El síndrome del pedestal (decimoséptima entrega)

Les presentamos un nuevo capítulo de “El síndrome del pedestal”, la novela escrita por Ernesto Zarza González, acá podrán leer la entrega anterior:

Charles Camile

XVII.

 

Suenan acordes de la “Danza macabra”, autoría de

Charles Camille Saint-Saëns.

 

“Tendrá que contentarse con aquellos pequeños éxitos que el recuerdo del pasado hace aún más amargos que derrotas”.

OSCAR WILDE, ‘El retrato de Dorian Grey’.

 

– Fue perfecto, muchachos –dijo Mateo a Enrique Salas y a Eduardo Ortega. La cerveza estaba a disposición y los cigarrillos veían morir en el fuego y en el humo sus pocas posibilidades de permanencia-, fue un golpe audaz, pero efectivo. Muy agradecido le estuvimos a toda la red de informantes que nos ayudó, entre ellos los taxistas amigos de “Bisoñé”, así como a los tombos que permitieron llevar a cabo el trabajo sin que ninguno de sus colegas nos jodiera la vida. “Bisoñé” siguió al pibe durante cuatro semanas; se aprendió su rutina diaria, memorizó la cara de sus conocidos, lo espió cuando iba a un telo con la novia, cuando se comía una pizza, cuando iba al baño a orinar, todo. Los policías a los que compré no permitieron que pasara ningún carro por la calle en la que queda la casa de los viejos del chico mientras hacíamos el laburo. Lucas hizo lo que tenía que hacer, aunque se pasó un poco de violento: ya dentro del auto de “Bisoñé”, cuando llevábamos al chico a la casa en la que lo guardamos, empezó a pegarle como un demonio; me tocó pararlo, porque de lo contrario lo mata. Ya le he dicho a Lucas que, cuando se va a trabajar, no debe llegar pasado, pero siempre lo hace. Tanta droga y alcohol le están quemando la cabeza. Claro está que con lo de los golpes estuve de acuerdo, pero no con la cantidad, ya que hay que amedrentar un poco al “cliente”; no se puede ser blando al hacer un trabajo como este, puesto que se corre el riesgo de terminar siendo amigo del secuestrado o, lo que es peor, dándole la creencia de que uno es débil y pusilánime.

            – No me digás que por eso es que torturan a los secuestrados –dijo, a modo de pregunta indirecta, Eduardo Ortega.

 

            – Justamente por eso, mi estimado periodista –respondió Mateo con un dejo de sardonía feroz en su tono de voz-, justamente por eso. Vos no podés ser condescendiente con nadie si te metés en este trabajo. Por obligación hube de torturar al muchacho, haciendo que Lucas le cortara un dedo; los padres no querían mandar rápido la guita del rescate. Ellos desconocían que nosotros, por medio del seguimiento que les hicimos, sabíamos que tenían bastantes propiedades, aunque no el dinero en efectivo. Simple era la solución: vender alguno de sus bienes y asunto concluido –Enrique sonrió pensando que esos, precisamente, debían ser los “amigos” de los que Mateo le habló en el pasado-. Si te ponés a ser tolerante con ellos, pues no te pagan nada y esperan a que la chuta rescate al prisionero. En consecuencia, una prueba de que está vivo, pero sufriendo, y de que seguirá padeciendo si no pagan rápido, es la que se les da por medio de la muestra de uno de los dedos del chico. Sé que es cruel, pero no puedes darte el lujo de ser blando.

            – Así que fueron ustedes los autores de esa macabra acción –intervino Enrique-. La vi por el noticiero.

            – Sí, socio –reconoció Mateo-. No es algo de lo que me sienta orgulloso, pero es la forma que he aprendido de hacer mis trabajos. Tengo que ser duro, puesto que, de lo contrario, ni mis subordinados me van a seguir. Para ellos el líder tiene que ser alguien más rudo que ellos mismos, con empuje, talante e inteligencia. Si ven que soy un pelele, me mandan a la mierda o ellos mismos se vuelven livianos y permisivos. Si soy suave con los prisioneros, mis hombres me pierden el respeto y eso es lo peor que puede ocurrir: no me obedecen, mi liderazgo carece de bases sólidas y desaparece. Ahora, si soy rudo y veo que uno de mis pibes se vuelve un melindroso que no quiere hacer correctamente su trabajo, lo mando a la mierda sin pagarle un solo peso. Él sabe que, si me delata, no durará en esta tierra mucho tiempo más y que sus familiares tendrán que caminar mucho para encontrar sus pedazos en la ciudad o en el Riachuelo –expresó con un brillo de furia en sus ojos; al parecer, ya había pasado eso.

            – ¿Ya sucedió eso? –preguntó Eduardo, haciendo uso de las facultades fisonomistas que todo buen periodista debe tener: no pasó por alto el cambio en las facciones de Mateo cuando lo dijo, de tal manera que su mente hizo la lógica deducción.

            – Sí, mi estimado periodista –le respondió Mateo con el arisco fulgor aún presente en sus pequeños y fieros ojos-. Estuve cuatro años en la cárcel de Devoto porque un antiguo empleado mío me buchoneó. Le dijo a la chuta el momento y el lugar de un trabajo. Claro, me agarraron in fraganti. No los pude comprar porque un fiscal que llegó con ellos se las dio del muy limpio y probo. ¡Cuatro años preso, por culpa de un maldito buchón que se puso bravo conmigo porque le debía cien miserables pesos! –exclamó Mateo con saña, con demencia, con una furia que rompía todas las creencias en la naturaleza buena de la raza humana, en su concepción del bien, de la moral, de la justicia. Bueno era quitarle la vida a un traidor; falta de ética profesional la acción que el renegado realizó al quebrar los códigos sagrados de los delincuentes; inmoral haber hecho que su jefe fuera a parar a la cárcel; injusto dejar a la organización sin cabeza durante tanto tiempo- ¿Pueden creerlo? Hay más códigos entre nosotros que en cualquier otra organización en el mundo. Ese malparido los rompió, los dejó hechos pedazos. Lógico es que debiera pagar.

            – ¿Qué hicieron? –siguió Ortega, como si estuviera haciendo una entrevista en un programa de televisión; en realidad, él estaba haciendo su trabajo, no lo olvidaba.

            – Lucas se encargó de realizar la debida inteligencia para dar con ese hijo de puta –continuó Mateo, respondiendo sin recato todas las preguntas de aquellos que consideraba sus amigos-. Durante días estuvo, junto con “mi padre”, detrás de las pistas que le daban del tipo ese. Un día, finalmente, lo tuvieron localizado. “Mi padre” me ayudó a escapar de la cárcel. El cómo no es del caso. Lo importante es que sabía dónde encontrar al buchón que me traicionó. Creo que sus familiares, si querían alguna parte del cuerpo del hijueputa, debían buscar sus pedazos en las tripas de todos los perros de la ciudad –el golpe que dio Mateo fue fulminante y certero. Los tres hombres quedaron un momento en silencio, como si estuvieran rumiando, cada uno a su modo, la información que había vagado por las ondas del aire, llegando a sus oídos y, por éstos, a sus mentes-. ¡Los perros debieron haberse envenenado con la bilis de ese hijueputa! –rió con fuerza Mateo, mostrando su lado desalmado. Recordar a quien lo había traicionado le daba demasiada rabia, lo volvía un ser totalmente despreciable; hasta sus amigos sintieron algo de repugnancia, aun cuando sabían a qué atenerse cuando hablaban de esos temas con él. Mateo sabía, igualmente, que al exponerles dichas historias estaba siendo objeto de estudio antropológico y de trabajo periodístico, pero no le molestaba, pues los consideraba hombres de talento y, como tales, no deberían reconocer categorías, aun cuando les hubiera dejado un poco sorprendidos la declaración. De hecho, él mismo había autorizado a Eduardo para realizar una serie de notas y crónicas sobre “Mi Recoveco”, a la vez que le había dicho que le iba a confiar su vida para que él, si era su deseo, dado el caso, la escribiera. Por supuesto que delante de Juan nunca contaba nada de eso; la tirria que le tenía al historiador lo hacía desconfiar de él. Solamente el respeto que sentía por Enrique, unido a la admiración y confianza, era lo que lo motivaba a soportarlo.

            – Pero no te dedicás solo a eso, ¿no? –persistió Ortega con su interrogatorio-. Me refiero a que, aparte de secuestrar y de “Mi Recoveco”, tenés otras fuentes de ingresos.

            – ¡Mirá que sos porfiado! –le soltó Mateo a Eduardo, pero sonriendo con ganas; parecía que había vuelto el Mateo de siempre, jovial, sonriente y hasta irónico e inteligente-. ¿Qué tanto querés saber?

            – Recordá que vos me dijiste que me contarías todo lo que quisiera saber, así como que te dije que, en ese caso, tendría que llenarte de preguntas, que las sesiones serían largas y el tiempo corto –contestó el periodista, como si fuera el más contumaz de los comunicadores.

            – Tenés razón, mi estimado periodista, tenés razón –concedió Mateo-. ¿Qué querés que te diga? En el sur del Gran Buenos Aires nos dedicamos también al secuestro “expreso” de remiseros; dependiendo de la remisería, la sucursal cobra de trescientos a cuatrocientos pesos. Incluso, podemos vender los secuestrados a otras bandas, o contratarnos para realizar un secuestro; gozamos de una excelente reputación, gracias a nuestra experiencia –Mateo sonrió irónico; sus interlocutores hicieron lo mismo, aunque la ironía de cada quien tenía una fuente muy distinta-. Antes nos dedicábamos a los desarmaderos; ¿recuerdan que produjo tanta resonancia en los medios periodísticos? –ambos afirmaron; de hecho, como el asunto de los que necesitaban órganos donados para hacerse operaciones, como el de los secuestrados, como otros casos más, el de los desarmaderos constituyó una especie de moda mediática más-. Bueno, en casa de “mi padre” desarmábamos los autos y después vendíamos las partes, pero ya empezábamos a ser observados y, si te descuidás, sos boleta. También llegamos a robar bancos, pero, definitivamente, lo más fácil, seguro y que da más guita es el secuestro.

            – Che, Mateo, contanos más sobre lo que hacías en Colombia –pidió Eduardo, llevando a otro lado la conversación, como si fuera una de esas entrevistas en las que se pasaba de lo general a lo particular después de unos comerciales que, en este caso, fueron del anuncio de un litro de cerveza que les llevó Larisa. Miraron a la chica que llegó sonriente, como si fuera una angelical modelo que a sí misma se obligaba a exhibir su cuerpo por dinero, aunque ella no lo creyera de esa forma, y esperaron callados hasta que se retiró-. Ese día quedó algo como trunco, ¿no te parece?

            – Ahora que vi a Larisa me llegó a la mente, por medio de esas misteriosas  conexiones que hace el cerebro sin que uno se dé cuenta, una anécdota que me pasó cuando era chico y vivía en Las Cruces –Mateo accedió al pedido de Eduardo, empezando por recordar uno de los momentos que, según Enrique, pudieron haber marcado el sello de su personalidad, en un aspecto relativo a una conversación que habían llevado a cabo-. Yo, desde muy pequeño, fui siempre muy metelón, por lo que, al cabo de unos pocos días de estar recién llegado al barrio, ya me había hecho amigo de otros cafrecitos que habían por ahí (creo que, por el contexto que rodea a las palabras, mi estimado periodista no tiene problema alguno con ellas, ¿o me equivoco?) –no se equivocaba, pues Ortega ya tenía cierto conocimiento sobre algunos de los giros del lenguaje propios de Colombia-. Nos la pasábamos jodiendo, robando los huevos de las gallinas de don Eustaquio –Mateo sonreía de placer al recordar esos viejos tiempos, los cuales veía tan lejanos, pero que, sin embargo, siempre gustaba recordar como si esa fuera una forma de volver a una inocencia que posiblemente nunca existió en su ser; era un pasado hermoso que no podía volver, aunque él lo atesoraba con valía en su mente, en su pensamiento, en sus sentimientos-, correteando a las niñas para bajarles los pantalones, regalándoles dulces para que se desnudaran, tirando piedras a los pájaros, hurtando cosas de la tienda, llevando mensajes de los capos, cagándonos de la risa por todo, jugando fútbol, aprendiendo a amenazar con el cuchillo, deseando tener pistolas, peleando, mordiéndonos, dándonos patadas, puños, garrotazos, piedrazos, luchando por ver quién era el más fuerte para determinar al líder de la gallada, ya saben, haciendo toda esa clase de cosas que los niños que crecen, como yo, en esos sitios lejanos y marginales deben realizar para aprender a sobrevivir en la lucha por la vida diaria.

            – Oiga, por lo que dice, su niñez, dentro de los cánones que se pueden determinar para el nivel socio-cultural en el que usted creció y se desarrolló, no fue distinta a la de los demás que compartían ese espacio con usted –intervino Salas-. ¿La disfrutó realmente, la odió, la condenó, se preguntó por qué hubo de nacer para vivir de esa manera, en esas circunstancias?

            – ¿Usted alguna vez lo hizo, socio? –contra-preguntó Mateo- ¿En alguna ocasión sintió que no debió haber nacido de ese modo y que su destino hubo de haberlo colocado en otra parte?

            – Siempre me dieron mucho pesar los niños que pedían limosna en la calle. De hecho, en mi infancia, a veces lloraba al verlos –contestó Enrique, determinando de antemano el objetivo de Mateo al hacerle las preguntas de ese modo tan frío-. Mi papá se molestaba conmigo porque lo hacía; según él no iba a solucionar el problema de la pobreza en el mundo con mis lágrimas. Creo que acababa de leer ‘Así hablaba Zaratustra’; la forma en la que pronunció esas palabras se me hace muy nietzscheniana. Lo cierto es que él aducía ser un tipo de persona que se preocupaba por la problemática social de su país, de América Latina, del mundo; lo paradójico es que me recriminase por mostrar un lado tierno y sensible a mis creencias –tomó un sorbo de cerveza y encendió un cigarrillo. Eduardo se quedó observándolo con curiosidad; nunca pensó ver un atisbo de nostalgia en los ojos de Enrique. Pensó que, quizás debido a esa experiencia con su padre, él debía odiar al filósofo alemán. Salas era un tipo extraño: de sus preferidos era el autor de ‘El anticristo’.

            – No sé si odié mi niñez, socio –dijo Mateo con tono lánguido, dándose cuenta de que la respuesta de su amigo fue más fulminante que cualquier rayo que él le hubiera lanzado fría y premeditadamente; parecía que había un sentimiento de disculpa en la voz del dueño de “Mi Recoveco”-, pero sí le puedo decir que la disfruté y que me siento feliz de haber aprendido tanto, de acuerdo a las circunstancias en las que se desarrolló. Eso, a propósito, me recuerda la historia que les estaba narrando. Como les decía, era una sola joda en la que vivíamos; no nos importaban el cura ni los profesores: a todos los mandábamos a la mierda cada vez que queríamos. Una noche, en que había una fiesta en el barrio (unos políticos fueron a dar discursos, a embriagar al pueblo, a decirles las mismas mentiras de siempre, a hacerles creer que eran especiales, únicos, a abrazarlos y besarlos como si fueran sus amigos, a despreciar al pueblo en el interior de su ser), hicieron una especie de carpa gigante en un potrero de los muchos que allí había; todos los adultos se estaban emborrachando, mi madre estaba escondida en su casa, arropada bajo sus cobijas, rezando o maldiciendo a Dios por mi causa, de seguro. Con mis compinches estábamos jodiendo por ahí, tumbándole la cerveza o el trago de aguardiente a quien se descuidaba, mirando por debajo de las faldas de las señoras, fumando de la marihuana que un loco nos había regalado (cuando no teníamos más de once años, a lo sumo), pegándole patadas a los ebrios que se quedaban dormidos en el lodoso suelo (pues en Bogotá llovía a cántaros en esos años; le decían “la nevera” los que no eran de la ciudad y tenían que ir a ella por diversos motivos, a aguantar frío y granizo), escupiendo y orinando a los que podíamos cuando nadie nos veía, haciendo cualquier tipo de maldades que nos prodigaran una especie de prestigio entre nuestros compañeros.

            – Eso es debido a la necesidad genética que tienen los seres humanos de amor, aprobación y apoyo emocional –intervino Enrique, volviendo a ser el mismo intelectual soberbio de siempre-. Desde que se establecieron las primeras sociedades antiguas ha sido así. Como expresó Thomas Harris, al momento de explicar por qué ansiamos prestigio, “para obtener recompensas en la moneda del amor nuestra especie limita las satisfacciones expresadas en las monedas de otras necesidades y otros impulsos”. En su caso particular fue debido a que el prestigio hace formar un líder, cuya recompensa se da en especie, en trabajo y en fidelidad de los suyos; así fuera desde niño. El lugar en el que le tocó crecer determinó, de esa forma, su personalidad. Necesitaba ser superior para poder recibir el respeto y la obediencia debida. Otro antropólogo, Thorstein Veblen, dijo, en su ‘Teoría de la clase ociosa’ (sin que por eso diga que nosotros lo somos) que “con excepción del instinto de conservación, la propensión a la emulación probablemente constituye la motivación económica más fuerte, alerta y persistente”.

            – Che, vos, como siempre, repitiendo lo que otros han dicho. Parecés uno de esos pájaros a los que enseñan a modular una o dos palabras y las dicen cada vez que pueden –le dijo Eduardo a Enrique-. Me parece que leés los libros para aprendértelos de memoria y para repetir lo que han dicho esos autores, pero no con el fin de pensar algo por vos o con el de sacar algo de provecho a lo que decís. Estás hablando con la inteligencia de otros…

– Usted también, mi amigo, aun cuando no enuncie el nombre del autor –le replicó el terco Salas-. Si no estoy mal, me pareció leer en Jorge Amado, en sus ’Memorias de un niño’, algo similar a lo que usted acaba de decir, aunque no lo haya hecho de manera expresa y literal. Sin embargo, está pensando con la cabeza del escritor brasileño, según su tesis, y no con la suya propia. Es una más de las contradicciones en las que caen sujetos como usted, pendientes de desmentir a los demás y de tratar de hallar en ellos argumentaciones contrarias a las ideas que pudieron haber expuesto anteriormente. Usted pretende decirme que leo y aprendo de memoria lo que otros han dicho, sin emplear mi mente, sin hacer el esfuerzo de interpretar y de masticar la información dada para digerirla de la manera en la que mi criterio lo determine; en otras palabras, me está tratando de mentecato. Le agradezco su cortesía, pero temo que debo rechazarla por improcedente. Mi profesión, a diferencia de la suya, requiere de un cúmulo de conocimientos básicos, elementales, que no pueden ser comparados con las llamadas “ciencias comunicativas”, como las que usted estudió: historia, geografía, arqueología, sicología, sociología, artes, literatura, medicina, derecho, religión, mitología, política y amor se aúnan dentro de la caterva de estudios que he llevado a cabo. Por lo tanto, me ha sido indispensable leer muchos autores, estudiarlos, interpretarlos, para de esa forma sacar mis propias conclusiones.

Adso le pide a Dios que haya acogido el alma de su maestro y que le “haya perdonado los muchos actos de orgullo que su soberbia intelectual le hizo cometer”.

UMBERTO ECO, ‘El nombre de la rosa’.

‘Al enunciar lo que uno de ellos ha dicho –continuó Enrique, algo enardecido e inspirado por la oposición de su interlocutor-, en primer lugar, le rindo un homenaje por su estudio e interés, pero, en segundo lugar, traigo siempre a colación algo que es pertinente con el tema que se está tratando, de lo cual puede deducirse que lo hago para dar una ilustración al fondo del asunto y, como dirían ustedes los periodistas, “una cita de autoridad” a la cuestión que estoy dilucidando. Así que si usted piensa que soy un mentecato, un loro y los demás epítetos con los que me ha engalanado, está en todo su derecho. Yo, por mi parte, simplemente me limito a decirle lo siguiente: arte, religión, ciencia y política es el resumen, el compendio de lo realizado por el hombre. Todo eso me ha tocado estudiarlo, aprenderlo, interpretarlo, analizarlo, gustarlo. Por el contrario, chismes, mendicidades, mendacidades, calumnias e injurias… ¿le suena conocido? ¿Qué tiene que ver eso con la superación espiritual, con la trascendencia, con la cultura (que viene de “cultivo”, es decir, hacer surgir lo mejor del interior del ser humano a través de un contenido cultural) y el conocimiento? Si usted nunca desea hacer una cita, me parece bien. Déjenos a los loros y mentecatos esa labor; no todos somos los seres lúcidos y originales que usted encarna.

            – Bueno, che, si le decís inteligencia a la facultad volitiva que tienen las personas de ser petulantes y engreídas, estoy de acuerdo en que no hay muchos seres inteligentes en este mundo que sean como vos –repuso Eduardo con cínica malicia-.  Por eso es que otros, brutos e ignorantes como yo, nos dedicamos a ser chusmas, a buscarle ocho colas al gato; el periodismo no es más que el ejercicio del chisme para usarlo en contra de nuestros enemigos y de la gente que detestamos; aprovechamos la posición que tenemos en los medios para formar en la opinión pública un pensamiento previamente determinado por nosotros, eso lo sé. ¿Qué quieres que te diga? No tenemos que leer tanto como vos, ni que saber tantas cosas, pero, sabés algo, es mejor así; no quisiera ser nunca como vos, un salame que se cree más que los demás porque de vez en cuando dice cualquier tipo de boludez

– ¡Bueno, basta! Déjense de peleas, que no me han permitido terminar el cuento que trato de contarles desde hace una hora –bramó Mateo simulando molestia; claramente veía que la situación podía irse a algo poco agradable. Eduardo porque estaba dispuesto a seguir con su cínica visión de las cosas y Enrique por su exacerbada terquedad y soberbia intelectual. Claro está que Eduardo se pasó un poco de la raya; él se sentía muy orgulloso de tener un amigo como Enrique. Pensaba que muy pocas personas podían darse ese lujo; le gustaba que él hablara lo que quisiera, tomándose su tiempo, del tema que deseara. Se sintió mal, después de que Mateo lo interrumpió y pudo pensar con sangre fría, por haber sido tan injusto con su amigo.

– Tenés razón, Mateo. El salame fui yo –aceptó Eduardo con sincera contrición-. Che, Enriquito, disculpame, querido, no sé qué me pasó. Yo fui el soberbio, fui quien no aceptó la verdad de tus planteamientos, fui yo quien no debió haberte dicho eso del animal que repite y todo lo demás…

            – Viejo, créame que también me dio duro ser tan rudo con usted –se disculpó, a su vez, Salas-. No debí haber hecho esa estúpida comparación; respeto mucho lo que usted hace, entiendo la importancia que tiene dentro del tejido social y para el cabal desempeño de la democracia y del Estado Social de Derecho, así como mucho más lo respeto a usted, que es un gran reportero y escritor… Le aseguro que siempre lo he pensado de esa manera…

            – Amigo mío, vos me lo has dicho varias veces… –intentó interrumpir Ortega para, a su vez, seguir con su descargo de culpas.

            – … y que admiro lo que hace –siguió Enrique-.

            – Bueno, paren ya, que me van a hacer llorar –intervino Mateo con el fin de terminar la escena de telenovela barata y sin argumento-. Eso sí, quiero decirles tres cosas: la primera, que muestran la clase de seres humanos que son al aceptar sus errores, cargar sus culpas y pedir que sean absueltas. ¡Eso es de hombres! Segunda, que también es de varones el saber disculpar sin resentimientos y sin soberbia; ustedes son las dos mejores personas que he conocido en mi vida y espero que por siempre sean mis amigos –los dos agradecieron con un gesto las palabras de Mateo, mientras levantaban los vasos para brindar calladamente-. Tercera: si alguien me interrumpe, verá cómo llamo a Lucas para que venga y lo saque a patadas, ¿entendido? –al ver la aprobación que le dieron, con unas sonrisas, Mateo continuó-. Les decía… –se detuvo y los miró aparentando premura, tal como don Ramón lo hace cuando cree que alguno de los niños de la vecindad lo van a interrumpir- Les decía que… ¡la puta que me parió!, ¿qué les estaba contando?

            – Socio, yo lo interrumpí cuando estaba hablando de la forma como mancillaban a los pobres hombres que se quedaban dormidos por el abuso del licor –le recordó Enrique haciendo un afectado tono de voz.

– ¡Ah, sí! –exclamó Mateo riéndose-. Eso era realmente gracioso. ¡No se imaginan lo asquerosos que los dejábamos! A uno, que se revolcaba en el barro, le echamos un tarro lleno de leche cortada, además de los consabidos orines. ¡Imagínense lo sucio y hediondo que quedó el pobre tipo! Bueno, en una de esas fiestas veíamos que unos giles llevaban bastantes mujeres para que bailaran y jodieran con los políticos y con sus secuaces. Mujeres muy altas, grandotas, que nos dejaban estupefactos. Las seguimos, para ver dónde se cambiaban.

‘Era en una especie de galpón hecho de láminas de cinc, de esas que se empleaban para cubrir los techos de las casas –continuó Mateo-. Nos acercamos con sigilo, pues un sapo estaba cuidando la puerta de entrada para que no las molestaran, y nos fuimos a la parte de atrás, en donde había un hueco lo suficientemente grande para poder ver algo dentro. Pero había un problema: estaba muy alto, por lo que teníamos que turnarnos para subirnos, uno a uno, en los hombros de los demás para poder ver. La cuestión era que algunos podíamos ver cuando se cambiaban, otros no. Subió uno y no alcanzó a ver nada; luego otro, que de huevón se puso a avisar que habían entrado y que se iban a cambiar. Mandé que lo tiraran al suelo y que me subieran en los hombros. Era muy poco lo que se podía ver entre el pequeño agujero, pero sin embargo alcancé a percibir a las mujeres cuando entraban al depósito; fui tan de buenas que se dirigieron hacia el sitio en el que yo estaba. Allí empezaron a desvestirse; yo estaba emocionado, aunque no les transmitía dicha sensación a mis amigos, pues de seguro el que iría a besar el fango sería yo para darle paso a otro de ellos.

‘Yo, de chico, veía a esas mujeres grandes y espectaculares; tenían unos senos enormes y unos culos grandes y redondos –recordó Mateo-. Estaban totalmente maquilladas; hablaban y sonreían en tanto se empelotaban. Yo estaba desesperado, pues se demoraban mucho para terminar de quitarse la ropa y, por otra parte, los que me servían de escalera ya estaban cansándose. Todos querían ver. Yo les decía que se calmaran, que cuando fueran a desnudarse les avisaba. Pero ya las mujeres se habían quitado la ropa. En un momento muchas estaban sin camisa. ¡Plop!, salieron esas tetas, grandes y duras, librándose de la presión a la que las sometían los sostenes. La emoción que me dio casi me delata con mis compañeros. Pronto llegaría el momento que esperaba con tantas ganas, pues se iban a quitar las bombachas, rápido iban a dejar ver el fruto que los curas nos quieren prohibir si antes no nos hemos casado; una se acercó demasiado y me tapó la vista por un instante. Sentí que duraba siglos ese pequeño lapso. Al fin, cuando ya me iban a bajar, se apartó la que estorbaba mi visión y pude ver a una de ellas totalmente desnuda, sin una sola prenda de vestir en su cuerpo.

‘¡Era un malparido puto! ¡Una enorme verga le colgaba al hijueputa como si fuera una culebra! –gritó Mateo muerto de la risa-. ¿Pueden imaginarse mi sorpresa? ¡A los políticos esos les gustaban los putos! Yo, por mi parte, me hice el que nada había pasado, por lo que les dije a mis amigos que “las mujeres” ya se habían desnudado. Los dejé peleándose para ver cuál se subía primero a ver, mientras que yo por dentro maldecía a los putos que me habían hecho pensar que eran unas hembrotas. Un grito me sacó de mi abstracción: uno de los pibes, el que subió primero a los hombros de otro, al ver la cosota que colgaba entre las piernas de lo que pensaba era una mina, no evitó lanzar una exclamación: “¡Pero si son unos maricones!” Los putos se dieron cuenta de nuestra presencia, berrearon, atrajeron al sapo, que nos quiso echar a patadas de allí. Nosotros fuimos mucho más rápidos que él…

            – Y… ¿qué te parece? –expresó Eduardo. Mientras todos reían, Enrique recordó aquella épica conversación que un día disfrutó tanto, en la que el tema del travestismo llegó a colación, en medio del constante flujo de digresiones que la había caracterizado. Le había extrañado la fijación que Mateo tenía contra los travestis, el encono tan especial que les demostraba, la saña rara que lo martirizaba. Después de haber escuchado la historia le parecía que Mateo les tenía tanta aversión por el engaño que sentía le habían prodigado los travestis que, hacía años en Bogotá, le hicieron sentir algo hacia ellos, un sentimiento libidinoso. Según Salas, Mateo se juzgó engañado, manipulado, burlado, increpado por sí mismo porque había puesto en duda su propia sexualidad, los intereses que tenía al respecto; se sintió poco macho, acomplejado. Odiaba a los travestis porque representaban aquella ocasión en que creyó que él mismo se había vuelto marica. Enrique pensaba que por eso era que Mateo buscaba tener relaciones sexuales con todas las mujeres que le fuera posible; quizás así sentiría afianzada su hombría, aunque parecía no prever que muchos, la mayoría, de los hombres que se dedican a buscar cuanta mujer pueden son inseguros, temerosos y timoratos como personas, aun cuando ellos mismos no lo consideren así. Le tienen fobia al compromiso, hacen de la ternura un tabú, se pavonean ante los amigos porque necesitan afianzarse en su hombría, en la concepción que tienen de ser los machos, unos verdaderos machos que no deben avergonzarse de nada frente a las mujeres, que deben tratarlas como a un objeto de satisfacción de sus necesidades sexuales, de la exaltación de sus egos y del escondite de sus inseguridades. Para tipos de esa clase no existe el “síndrome del pedestal”, no hay mujer que ellos coloquen por encima de todo y para todo. Mateo, como los demás, nada más se quería a sí mismo.

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