encima de ellas, ribetes con formas de vestales y de bacantes, anunciadas por unas runas que descollaban en relieve, deleitaban la vista de los comensales de la concurrida reunión.

 

            La joven dejó su copa y recogió su cabello, mientras miraba hacia un personaje que tenía un inmarcesible dejo de ironía en su mirada, en el rictus que se formaba en su boca, en la forma como se movía, en la manera como se quedaba quieto. Ella se dedicó a examinar al objeto de su atención; le parecía que había escuchado hablar de ese hombre en alguna ocasión. Lo había determinado así por la característica mirada que descubrió en él. Algún conocido suyo había descrito esa forma de mirar como muy particular: ese hombre no era como todos los demás, es decir, como a los que a sus reuniones y demás eventos acudían; era sencillo y directo, poco adaptado a la fanfarronería social y a los aduladores de la moda, hostilmente separado de las convenciones imperantes, intelectual y soberbio, engreído en su saber y encerrado en su pensar, intransigente en sus convicciones, terco en sus creencias, inteligente y obcecado. El interés de la joven aumentaba en la medida en que seguía observando a Enrique Salas y en la que recordaba todo lo que de él había escuchado. Parecía que sus conocidos envidiaban las facultades que tenía el extraño personaje; deseaban tener su intelecto, su capacidad de abstracción, su sabiduría y su inteligencia. Todos admiramos en los demás las cualidades que no poseemos. El haber notado que él no se entusiasmaba como el resto de la gente al hacer el brindis ni al cantar el himno, el saber que era distinto y envidiado, el ver su fornido cuerpo y sus ojos irónicos fueron suficiente motivo para que Rosa María se hubiera interesado en él, por lo que no vaciló un instante en pedirle a un amigo suyo que le presentara a Salas.

            – Hola, Enrique, tanto tiempo. ¿Cómo te va? –una voz que le fastidiaba, quizás por el tono que tenía, hizo que Enrique volteara la cabeza. Encontró frente a él la hipócrita sonrisa de Julio Uribe, un petimetre que estaba en la Argentina estudiando periodismo deportivo. Era un muchacho de veintitrés años, habituado a la molicie y a la falta de responsabilidad; de tez blanca, bronceada por el constante abuso de camas solares, ojos claros, labios finos y mentirosos, de cabello castaño y algo crespo, alto, delgado, pasaba horas en el gimnasio buscando modelar su cuerpo y su exacerbado ego. Tenía la firme certeza de que los canales de televisión por cable especializados en deportes se pelearían por él una vez se hubiese graduado. “Toda su estraza es la de un engreído muchacho que cree que el mundo gira a su alrededor; su mirada, altiva y presuntuosa, muestra con orgullo la confianza que tiene en su apariencia física, así como el desdén que le otorga a la intelectualidad y a la trascendencia. Está muy seguro de que su físico ha de abrirle todas las puertas, por lo que lo cultiva a cada instante, dejando de lado su mente.  Es un vanidoso y, como tal, no busca amigos que lo quieran por lo que es, sino para que lo adulen. Es un esclavo de los pergaminos de su cuerpo y de las mentiras sociales”, le decía, tiempo después, respecto al almidonado Uribe, Enrique a Eduardo Ortega.

            – Por lo que veo, no tan bien como a usted –le respondió Salas con un dejo de malicia, mirando con aspereza al otro. Le molestaba que lo tutearan de esa forma que le sonaba tan hueca y falsa; por supuesto que si lo hacía un argentino o alguien de la Costa Caribe de Colombia era algo que soportaba; en esos sitios las competencias lingüísticas hacen que se traten de esa forma las personas. Pero que un bogotano, con el hablado de gomelo que tenía Uribe, lo tuteara, le enervaba las venas. Por otra parte, no pudo evitar hacer el comentario y echar una furtiva y mañosa mirada a Rosa María, a quien iba dirigido, aunque de manera soterrada, el esforzado galanteo. Enrique, en ese momento, se sorprendió de la superficialidad que mostró.

            -Tú sabes, hay que andar en forma –rió el engreído muchacho, quizás burlándose de Enrique, de quien sabía le molestaban esas manifestaciones de materialismo fácil y de poca espiritualidad-. ¿Qué haces aquí parado, tan solo?

            – Elevando mi alma a las alturas, ante la muestra de tanta palmaria lucidez espiritual y de tanto ostensible reposo de la materia –contestó Enrique con sarcasmo, quizás a propósito, para ver la reacción de la fémina; la sonrisa que ésta le dirigió lo ensoberbeció-. Vine para ver si encuentro descanso en esta tierra de placeres mercenarios y de lujos atiborrados de leche cortada y fría.

            – ¿Y  lo has hecho? –indagó con inocente curiosidad Rosa María, mientras sus ojos auscultaban con sumo interés al antropólogo.

“Aquella actitud no tenía más fin que fascinarme, aquellos ojos dirigidos a las alturas querían que los contemplara, aquel pensamiento que fingía vagar en la noche estaba conspirando contra mi reposo. ¡Otra vez, como en las ciudades, la hembra bestial y calculadora, sedienta de provechos, me vendía su tentación!”

JOSÉ EUSTASIO RIVERA, ‘La Vorágine’.

– Sí, creo que sí –contestó Enrique, lanzando sobre Rosa María una mirada que pretendía darle a entender que ella era lo único que quería ver en ese momento; era como si quisiera mostrarle que ella, y solamente ella, había hecho que la ida a ese lugar hubiera valido la pena.

– ¿Ves que es tal como te dije? –le preguntó Julio a Rosa María -. ¡Pero qué grosero soy! –exclamó, con simulado aire de sorpresa-. ¡Si no los he presentado! ¿Dónde están mis modales?

            – De seguro que los dejó en el gimnasio –comentó Salas, buscando un efecto en la chica. Después se reprocharía el haber sido tan estúpido; por ver a una mujer linda estaba actuando de la misma manera de aquellos que tanto criticaba.

            – ¡Já!, muy gracioso –dijo, sin molestarse, el petimetre-. Rosa María, permíteme presentarte a Enrique Salas, el más célebre de los vagos colombianos en Buenos Aires –expresó, quizás dándole un ligero retoque de perversidad a su comentario.

– Sí, veo que es como me habías dicho –le contestó Rosa María a Julio-. Me han hablado mucho de ti –soltó, dirigiéndose a Enrique.

            – Espero que no te haya sobresaltado el hecho de que yo sea el mayor de los vagos que hay en Buenos Aires. Lejos de mí está el causar esa honda impresión en las personas –se presentó Enrique, respondiendo además al mordaz comentario de Julio.

            – Bueno, tampoco es que se dedique solamente a la vagancia –corrigió Julio Uribe-, pues es un intelectual consumado. A mí me da cierto asco –Enrique sonrió mordazmente-, pero él es así. Sabe de todo, ¿te lo había dicho, María?

            – ¿De verdad? –indagó ella, como si estuviera llevando a cabo un papel intermedio en una mala obra de teatro previamente escrita y ensayada con su amigo Julio; su boca indagó, su mirada reflejaba interés, aparente interés. Enrique permaneció ensoberbecido.

            – No es para tanto –dijo éste, un poco incómodo por la posición en la que lo había colocado el  petimetre. Le daba la impresión de que éste lo tomaba como un juego, en el que Salas sería la máquina contestadora de preguntas. Por supuesto que percibió el brillo que acudió a los ojos de Rosa María; eso le gustó significativamente. Se sintió como Otelo, quien enamoró a Desdémona con el relato de sus aventuras; era una vieja técnica que él debía emplear, claro que a su modo: puesto que parecía que la mujer así lo quería, con la demostración de sus conocimientos la fascinaría. Sería un hipócrita si no lo hiciera de esa forma, se dijo in mente; pensó que Oscar Wilde tenía razón al decir que la mayor muestra de hipocresía es la falsa modestia.

            – Sí, es verdad –intervino Julio Uribe-. Anda, pregúntale cualquier cosa, que él te la responde.

            -Oye, ayer vi de nuevo “Corazón valiente”; ¿la viste? –le preguntó María a Enrique. Al ver la afirmación de éste, continuó-. ¿Sabes?, creo haber escuchado que todo pasó en la vida real, ¿es cierto eso?

            – En realidad no lo sé… –dijo Enrique, dándole un cierto misterio a su respuesta.

            – ¡Claro que lo sabes! –gritó Julio-. Dínoslo.

            – Dale, Enrique, dínoslo –rogó María, en tanto lo miraba de una forma que hizo sentir a Enrique una arrogancia que desconocía. Esos ojos grises, esa cara angelical… la belleza de Rosa María lo había hechizado.

            – Bueno, algo de eso sé, aunque no es mucho –se sentía un poco extraño al intentar seducir a una mujer de esa forma; el tener a Julio encima de ellos no ayudaba mucho, pretendiendo guiar la conversación, dando a conocer los aspectos de su vida como si quisiera meterlo por los ojos de la mujer. En ese momento pensó, de manera engreída, que quizás pudieron haberse puesto de acuerdo. El sólo pensarlo hizo que su ego subiera nuevamente; deducía que ella fue la que le pidió a Julio que los presentara. Le agradeció, en ese instante, al petimetre el haberle hablado de él, aunque desconociera las circunstancias en las que lo hizo, el motivo por el cual lo llevó a cabo y la forma en la que lo realizó-. Sé que parte de lo que muestran sucedió en realidad: él fue nombrado “Sir William Wallace”, fue ajusticiado en Londres, no aceptó la sumisión a Eduardo I, rey de Inglaterra, ganó la Batalla de Stirling, los escoceses se le unieron y fue nombrado regente. Pero también incluyeron sucesos accidentales que no son hechos históricamente veraces, como cuando establecen que nació en una pobre aldea de los Highlands; él procedía de una familia de caballeros ingleses, sólo que nació cerca de Glasgow, por lo cual se sintió escocés… Así mismo, el afán de Hollywood de presentar romances típicos y cursis fue el que los motivó a recrearle un cortejo con una princesa. Es lo que más asegura la concurrencia de la gente; la violencia por la violencia está bien, pero para los tipos que son amantes de ella. Las mujeres, por el contrario, sin ese aditivo del triángulo amoroso entre la humilde mujer muerta, el héroe y la noble y virgen doncella no verían la película. Es lo mismo que en las telenovelas: la sirvienta ve siempre al hijo de los patrones como un ángel que anda volando por el cielo a miles de kilómetros de distancia de ella; él, a su vez, sólo la ve como un objeto terrenal con el que va a satisfacer sus deseos carnales, pero terminan siendo felices y con hijos, después de pelear con los padres del novio y con la mujer rica que se sintió traicionada, vejada porque la dejaron plantada en la entrada de la iglesia por una empleada.

            – ¿Qué te dije, mujer? –indagó Julio a Rosa María- Este tipo sabe de todo, de todo.

            – Sí, ya me di cuenta –respondió ella, con los ojos fijos en los de Enrique.

            – Bueno, jóvenes, yo les pido disculpas, pero tengo que dejarlos solos un momento –se excusó Julio, viendo que ya no tenía nada que hacer en ese lugar. Su papel de alcahuete lo había cumplido de manera cabal, quizás sobrepasándose en sus atribuciones, por lo cual vio el momento de partir. Le hizo señas a alguien más, que se las devolvió. Ese gesto lo tomó como pábulo para retirarse. Enrique y Rosa María se miraron.

            – Y… ¿con quién viniste? –preguntó ella, con un afán dibujado en su rostro, expresado en su voz y en el requiebro de sus ojos.

            – Con un primo y unas amigas suyas –contestó Enrique a la vez que los señalaba con la mirada.

            – Ya veo –dijo María mientras bajaba un poco la cabeza. Enrique se consideraba un mal lector de las señales que las mujeres envían como signos telegráficos e indescriptibles de coqueteo, pero ese no lo dejó pasar.

            – Creo que el aire está muy cargado aquí –comentó Salas casi de forma preestablecida y corriente, llegando a formar una más de las frases hechas que se emplean, por aquellos que no tienen originalidad ni experiencia en el arte de amar, aunque la vergüenza haga su aparición después-. ¿Te parece mucho atrevimiento de mi parte si te invito a tomar un café?

            – Por supuesto que no, caballero –respondió ella con armoniosa voz y con hermosa sonrisa-. Será un placer para mí.

            – ¡Sortes virgilianae! –brindó Enrique, extendiendo su mano hacia ella. Había tomado al pie de la letra el ejemplo del personaje de la obra de Shakespeare.

            – ¿Qué es eso? –requirió ella, un tanto fascinada por el embrujo que le proyectaba ese tipo que parecía tan sabio y tan seguro de sí mismo, de su capacidad y de sus cualidades. Enrique sabía que se lo iba a preguntar.

            – Un brindis que se hace para desearle mucha suerte y ventura a la persona a la que se está mirando –respondió Enrique mientras sus ojos hacían lo que la boca decía-. En tanto unos arguyen que Virgilio era un fatalista, otros suponen que el poeta tuvo una estrella venturosa; siendo de esa forma, te deseo lo mismo –la soberbia visitó de nuevo la mente de Enrique, y sonrió con satisfacción. Suponía que ella no se tomaría la molestia de indagar en una enciclopedia, o en internet, siquiera, por la veracidad de lo que dijo; por otro lado, estaba seguro de haber dado la mejor de las impresiones… Sabía que así fue, sabía que ella le creía.

            Las copas chocaron, los dos se miraron a los ojos. Esa noche Enrique conoció a Rosa María.

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