El síndrome del pedestal (vigésimoprimera entrega)

Les presentamos un nuevo capítulo de “El síndrome del pedestal”, la novela escrita por Ernesto Zarza González, acá podrán leer la entrega anterior:

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Infierno de Dante-. Círculo octavo (Fraude). Aro VI: Hipócritas.

 

“No hay efecto sin causa; todo está encadenado necesariamente y dispuesto de la mejor manera posible”.

VOLTAIRE, ‘Cándido’.

 

            Ortega alzó la vista y vio ante sí el letrero feo y de mal gusto que decía “Mi Recoveco”. Si su fachada externa le dio una impresión desfavorable (pues debajo del aviso tenía una amplia puerta doble de vidrio negro que impedía ver el interior del sitio y una ancha ventana a su lado, también del mismo color, protegida por una reja), cuando entró, a pesar de ir preparado para hallar cualquier cosa, casi se va de espaldas por la fuerza negativa que le produjeron las emociones dispersas y dispares.

            En el mismo momento en que abrió la puerta se sintió objeto de la mirada de veinte pares de ojos; como si hubiera pasado una ambulancia por aquel lugar, la mayoría de los que estaban en ese sitio tornaron su cabeza para ver a la persona que estaba haciendo su entrada. Algunos lo hicieron porque quizás esperaban ver a alguien conocido, otros por simple curiosidad; no faltó quien lo hizo para sacudir el tedio que lo estaba consumiendo (muy posiblemente en ese caso estaría una que otra chica que a disgusto se encontraba acompañando a un sujeto desagradable, o a uno muy feo, o a un grosero o a un borracho). Casi reprimido e intimidado por ese recibimiento, se quedó un momento de pie en la puerta, observando, a su vez, el interior de “Mi Recoveco”, el mismo sitio del que el joven golpeado le había hablado hacía unas horas. A su derecha se levantaba una pared que se extendía varios metros hacia delante; en ella estaba un calentador a gas, en el que una imagen color naranja sobre un fondo negro de la Torre Eiffel lanzaba irradiaciones caloríferas por medio de los conductos que la formaban. Guirnaldas y flores de motivos parecidos a los navideños colgaban por arriba, como si fueran enredaderas puestas a propósito; una serie de mesas estaba al lado de la pared y en dos de ellas se encontraban unos comensales hablando con unas chicas que les servían cerveza a cada instante, como si desearan emborracharlos con premura. A su izquierda había un poco más de espacio y, en él, cuatro mesas, colocadas en forma de cuadrado, eran testigos de la forma como las chicas hacían su trabajo.

 

Siguiendo hacia delante quedaba la barra; larga, con muchos taburetes al frente, tenía una extensión de diez metros; una chica de cara misteriosa y voluptuosa estaba sentada en uno de los sitios, tomando sensualmente un cigarrillo con sus llamativos dedos. Eduardo miró a la chica un rato y le sonrió con cortesía, devolviendo la mirada que ella le dedicó, sin importarle su acompañante. El interior de la barra era un espacio en el que estaban dos tipos: uno bajo, delgado, de cabello ensortijado y de piel morena; el otro, un poco más alto, más fornido, de cabello liso y de piel más clara, a pesar de que también era morocho. Una serie de lucecitas recorrían el espacio en el que estaban colocadas innumerables botellas de licor de todos los países y, en medio de ellas, una bandera que representaba a un equipo de fútbol que Ortega jamás había escuchado mentar: Independiente Santa Fe.

            Mientras seguía, pues se sintió como un estúpido estando parado frente a todo el mundo, objeto de sus curiosas miradas, continuó con la contemplación del lugar. Unas escaleras, ubicadas al final de la barra, comunicaban, al igual que las que se encontraban del lado derecho, al segundo piso, en donde dos mesas de billar “pool” veían sacudir sus paños por ebrios que los desvencijaban y los quemaban con los cigarrillos; siguiendo con la revisión, después de pasar las escaleras vio, del lado izquierdo, una “rockola” frente a la cual estaba parado un tipo que le pareció igual a “Mr. Bean”; al lado del aparato se encontraba la entrada del baño de mujeres y frente a él una especie de pista de baile, en cuyo final tres mesas más, colocadas al lado de un amplio espejo, estaban ubicadas debajo de una gran lámpara que lanzaba destellos de variados colores. Del otro lado dos puertas comunicaban a los sitios en el que los miembros del sexo masculino habían de realizar sus necesidades fisiológicas. Cuando alzó la vista vio otra bandera del desconocido equipo, pero gigante: roja, en ella habían seis estrellas dibujadas de blanco, con un escudo curioso, muy distinto a los que los clubes argentinos suelen emplear. Decía: “Santafecito, orgullo del pueblo”.

            Siguió hacia la barra y se sentó cerca de un hombre joven que parecía sumido en sus pensamientos. Después de haber detallado al lugar y a la gente que en él estaba, este joven de piel atezada y cuerpo robusto le parecía tan extraño como los cuatro seres que el día anterior había visto en el Shopping Alto Palermo (reía cada vez que se acordaba de lo acostumbrados que están los argentinos al empleo de anglicismos). Ver a cuatro “villeros” en ese sitio, uno de los más exclusivos de Buenos Aires, le parecía tan insólito como ver a ese personaje que se diferenciaba de los demás que estaban en “Mi Recoveco”; vestía bien, se notaba que era refinado y culto, hecho que se deducía de su forma de sentarse, de tomar el vaso, de beber la cerveza, de llevarse el cigarrillo a la boca, de mirar a su alrededor con aire superior y complacido consigo mismo. Muy distinto a la indecencia, desamparo y desventura que representaba ese sitio para él.

            Pidió una cerveza al moreno que parecía oficiar de cantinero y se rió de las circunstancias que rodeaban su vida. Muy posiblemente había quedado como un estúpido con Natalia al intentar decirle que saldría con sus amigos a La Recoleta y estaba, por el contrario, en un apestoso y sórdido sitio, rodeado de seres fracasados e inseguros, de “homoporcus intolerabilis”, como definió Ambrose Bierce a los hombres; de manera lógica lo fue al mentirle tan infantilmente. Pero ella no sólo lo había visto como a un necio mentiroso, sino también como a un vulgar y malcriado tipo, como a un poco consecuente e inseguro ser, un medroso que ante ella quería pasar de una forma y terminó demostrando su verdadera naturaleza irresoluta e indecisa, pues ella bien supo leer en el libro abierto de sus sentimientos su interés por invitarla a salir y su poca consistencia y  su falta de resolución para hacerlo. Él, contradictoriamente, lo que hizo fue dejar que sus emociones se apoderaran de sus pensamientos,  faltando a su interés de parecer un ser estoico y cínico, hecho que lo motivó a comportarse de esa forma poco respetuosa y caballerosa con Natalia; si bien ella quería llevar la situación al límite, él debió haber sido lo suficientemente circunspecto como para no permitir que su propio término fuera rebasado.

Pensamientos de esa guisa por su mente transitaban en ese momento, abriéndole campo al prurito de contrición que dentro de él había, hecho por el cual decidió salir detrás de ella (aunque la veía en ese instante como a un ser ladino, odioso, cruel, salió detrás de ella… estaba enamorado, lo supo en ese momento, y, aunque se sintiera violentado, tenía que alcanzarla) con el objeto de pedirle disculpas. Sabía que era difícil que ella, en ese lapsus de calentura, le prestara atención, por lo que iba preparado para una cortante e hiriente negativa. Pero ella lo sorprendió: de la manera más cándida se detuvo y lo esperó. Atentamente escuchó el alegato del joven, con el cual se excusaba por su falta de cordura, por el exceso de grosería que tuvo, por la poca urbanidad y por el escaso tacto que había demostrado.

            Quizás ella se sentía en parte responsable de lo que había sucedido, pues fue la que quiso jugar con él; posiblemente la culpabilidad la acosó y no dejó que su soberbia fuera más allá, no le dio las alas que su ira requería para salir desenfrenada y no detenerse ante los pedidos de Eduardo. Lo cierto es que ella terminó reconociendo que iba a estar esa noche en su casa, pues debía esperar la visita de una persona (no le dijo quién era dicha persona, pero, según le pareció a Eduardo, quiso darle a entender que sería alguien del sexo masculino) con la que había quedado en ir a tomar un café; se había burlado mucho de él, lo había tomado como a un títere, un muñeco con el cual jugar y divertirse, como a un niño indefenso que no tiene armas para contrarrestar los embates del adulto que lo está atosigando. La ventaja que reportó la situación fue que él, Eduardo Ortega, había obtenido una especie de superioridad, después de todo, sobre Natalia; si a él la conciencia lo había increpado un poco luego del achaque de furia, a ella, mientras caminaba, la incordiaba y la perseguía como las Erinias lo hicieron con Orestes. Eduardo, mientras se tomaba un sorbo de cerveza, sonreía con suficiencia, como si supiera lo que pasaba por la mente de la joven y el posible cargo de conciencia que le había quedado luego de provocar en él un estrago patológico tan evidente.

            Su sonrisa llamó la atención de Enrique Salas. Le pareció ver en él a un hombre que se reía de la vida y que gozaba con sarcasmo y cinismo de las enseñanzas que ésta le impartía por medio de su vivencia. Pensó que nadie es más dichoso que aquel que sabe reírse solo. También lo hizo en Rosa María, pues ella debía estar muy enojada con él; y también se rió. Consideraba paradójico el encontrarse en “Mi Recoveco” (rodeado de personas de escasos recursos materiales, en su mayoría, sin cultura, sin esa pequeñez a la que llaman “roce social”; personas que han visto universidades solamente en la publicidad televisiva, que estiman a los que han cursado sus estudios en ellas como a seres superiores, de un universo extraño, paralelo, en el que el saber no guarda relación alguna con el recorrer las calles, vivir la vida pensando en lo que puede depararles el futuro, alejados de las preocupaciones y demás insidiosas negligencias de la naturaleza en la que el destino ha hecho recaer a la gente pobre) mientras había quedado con María en salir a cualquier sitio elegante, esnobista, en el que las apariencias son las que determinan la calidad de una persona, en el que las apariencias determinan la calidad de persona.

En vez de estar escuchando las frases vacías y sin sentido de los amigos de Rosa María, había tenido que oír la historia que le contó Mateo, aquella en la que le describió cómo tuvieron que pegarle Lucas y él a un muchacho que intentó asesinar a Teddy; en vez de estar viendo petimetres y sus cohortes de aduladores, estaba observando gente del vulgo deleitarse en los placeres sencillos que su vida les otorgaba, como si un gran genio dadivoso les estuviera dando rescoldos de gustos y de cosas para disfrutar, rescoldos que formaban la analogía inope de lo que acontecía en el lujoso restaurante y en la costosa discoteca a la que María pretendía hacerlo ir; en vez de ser testigo de una especie de desfile de modas, en el que reinaba la envidia, la hipocresía y el halago, estaba viendo a chicas vestidas de la mejor manera que podían, con prendas baratas   colocadas en sus cuerpos con la prestancia presurosa de la gente de escasos recursos materiales que tiene un concepto vago y equívoco de la estética y de la elegancia, reflejada en su imposibilidad de conseguir algo mejor y más oneroso, aunque empleados de manera digna; en vez de ver materialismo exacerbado y deseos reprimidos, era testigo de la licencia que se otorgaban las personas que no tienen bienes materiales que les puedan envidiar, por lo que vivían su vida acorde a sus necesidades y no de acuerdo a los pensamientos y habladurías de los demás.

            Enrique no pudo evitar, por lo tanto, que una sonrisa se presentara a su rostro al realizar esa analogía y determinar el grado de frustración y de enojo que podría tener  Rosa María en ese momento. Ortega y Salas estaban riéndose, cada uno de algo distinto, pero tan similar a la vez, en el mismo instante.

– Socio, me disculpa un momento, pero tengo que salir –le dijo Mateo a Enrique, cortando la cadena de pensamientos que había tejido el joven-. Algo urgente me llama afuera.

            – Me imagino lo que es –le respondió Salas con jovialidad y con un dejo de complicidad-. Hacía rato que estaba maniobrando allí.

            – Cuando vuelva, si es que no me sale este huevón de John con otra cuenta equivocada, le prometo que puedo volver a dedicarle un momento –propuso Mateo.

            – Socio, si John le sale con otra cuenta de esas, de aquí usted no se va en toda la noche –sentenció Enrique con ironía-, pero hágale, salga, que el deber lo llama.

            Eduardo escuchó lo que dijeron los colombianos; su tono quedó impregnado en su oído como la miel en los cachetes de los niños. Le pareció interesante su modo de hablar (aunque después descubriría que Mateo, al dirigirle la palabra a él, colocaba en su tono de voz un acento meramente porteño), aun cuando no podía determinar con exactitud de dónde eran. Le pareció que hablaban parecido a unos brasileños que había conocido, aunque el dejo que tenían también podría interpretarse como de cubano. Pensando que era una buena excusa para adentrarse en el objetivo de su investigación (oficialmente iniciada en ese instante), Ortega esperó a que Mateo se retirara (pues creía haber deducido que él era “El Negro” al que el golpeado mozalbete había hecho alusión), de tal manera que así podría intentar proponerle algún tipo de conversación al joven extranjero que estaba a su lado.

            – Che, disculpá si te molesto –le dijo a Enrique-, pero no pude evitar escucharte hablar. ¿Vos de dónde sos?

            – De Colombia –respondió, sin alterarse ni sentirse molestado, Enrique-. De la capital, Bogotá.

            – ¡Claro, che, de Colombia! –exclamó Ortega dándose un ligero golpe en la frente, como dando a entender que su mente divagaba entre la niebla de los acentos, tratando de encontrar uno que realmente había escuchado en alguna ocasión-. Hablás igual a Córdoba, el arquero de Boca –Salas sonrió; desde su arribada a la Argentina el hecho de ser paisano de los jugadores que ayudaron a darle tanta gloria a Boca Juniors, de los que ganaron campeonatos con River Plate y de los que hicieron un milagro en Racing Club, después de treinta y seis años, había sido muy benéfico. No le parecía muy original escuchar una exclamación de ese tipo luego de haber recibido muchas más con anterioridad.

            – Me imagino que usted es hincha de Boca –le preguntó, a su vez, a Eduardo, pretendiendo pasar por un ser deductivo; era obvio, pensaba, puesto que le habló de Córdoba y no de Ángel (en cuyo caso le diría que imaginaba que era de River) o de Viveros (situación en la que le diría que imaginaba que era de Racing).

            – No, che, qué va –contestó Eduardo, haciendo una mueca de desdén-. Yo soy de Chicago, de Mataderos. ¿Lo conocés?

            – Por supuesto –repuso Enrique-. Me ha resultado muy encantador ver la gran hinchada que tiene ese equipo, que es de los chicos.

            – ¿Te has fijado? –inquirió con sumo interés, mezclado con un orgullo dado por el sentimiento de pertenencia al club y de arraigo al barrio.

            – Sí, me ha parecido un fenómeno interesante, pues me he dado cuenta de que siempre son los equipos grandes, los que consiguen campeonatos y los que disputan torneos internacionales, los que más hinchada tienen –explicó Enrique, a quien ese portento llamado Club Atlético Nueva Chicago había llamado la atención como algo digno de estudio-. Pero Chicago no es así: tiene una gran sarta de seguidores, de las mayores de Capital Federal (creo que, incluso, en la parte oeste del Gran Buenos Aires también es de los equipos con más fanáticos), que lo acompañan a todas partes, saltan y cantan todo el partido y que, no importando el lugar que en la tabla ocupe el equipo, siempre llenan la cancha. Es impresionante, de verdad, es algo que nunca había visto en mi vida.

            – ¿Che, entonces has ido a ver al “Torito” a la cancha? –dedujo Ortega, que se había olvidado de cualquier otra cosa; a un hincha de Nueva Chicago lo que más le gusta es hablar de su equipo, como a los demás, máxime si es un argentino.

– En efecto; un sujeto que estudia periodismo deportivo me ha invitado una que otra vez a verlo, pues un compañero le consigue las entradas –respondió Salas con una mueca de ironía resentida; la conversación le hizo recordar a quien de seguro hubiera visto esa noche, a Julio Uribe y, de paso, la sucesión de ideas lo llevó a representar de nuevo en su mente la imagen de una colérica Rosa María, frustrada por la plantada que le había propinado-. Recuerdo, de manera especial, un partido que “El Torito” jugó contra Estudiantes en La Plata; le aseguro que es imposible que lo olvide. Chicago había ascendido esa temporada y, sin embargo, ocupaba los primeros lugares. Claro que esa fabulosa hinchada, me consta, acompañaría a su equipo así estuviera en  el último lugar. Sin amedrentarse por el infernal calor del verano, la gente de Mataderos copó la tribuna visitante y, desde que llegaron, no pararon de cantar. Inició el partido. Como siempre, Chicago parecía el local; no porque se jugaba en esa cancha pequeña, ya que, en pleno Monumental, los gritos de guerra que cantaba la mancha verdinegra que atiborró su tribuna impedían escuchar el murmullo timorato de los de River. Continúo con lo sucedido en la cancha del “Pincha”: empezó el partido, un primer tiempo parejo; quizás Chicago generó más jugadas de peligro, aprovechando los espacios que Estudiantes dejaba, de manera munificente, al descuidar la defensa por atacar desordenadamente, con desespero. A pesar de eso, la primera parte finalizó como empezó, sin goles. Los equipos ingresaron a los vestuarios, la gente se sentó, la hinchada del “Pincha” dejó de emitir sus lánguidos balidos, pero el carnaval continuó en la tribuna coloreada de verde y negro, carnaval que inició horas antes. La gente del “Torito”, fiel a su costumbre, seguía cantando y saltando (parecía que las tablas del viejo estadio no iban a resistir, parecía que el viejo estadio se iba a derrumbar; se sentía la trepidación en todas las instalaciones: “’Pincha’, compadre, yo tengo un cagazo: que esta cancha de mierda se venga para abajo. ‘Pincha’, compadre, yo tengo un cagazo: que esta cancha de mierda se venga para abajo”), seguía de fiesta, la fiesta que cada domingo acompaña a Chicago, sea en el estadio de la calle J. Suárez de Mataderos, sea en cualquier otra cancha; yo estaba ubicado en la platea, en donde escuchaba los comentarios de admiración que los hinchas de Estudiantes emitían, mientras embelesados miraban el espectáculo verdinegro que les brindaba la hinchada de Chicago. Tal como lo habían hecho antes del partido y durante el primer tiempo, no pararon de cantar y de saltar. “No hay nada igual… Nueva Chicago, vos sos mi locura… Esta alegría nació desde la cuna… La que me acompaña siempre hasta morir… Te vengo a ver… Con los muchachos que te siguen siempre… Los que te acompañan siempre hasta la muerte… Los que sin vos no pueden vivir… No hay nada igual…” En efecto, no hay nada igual. Salieron los jugadores, la tribuna verdinegra era un pandemonio, el resto del estadio un cementerio. Tres golazos de Nueva Chicago, producto de la disciplina y de la concentración, sentenciaron la goleada. Nunca había visto algo similar en mi vida: la locura de la hinchada del “Torito” le fue transmitida a la gente de Estudiantes, quienes, olvidando su localía, olvidando a su equipo, se dedicaron, casi desde los albores de la segunda etapa del partido, a ver exclusivamente el carnaval verdinegro. ¡Dejaron de ver el partido! Yo no daba crédito a lo que veía, no podía creer que en la Argentina sucediera eso, me parecía algo improbable. Pero fue así, fui testigo de ello. Chicago goleó a Estudiantes, los hinchas del “Pincha” terminaron aplaudiendo al “Torito” y a su hinchada. Nunca en mi vida había visto algo así, nunca pensé que pudiera darse algo así; ¡los hinchas de Estudiantes dejaron de ver el partido, dejaron de alentar a su equipo, para arrobarse ante el espectáculo que le brindaba la hinchada verdinegra! Fue hermoso, sublime, emocionante.

– ¿Qué te parece? –dijo Eduardo como si estuviera hablando consigo mismo, mientras pensaba que, con toda posibilidad, su interlocutor hubiera sido un eximio periodista deportivo-. ¡Así que vos fuiste a ese partido? Dejame decirte que yo era uno de los bacantes de ese carnaval. El mundo es pequeño, ¿eh?

– Muy pequeño, y usted está muy lejos de su barrio –reparó Salas, con algo de mordacidad.

            – No che, qué va, si yo vivo relativamente cerca de aquí. Lo que pasa es que cambiamos de casa hace unos años y, por lo demás, me queda más cerca del sitio de mi laburo –explicó Ortega, quien, de paso, pensó que su interlocutor posiblemente le preguntaría por su empleo; algo había mencionado.

            Enrique quedó mirando un momento a Eduardo Ortega; le pareció un joven agradable, educado, cortés y correcto. Podría aseverar, por su forma de hablar, que quizás sería un profesional, aunque en la Argentina había conocido a varias personas que no lo eran y, aparentemente, podrían pasar por tal.

            – Es la primera vez que lo veo aquí –dijo Salas, como si no fuera un asunto que le importara-, según me parece.

            – Sí, che, primera vez que vengo –respondió Ortega, requisando en las facciones de Salas cualquier atisbo o intento de opinión o de sardonía velada.

            – Eso pensé; fue un simple razonamiento, amigo mío, pues usted no se me hacía ni ligeramente conocido –comentó Enrique, sin que ninguna de las suposiciones de Ortega vieran razón de ser-. ¿Puedo saber qué bicho le picó, recomendándole este encantador y acogedor lugar?

            – No sé decírtelo, che –contestó Eduardo, un poco tranquilizado por el tono amigable de Enrique Salas, así como agradado por el singular sarcasmo que percibió en su voz; hecha con ese acento extraño y acogedor, la pregunta de Salas le hizo pensar que sería una experiencia muy interesante la de hacer la investigación en ese lugar si vería a menudo a su interlocutor-. Andaba sin nada que hacer, con un pibe amigo mío. Vos sabés lo que es estar al pedo un sábado por la noche –repuso, creyendo encontrar en Enrique un buen pretexto, como si fuera un hermano en esa corrosiva inercia que se apodera de los que no tuvieron la oportunidad de concebir algo para pasar el día más esperado de la semana por los parranderos y juerguistas-. Decidimos ir a comer una pizza y ver si íbamos a algún sitio, pero el pibe después me salió con que una mina lo llamó y se iba a bailar con ella –Eduardo no había prevenido el hecho de que tendría que improvisar sobre la marcha; resolvió llegar a “Mi Recoveco” justo después de acompañar a Natalia al paradero del autobús, por lo que no había pensado en una historia que le sirviera de coartada firme y fidedigna. Por fortuna recordó el cartel de un sitio que había visto en la calle Suipacha, pasando la Avenida Córdoba, que le sirvió de pretexto-. Yo, entonces, me dije que vendría a ver este boliche, del que me había hablado un pibe que conocí en “Garfio”, ¿sabés cuál es? –al ver la negativa de Salas, que iba acompañada de una sonrisa irónica, Eduardo se molestó; bien vio en las facciones del colombiano que creía que él, un joven decente y de buena familia, era un putero, un asiduo visitante de sitios como en el que lo había encontrado a él. Si bien le había mentido al decirle que alguien a quien conoció en un quilombo le había recomendado “Mi Recoveco”, se sintió incordiado por la sonrisa escéptica que dibujaba las facciones del tipo con el que estaba hablando. Aumentaba el conato de enojo que tenía el hecho de pensar que el colombiano posiblemente sí era un visitante asiduo del sitio en el que estaban, por lo que era un cínico descarado al pretender creer ver en él lo que justamente el habitué de ese lugar representaba y al reírse de él con tanta sorna.

– Amigo, permítame decirle que usted no sabe mentir –dijo Enrique cuando se percató del develamiento que intentaba producirse en el interior de su joven interlocutor. Eduardo se asustó un poco, pues recordó la forma en la que habían dejado al pobre tipo que había visto golpeado en el Hospital Argerich-. A leguas se nota que es la primera vez que entra en un sitio como este –Ortega sintió un alivio al escuchar las palabras que salían neutras de la boca de Salas-. La forma como miró cuando entró y, de hecho, su mirada misma, fueron motivo suficiente para darme cuenta de esa irrefutable verdad. Por otra parte, nadie viene a un sitio como este solo, mucho menos si es alguien como usted, en quien se ve una formación intelectual superior a la casi nula que puedan disfrutar los habituales visitantes de lugares afines a éste. Además, con solo verle la cara, se deduce que usted no es de los que acuden a antros de este tipo. No creo que sea un policía, pues las trazas que determinan a ese tipo de personas no se reúnen en usted. No me estimo en la capacidad de conjeturar sobre qué lo motivó a venir, pero lo que sí le puedo decir es que se percibe que es la primera vez que entra a un sitio como este. Posiblemente estuviera buscando un quilombo, como ustedes le dicen, pero, por lo que usted mismo ha podido ver, no es del caso aquí; puede hablar con la chica que quiera, gastarle los tragos que le vengan en gana, pero acá dentro no hace nada. Si así lo desea, le puedo presentar a algunas chicas, para ver si una de ellas se prende con usted y, ¿quién sabe?, quizás surja algo.

            – ¡No, che, pará! –pidió Eduardo en el mismo instante en que Enrique se disponía a llamar  a Carolina-. Vos tenés razón. Es la primera vez que vengo; de hecho, nunca antes había estado en un boliche como este –dijo dándole un énfasis especial a la palabra “boliche”, como queriendo sacar de contexto la alusión indirecta que Enrique pudiera haber hecho a cualquier clase de burdel-. Te voy a decir la verdad: soy periodista y me he interesado por hacer una serie de notas, reportajes y crónicas sobre lo que se vive en un sitio así, lo que se siente, cómo se desarrollan las noches, qué hace la gente, por qué vienen y qué buscan los clientes, vos sabés, todo lo relacionado con el caso. Se me ocurrió justo hoy la idea en el diario, se la expuse al Vice-director, a él le gustó y… por eso estoy aquí. Espero que no te moleste la falta de sinceridad que demostré al principio, pero es que no sabía cómo llegar y abordar a alguien con quien conversar sobre todas estas cosas.

            – No se preocupe, amigo –le respondió Enrique, viendo la clara manifestación de sencillez y franqueza del muchacho, cualidades que admiraba en cualquier persona y mucho más en alguien inteligente y preparado, como parecía serlo su interlocutor-, no tiene que darme tantas explicaciones, pues yo tampoco tengo la bendita suerte de ser policía. Pero déjeme decirle que, si bien no es bueno mintiendo, pues sus facciones y sus gestos en seguida lo señalan como un novicio en ese noble arte, bien puede ser un gran guionista de cine o de telenovelas, ya que posee una rica y recursiva imaginación. ¡Apelar (y hacer un uso cínico de mi falta de plan) a la excusa de la inopia de programa un sábado por la noche! –concluyó Salas riendo.

            – Che, disculpá si fui grosero con vos –se excusó Eduardo con sinceridad, mientras empezaba a ver a la persona con la que estaba hablando en toda su dimensión: un humanista, un tipo que le pareció inteligente y culto, un hombre que se reía de la vida y que acudía al sarcasmo y a la ironía como una forma de representar las cosas y de salir de los atolladeros a los que la vida lo podía  someter. Le agradó, en suma, su interlocutor, y se interesó por lo que podía hacer en un lugar como ése. Claro que no pensaba preguntárselo de manera directa, pues si bien el colombiano había sido muy formal, posiblemente tomaría una inquisición directa al respecto como una intromisión intolerante en su vida privada-. No quise tratarte de putero; ya me he percatado de que no lo sos.

            – Disculpa aceptada, viejo. Ya le dije que no tiene que preocuparse; entiendo que le debe parecer extraño ver a alguien como yo en este sitio, solitario y, lo que es peor, a esta hora un sábado por la noche –Salas fue comprensivo y amigable-. Usualmente los degenerados y los depravados aparecen ante los ojos de los demás como personas decentes y correctas. También los que se sienten rebajados por ser asiduos visitantes de los sitios de lenocinio; emplean la pesada máscara del decoro mientras deambulan por las calles, mientras pernoctan en sus casas, mientras cumplen sus obligaciones en los lugares donde trabajan, mientras aparentan en los restaurantes, carga que se quitan de encima cuando huellan el suelo de la vergüenza. Lo entiendo si pensó algo similar de mí; es lógico: me vio sentado en primera fila, libando con una calma pastosa, siendo amigo del dueño de este agujero y de las soliviantadoras chicas.

            – ¿Qué querés que te diga? –tartamudeó Eduardo sin convicción; sabía que debía decir algo, cualquier cosa, como medio de respuesta a lo que acababa de escuchar de Enrique. Así que era el mismo Mateo al que confundió con “El Negro”; así que el Destino fue tan meticuloso y exacto que lo colocó justo al lado de uno de sus amigos, decente por lo demás. Porque Eduardo estaba convencido de que el hombre educado y correcto con el que conversaba no fue partícipe de la golpiza. Si sus facultades fisonomistas, propias del desempeño de su profesión, no le habían fallado, era de esa forma-. Mas bien decime qué hacés acá.

            – ¿Puedo argüir que empezó con su investigación? –preguntó, con mordacidad, Enrique.

            – Si querés tomarlo de esa forma –dijo Eduardo, convencido ahora, debido a la actitud abierta y sencilla del colombiano, de que sí podía preguntarle ciertas cosas sin que él se sintiera incómodo.

            – Soy antropólogo; vine a conocer y me he quedado un tiempo, pues me ha fascinado este país –comentó, como si no fuera la gran cosa, Salas.

– Che, ¿y extrañás? –quiso saber Eduardo en tanto Enrique se reía pensando que todas las personas con las que había entablado conversación en el país austral le habían preguntado lo mismo, con las mismas palabras y el mismo gesto de connivencia. Siempre le hacían las mismas preguntas, por lo que él pensó que en el caso de los argentinos que iban a Colombia  era lo mismo; posiblemente los colombianos querrían saber si les harían falta los asados de los domingos o los cánticos de las hinchadas. Enrique, más que todo, siempre pensaba en los hermosos cerros que circundan a Bogotá…

“Quiero ver montañas, Gandalf, ¡montañas!”, le dijo Bilbo al mago.

J.R.R. TOLKIEN. ‘El Señor de los Anillos’. Tomo I, ‘La comunidad del anillo’.

…pero no supo explicarse por qué no se lo mencionó al curioso periodista.

            – No, no soy muy susceptible en ese sentido –pretendió ser gélido, frío y hasta arrogante Enrique.

            -Che, y las chicas… ¿qué tal te han parecido? –inquirió Eduardo con el atisbo de orgullo oficial que Enrique Salas le había sentido a todos los hombres de la Argentina al hacerle la misma pregunta. Claro está que debería responder que son unas mujeres hermosas, con unas caras preciosas y unos cuerpos espectaculares.

            – Muy pendientes de ellas mismas –contestó Enrique, tratando de ser original-. Pareciera que nada más hay en el mundo para ellas que su propia imagen, su “yo” exagerado. Claro está que en mi país también es así, pero no con la superlativa muestra de propia satisfacción que tienen las mujeres aquí. ¡Ojo!, es la ley general de la que estoy hablando, pues he conocido mujeres que cuadran dentro de las excepciones y que son, valga la tautología, excepcionales.

            – Sí, che, has dado en el punto –confirmó Eduardo-. Son unas histéricas, aunque no todas. Lo que sí te puedo decir es que no es por mero arte de pretender querer serlo, sino por causa de su sangre fría y despiadada –dijo Ortega con ironía, aunque se le sentía una especie de retintín; todo lo que había conversado y padecido ese día, con y por Natalia, dejó sendas huellas en su psiquis-. Gracias a una es que estoy aquí, viendo si inicio hoy mismo la serie de notas, claro está, después de haber hablado con el dueño –Eduardo corrigió el acento lastimero que había colocado, al pensar en Natalia-. ¿Será que vos podés presentarme?

            – Con mucho gusto lo haría, pero desconozco algo relevante para poder relacionarlo con otra persona –repuso Salas queriendo ser enigmático como Lord Byron.

            – Claro, che, tenés razón –comprendió el periodista-. Mi nombre es Eduardo Ortega –dijo y, al ver la cara de incredulidad que a propósito Enrique le hacía, sacó una tarjeta de presentación y se la entregó-. Vos sos…

            – Alguien a quien sus padres colocaron un nombre para que acompañara los generacionales apellidos de la ascendencia –Enrique volvió a pretender ser uno de los personajes de las novelas románticas de la literatura europea-. Disculpe si no tengo en estos momentos una tarjeta que acredite mi condición, pero es un gusto para mí conocerlo. Me llamo Enrique Salas –dijo, en tanto le hacía señas a John para que le pasase una cerveza litro-. Será un placer para mí presentarle a Mateo, el dueño del local. Y, si no soy un mentecato sin capacidad de análisis y de deducción, creo que él no le pondrá ningún problema a que usted haga unas notas sobre el lugar. De hecho, creo que estará encantado, siempre y cuando usted se someta a algunas condiciones.

            – Por supuesto, che –barbotó Ortega como si su orgullo profesional fuera ultrajado-. Sé bien que debo respetar el secreto profesional, así como que he de proteger y guardar a mis fuentes. Soy un periodista probo, con un fuerte sentido de la ética y con unos valores que me han sido inculcados desde pequeño.

            – Créame, estimado Eduardo, que nadie lo había puesto en duda. ¡Sortes virgilianae! –brindó, después de que también le sirvió cerveza al periodista.

            – ¡Sortes virgilianae! –exclamó Ortega, dándole a entender a Enrique que era la primera persona que conocía que también sabía de la existencia de esa fórmula ritual.

            – Así que el gran periodista Eduardo Ortega –Salas habló como si lo estuviera haciendo consigo mismo, mientras miraba la tarjeta de presentación de su interlocutor-. Dígame una cosa, si no es una molestia para usted: ¿la mujer despiadada y de sangre fría también es periodista?

            – Sí, che, también lo es –contestó Ortega preguntándose si podían haber sido tan evidentes los gestos que hizo cuando recordó a Natalia y enunció esa frase-. Sos perceptivo, Enrique; debiste haber estudiado derecho o periodismo. Y vos, ¿qué onda con las mujeres? –quiso saber, luego de haber sido partícipe del gesto de desaprobación que hizo el antropólogo cuando le comentó sobre las supuestas capacidades que podía tener para haber llevado a cabo estudios en las dos carreras que le comentó-. ¿Andás acá de despechado?

            – Más bien diría que vengo para no quedar de esa forma –dijo Enrique, aparentando, una vez más, ser misterioso-. Hube de dejar plantada a la mujer con la que estoy saliendo.

            – ¿Argentina? –preguntó Ortega, pensando en la facilidad que los hombres argentinos colocan en los compañeros de género oriundos de países del Caribe para ser unos exitosos casanovas en tierras gauchas.

            – No… colombiana –respondió Salas, pensando de antemano que Ortega creía que todos los colombianos tenían muchas facilidades para caer en la gracia de las mujeres australes-. Trabaja en la Embajada de mi país.

            – Así que estamos los dos solos un sábado por la noche, hablando pelotudeces… –comentó, como si estuviera conversando con su alma, Eduardo-. Che, ¿qué te parece si un día de estos les proponemos a las minas, si es que quieren hablar con nosotros, que hagamos una salida, eh? –propuso, sin que una aparente ilación mental lo llevara a determinar eso. Seguía pensando en Natalia.

            – Me parece muy bien –aprobó Enrique, que veía en el periodista a un ser parecido al suyo: sencillo, liberal, poco apegado al materialismo y que no gustaba de andar con vanidosos, ni con petimetres, ni con individuos engolados y cautivados por la moda y los convencionalismos sociales-. Es más, considero que es una gran idea. A María le encantaría conocerlo –dijo, riendo por dentro al pensar que ella esperaría, quizás, al dueño del diario para ser su compañero de salida, y no a un simple periodista.

            – Creo que a Natalia también le gustaría conocerte a vos –repitió Eduardo, como embebido en sus pensamientos; sentía que era una forma de comprometerse consigo mismo para invitarla a salir. Al hacerlo de esa manera, acompañado por otra pareja, eliminaba la tensión sexual adyacente al primer encuentro no laboral entre ambos y, de paso, conocería más del singular personaje que tenía a su lado.

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