El síndrome del pedestal (vigésima entrega)

Les presentamos un nuevo capítulo de “El síndrome del pedestal”, la novela escrita por Ernesto Zarza González, acá podrán leer la entrega anterior:

Fritz_Kreisler_1

XX.

 

Suenan acordes de “Bella Rosa María”, autoría de

Fritz Kreisler.

 

“Por las calles y plazas su mujer va gritando:

‘Pues me ve tan hermosa que me quiere adorar,

quiero el culto de un ídolo de los tiempos antiguos,

y como ellos exijo que con oro me cubran;

 

embriagarme con nardo, con incienso y con mirra,

con manjares y vinos, con rodillas dobladas,

quiero ver si es posible usurpar en un hombre

entre risas el culto tributado a los dioses’”.

CHARLES BAUDELAIRE, ‘Bendición’.

 

Últimamente se quejaba de manera constante por lo injusta que había sido la vida con ella. No encontraba, dentro del cúmulo de prendas de vestir que tenía en su armario, una que se adecuara a la ocasión: era la primera vez que iba a estar con sus amigos y con Enrique, en un sitio “decente”, por lo demás. Aunque varias veces había salido con él, estuvo molesta la mayoría de ellas, ya que su indecoro la obligó a asistir a aburridas obras de teatro a “la gorra”, a ver fastidiosas e ininteligibles películas de cine europeo en sitios cerrados y poco ventilados, a tomar cerveza con Juan González y su horrible novia (una ordinaria que no sabía vestir, ni hablar, una cualquiera que no había aprendido los modales de una dama, según ella misma estimó), a arrastrarla a un concierto de un estridente grupo musical llamado “Totus Toss”, realizado en un garaje estrecho, lleno de muchachos sucios y drogados, a ver la grabación de “Compatriotas”, un burdo programa de televisión, en el Canal 7, a encerrarse tediosas horas en el Museo de Arte Moderno mientras le daba lecciones, que no le había pedido, sobre los insulsos cuadros y las deformes esculturas que veía. Un día llegó a prometerle que la llevaría a “Mi Recoveco”; ella quedó sorprendida al escuchar ese nombre y le preguntó si se trataba de una nueva discoteca en La Recoleta o por la Avenida del Libertador. Él le contestó que era un sitio al que iban a embriagarse una caterva de ebrios y de desadaptados sociales, que allí acudían a buscar la compañía de unas chicas.

¡La invitó a un burdel! ¡Enrique Salas, el sabio, el seguro personaje, el hombre decente y caballeroso, asistía a sitios como ése! Él le aseguraba que no era un burdel y, para completar, hacía uso de su pretendida intelectualidad tratando de convencerla de que era una experiencia única para conocer el alma y las vivencias humanas; que era una Cueva de Morgan repleta de tesoros para el estudio y análisis de los complejos tipos de seres humanos que en esa cueva se exhibían; que era un manantial de mundologías, de las cuales se podían aprender un sinnúmero de cosas, pues la serie de experiencias que esa gente revelaba eran tesis sobre las que podían asentarse nuevas teorías, conjeturas para dilucidar y de las que era posible sacar conclusiones válidas para disertar en una futura monografía. Aducía que él era antropólogo, que los seres humanos constituían su objeto de estudio, sin importar la situación en la que se presentaban; y, para colmo, continuaba con su sofista sarta de enunciados al decirle que resultaba interesante entrar a ese antro porque consideraba que debía discurrir sobre las cualidades adaptativas de esas personas en relación con el ambiente en el cual se desempeñaban. Enrique podía decir todo lo que quisiera, pero no la podía obligar a ir a un lugar como aquel. ¡Un burdel!

            Ella bien se cuidó de advertirle que no fuera a esbozar sus revolucionarias teorías frente a sus amigos; ¡el solo hecho de imaginarlo la hacía sentir vergüenza! Ya demasiado era lo que criticaban del intelectual soberbio y pedante, del ser que se creía más inteligente que todos los demás que habitan La Tierra, de quien los despreciaba sabiendo que le era retribuido el sentimiento, aunque fuera de manera hipócrita y ladina. Rosa María le pidió, de manera personal y rogada,  que no fuera muy corrosivo con sus amigos, que no se pusiera a entablar ningún tipo de discusión con ellos. Bien claro le debió haber quedado al joven que ella quería que pasara un rato de esparcimiento hedonista, dejando de lado cualquier atisbo de conversación filosófica, política, intelectual; iban a relajarse y a disfrutar de las historias vacías y estúpidas de los petimetres, a ver a una masa de gente desfilando con sus finas y ostentosas prendas, a observar seres reconocidos con mucho nivel social debido a la gran cantidad de dinero que tenían, a otear esclavos de la moda y de las convenciones sociales, a apacentar borregos mansos y banales, a ser testigos de la muerte de los ideales, del vacío de sentido a la vida y de la búsqueda de sensaciones materiales y pasajeras; Enrique debía prepararse a ser una isla en medio de un océano de permisividad y de la falta de programas y finalidad, en la que el consumismo marcaba la mente de personas de pensamiento débil, convicciones sin firmeza, falta a los compromisos, sin moral, indiferentes ante los problemas de la sociedad, ante el hambre y la desnutrición de los niños, ante sus muertes, sus padecimientos; había de disponerse a encontrar entes que no buscaban la trascendencia, vulnerables, mentalmente indefensos, intelectualmente indigentes, sin opiniones propias, sin conceptos establecidos, mojigatos títeres de barro que piensan tener el mundo bajo sus pies, vanidosos que tenían amigos sólo para que los adularan.

            Rosa María seguía creyendo que la vida era injusta: no encontraba algo que le quedara bien. Incluso estaba pensando en salir al centro comercial Alto Palermo, en la calle Florida con Avenida Córdoba, para ver si conseguía vestimenta acorde con la importancia que revestía la noche. Sabía que las circunstancias en las que había crecido Enrique eran similares a las suyas: educado en uno de los mejores colegios de Bogotá, en una de las universidades más reconocidas (establecimientos “educativos” que se consideraban los mejores y más reconocidos porque eran los que más dinero le sacaban a los padres, quienes metían a sus hijos en esos lugares para después pavonearse ante sus amistades en las habituales guerras de intereses que se producen cuando los padres hablan de sus hijos y los comparan como si fueran semovientes), codeándose con personajes ricos e influyentes, siendo ellos mismos parte de los que dividen la torta del país; tenía conciencia de la educación del antropólogo y sentía que su inteligencia era suficiente para que se comportara de una manera que él conocía de memoria. Al fin y al cabo, Enrique le parecía ser un poco banal y anodino, como lo podía ser ella, sólo que lo quería disimular. De no ser así, ¿por qué no estudió en una universidad pública, por qué no se fue al África a ayudar a los que allá están padeciendo?

            La vida era injusta con la joven: todavía seguía buscando algún vestido que la dejara satisfecha. Mientras lo hacía pensaba en Enrique y se preguntaba por qué le atraía tanto si él quería demostrar, a toda costa, que era un ser muy distinto a ella. La inteligencia del joven, así como sus grandes y negros ojos, no la dejaban tranquila, la hacían pensar en el enigma de su mirada y en los secretos que guardaba su mente; pensaba constantemente en el reflejo de esos ojos misteriosos y en las cosas que sabía el joven, en la forma en que se le dirigía, cómo le enseñaba cosas, cómo le explicaba, con suavidad y con tacto, con afecto y ternura… así daba gusto aprender algo, aunque fuera por pretender mostrarle interés a las cosas de su galán. Ese día, pensaba María, Enrique sería quien debía, aunque fuera de manera hipócrita, aparentar agrado ante sus asuntos, ante lo que a ella le gustaba hacer, ante lo que debía saber de sus relaciones y conocidos, ante lo que debía saber del mundo en el que ella se desenvolvía. Y volvía a pensar que Enrique también se había desenvuelto dentro de ese mundo, dentro de esos dictados, que los conocía y que había tenido que moldearse a ellos. No se le ocurría pensar que quizás por eso mismo era que los detestaba tanto, porque poseía el conocimiento que le había hecho sacar conclusiones, el conocimiento de causa de todo lo que alrededor de esa vacuidad acontecía.

            La vida era injusta con María: cuando había decidido qué vestir recordó que había dejado apagado su teléfono celular, un descuido fatal, imperdonable. Quizás Enrique la había llamado. En efecto, había, entre otros, un mensaje de su amante en el que decía, escuetamente, que lo sentía, pero que no podía acompañarla a comer al restaurante de la Avenida Las Heras al que habían sido citados, para ir después a bailar en algún sitio de La Recoleta; supuestamente un asunto imprevisto y urgente se le había presentado; él después la llamaría y le comentaría de qué se trató todo, así como, con toda seguridad, pensaba compensar, con creces, la nefanda falta que estaba cometiendo.

            Se sintió culpable por haber sido tan estúpida, por haber pensado que la envidia de sus amigas era suficiente motivo como para tener que soportar las salidas excéntricas de Enrique, por creer que se insuflaría su ego cuando la vieran con un tipo tan inteligente, culto, intelectual, educado y caballeroso, por pensar que podría influir en algo en el ánimo del antropólogo, por estimar necesario habituarlo a su modus vivendi, por creer que él, por ella, podía dejar de lado esa biósfera soberbia y engreída que lo rodeaba.

            La vida era sumamente injusta con Rosa María: después de pasar tantas horas y tantas desventuras luchando por hallar las prendas de vestir que la hicieran sentirse bien consigo misma, Enrique la dejaba plantada. Ella trató de llamarlo, pero él tenía su teléfono apagado; seguramente habría ido con sus amigotes al burdel del que con tanto desparpajo y desfachatez hablaba, el horripilante sitio que tenía ese nombre tan vulgar y disonante, “Mi Recoveco”.

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