La necesidad del corazón (cuarta entrega)

Edison Delgado Yepes, escritor nacido en Ecuador, nos ha permitido publicar, por entregas, su novela “La necesidad del corazón”. Acá podrán leer el episodio anterior.

Captura

 

Tuco Andolini empezó su carrera laboral como vendedor de vehículos y con el lento paso del tiempo llegó a tener su propio patio de compra venta en la calle Panamá en pleno malecón Simón Bolívar. Cuando se graduó de bachiller, en la ceremonia se encontró con un compañero del colegio: el ingeniero Crevecoeur a quien le confesó su temor de no encontrar trabajo y él le dijo que lo vaya a visitar a su patio de vehículos para hablar y convertirlo en comisionista de vehículos usados. A la mañana siguiente Tuco se presentó en el patio, bien enternado, y de inmediato le explicaron el ABC de todo el asunto y lo peligroso, aunque muy tentador, que era el meterse a comprar y vender vehículos robados.

Vender vehículos es una profesión absorbente y llena de azar. Las comisiones son mínimas y el esfuerzo inmenso. Hay meses y meses en los que no vendes ni un solo carrito y las facturas se van acumulando, la preocupación y el estrés se acumulan en la base del cráneo porque hay cuentas qué pagar. Luego, suena el teléfono y aparece una esperanza de venta. Y corres con el vehículo a enseñárselo al posible comprador. En una ocasión tuvo que manejar a Cuenca para enseñar un vehículo al dueño de una librería y conoció a una linda chica de Machala, que vivía mucho tiempo en el Austro, trabajando como mesera de un pub escocés. Katty era huérfana y pronto se había aclimatado al frío y a la putería cuencana. Los serranos tenían una capacidad para farrear mucho más grande que los chicos de Machala que ella conocía. De inmediato ambos quedaron flechados y Tuco la invitó a comer una paella de mariscos en el restaurante del HOTEL LA LAGUNA. Cuando salieron de aquel lujoso restaurant, se fueron a la cama juntos. Ella se llamaba Katty y era rubia, rubia, y tenía unas tetotas bellas y grandes como las de una vaca. Le gustaba fumar maduro con queso y, a veces, en medio del frenesí del sexo, se levantaba de la cama, desnuda, y se ponía, con manos temblorosas, sobre una mesa de vidrio, a armar un maduro, sintiendo cómo le latía fuerte el corazón, esparciendo por toda la mesa tanto la yerba como el químico. Jodía con Tuco tan drogada, que a veces le entraban crisis de pánico porque creía que las avionetas que sobrevolaban el espacio aéreo de ella, estaban piloteadas por policías. Su cordura estaba conectada por un delgado hilo de paranoia a la demencia. Después, cuando Tuco se mataba de la risa de la locura de ella, Katty se percataba de que estaba portándose irracional y se le unía a Tuco en su carcajada. Todo era demencial con ella ya que siempre quería hacer una pausa para esconderse y fumarse un maduro ya sea en un closet, en el baño de un restorant serrano o hasta en la esquina vacía de una iglesia católica cuencana. Ese tipo de actitud era la que le provocaban esas ansiedades paranoicas, que la hacían creerse perseguida y espiada por la policía.

Luego, una noche antes de que Tuco regrese a Salinas, Katty lo llevó a un desfile de modas. Tuco estaba bien trajeado y olía a GREY FLANNEL. El desfile presentó a las chicas más lindas del Ecuador, y Katty había conseguido unas sillas privilegiadas muy cerca de la pasarela. Tan cerca que cuando las modelos pasaban, Tuco podía oler las fragancias que emanaban de sus voluptuosos cuerpos, todos ellos embutidos en caros y extravagantes trajes de noche.

Un chico de formación universitaria europea, pero sexualmente desinteresado y de la familia de los EL JURI, le había regalado esas entradas a ella, para que las disfrutara con un amigo. De esa forma cuando Tuco se sentó en aquella mesa no comprendió, al principio, que estaba rodeado de la crema y nata del austro ecuatoriano. Tuco era un hombre poseedor de una belleza felina y muchas chicas de los EL JURI apenas disimulaban su ardiente curiosidad por ver y mirar a este mono tan elegante y tan bien acompañado de aquella rubia fascinante. Todas cuchicheaban entre sí y se preguntaban en susurros que quién era el mono tan lindo.

Después de que terminó el desfile de modas, Katty se lo llevó a Tuco detrás de la pasarela y le presentó a su amigo cuencano, llamado Xavier, que pertenecía a aquella rancia familia aristocrática y los tres se metieron en un baño para empolvarse la nariz con unas líneas de coca.

Cuando Tuco terminó de arreglar sus asuntos en Cuenca, se había convertido en el primer mono de Salinas, que había conseguido vender diez LAND ROVERS, dos BMWS y ocho MERCEDES BENZS a varias concesionarias automotrices cuencanas, Tuco llevaba los bolsillos repletos de cheques y un pequeño maletín repleto de miles y miles de sucres.  Tuco estaba tan eufórico que le dijo a ella, que se viniera a vivir a Salinas, que él la mantendría como su amante. Ella dijo que no. La relación duró por mucho tiempo y cada vez que el negociante de autos usados viajaba a Cuenca, se volvían a encontrar, y de inmediato se enredaban en la cama de un hotel para tener sexo. Leían juntos algo de poesía de Octavio Paz, escuchaban música de los EAGLES, leían a Camilo Destrugue Illingworth, Ugo Stornaiolo, John Steinbeck, Norman Vincent Peale, Og Mandino o a Julio Estrada Ycaza, y se drogaban en la cama, uno junto a la otra.

Cada vez que Katty encontraba algo interesante en los libros de Norman Vincent Peale y se lo comentaba a Tuco, éste le respondía que aquello no era más que una pobre filosofía “parche” para hacerles creer a los ilusos que los ricos pueden, mediante el entusiasmo, pasar por el agujero de una aguja. Pero a Katty le encantaba aquellas palabras tan inspiradoras y Tuco le respondía a sus inquietudes que aquello era una teosofía que pretendía traducir y convertirse en un sustituto del verdadero cristianismo. Para Tuco el verdadero cristianismo era una alucinación hippie de dudosa reputación:¿quién había preñado a María?, ¿un soldado romano, quizá?, ¿por qué Jesús se “dejó” engañar por Judas, torturar y crucificar por los romanos?, ¿era Judas en realidad un traidor?, ¿entonces por qué tiró las monedas y se ahorcó?, ¿acaso ese no era un detalle muy revelador de que las intenciones de Judas eran otras?

Marjorie

La vida sin tu picardía

Y tu amistad

Es tan dura

Mezquina y miserable

No tengo quién me acolite

Mi perversión

Katty se había metido en la universidad para estudiar fotografía, y mientras tanto, le daba a fondo a sus dos aficiones más arraigadas: el libro de cartas de Lord Chesterfield, dedicadas a su hijo, la poesía de John Donne, Robert Frost y la historia interpretada por el comunista Ayala Mora. Le gustaba leer sobre la historia del Ecuador y leía todas las versiones habidas y por haber. También después de las clases en la universidad, Katty y Tuco, se ponían a leer las obras del doctor Robert L. Heilbroner sobre la vida y doctrina de los grandes economistas.

Después de tanta sesiones de lectura y sexo se les abría el apetito y Tuco le daba dinero a su chola cuencana para que se meta en el ascensor y bajara al hall del edificio para que compre en la tienda naturista unos panes vegetarianos, rellenos de higos y toda clase de fruta confitada, luego Katty compraba unos deliciosos tés y grandes frascos de miel, para acompañar al pan relleno. A veces Tuco preparaba en la cocina unas grandes carnes cocinadas en ollas de barro, previamente empapadas en agua, cosa que la carne en el interior de la olla, aflojaba todo el jugo y quedaba suavecita, y bien cocinada. También preparaban fondieu, pero aquellas carnes y aquellos pepinos hervidos en aceite, le parecían a Katty un exceso, algo que su hígado joven podía soportar, pero que a la larga todo su cuerpo se resentiría.

Katty también se metió en la secta de los mormones, pero ni eso le convenció de dejar la droga y siempre asistía a las ceremonias de la estaca, media drogada, y siempre guardaba ese poderoso secreto de su adicción. En una ocasión le dio un ataque de ansiedad en el Templo y se puso muy mal ya que se le bajó la presión, pero las hermanas la tranquilizaron sin sospechar nada porque creían que era una simple baja de presión. Eso siempre les ocurría a los monos cuya sangre no era lo suficientemente espesa como la de ellos.

Cuando Katty le contó sobre el ataque de nervios y la presión baja a Tuco, éste le dijo que eso era producto del subconsciente, que veía como una grave transgresión el asistir a la casa de Dios completamente flipada y que de eso se trataba todo, de un latigueo sicológico.

Todos los serranos la querían y la protegían a la suka, porque en realidad, Katty era una chica de modales suaves y encantadores. Cuando Tuco la empezó a analizar, ella se le pareció a Ivonne de Galais, la heroína de Alain Fournier en su novela EL GRAN MAULNES.

Tuco estaba enamorado de su colorada adicta y del jugoso sapito, bien rasurado que ella poseía, y ella siempre acudía junto a él de una manera fiel y desinteresada, aunque en el fondo siempre esperaba que Tuco la ayudara con un poco de dinero. Tuco nunca olvidará cuando tuvo en sus brazos a Katty toda la noche en la disco del HOTEL LA LAGUNA, bailando la canción de AMBROSIA: I JUST CAN’ T LET GO. El cuerpo de su colorada se enredaba y deshacía de pasión junto al de Tuco Andolini. El coro de aquella canción y los vasos de champán demás que se había tomado lo tenían con la mente bien en alto y Tuco llegó a sentir un verdadero amor por Katty. Un amor que nunca había sentido por ninguna mujer en el mundo, un amor prohibido, totalmente secreto, algo que el destino por error le había deparado y que ahora él lo gozaba a plenitud, ¿podía un hombre ser tan feliz, pero tan feliz con un amor ilegítimo, el de una amante? Y era eso precisamente lo que él pensaba: que no la podía dejar ir a aquella mujer. Cuando acabaron de bailar fue como haber terminado de hacer el amor al mismo tiempo y de acabar juntos. Cuando terminaron de bailar apretaditos esa pieza, Tuco le dio un par de cien sucres al pianista del bar y le dijo que tocara THE BEST OF ME y WEEKEND IN NEW ENGLAND de Barry Manilow. Katty batía palmas de felicidad y cuando él se fue a su encuentro, ella se precipitó a él y todos los señorones y las señoras encopetadas de cuenca se quedaron boquiabiertos de sorpresa ante aquel espectáculo de amor apasionado. Sobretodo cuando empezó a tocar el pianista y Katty aflojaba la cabeza hacia atrás, como en señal de total felicidad y abandono, en los brazos del hombre de su vida. Al final los espectadores cuencanos no pudieron contenerse más y arrancaron a aplaudir a la feliz pareja que parecían haber encontrado la llave de la felicidad y del amor eterno.

Con el tiempo, Tuco, comenzó a ver muy difícil el panorama económico del Ecuador. El negocio de los bancos privados lo estaba absorbiendo todo de manera monopólica. Todo tipo de giro comercial, de una o de otra manera, terminaba relacionado con la bancocracia, y Tuco creyó, que este tipo de expansiones terminarían por colapsar de la misma manera que una burbuja siempre termina por reventarse. Así que Tuco decidió acumular su dinero en un fondo de retiro, una fuerte suma de efectivo, que le permitiría retirarse a la playa a vivir de los intereses.

Pepe Viche era un caso aparte, después de trabajar en Mi Comisariato se metió en la universidad y tras largos esfuerzos, se había incorporado de arquitecto, pero ocasionalmente lograba conseguir alguna obra y vivía en la misma casa que su hermano, herencia de sus padres. Cuando Tuco decidió irse a vivir como pensionista retirado a la playa, Pepe Viche se fue con él. Pepe Viche no tenía suerte para los negocios y tampoco era muy brillante como arquitecto, y el honor familiar de una familia de clase media alta, le prohibía ponerse a trabajar de taxista o administrando un negocio.

Había emprendido varios negocios y todos ellos terminaron en bancarrota y aquellos fracasos le habían minado el espíritu emprendedor y ahora tenía miedo de seguir fracasando y de seguir exponiéndose a la acumulación de deudas y a la persecución y hostigamiento de los acreedores.

Siempre había vivido bajo la sombra protectora de sus padres. Su madre lo protegía y su padre le tiraba los huesos que conseguía arrebatar en el negocio de la constructora, pero cuando sus padres fallecieron se quedó solo junto a su hermano y él lo comprendió todo perfectamente. Tanto su madre como su padre le pidieron a Tuco, en sus últimas palabras, que lo cuidara a su hermano menor, el pobre Pepe Viche.

Ahora Tuco y Pepe Viche, en su casa de madera en Salinas, se dedicaban a las artes plásticas. Pintaban óleos coloridos, paisajes desérticos, marinas encantadoras y de vez en cuando les salía algún encargo para pintar alguna señora encopetada o algún político importante de la península. Aquella actividad era un hobbie para los hermanos Andolini. La mayor parte del tiempo la pasaban escuchando música, leyendo libros de historia, corriendo olas, cocinando para sus amigos e invitados, y junto con la señora Priscila, organizando fiestas con fines benéficos para los niños pobres de Salinas y tanto a Tuco como a Pepe Viche se les ocurrió reunir fondos privados para construir un gran asilo de ancianos que mejore la calidad de vida de los viejos desamparados al menos en sus últimos días de vida.

Por aquellos días el pobre Pepe Viche pasaba por tremendas crisis existenciales y lo atormentaba el pensamiento o más bien la certeza de ser un fracasado. Esto le producía una gran ansiedad que lo llevaba a dar grandes caminatas por toda salinas, iba y venía de un lado para otro, siempre pasando por los mismos lugares, completamente atormentado por el pensamiento de que había pasado toda su vida estudiando de manera inútil porque ahora no podía cuajar con dinero, éxito y prestigio en su profesión y todavía vivía arrimado a su hermano que prácticamente lo mantenía. El pensamiento de que era un pobre infeliz sin dinero lo atormentaba de manera recurrente y le quitaba la paz y la tranquilidad espiritual. No podía conciliar el sueño por las noches y se pasaba leyendo libros de artistas plásticos, de decoración de interiores y de diseño gráfico, luego leía revistas teológicas de los adventistas del séptimo día y de los testigos de Jehová, y luego remataba con lecturas del Bhagavad gita, el libro de Mormón, pero ninguna de estas lecturas lo tranquilizaban sino que, al contrario, no sólo llenaban su cerebro de conocimiento sino que también le exacerbaban los nervios porque la certeza de que era inteligente se mezclaba con la certeza de que todo negocio que emprendía terminaba en fracaso. Pero pronto halló la solución al tomar unas pastillas de Neurobión. Toda una semana estuvo medicándose con aquellas pastillas y las crisis de ansiedad ya no lo tenían tan cogido de las bolas al pobre Pepe Viche.

Pero cuando las angustias lo atacaban se ponía insoportable y hasta la señora Priscila que tanto lo mimaba se exasperaba y le decía:

  • ¡Pero por Dios deja de moverte que me pones tensa!, ¡pareces un loco!

Entonces el pobre Pepe Viche vivía un tormento porque a pesar de que hacía todo lo posible por tranquilizarse, las piernas le temblaban y todo su cuerpo se convulsionaba y sufría de shakes incontrolables, que ante la vista de las demás personas le daban una mala reputación. Un amigo hasta llegaba a burlarse de él diciéndole que lo que le pasaba al pobre Pepe Viche era que le estaba fallando el relantín y que lo tenía demasiado acelerado y que en verdad estaba desquiciado. Otras veces se le burlaba cuando al verlo se ponía a bailar junto a él y lo imitaba torpemente delante de otros amigos y todos se reían de aquellos gestos, pero Pepe Viche no podía dejar de moverse y en realidad lo que él quería era que alguien le prestara dinero para comprarse un cigarrillo y fumárselo desesperadamente hasta consumirlo por completo.

Pepe Viche lo aventajaba un poco a su hermano en su capacidad plástica de pintar al óleo por cuanto tenía mayor conocimiento del asunto de la perspectiva artística. Sus paisajes tenían más que ofrecer a los ojos de los turistas, eran más convincentes, definitivamente. Pepe Viche era más artista que su hermano. Pero Tuco se esforzaba, era un hombre tan inteligente como desesperado y muy ahorrador. Cuando compraba los materiales para pintar al óleo, se esforzaba por no gastar ni un sucre más de lo debido, y cuando los utilizaba en la confección de una obra de arte, no desperdiciaba ni una gota de pintura al óleo. Todo, absolutamente todo, era aprovechado por Tuco.

Respóndame señora,

¿cuál es el motivo por el que le inspiro deseo?

Veo en su rostro

El rubor del amor y la pasión

Cuando beso su mano

Aspiro el dulce perfume de las rosas

Y

Bebo la miel de la más delicada fuente

Dulce néctar que es la envidia de los dioses

Aquello le da placer

Y

Sin mucho esfuerzo acaba

Todo su cuerpo tiembla

Se le desprende el alma

Es capaz de llorar

Y reír

Todo es posible con el amor

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