El síndrome del pedestal (última entrega)

epicteto

Les presentamos el último capítulo de “El síndrome del pedestal”, la novela escrita por Ernesto Zarza González, acá podrán leer la entrega anterior:

XXVI.

 

La Divina Comedia. El Cielo VII, de Saturno: Espíritus contemplativos.

 

“Es mejor morir de hambre habiendo vivido sin pesar ni temor, que vivir con el espíritu turbado en medio de la abundancia”.

EPÍCTETO.

 

‘Así –siguió Salas, como si estuviese dictando una cátedra magistral en una importante universidad-, las comunidades agrícolas se fueron formando en sociedades bien dispuestas, en las que el arado, la siembra y la recolección de los frutos fueron parte fundamental de los nuevos centros de poderío que por ende iban surgiendo -Salas se calló un momento, en el cual auscultó a Ortega, con el fin de observar el efecto que sus palabras producían en él; al notar que el otro se encontraba prestándole atención, sin que mediara la menor intención de interrumpirlo, continuó-. Como ve, no sólo para hablar de amor y para enamoriscarse sirve la primavera… de hecho, recuerdo ahora que era la época propicia para poner en movimiento el aparato militar de esos grandes ascendientes de los Estados modernos. Alejandro Magno, Ramsés II de Egipto, Murssilis, del reino Hitita, Hammurabi y Nabuconodosor de Babilonia, Asurbanipal de Asiria y todos los grandes reyes y estrategas militares de antaño tenían que esperar la llegada de los primeros días primaverales para colocar sus tropas en movimiento, de tal manera que las grandes empresas de las milicias se llevaban a cabo en esos días que ensalzan los poetas, en los que los pájaros cantan y las flores aparecen. Por supuesto, en invierno era imposible movilizarse; las circunstancias de índole logística de esos tiempos impedían…

Pero lo que Salas consideraba una educada e interesada atención de su interlocutor no era más que una falacia interpretada con majestuosidad; la urbanidad del periodista le impedía interrumpir una clase magistral, pero su mente, apartada de los lineamientos sociales, lo llevaba a un viaje que estaba realizándose en el país de los recuerdos, como si su protagonista fuera llevado a él por uno de los fantasmas de la obra de Dickens, sólo que, en vez de ser navideños, estos eran primaverales. No en balde el periodista le había dado a leer a su amigo lo que sabía de antemano a él le iba a parecer una muestra de mal gusto y de anorexia de talento; como llevado de un arrebato inexplicable de infantil nostalgia, Ortega, antes de encontrarse con Enrique Salas, memoró las circunstancias que lo habían llevado a la ocasión en la que lo conoció, un día en el que también estaba muriendo el invierno y naciendo la primavera. Sonrió con delectación al recrear en su mente las escenas que acontecieron en el diario estando él afuera; Natalia se las había referido con emoción… ¡Cómo fastidió al bruto de Ignacio Pirobovich!

            – Oiga, Eduardo, ¿me está prestando atención? –inquirió Enrique cuando se percató de que lo que le comentaba acerca de la Batalla de Cadesh no era lo que tenía al periodista en esa especie de ensoñación mágica.

            – Sí, che, te estaba escuchando, sólo que estaba pensando en otra cosa… mientras te escuchaba –alcanzó a corregirse Eduardo, aunque él sabía que su sofista intento de tapar la luz del sol con el ala de una paloma no había dado frutos. Los recuerdos de todo lo vivido en el último año, de lo que se enteró, de las personas que conoció y más llegaron a su mente para desaparecer ante la pregunta de su amigo-. En realidad –dijo, viendo el gesto de incredulidad que apareció en la cara del colombiano- me acordaste de algo que quería preguntarte hacía tiempo.

            Se encontraban en el apartamento de Enrique, sentados en el balcón que les permitía ver revolotear a los murciélagos, ver al cielo apacentar a las estrellas con calma, ver las encandilantes luces de la ciudad, ver sus penas y sus alegrías, ver su propia existencia reflejada en las nubes que ocasionalmente surcaban por el cielo como los antiguos navíos lo hacían en las olas del mar, fumarse un cigarrillo y beber cerveza mientras recibían la fresca brisa que la dadivosa primavera les regalaba como si de un don divino se tratara, en tanto escuchaban unas melodías de “Kraken” y de “La Renga”. Mientras esperaban a Juan González, quien se encontraba en casa de su novia de visita cuasi conyugal, se habían dedicado a charlar como siempre lo hacían: de manera desordenada, permitiendo que la muerte de un tema llevara al nacimiento de otro.

            – Pregúntelo, entonces –lo autorizó Enrique, un poco curioso al ver el cambio que operó en las facciones de su amigo.

            – Bueno, che, es que no sé cómo decírtelo –Eduardo parecía buscar la forma que le permitiera abordar el tema sin que ninguna susceptibilidad se hiriese-. No sé a ti, pero a mí mucha gente me ha dicho que soy soberbio –mintió; desearía, con ahínco, que le dijeran cínico o irónico, pero no soberbio.

            – Lo imagino –expresó Enrique con una sonrisa-. Debe ser, además, de la misma forma solapada e indirecta en la que usted me lo ha dicho, ¿o me equivoco?

            – Dejame decirte que tus amplias facultades deductivas en esta ocasión no han dejado de ser otra cosa más que quimeras que se ahogan en las entrañas de un pútrido mar –Eduardo sonrió al lanzarle el sarcasmo a Enrique; expresarse como si estuviera remedando a su amigo, en ocasiones análogas a esa, lo llenaba de satisfacción.

            – ¿Usted qué se imagina? –le preguntó Enrique respecto a lo que Eduardo quería saber-. Es obvio que me lo han dicho. No una, ni dos, sino varias veces, tantas, que ya he olvidado a todos los que me han motejado de engreído, de jactancioso intelectual, de pedante sabiondo que no sabe nada, en sumas, de soberbio. Pero considero que se equivocan los que por tal me tienen, pues el soberbio se estima en demasía a sí mismo, en menosprecio de los demás. Yo, por mi parte, no he de negarle que tengo una auto estima alta, mas no por eso considero a las personas a las que les estoy hablando como a seres inferiores o poco inteligentes. Ya le he dicho que para mí todo es relativo. Para la muestra, le tengo un ejemplo claro. En un pueblo de humildes pescadores estaba pasando unas vacaciones; habíamos alquilado una cabaña a orillas del Mar Caribe. Terminé bebiendo ron con unos trabajadores de la pesca y uno de ellos me dijo que yo  era alguien que conocía las cosas, que era un profesional, mientras que él no era más que un ignorante pescador. Se menospreció él mismo. Yo, por mi parte, le contesté que no estaba de acuerdo con lo que había dicho. Le propuse, en consideración, que fuéramos a “bucear” unas langostas para ver quién era el ignorante en esa materia: a las dos brazas yo estaría buscando regresar a la superficie, mientras él seguiría descendiendo; le dije que fuéramos a pescar pargos rojos en un fondo, a ver quién sacaba más pescados; le planteé que nos dirigiéramos a unos manglares a recoger ostras, para ver quién terminaba con las manos cortadas y con la mochila vacía. ¿Quién sería el ignorante en esos casos? ¿El que estudió en una universidad, rodeado de petimetres y mujeres lindas enviciadas con la moda y con su ego, o el humilde pescador? Le exigí, en consecuencia, que no dijera nunca más que él era un ignorante. Simplemente le hice caer en cuenta de la importancia de la especialización de labores en el mundo, sin despeñarme en el característico soliloquio que usted puede reconocer de mi propiedad.

            ‘Por otra parte, muchos de los que me han tratado de soberbio ante mis ojos lo son más que yo: se creen tan superiores, que ven con menosprecio a quien les dice algo. Es soberbio el que no me escucha porque cree que algo que le pueda decir no le importa; es soberbio el que no me escucha porque cree que soy soberbio; es soberbio el que no me escucha porque considera que le digo las cosas para presentarme como un engreído, cuando lo que puedo buscar es comentar algo interesante y no dármelas del sabio; es soberbio el que no me escucha porque considera que digo las cosas para pretender parecer más que él, menospreciándolo. Ya ve: el que me dice soberbio puede ser, dependiendo de las circunstancias, el verdadero engreído, orgulloso y arrogante personaje.

            ‘Es como si le dijeran a usted que es un vulgar pedante porque en sus escritos los personajes tienen una forma de hablar que no encuadra con la cotidiana, con la coloquial. Nadie habla como los personajes de novelas, con esa soltura y con esa gracia, simplemente porque los escritores, que por lo general tienen dificultades para expresarse verbalmente, le otorgan a los personajes cualidades que ellos no poseen, los adornan con la facundia y la verborrea con la que ellos quisieran dirigirse a los demás. ¿Es usted un soberbio por ese motivo? Estoy seguro de que no lo es por tan simple y lógica cuestión, de la misma forma que yo no lo soy al hablar de algo que conozco, que domino, que sé. Usted sabe cuánto detesto que un ignorante farfulle y evidencie su estupidez al porfiar, como si fuera un experto, acerca de un tema que desconoce; ese ignorante evidencia su estupidez, aunque su arrogancia lo induzca a creer lo contrario. Ese ignorante, que así evidencia su estupidez, es un soberbio.

– Che, tenés toda la razón –expresó Ortega con seriedad, para después afirmar, riendo-, y no me has parecido soberbio.

            – Usted tampoco lo es… de hecho, la opinión que la gente de otros países tiene de los argentinos es la que ha sido transmitida por los mismos gauchos que han viajado – Enrique opinó-; en este maravilloso país he conocido personas espectaculares, afables, amenas, sencillas y muy dispuestas a ayudar a los demás. Le aseguro, mi querido periodista, que este suelo austral tiene marcadas las huellas de mis mejores amigos.

– Che, gracias –dijo  Eduardo-, gracias, pero no llorés, que no tengo un pañuelo para que te limpiés los mocos. Y… ¿qué querés que te diga? Tenés razón, son los boludos que van al exterior los que nos hacen quedar como a unos giles. Agradezco que lo hayás dicho.

“La nostalgia es la mentira gracias a la cual nos acercamos más pronto a la muerte. Vivir sin recordar sería, tal vez, el secreto de los dioses”.

ÁLVARO MUTIS, ‘La visita del Gaviero’.

– Y, puesto que hablábamos de escribir, Eduardo, déjeme decirle que respeto mucho lo que hace –dijo Enrique con sinceridad, aunque el periodista creyó oler cierto indicio de que no sólo con eso se iba a quedar el antropólogo-, pero siempre me pregunto de dónde saca tiempo para escribir lo que ha podido recopilar en “Mi Recoveco”. Cuando no está bebiendo cerveza conmigo y con Juan, está en el diario, y allí se le va todo el tiempo.

            – ¿De dónde sacás vos el tiempo para redactar tus notas sobre los estudios y teorías que elaboraste acerca de “Mi Recoveco”? –contra preguntó Eduardo. Quizás la respuesta era la misma para los dos. Se rieron-. Che, ¿sabés que la primera vez que te vi tan amigo de Mateo me pregunté cómo pueden ser amigos dos personas tan distintas? Ya sé que la amistad no debe parar mientes en clase social, ni en estudios realizados, ni en el dinero, ni en ninguna de esas pelotudeces, pero me extrañé.

– De la misma manera en que yo lo hice al ver que usted, que iba a investigar a un delincuente, terminó siendo amigo de él –contestó Enrique-. Esa es otra de las cosas que me hacen sentir orgulloso de haberlo conocido, Eduardo, y de poder decir que soy su amigo: usted terminó valorando más su amistad con Mateo, el aprecio que le demostró y la relación de afinidad y confianza que ésta devela (como Mateo, que nos permitió escribir todo lo que deseáramos de su vida), que un mísero reconocimiento de personas sin valores, sin ética profesional y sin moral, como las que se dicen, de manera fatua y caprichosa,  estar por encima de usted en el periódico. El deber de ser leal que exige la amistad fue más fuerte que el que le querían imponer sus jefes, a quienes, además, les demostró su valía ética al  guardar el secreto profesional y la protección a las fuentes; nunca les dijo el verdadero nombre de Mateo (bueno, al respecto existe un impedimento de forma, ya que, de hecho, nosotros mismos lo ignoramos), ni el lugar exacto de “Mi Recoveco”. Brindo por usted, mi querido amigo. ¡Sortes virgilianae!

            – Y yo brindo por vos, Enriquito, y por el Destino que quiso que nos conociéramos, justamente, en “Mi Recoveco” –expresó Eduardo con emoción-. Hace falta Mateo, ¿eh? –dijo, con sincera nostalgia, el periodista.

            – Sí, hace falta su risa cínica y su buen humor –estuvo de acuerdo Enrique-. Aunque sé que nunca más lo veré, soy consciente de que no lo voy a olvidar.

            – Ni yo; lo que hemos escrito hará que esté con nosotros para siempre –corroboró Eduardo, sin que un pensamiento cursi hubiera atravesado por su mente. Callaron-. ¡Che, mirá, llegó Juan! –exclamó de pronto, señalando al amigo que estaban esperando, dando gracias al hado porque se rompió el silencio triste en el que habían recaído.

            – Oiga –Enrique quiso saber-, ¿ese escrito que me mostró es suyo?

            – Sí, che, es mío. Me siento muy orgulloso de lo que escribí y del concepto que de él tienen mis amigos –contestó Eduardo con sorna-. En realidad, Enrique, te iba a decir que no te dejés llevar por la apariencia, que tengás en cuenta que eso lo coloqué entre comillas, cosa que debió percibir un avezado conocedor de la retórica y de las artes como vos. Ese es sólo el comienzo, boludo; tenés que leer lo demás.

– Tiene toda la razón, mi estimado periodista –le dijo Enrique de la misma forma en que Mateo habituaba hacerlo-, por lo que le pido excusas y, de paso, aprovecho para felicitarlo por el logro que obtuvo. Mañana leeré lo que resta. Por lo pronto, voy a abrir la puerta, para que Juan no nos incordie con el timbre cuando llegue, y a sacar otra cerveza de la nevera- los dos rieron. Estaban sin Natalia, sin Rosa María, pero se tenían ellos, estaban los amigos. Ese sentimiento los unía; la cerveza, bien fría, los invitaba a degustarla, aun en medio de los rescoldos de frío del invierno que se había ido.

Mateo se tornó en el embrujo de un pasado perdido en las sombras de un presente desconocido y de un futuro inalcanzable. Al mes de la despedida de Mateo una noticia a los muchachos llegó: Italia nunca fue el destino final de quien les pidió dinero prestado para realizar el viaje; sin que le hubiera causado extrañeza a Salas y a Ortega (quienes, desde un primer momento, dieron por sentado que, más que un préstamo, lo que hicieron fue una cesión) que Mateo incumpliera la promesa que les hizo de pagarles en una fecha determinada. Quizás el antiguo dios de un Recoveco del Universo tenía la convicción de que esa suma de dinero debía tomarla a guisa de pago por toda la información que les dio, información que, incluso, podía comprometerlo seriamente en caso de ser mal empleada. Por supuesto que los muchachos habían sopesado esa posibilidad, decretando su viabilidad.

“El Brasileño” que quedó con el mundo que otro dios había creado sufrió los embates de la venganza mayestática que perpetró el creador que fue traicionado: tras un sangriento secuestro y dos semanas de torturas físicas sin nombre, el cuerpo del usurpador socio de Mateo descansó por fin en las recónditas paredes intestinales de los perros de la calle. Cronos regresó de su exilio en la Isla de los Bienaventurados y devoró a sus hijos una vez más. En consecuencia, un buen día cerró sus puertas “Mi Recoveco” y no las volvió a abrir… fue como si un gran agujero negro hubiera succionado lo que quedaba de ese pequeño Universo. A Mateo más de una persona lo reconoció cuando las cámaras de Crónica Televisión le mostraron a la Argentina el rostro de “uno de los hombres más peligrosos” que había en su territorio, “sindicado de homicidio, secuestro, torturas, extorsión, tráfico de estupefacientes y fuga de presos”. El amarillismo que inducen a sus camarógrafos tener presente fue suficiente para captar toda la redada policial, la ignominia de Mateo, el orgullo de los uniformados, los primeros planos de la desgracia, de la desdicha y de la justicia, el rostro del antiguo y destronado dios. Cronos nuevamente fue exiliado.

Homicidio, secuestro, torturas, extorsión, tráfico de estupefacientes y fuga de presos… Solamente faltó que lo sindicaran de trata de blancas para que lograra el “Grand Slam” criminal y así acrecentar la que ya era una leyenda dentro del mundo del hampa. Por ser una leyenda, prácticamente un ídolo, Mateo siempre fue temido, respetado y odiado por los demás delincuentes, muchos de ellos asiduos comensales de “Mi Recoveco”, delincuentes que no hallaban explicación alguna a la confianza que Mateo le tenía a Enrique y a Eduardo, delincuentes que subconscientemente execraban la influencia que los jóvenes amigos ejercieron sobre Mateo. Habituados al odio y a la crueldad, incapaces eran de entender que Mateo, a quien consideraban un maestro si de apartar la conciencia se trataba, admirara y respetara a los muchachos de manera proporcional al desprecio que hacia ellos, sus colegas, sentía. Quemaban sus neuronas con licores y con drogas, quemaban sus neuronas tratando de dilucidar lo que sus mentes correosas incapaces eran de esclarecer, quemaban sus neuronas preguntándose, así mismos y a los demás, los motivos que llevaron a Mateo, su superior, la leyenda, el ídolo adorado y temido, a brindarle su amistad a esos dos conchetos, a esos dos engreídos universitarios, a esos dos petulantes profesionales, a esos dos jactanciosos niños consentidos a los que miraban con malos ojos. El temor reverencial que les inspiraba Mateo los mantuvo atados, reprimiendo con frustración los deseos que tenían de hacerles daño, de torturarlos, de acuchillarlos. Una severa prevención, recibida de aquel al que los ojos le brillaban de furor mientras la ofrecía, hizo que los instintos homicidas se escondieran; lo que ellos deseaban hacerles a los jóvenes eran caricias en comparación con el sufrimiento, la agonía y el dolor quedo, lento, paciente y minucioso que le fue prometido a aquel que osara tocarle un solo cabello a los muchachos. En consecuencia, también fue imperativo el mandato que el dios del Recoveco le dio a sus demonios: estaba tajantemente prohibido evidenciar de cualquier forma atisbo alguno de encono; el castigo que recibiría quien desobedeciera el mandamiento haría ver como juegos de niños a las torturas que los militares rifaron durante la última dictadura.

            Homicidio, secuestro, torturas, extorsión, tráfico de estupefacientes y fuga de presos… Nadie creería que Mateo fuera capaz de ello al ver la actitud cariñosa y amistosa que adoptaba cuando estaba con los muchachos. Enrique regresó, con una botella de cerveza en la mano, y se sentó al lado de Eduardo; éste tomó la botella y vertió su contenido en los vasos. Como si un genio los hubiera obligado a guardar silencio nuevamente, señal inequívoca de nostalgia, y a encausar sus pensamientos en el mismo rumbo, quedaron callados, callados. El caprichoso Destino, como siempre, hizo una que otra jugarreta con ellos, una más. ¿Cómo iba a suponer Enrique que, aquel día en el que unos colombianos se reunieron en una discoteca cubana y le fue presentado Mateo, nacería una amistad? ¿Cómo iba a suponer Eduardo que, aquel día en el que llegó a “Mi Recoveco” con el fin de obtener información, terminaría siendo amigo de aquel al que pretendía explotar –profesionalmente, claro está-? ¿Cómo iban a suponer que ellos, dos muchachos provenientes de familias ejemplares, dos muchachos decentes, dos muchachos educados, dos muchachos probos, le brindarían un verdadero afecto y una sincera amistad a un tipo como Mateo? El caprichoso Destino. Sólo una fuerza superior, desconocida, avasallante y antojadiza pudo hacer que ellos desdeñaran la compañía de sus iguales para ir con sumo gusto, cada vez que se presentaba la oportunidad, al Universo cuyo dios era su amigo.

Por supuesto que de ello quedaron todos los apuntes que emplearon para escribir una monografía y una novela, pero el aprecio que llegaron a sentirle a Mateo desechó cualquier tipo de consideración utilitarista; iban a “Mi Recoveco” a ver al amigo, a departir con el amigo, a reír con el amigo, a jugar dominó con el amigo, a filosofar con el amigo, a escuchar al amigo que, al referirles los sucesos de su agitada y violenta vida, se desahogaba, a escuchar al amigo que, al referirles los sucesos de su agitada y violenta vida, sentía que se libraba de un peso, sentía que expiaba sus pecados al confesárselos a esos dos sacerdotes, seres probos, educados, íntegros, moral y éticamente sólidos, honestos y decentes. Fue un agregado que de esa amistad, y con la expresa autorización que les dio Mateo para publicar lo que desearan (al fin y al cabo, él esperaba estar tomando el sol veraniego en alguna playa del Mar Ligúrico en el momento en el que saliera algún libro), hubieran obtenido un material valioso.

            Pensaban que su amistad era paradigmática; no hacía falta –colegían- ser muy perspicaz para caer en cuenta de ello. Reunía todas las características –léanse deberes- que le son esenciales: respeto, cariño, lealtad, confianza, sinceridad, afecto, cordialidad, generosidad, comprensión… Respetaban a Mateo, no obstante lo que de él sabían; el respeto se gana, no se compra, y Mateo supo ganarse el de los muchachos con las muestras de una inteligencia realista, con los sufrimientos que padecía por la ardua lucha interna que libraban su instinto y su conciencia (sí, su conciencia, aquella que desconocían los hampones que lo circundaban, aquella que salió a flote en el instante en el que Mateo sintió el dulce calor que prodiga el abrazo de la amistad), con la sinceridad que demostraba cuando a ellos se dirigía, sinceridad motivada por la confianza. Le tenían un especial cariño a Mateo, a aquel ser que nunca dejó de ofrecerles una sonrisa, que nunca dejó de ofrecerles generosidad y caballerosidad, que nunca dejó de ofrecerles afecto, que nunca dejó de ofrecerles cordialidad, que nunca dejó de ofrecerles un trato ameno, amable, respetuoso, que nunca dejó de ofrecerles los vivos destellos de su inteligencia, que nunca dejó de ofrecerles su propia vida. Confiaban en Mateo como el ciego en su lazarillo, como el amo en su perro, como el club en el hincha, como el párvulo en el calor del seno maternal, como se debe confiar cuando una amistad es sincera, cordial, fiel; confiaban en Mateo como Mateo confiaba en ellos. Comprendían a Mateo, aun en contra de las diferencias que evidenciaban sus vidas, sus mundos, comprendían la nefasta influencia que ejercieron sobre él las circunstancias desde el momento en que pudo pronunciar la primera palabra, comprendían que no fue su elección crecer bajo la égida de la ley de la calle, del feudal imperativo del más fuerte, de la ley de la selva de concreto y de lodo en la que transcurrió su niñez, comprendían que no se debe criticar al hombre sino a su entorno, comprendían que no se debe atacar al hombre sino a un entorno funesto, comprendían que, aunque él empleó toda su voluntad para revertirlo, llegó el momento en el que el pozo de la delincuencia se lo tragó, el pozo al que las circunstancias lo lanzaron como si fuera una moneda que una solterona deja caer en el agua mientras cierra los ojos e implora con vehemencia para que se dé el milagro y termine con cualquier tipo, cualquiera, el que sea, a su lado, comprendían, cuando les hablaba y les miraba a los ojos, que Mateo tenía un lado bueno, un excelente lado bueno, un lado bueno que su inteligencia hubiera preponderado de no ser por las adversas circunstancias, circunstancias que sojuzgaron a cualquier atisbo de razón. Los jóvenes comprendían a Mateo, a su amigo, ese amigo que, cada vez que llegaban al mundo que había creado, los recibía con una sonrisa jovial y con un fuerte abrazo, ese amigo que los nombró arcángeles.

            Sabían… sentían… Sabían porque Mateo les daba a entender lo que sentían: su amigo siempre esperaba el momento en que alguno de ellos, o los dos, arribase a su mundo; un ser que, como él, poseía una inteligencia curiosa se complacía en cada instante en el que esa inteligencia era aprovechada, tanto por quien la detenta como por sus interlocutores, en medio de una charla que contuviera, aunque fuera, un pequeño viso de profundidad, una charla de la que obtuviera un beneficio, una charla que lo instruyera, una charla que le brindara conocimientos, una charla que lo obligara a emplear su materia gris, una charla que lo hiciera pensar que había hecho buen uso de su tiempo, una charla que lo motivara a trascender. Aunque lo complacía y lo divertía ser el dios gendarme cuya mirada divisaba todo lo que ocurría en su mundo, sin que su eterna e irónica sonrisa abandonara su rostro, era evidente la alegría que sentía al ver que sus amigos surcaban las puertas de su Universo. Constantemente  disfrutaba –y aprovechaba- aquellas conversaciones que lo alejaban de este mundo cruel y pagano, conversaciones que lo llenaban, conversaciones que lo hacían sentirse satisfecho consigo mismo, conversaciones que lo acostumbraron a evadir con regularidad las charlas sosas, vacías e intrascendentes que las demás personas le proponían. Porque a todos los que lo conocían, bueno, a todos aquellos conocidos que empleaban para algo su cerebro, les resultaba indiscutible que Mateo era un ser distinto a los que lo rodeaban; su superioridad era incuestionable.

Todavía sumidos en la vaporosa niebla de los pensamientos, Eduardo y Enrique colegían que esa inteligencia, a la que las circunstancias de la vida acorraló con la bajeza que habitaba en los seres con los que hubo de relacionarse y en las situaciones que devinieron de dichas relaciones, era una inteligencia triste y resignada, no obstante la alegría que Mateo siempre exhibía (aunque en esa alegría nunca vieron atisbo histriónico que la desmintiera; por ello, consideraron que era verídica y que no se contradecía con la tristeza que manifestaba la inteligencia).

            Los jóvenes continuaban ensimismados en el viaje astral, colorido y de ensoñación, al que los indujo el derrotero nostálgico y evocador que tomaron sus pensamientos. Pensamientos que reflejaban imágenes, pensamientos que circulaban a una velocidad de otra dimensión, como si en efecto en esa otra dimensión se plasmara en tiempo presente una realidad formada por lo que sus neuronas errabundas y vertiginosas insinuaban de lo ocurrido en tiempo pasado de la dimensión en la que estaban. Aunque, pensaban, si se tiene memoria y está vivo el recuerdo en la mente, ¿el pensamiento pertenece al pasado? ¿No es tan presente como éste presente, sólo que ubicado en otro cuerpo, en un cuerpo que va más allá de lo físico, en el cuerpo mental? Pero… ¿qué es el presente, si hace un segundo era futuro y un segundo después es pasado? En consecuencia, ¿cómo se mide el pasado y el futuro de un presente que, al parecer, nunca lo ha sido? Mientras exista memoria el tiempo se congela, queda sin pasado ni futuro, como si fuera un eterno presente que engaña con su inexistencia; se interrumpe cualquier tipo de continuidad, las acciones sólo lo son en tanto persistan en la memoria, puesto que dichas acciones, cuando fueron efectuadas, entraron a formar parte inmediata de un pasado que le roba milésimas de segundo a un presente del que huye aterrado un futuro en cada milésima de segundo. Sintiéndose como si hubieran tomado la pócima que generó a El nuevo acelerador de Arthur C. Clark, por medio de la cual el tiempo variaba hasta llegar a discutir con su propia esencia, Eduardo y Enrique seguían por el derrotero nostálgico y evocador que tomaron sus pensamientos mientras esperaban a Juan. Sin caer en cuenta de que estaban bajo los efectos del acelerador, creían que Juan había demorado miles de vidas realizando algo tan sencillo como abrir las puertas del ascensor, marcar el piso indicado y seguir. ¡El leal y sonriente Juan! La lealtad, otro de los deberes que impone la amistad, otra de sus características, uno de los deberes más sacros, una de las características más importantes.

            Respeto, cariño, confianza, sinceridad, afecto, cordialidad, generosidad, comprensión… faltaba una etapa para llegar al final del orondo viaje de ensoñación que ensimismaba a Eduardo y a Enrique, la etapa de la lealtad. Lealtad. Una palabra con un fondo profundo, con un fondo hermoso, con un fondo que no admite contradicción alguna, pues la lealtad es la consecuencia de la efectiva práctica de las otras características de la amistad. Que Mateo era un hombre leal y que de esa forma se comportaba con ellos era algo que ni siquiera pensaron en poner en tela de juicio. Por virtud de la lealtad,  mudo e implícito juramento de amistad, Mateo le hizo frente a unos cuantos hampones que pretendían satisfacer sus crueles inclinaciones por cuenta del sufrimiento de los muchachos, por virtud de la lealtad y del respeto Mateo avino a complacer a su amigo Enrique y terminó estimando en algo a Juan González, por virtud de la lealtad Mateo les confió su vida, por virtud de la lealtad Mateo hizo que los jóvenes fueran las únicas personas a las que les abrió la puerta de su propia casa, por virtud de la lealtad Mateo preponderaba por encima de todo la relación que tenía con sus amigos, por virtud de la lealtad Mateo siempre los esperaba en “Mi Recoveco”, aunque ellos fueran de pasada. Mateo era un amigo fiel, Mateo era su amigo.

            Juan no demoraba vidas en llegar al apartamento; tardaba eones. Ortega se preguntó a sí mismo si él era, efectivamente, leal a Mateo, si era su amigo. Recordó lo que le dijo Salas unos minutos antes: “…Usted, que iba a investigar a un delincuente, terminó siendo amigo de él. Esa es otra de las cosas que me hacen sentir orgulloso de haberlo conocido, Eduardo, y de poder decir que soy su amigo: usted terminó valorando más su amistad con Mateo, el aprecio que le demostró y la relación de afinidad y confianza que ésta devela (como Mateo, que nos permitió escribir todo lo que deseáramos de su vida), que un mísero reconocimiento de personas sin valores, sin ética profesional y sin moral, como las que se dicen, de manera fatua y caprichosa,  estar por encima de usted en el periódico. El deber de ser leal que exige la amistad fue más fuerte que el que le querían imponer sus jefes, a quienes, además, les demostró su valía ética al  guardar el secreto profesional y la protección a las fuentes; nunca les dijo el verdadero nombre de Mateo (bueno, al respecto existe un impedimento de forma, ya que, de hecho, nosotros mismos lo ignoramos), ni el lugar exacto de ‘Mi Recoveco’. Brindo por usted, mi querido amigo. ¡Sortes virgilianae!” Juan sonrió in mente mientras brindaba de nuevo. De lo que su amigo le dijo dedujo que le fue leal a Mateo en ese caso; pero, ¿al fin y al cabo, qué mérito tenía? Pues consideraba incuestionable el que, bajo ninguna circunstancia, hubiera cometido falta alguna contra la ética profesional, no obstante los pedidos solícitos y los posteriores gritos de sus superiores. No creía pertinente que a él, como periodista, por el simple hecho de ser un profesional probo, ético, que cumplía con su deber, se le  considerara digno de la amistad que alguien le brindaba. Por ese lado la cuestión no permitía duda alguna, pero quedaba el otro lado, el personal. Eduardo volvió a preguntarse si le era –o si le había sido- leal a Mateo. Aunque no se presentó ninguna oportunidad para ponerlo a prueba, pensó que sí lo era y que sí lo había sido. Una de esas neuronas errabundas le hizo caer en cuenta de que posiblemente no había interpretado bien las palabras de Enrique. Como era usual en Salas, atendía los dos puntos de vista de una cuestión, de tal manera que lo que le dijo también cobijaba el aspecto personal. No es posible que una persona moralmente denigrable sea un probo profesional del periodismo; para ser un periodista éticamente correcto y honesto se debe ser, antes que nada, una persona éticamente correcta y honesta. En su lugar esa persona tachable como tal y, por ende, como periodista, no hubiera dudado en complacer a sus superiores, con la probable esperanza de que su acción vil y traidora le generara alguna recompensa, diciéndoles todo lo que deseaban saber. Se sintió satisfecho al comprobar que había sido un buen amigo, un verdadero amigo de Mateo, y sonrió condescendientemente mientras tornaba a mirar a Enrique. Deseaba saber lo que pasaba por la cabeza del antropólogo. Juan no tardaba eones; había eternizado su llegada.

            Enrique siempre tuvo la certeza de que llegaría, inexorablemente, el momento a partir del cual nunca más vería a Mateo; lo supo desde el instante en el que se percató de que se habían hecho amigos. Aún así, aseveraba racionalmente que Mateo era uno de los mejores amigos que el Destino le había brindado en toda su vida. Mateo significaba mucho para él; lo quería como a pocos, estaba seguro de que siempre lo iba a querer. Sin embargo, la cuestión de la fidelidad, de la lealtad hacia él era más compleja en su caso; era consciente del imperativo legal que le exige a quien tiene conocimiento de la ocurrencia de un hecho punible, de un delito, de denunciar a su autor, así como era consciente de que, en caso de no hacerlo, él mismo sería sujeto activo, según la ley penal, del delito por omisión de denuncia. Bajo ninguna circunstancia podría argüir la guarda del secreto profesional como excusa; dicha facultad le es conferida por la ley solamente a los abogados, a los médicos y a los periodistas… bueno, a los sacerdotes también. A pesar de ello estimaba que, en su caso en concreto, resultaba lógico alegar la necesidad de tener conocimiento de los delitos por causa de un estudio o de una investigación de tipo antropológico; la cuestión radicaba en demostrar esa supuesta necesidad. Y no mentiría si, llegado el caso, tendría que invocar esa excusa, pues cualquier persona con medianas capacidades intelectuales entendería la lógica subyacente a su enunciado; si bien desconocía si la ley plasmaba alguna excepción para los eventos similares al suyo, opinaba que la figura del secreto profesional debería abarcar a todas aquellas actividades en las que, de una u otra forma, el profesional, sin distingo de ocupación, por motivo de su trabajo se ve abocado a conocer o a tener noticia de ciertas actividades ilícitas, tal como sucedía con él. Pero Salas pronto dejó de lado esa rama del árbol de sus pensamientos para ir de nuevo a su tallo; no fue mucho lo que tuvo que subir para llegar a la copa de la lealtad. No consideraba necesario devanar su cerebro, como lo hizo Eduardo, cavilando sobre si le había sido leal o no a Mateo; la fidelidad siempre fue manifiesta y retribuida. Tornó su mirada hacia el periodista y se encontró con la de él. Como si cada uno hubiera sentido que el otro lo atrapó realizando una acción criticable, una sonrisa cómplice se formó en sus rostros. El colombiano quisiera saber en qué estaba pensando su amigo.

Pero el silencio, como si de un terco chiquillo se tratara, persistió. Los jóvenes lo aprovecharon para finalizar el derrotero de sus pensamientos con una conclusión: luego de que descompusieron el todo de la amistad en sus partes para realizar el respectivo análisis determinaron que se reunieron, se edificaron y se cumplieron los requisitos exigidos por el espíritu de la amistad para que ésta se presente. ¿Quién sería tan estúpido –pensaban- como para porfiar una verdad tan evidente? ¿Quién se atrevería a negar que los jóvenes y Mateo eran sinceros amigos? Amigo es el que brinda amistad, entendida ésta como aquel nexo que une a unas personas que se respetan, que se quieren, que se comprenden, que se tienen confianza, que se brindan afecto, que tienen un trato cordial, que son generosas, que son sinceras y que se son leales. Amigo es el que brinda amistad, aunque sea un delincuente como Mateo.

Mateo nunca le tuvo tanto cariño y respeto –y nunca le tendría- a una persona como el que sentía hacia los dos jóvenes… Enrique Salas y Eduardo Ortega eran amigos de Mateo, el antiguo dios de un Recoveco.

Juan empujó la puerta, entró y saludó. Al percatarse del silencio nostálgico que se respiraba en la habitación, con su habitual alegría les exigió a sus amigos “que se callaran”, pues, como encomendada por el Destino para que lo recibiera, en ese preciso momento el aire transportaba hasta sus oídos los acordes de su canción favorita…

        “Somos los mismos de siempre”.

 

 

 

Buenos Aires, marzo de 2004.

Bogotá, octubre de 2004.

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