De Chuyuipe a Canoa (primera entrega)

Presentamos “De Chuyuipe a Canoa”, una novela escrita por el autor ecuatoriano Edison Delgado Yepez de quien, anteriomente, publicamos “La necesidad del corazón”. Esperamos que disfruten con este nuevo trabajo de nuestro autor ángel y surfer:

la-primera

A Rafael Cruz, Jimmy Mendoza y Fernando Alvarez,

con inmensa gratitud por creer en mí

 

 Es flexible la lengua del hombre y razones distintas

 salen de ella y consiguen formar un yerbal de palabras;

de la forma que tú hables tendrás que escuchar la respuesta.

Pero ¿qué obligación nos apura a altercar disputando

e injuriándonos como mujeres llevadas de cólera

que movidas por la ira que han puesto en sus pechos, se salen

a la calle a reñir y zaherirse, diciéndose cosas

que son unas verdad y otras no y que la cólera dicta?

Con palabras no harás que el valor me abandone.

HOMERO

Una persona lo puede todo en su juventud, porque en ella abunda la vida.

Saul Bellow

 

 

Lo atrevido se convierte en clásico en el curso de nuestra vida, mientras envejecemos y morimos.

 

John Updike

 

Es solamente en los libros que la gente debe funcionar de acuerdo a reglas arbitrarias de conducta y probabilidad; es sólo en los libros que los hechos no deben desafiar la credulidad.

 

William Faulkner

 

CHUYUIPE NOCTURNO

Danni Russo, de diez y siete años, sentado sobre su tabla, mar adentro, ya empezaba a sentir los efectos del cansancio. No era para menos; eran las cinco de la tarde y había estado en el agua de Chuyuipe, Ballenita, desde las seis de la mañana.

Sentía una pesada hinchazón en todo el cuerpo, especialmente en los hombros. Sus pantorrillas amenazaban con acalambrarse a cada rato. El agua fría, verde, salada, se le había metido tantas veces por los oídos, garganta y ojos, que el pobre Danni estaba al borde de sufrir una fuerte sinusitis. Los dedos de sus extremidades estaban arrugados, morados, fríos por la larga exposición con el agua helada.

Aún así, en el cerebro de Danni, retumbaba una melodía del grupo Bread, titulada IF, que lo motivaba a seguir en el agua cazando olas.

Su piel parecía por el frío, el cuero de una gallina recién desplumada, pero aún así se puso a remar en la penumbra en busca de su hermano de doce años, Joey, el más loco de la familia, que se hallaba mucho más adentro, remando el mar picado en busca de una ola que lo saque a la orilla, esto era algo que él no suponía.y pensó:

¡Qué noche tan tremenda había pasado en Salinas!

Se había quedado dormido en una banca del malecón, borracho de champaña al salir de una fiesta del Yacht. Había sido la primera vez que él y su hermano habían entrado al Yacht con invitación y sin necesidad de introducirse clandestinamente en el maletero de un auto o por las rocas saltando el muro.

Y en la mañana él y su hermano habían llegado, a dedo, a la casa de sus padres en Ballenita, habían desayunado unas pizzas, unos panqueques y se habían metido corriendo al agua a coger olas hasta ese momento.

Su amigo íntimo Manuel Fernando los había invitado a la quinceañera de su enamorada Ingrid en el Yacht. Danni Russo y su hermano Joey habían asistido enternados y la habían pasado bailando en una fiesta con las luces encendidas, toda la noche y madrugada, emborrachándose con champaña. La habían pasado estupendo bailando boleros pegaditos junto a su enamorada Doménica, la canción de Gino Vanelli: I just wanna stop. Claro que ya se habían visto con anterioridad, un cuatro de julio, en una fiesta en el colegio Americano, en una Spook house y se habían fijado el uno en la otra, bajo los acordes de PRIVATE EYES de los HALL & OATES.

 

Ahora Danni se encontraba remando mar adentro, por en medio de las olas en busca de su hermano menor para lograr sacarlo del agua e ir a comer.

Danni remó por encima de una pared de mar picado de dos metros hasta pasar con las últimas al otro lado, ¡cómo le pesaban los hombros!, y al otro lado logró divisar a Joey.

Siguió remando sobre su tabla TOWN & COUNTRY por en medio del helado mar azul oscuro, que se bamboleaba debajo de su cuerpo como un buque en medio de una tormenta marina, y se fue acercando desesperadamente lento, hasta llegar a cogerle el cordón salvavidas atado a su tobillo.

-Ya vámonos –le dijo Danni- estoy cansado y hambriento, además tengo el champaña en la garganta desde la mañana y no he querido vomitar de puro macho- le mintió Danni-.

-Eso es lo que estoy tratando de hacer, Danni, – le respondió Joey-, pero el orgullo me impide irme remando, y el cansancio y el frío me impiden coger una ola para irme a la orilla, estoy atrapado aquí afuera.

Danni se quedó callado calibrando la respuesta de su hermano, pero sólo tenía en mente el espacio rectangular y calientito de su cama.

También estaba preocupado porque ya no había nada que comer, lo último que quedaba en la alacena eran dos latas de CERELAC, y a punta de CERELAC se habían mantenido durante una semana hasta que el color de sus heces fecales se puso de color verde. Si no conseguían algo de comer pronto, se verían obligados a coger el equipo de buceo y salir en la mañana a meterse en la orilla de Chuyuipe a buscar langostas en las trampas, que los locales ponían en el punto, pero si revisaban todas las trampas y no encontraban nada o si eran sorprendidos por los locales robándoles sus langostas, entonces estarían en serios problemas.

De repente, al fondo, escondiendo temporalmente el horizonte, una tanda de olas se aproximaban a los dos surfistas adolescentes. Aquellas masas de agua tenían una altura de dos metros, pero se movían a poca velocidad.

Joey, que a pesar de sus escasos doce años, tenía un estado físico impresionante, se aproximó a aquellas olas a toda velocidad hasta posicionarse delante de la primera para luego recibir el empujón hidráulico necesario para remarla e irse montado en ella.

La ola de Chuyuipe es salinera y Joey la corría dándole la espalda a la ola como Martín Potter. El chico sintió que aquella portentosa masa de agua lo elevaba justo hasta la corona llena de espuma blanca y mortal, y con los movimientos de sus abdominales y sus piernas logró bajarla completamente y cortarla para luego introducirse en la mitad de la pared.

Todo su cuerpo vibraba de excitación y su cerebro recibía continuas descargas de adrenalina. Joey roleó aquella ola una y otra vez ya en medio de la oscuridad de la noche, y desde la parte inferior de la ola se deslizaba hasta la cresta, sacaba una enorme estela y luego la bajaba de manera zigzageante.

En la mitad del trayecto, en la ola de Chuyuipe se formaba un tubo descomunal y perfecto, y el cuerpo del joven niño abrió las piernas y se aferró a su tabla Dick Brewer de una manera verdaderamente atlética, tubeándose de manera perfecta. Prácticamente desapareció de la borrosa vista casi nocturna del salinero de Chuyuipe, hasta que la ola perdió fuerza, y desapareció para convertirse en blanca y suave espuma, que arrastró al niño hasta la calurosa orilla.

Danni trató de coger la segunda ola que venía tras la que se embarcó su hermano, pero no pudo cogerla debido al mal estado físico de su cuerpo cortado por el frío y el chuchaquí. Así que no le quedó más que resignarse a regresar a la orilla remando en medio de una ya cerrada oscuridad.

En su estado y con esa oscuridad era imposible quedarse ahí mar adentro esperando otra tanda de olas para salir a la orilla, siempre existía la posibilidad de ser mordido por un tiburón.

En el trópico las noches caen de manera violenta. Los atardeceres repletos de nubes de color rosa, llenos de éxtasis y acompañados de colores sanguinolentos eran un espectáculo que sólo se podía apreciar en Punta Carnero.

Cuando Danni por fin salió del agua, tiritaba de frío de manera convulsiva, y el viento soplaba y soplaba; la arena seca se le pegaba en las plantas de los pies todavía húmedos.

Su hermano ya se había colocado un abrigo confortable y lo estaba esperando con una sonrisa en el rostro.

Danni se sentía mal. Él recordaba muy bien que había pedido a Dios y a sus padres un hermanito. De eso ya había pasado mucho tiempo, pero nunca lograba portarse como un verdadero hermano, y cumplir la función de guardián de su hermano menor. Siempre todo le salía al revés cuando se trataba de un asunto con su hermano. Joey iba demasiado rápido y para Danni era imposible cuidarlo y protegerlo. Esa era la sensación que siempre dominaba a Danni.

Joey lo adivinó pensativo y le preguntó con una voz de quejica:

 -¿Estás bien?

Y Danni hizo un gesto afirmativo y juntos emprendieron el regreso por el desértico y espinoso camino hacia la casa de madera de sus padres en Ballenita, que no quedaba muy lejos del punto de quiebre para principiantes llamado Chuyuipe.

Caminaron el largo trayecto polvoso en completo silencio mientras la luz de las estrellas y de la luna iluminaban su camino.

Las noches de Ballenita eran estrelladas y de una claridad infinita. Los astros representaban una visión hacia el pasado, el origen del universo, la luz de las lejanas estrellas alumbraban pobremente el camino lleno de espinas, rocas y la tierra se pegaba en las húmedas plantas de los pies de los muchachos.

En el camino se pusieron a conversar sobre el beso de despedida que Doménica le dio a Danni. Fue su primer beso en la boca.

Doménica era una flaquita de rostro tan afilado como exquisito. Era lo que se podía llamar una morenita linda de finos rasgos.

Cuando llegaron, Joey cogió la radio de pilas, la encontró adivinándola en medio de la oscuridad y sintonizó la melodía titulada: The year of the cat de Al Stewart, ya que no había corriente en toda la casa.

Danni se encargó de prender las velas que iluminarían la cocina, para abrir apresuradamente una lata de sardina Real y embadurnar una gran porción en un pedazo de pan baguette y proceder a comerlo para calmar el hambre que lo atormentaba.

Cuidadosamente, Danni encendía las velas ya que la casa estaba hecha de una madera tan vetusta, que el menor fosforito la incendiaría completamente.

La casa de madera en Ballenita de los Russo poseía un largo corredor en medio de su diseño arquitectónico, que la cruzaba desde la puerta de entrada hasta la puerta del patio. Al lado izquierdo estaba la pequeña sala, el comedor y separado por una pared, la cocina donde ahora se encontraba Danni abriendo cuidadosamente la lata de sardina.

Danni seguía los consejos de su angustiado padre de vivir la vida con suma precaución y todo lo hacía despacio y fijándose bien en cada cosa. No sea que se corte con la lata y después tenga que enfrentarse a la posibilidad de contraer un tétanos, lo mismo hacía al encender las velas, no sea  que vaya a provocar un incendio y se queden sin su preciosa casa de la playa.

Danni era todo lo contrario de su alocado hermano Joey.

Luego al otro lado del corredor a la izquierda, y justo después de la puerta de entrada, había una escalera que conducía al segundo piso dotado de tres dormitorios y un baño, y finalmente una nueva escalerita que conducía a un pequeño altillo que servía de bodega para las cosas inservibles.

Cuando Danni tuvo dos pedazos de pan Baguette bien embadurnados de sardina se dio cuenta que eran las ocho de la noche y que aquella cocina iluminada con las llamas de las velas, tomaba el aspecto de una casa espectral, embrujada, llena de materia ectoplasmática. Toda la casa de madera vieja sin pintar tenía un aspecto tétrico.

Cuando fue a buscar a su hermano, éste se encontraba todavía con el traje de baño húmedo, sentado, mojando el sillón donde siempre se sentaba a leer el periódico su madre, y ahora escuchaba en la radio de pilas una canción de James Taylor.

Cuando llegó con los panes, su hermano depositó suavemente la radio de pilas en la mesa de centro, y aceptó gustoso y bien servido, el plato de pan con sardina que le traía su hermano. Ambos comieron con un hambre devoradora toda la porción de sardina que había en la lata hasta prácticamente lamerla. Estos excesos de Joey eran las cosas que desagradaban a Danni y todo temeroso alcanzó a decirle:

 -¡Cuidado te cortas la lengua, por favor!- le dijo Danni exasperado-.

-No te preocupes, ñaño, que no pasa nada- le respondió Joel, confiado-.

El padre de los hermanos Rusos, Sam, le había enseñado a su primogénito a amar y cuidar a su hermano menor como si fuera su propio hijo.

Muchas veces Danni veía a su padre regresar del trabajo agobiado por las deudas y las preocupaciones y se lo quedaba mirando como se quedaba sentado en el comedor con la mirada perdida y el pensamiento extraviado y cuando él terminaba de comer, se levantaba de la mesa y se disponía a meterse en su habitación para escuchar música; su padre lo llamaba y le decía:

– Hijo, si alguna vez me pasa algo y me muero, nunca descuides a tu hermano, que nunca le falte un plato de comida, que nunca le falte un abrazo y una palabra de aliento; cuando le ordenes alguna cosa no te limites a ordenarle, también razona con él, explícale el motivo de tal o cual orden, por favor nunca vendan la casa, este es su hogar, aquí están sus raíces, prométemelo que lo harás cuando ya no esté, ¿me das tu palabra?

De pronto el interior de la casa se iluminó con unas luces que venían del polvoso camino de afuera y se interrumpieron los tristes pensamientos del mayor de los Russos. Se trataba de la enamorada de Danni, Doménica que llegaba a visitarlos de Salinas manejando un Land Rover.

En Salinas los padres acostumbraban a prestarles el carro a sus hijos a los diez y siete años, aunque no tuvieran licencia. Cuando Doménica llegó, el rostro de Danni se encendió de felicidad. Ella venía acompañada de una amiga llamada Nicole, que tenía doce años y que bien podía hacer pareja con Joey sino fuera por los frenillos que llevaba en los dientes. Esa fue la primera idea que se le ocurrió a Danni al verla, pero lo que no sabía era que a Joey le encantaban las niñas bonitas con frenillos en la boca porque así se veían más lindas.

Danni conocía la felicidad. Era feliz cuando escuchaba una canción de los Air Supply, la titulada: Girl you every woman in the world to me; era feliz cuando su padre le enseñaba boxeo patada; o cuando le leía un cuento judío, o cuando le daba permiso para venirse a dedo a la playa, pero cuando le dio ese primer beso de despedida a Doménica en la fiesta del Yacht, conoció una nueva clase de felicidad, y no pudo dejar de pensar en aquello durante el resto de la noche que pasó parpadeando y medio dormido en el banco del malecón de Salinas.

Cuando se levantaron en la mañana, verlos era una escena fascinante: dos chiquillos enternados, caminando sin zapatos por las calles de Salinas con rumbo a Ballenita.

Esta vez Doménica y Danni se saludaron con un pequeño besito en la boca y Joey se reía mientras miraba a Nicole con picardía.

Doménica había traído hamburguesas compradas en Pingüinos y estaban deliciosas, humeantes, y cuando les dijo a los muchachos que se sirvieran, el acelerado de Joey, se le abalanzó a la chica y cogió la suya de un zarpaso.

Luego reaccionó y le preguntó a Nicole si ella tenía hambre, y Nicole se puso roja de vergüenza y le dijo que sí.

Entretanto Danni había regresado a la cocina en busca de otro plato y un cuchillo para partir las hamburguesas, como era su costubre todo lo tomaba con más calma.

Danni se portaba con Doménica con una cortesía exquisita, como si fueran una parejita de pequeños esposos.

En la mente de Danni bailaba una canción romántica de los Air Supply, y todo él se movía con una cortesía y una delicadeza casi francesa. Definitivamente así era como la había conquistado a su chica. Ella era fascinada con él porque muy en el fondo se sentía acomplejada de ser morenita y le llamó tanto la atención que este niño colorado y chinito se fijara en ella.

En el Yacht, Danni se había obsesionado con la belleza de esta chica, y desde el principio de la fiesta hasta el final, cuando le declaró su amor, no la soltó en ningún momento, y bailaron juntos toda la noche.

Tanto, tanto la amaba Danni, que de pronto se habían convertido en la comidilla de la fiesta y todo el mundo cuchicheaba sobre aquella linda parejita que no se soltaban ni un instante.

Incluso el anfitrión de la fiesta les hizo el foco gritándoles de vez en cuando por encima del ruido de la música de Bing Crosby:

 –¡Ya Danni, déjala respirar!

Todos se sentaron en la sala y se pusieron a comer sus hamburguesas casi en penumbra mientras escuchaban en la radio otra melodía de los Air Supply:

Here I am the wonder of you love ask for another day… understand the wonder you love…love if so many ways…

De pronto se empezaron a sofocar dentro de la casa, y decidieron de común acuerdo salir al patio cubierto de arena, malezas salineras y limitado por una cerca de madera gris y media podrida, que en sus buenos tiempos era de color blanco.

El cielo negro como la tinta, era de una belleza astrofísica incomparable. De vez en cuando, aquella bóveda oscura como la tinta, se veía surcada por un meteorito efímero y veloz como la vida misma.

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One response to “De Chuyuipe a Canoa (primera entrega)”

  1. Edison Delgado Yépez says :

    Sandra
    No te enamores de mi, Sandra
    no caigas en las redes de mi amor, amor
    porque cuando crees que me vas a ser fiel, amor
    ambos tendremos que decir adiós
    para siempre jamás no caigas en las redes de mi amor, amor
    si no me puedes ser completamente fiel
    si no puedes ser mía, siempre
    si no podemos caminar por la arena juntos
    cuando anochece o cuando amanece
    entonces ambos tendremos que decir adiós
    si no te es fácil dejar de amarme cuando haces el amor con otro
    si no te es fácil olvidarme cuando estás con él
    ambos tendremos que decir adiós
    no te enamores de mi Sandra
    porque ni tú ni yo podemos cambiar nuestro destino que ya está escrito
    y ambos tendremos que decir adiós

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