Adiós a la librería Albert. Crónica

Fui a la librería Albert por la compulsión de comprar libros que se precipita cuando estoy solo y no tengo nada que hacer. Nunca me percato de los títulos que adquiero; el criterio de mis elecciones radica en las perspectivas fugaces de hacerme un especialista en las políticas contables de la expedición botánica o en los rudimentos de ciertos alquimistas que me servirán para la construcción de un cuento que se desvanece pocas horas después, cuando arrumo  los ejemplares en mi casa, entre todo ese compendio de volúmenes no leídos.

Así como hay libros que, según los bibliófilos, te esperan para que los leas, otros  aguardan a que los compres y los enjaules hasta que llegue un incendio o el final de los tiempos. Es como un matrimonio que se sabe aburrido de antemano, desde un segundo antes de ese primer beso carente del frenesí de las borracheras y sus insucesos.

La última vez que estuve en la librería Albert vi una antología de la ciencia ficción soviética. No lo compré porque en ese entonces no me inventaba a mí mismo como escritor de Ciencia Ficción. Después, cuando comprendí que mis textículos jamás serían publicados en diarios de amplia circulación o revistas con reputadas firmas de editores premiados como escritores, decidí hacerme uno más del club de los amantes de la Ci Fi y empecé a comprar cuanta cosa viera al respecto. Siempre desprecié a  Star Wars, me pareció una tontería Star Trek y, si algo de ciencia ficción vislumbré antes de mi decisión, fue en ciertas glosas literarias hechas por el egregio ex presidente de Colombia y ya muerto ilustre, Don Alfonso López Michelsen, o en las disertaciones latinistas del carnicero y también egregio ex presidente  de Colombia, Laureano Gómez.

Sí, en esos eructos vislumbré más fantasías y pretendí vincularlas con los textos de Ciencia Ficción que circulaban como alta literatura dentro de un género que marginalizaba en su consabido destierro de las más puras letras de la civilización. Por eso me llené de repudio cuando vi las jetas de desdén de algunos cuantos lectores asiduos al género  después mostrarles mi primer relato; eran como esos policías tan pobres y jodidos como los campesinos que golpeaban con sus cachiporras en los acostumbrados e inocuos paros.

Por esos días recordaba el libro; si algunos evocaban a Philip K. Dick o Burroughs o llevaban a Bogotá a un delirio superfluo como los de Douglas Coupland, yo podía valerme de los soviéticos. Siempre que pasaba por el autobús, Librería Albert tenía las puertas abiertas; estaba al lado de una cevichería y, hacia dentro, se levantaba la oscuridad. En cada trayecto me repetía que debía volver pero no lo hice sino hasta hoy,  cuando ya no me vislumbro como escritor de Ciencia Ficción ni de género alguno y  he retornado a la lectura de los Códigos que dejé, con la convicción de un digno sucesor de Kafka,  apenas salí de la facultad de Derecho.

A medida que atravesaba el umbral de la librería, se incrementaba el volumen  del tecleo furioso de una computadora; la jerga de una doctora que leía actas y artículos del Código de Procedimiento Civil asfixiaba a la oscuridad y al dueño de la librería. A don Albert, si es que es él mismo le puso el nombre al local para hacerse un monumento que ahora se incendiaba en las llamas de los recovecos judiciales. Ella, la doctora funcionaria,  le decía que los plazos estaban cumplidos y que, con su equipo de leguleyos, se aprestaba a realizar la “diligencia”.

Don Albert habló, por teléfono, con su abogado; pronunciaba la palabra doctor  como Dios  es proferida por los enfermos terminales en sus oraciones. Este, el doctor,  por lo que deduje de la charla, le dijo que no firmara nada.

Don Albert le hizo caso y la abogada representante de la honorable rama judicial le dijo que ya toda estratagema era inútil.

Yo miraba los títulos que no estaban dispuestos ni por temáticas ni orden alfabético. Todo obedecía al criterio de la dureza de las tapas, otorgándole la honestidad ausente en librerías donde sus exquisitos dueños dictan cánones y pastorales sobre lo que hay que leer y las futuras promesas editadas por las elegantes editoriales regentadas por refinados cultores de la lectura y demás bellas artes.

Don Albert trató de detener la diligencia. La doctora pidió a sus dos colegas que llamaran a la policía. Antes de que los oficiales llegaran, uno de los juristas que acompañaban a la honorable autoridad, pidió a tres señores gordos que sacaran las bolsas de lona y en ellas empezaran a meter los libros. “Es hora de proceder”, les dijo el doctor más joven, con un corte de cabello como el de Ricky Martin cuando aún no había confesado ser un marica e hizo la canción del mundial de Francia 98.

Los  gordos empezaron por los libros de los estantes laterales del corredor que desemboca en el espacio donde brotaba la oscuridad, el tecleo del secretario de la honorable doctora y los libros: el corazón de las tinieblas. En una de esas paredes estaba el ejemplar de una novela  cuya carátula era el dibujo de una monja que veía animales frente a un espejo. El epígrafe era de Swedemborg. Fue uno de los primeros libros que cayeron en la bolsa de un costal.

Don Albert volvió a llamar a su doctor y le dijo lo que ocurría. A uno de los gordos se le cayeron unos libros y don Albert comentó que estaban tirando todos los volúmenes. La abogada representante de la rama judicial escuchaba la charla y le increpó diciéndole que ellos hacían su trabajo con sumo respeto. Yo tomé cuatro libros que  costaron, en conjunto, veinte mil pesos. Le pagué a don Albert con un billete de cincuenta mil. Él salió del local para buscar cambio con algunos de sus vecinos comerciantes, seguramente con los de la cevichería, y volvió con las vueltas.

Quise tomar fotos de los gordos introduciendo los libros en las bolsas de costal. Fui el último comprador de esa librería que empezó a desaparecer mientras yo caminaba mirando los lomos de los volúmenes. No me dejaron fotografiar; la doctora me amenazó con una receta legal que alguna vez escuché y ya olvidé y no hay remedio para recordarla. Ya es tarde para ser un doctor y dedicarme a llevar piezas de licuadoras y demás objetos de distintos locales comerciales cuyos dueños han caído en la desgracia de no poder pagar sus deudas y tener que tratar con juristas.

Me alejé y pude tomar una foto de los dos doctores que acompañaron a la excelente funcionaria,  parados en la entrada de la librería mientras los demás funcionarios cogían los libros adentro, en la oscuridad. Revisé en mi bolso: los volúmenes que compré eran sobre las políticas petroleras colombianas en los años ochenta.  Entre ellos hay uno llamado “Los capos del oro negro”:el último libro de la librería Albert.

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