El síndrome del pedestal (vigesimocuarta entrega)

Virgilio

Les presentamos un nuevo capítulo de “El síndrome del pedestal”, la novela escrita por Ernesto Zarza González, acá podrán leer la entrega anterior:

XXIV.

 

-Fantasmas que rondan por el Infierno de Dante-. Círculo cuarto (Avaricia y prodigalidad).

 

 “¡Oh mente humana, ignorante del hado y de la suerte futura, tan fácil de levantar por la fortuna próspera y que nunca sabe en ella guardar mesura!”

VIRGILIO, ‘La Eneida’.

 

            Mateo pensó que sería un mentecato, así fuera poco original de su parte, si no se sumaba al negocio con el nuevo co-propietario de “Mi Recoveco”. Sabía que estaba en la necesidad de conseguir dinero, pues sentía que se estaba volviendo viejo y que no había cumplido con las metas que se había impuesto al llegar a la Argentina procedente de Paraguay. Las cosas estaban tomando una mejor cara: habían arreglado el negocio, la bandera de Independiente Santa Fe le dio paso a una de Peñarol de Montevideo, llegaban muchos más clientes, en su mayoría amigos de su asociado, quien era conocido por el alias de “El Brasileño”, a pesar de ser uruguayo de nacimiento.

           Extrañaba la presencia de Enrique y de Eduardo, que no habían vuelto al negocio (Enrique le dijo, en una ocasión en que se encontraron en un restaurante, que “Mi Recoveco” perdió el encanto, que no era el sitio al que iban tranquilos a hablar con calma, que se había convertido en un pandemonio que se la pasaba repleto de personajes  ebrios y de mala catadura a los que no conocían y que les resultaban muy desagradables, a pesar de los esfuerzos que Lucas hizo cierta vez de presentarles algunas personas y de hacerlos sentir bien. Enfatizó el desconcierto que sentían al decirle que estaban “como los borrachos habituales de Moe, el cantinero de Homero Simpson, cuando éste clausuró la taberna para abrir una discoteca para esnobistas, guardadas las proporciones”), aunque era consciente de que, si bien las conversaciones que con ellos mantuvo le hacían falta, estaba ganando dinero y nada era más importante que eso.

           Pensaba que el periodista y el antropólogo, igualmente, si no deseaban seguir yendo a “Mi Recoveco” de todas maneras tenían las anotaciones necesarias para acabar los respectivos estudios e investigaciones que Mateo les permitió. De igual manera, podía seguir viéndose con el periodista, de tal manera que se continuara con la labor que estaban haciendo de reconstruir en una historia por escrito, una novela, por decirlo así, su vida turbulenta y pasionaria. De hecho, en varias oportunidades habían tenido tertulias en donde Enrique, a veces en casa de Eduardo y en otras en su propio departamento. Juan González, a quien no había vuelto a ver con desagrado, también se les unía, pero las jugadas de dominó no tornaron a su curso habitual.

            Pronto Mateo dejó de ir de manera frecuente a su propio negocio, encargándole a su asociado el sostén de todo el lugar. Se limitaba a recibir su parte alícuota de las ganancias y a pasar a mil revoluciones la vida, saliendo con todas las mujeres que se le ocurría, bebiendo por montones, durmiendo poco, fornicando en exceso. El dinero fácil y la factibilidad de hacerlo de esa manera se le presentaron como hadas madrinas, por lo que no dudó cuando “El Brasileño” le propuso vender cocaína dentro de “Mi Recoveco”. Mateo aceptó gustosamente, por lo que el polvo blanco empezó a ser transportado en grandes cantidades, todas las noches, a “Mi Recoveco”. Mateo era el encargado de rendirlo en su casa y llevarlo después al negocio.

            Andrea fue la única que quedó en ese lugar; fue condición sine qua non de Trulli el que de esa manera fuera; de lo contrario, él se iría a gastar el dinero del sindicato en el boliche al que ella se fuera. “El Brasileño”, viendo que Mateo se dedicó a la buena vida, optó por llevar sus propias mujeres, dejando de lado a las que su compañero de negocios tenía contratadas. Por supuesto que a Mateo no le importó la diáspora de las chicas, pues sabía en qué sitio estaban (Karen, Carolina y Larisa se fueron juntas a un establecimiento análogo; Belkys hubo de parir a su hijo, producto del humo y del sexo, Pilar se fue a Perú y Lorena con John), por lo que cada vez que quisiera estar con Carolina no tenía más que ir a buscarla para llevársela a cualquier lugar.

            Se convirtió en una rutina diaria el que Mateo llevase grandes cantidades de cocaína a “Mi Recoveco”; todos los días hacía el consabido viaje en taxi, cuidándose de no ser seguido por ningún auto extraño. Poco a poco el dinero empezó a aumentar, así como la alegría de Mateo y la avaricia de su asociado. Mateo confiaba en él, creía que era una persona digna de tratar, lo conocía desde hacía años; también era amigo de Lucas: juntos habían hecho muchos negocios, la gran mayoría de ellos bastante buenos. Le estaba yendo muy bien, los policías estaban comprados, los consumidores habituales iban todos los días a “Mi Recoveco”, Trulli seguía gastando el dinero del sindicato los martes, el negocio siempre estaba lleno.

            Mateo dejaría de verse tan seguido con los que llegó a considerar sus amigos; las jugadas de dominó fueron dejadas de lado, las conversaciones olvidadas. A veces los recordaba y se decía que tenía que pasar por donde Enrique a saludarlo, pero nunca lo hizo.

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