Andrómeda, una burla a la evolución humana

Por Nelson Barón

radiosinantena@gmail.com

"la verdadera riqueza de la obra está, precisamente, en aquellos extractos que permiten reflexionar sobre la enorme fragilidad e imbecilidad de los humanos, de la que habrá de seguirse hablando, especialmente en las últimas horas de los días finales de su inminente destrucción cuando, aniquilada la Tierra por causa de ellos, muy probablemente dancen, en las ruinas del planeta agonizante"

“la verdadera riqueza de la obra está, precisamente, en aquellos extractos que permiten reflexionar sobre la enorme fragilidad e imbecilidad de los humanos, de la que habrá de seguirse hablando, especialmente en las últimas horas de los días finales de su inminente destrucción cuando, aniquilada la Tierra por causa de ellos, muy probablemente dancen, en las ruinas del planeta agonizante”

Hace poco tuve la oportunidad de leer La amenaza de Andrómeda, un best seller de ficción científica de Michael Crichton, escritor norteamericano, licenciado como médico en su juventud, el mismo autor del clásico Parque Jurásico.

Allí se narra que Andrómeda es un microbio –con la potencialidad de transformarse en un superorganismo aún mayor que todo lo conocido–, capturado por el satélite Scoop VII, lanzado por militares norteamericanos en plena Guerra Fría, como parte de una misión cuyo objetivo es desarrollar armas biológicas de aniquilamiento inimaginable. Nada mejor que tener un artefacto letal, a partir de un desconocido microorganismo extraterrestre, cuya mortalidad es implacable y contra lo que no es posible prever antídoto alguno; la bacteria Andrómeda mata por una de dos vías, ambas espantosas: coagula de inmediato la sangre del huésped, de modo que el torrente sanguíneo deviene una elongación tiesa y oscura, casi negra, que dejará en el mismo estado a los órganos internos; o afecta la capacidad cerebral del infectado, generándole un trastorno nervioso que lo empuja a suicidarse como le venga a la mano, no sin antes despachar a la otra vida a cualquiera que se le aproxime.

Cinco científicos, enviados a una plataforma de laboratorios subterráneos, investigan muestras vivas del ente biológico desconocido, así como a un bebé de dos años y a un anciano adicto al alcohol, únicos sobrevivientes de la mortandad ocasionada por aquel ser microscópico que, al quedar adherido al satélite Scoop VII, artificio obligado a aterrizar en un sector despoblado de Arizona, ha arrasado, a través de los tipos de decesos antes descritos, a todo un poblado de casi medio centenar de personas, situación que pone en vilo al gobierno norteamericano que, como medida preventiva, para evitar una epidemia en su territorio causada por su propia estupidez, tiene previsto dejar caer una bomba nuclear sobre los alrededores para conjurar el mal definitivamente.

Aunque el libro no es vibrante está muy bien narrado e, indiscutiblemente, contiene unos apartes que resultan sumamente interesantes, en la medida en que pone en tela de juicio aquellas ideas que aún entronizan al humano como el verdadero y exitoso modelo evolutivo en la Tierra y fuera de ella, posición en la que, en contraste, se sitúa a los microbios, como entes vivos con superiores habilidades para su propagación, adaptabilidad y supervivencia, incluso a través de la formación de auténticas colonias:

“(…) Leavitt había hecho notar que todos los hombres, por muy científicamente que fuesen, tenían varias deformaciones innatas cuando hablaban de la vida. Una de ellas consistía en presumir que la vida compleja ocupaba un espacio mayor que la sencilla. Lo cual era cierto, evidentemente, en la Tierra. Aquí, a medida que los organismos se volvieron más inteligentes aumentaron en volumen, pasando del estadio unicelular al de las criaturas pluricelulares y luego al de los animales grandes con células diferenciadas trabajando en grupos llamados órganos. En la Tierra, el proceso había tendido hacia animales cada vez más grandes y complejos.

 

Mas, quizá no sucediera lo mismo en todos los lugares del universo. En otros parajes acaso la vida progresara en dirección opuesta: hacia formas cada vez más pequeñas. Del mismo modo que la tecnología humana moderna había aprendido a fabricar cosas de un tamaño menor, quizá las presiones evolutivas ultraadelantadas condujeran hacia formas vivas cada vez menores, con ciertas ventajas implícitas: menos consumo de primeras materias, locomoción más barata, menos problemas de alimentación…

 

Tal vez en algún planeta distante la forma viva más inteligente no fuese mayor que una pulga. O quizá no mayor que una bacteria. En este caso, el Proyecto Wildfire podría dirigirse a destruir una forma de vida altamente desarrollada, sin darse cuenta siquiera de lo que hacía”. (pág. 111).

Esa misma idea de la supremacía bacteriana se retoma en páginas posteriores:

“(….) Vector Tres era un informe que examinaba una cuestión crucial: si una bacteria invadía la Tierra, originando una enfermedad nueva, ¿de dónde vendría esa bacteria?

 

Después de haber consultado astrónomos y repasado teorías evolutivas, el grupo Wildfire llegó a la conclusión de que las bacterias podrían venir de tres fuentes.

 

La primera era la más obvia: un organismo de otro planeta u otra galaxia, dotado de la protección necesaria para sobrevivir los puntos extremos de temperatura y vacío existentes en el espacio. No se podía dudar de que había organismos capaces de sobrevivir. Por ejemplo, se conocía una bacteria llamada termofílica que medraba estupendamente a temperaturas tan elevadas como 70° centígrados. Además, se sabía que se hallaban bacterias en tumbas egipcias que habían permanecido selladas durante miles de años. Y estas bacterias conservaban la capacidad de reproducirse.

 

El secreto radicaba en la facultad de las bacterias de formar esporas rodeándose de una dura concha caliza. Esta concha era la que les permitía sobrevivir a la congelación y a la ebullición, y resistir, si era preciso, millares de años sin alimento. Combinaba todas las ventajas de un traje espacial con las de la suspensión de las actividades vitales.

 

No cabía duda de que una espora era capaz de viajar por el espacio. Mas, ¿era otro planeta o una galaxia, las fuentes más probables de contaminación para la Tierra?

 

A esta pregunta había que responder no. La fuente más probable era la más cercana: la misma Tierra.

 

El informe sugería que, edades atrás, cuando la vida empezaba a emerger apenas de los océanos y los cálidos, incubados continentes, unas bacterias pudieron abandonar la superficie de la Tierra. Tales bacterias habrían partido antes de la aparición de los peces, de los primitivos mamíferos, mucho antes de la aparición del primer mono-hombre; habrían saltado al aire y ascendido poco a poco hasta encontrarse, literalmente, en el espacio. Una vez allí pudieron evolucionar hasta formas inusitadas, aprendiendo acaso a obtener energía vital directamente del Sol, en vez de necesitar alimentos como fuente que se la proporcionase. Quizá estos organismos fuesen capaces también de proceder a la conversión directa de la energía en materia.

 

El mismo Leavitt hizo notar la analogía entre la atmósfera superior y las profundidades del mar como medios igualmente inhóspitos, aunque igualmente viables. Se sabe que en las regiones más profundas y oscuras de los océanos, pobres en oxígeno y a las que jamás llega la luz, existe abundancia de formas vivas. ¿Por qué no habrían de existir también en los confines más altos de la atmósfera? El oxígeno escaseaba, cierto. Igualmente cierto, escaseaba el alimento. Pero si podían vivir criaturas a varias millas, debajo de la superficie, ¿por qué no habrían de poder vivir a cinco millas sobre ella?

 

Y si había organismos vivos allá arriba, y si estos organismos habían partido de la corteza terrestre, en solidificación mucho antes de que apareciese el primer hombre, los tales organismos eran extraños al hombre. El cual no habría adquirido adaptación ni inmunidad alguna respecto a ellos, ni habría fabricado anticuerpos de ninguna clase contra ellos. Serían unos seres primitivos ajenos al hombre, del mismo modo que el tiburón, pez primitivo y que no ha experimentado cambios durante cien millones de años, era un ser extraño y peligroso para el hombre moderno, que invadía los océanos por primera vez.

 

La tercera fuente de contaminación o tercer vector, era el más probable y el más atormentador. Esta fuente la constituían los microorganismos terrestres contemporáneos llevados al espacio por naves insuficientemente esterilizadas. Una vez en el espacio, tales organismos quedarían expuestos a potentes radiaciones, falta de peso, y otras fuerzas del medio ambiente capaces de obrara un efecto mutagénico, alterándolos.

 

De modo que cuando volvieran a descender las naves, aquellos organismos serían diferentes.

 

Elevemos una bacteria inofensiva —tal como el organismo causante de los barrillos, o el de la irritación de garganta—y volvamos a bajarla en una forma nueva, virulenta e inesperada. Puede provocar cualquier cosa. Puede mostrar una preferencia por el humor acuoso del interior del ojo o invadir el globo ocular. Acaso medre en las secreciones ácidas del estómago. Quizá se multiplique con las pequeñas corrientes eléctricas producidas por el mismo cerebro humano, enloqueciendo a la gente”. (pág. 118).

Como ocurre usualmente en este tipo de género literario llevado a formato de cine, pese a todos los peligros triunfa la mezquina humanidad; no obstante, la verdadera riqueza de la obra está, precisamente, en aquellos extractos que permiten reflexionar sobre la enorme fragilidad e imbecilidad de los humanos, de la que habrá de seguirse hablando, especialmente en las últimas horas de los días finales de su inminente destrucción cuando, aniquilada la Tierra por causa de ellos, muy probablemente dancen, en las ruinas del planeta agonizante, o fuera de él, libres e inconscientes, e indiferentes a las inclemencias del espacio-tiempo, todas aquellas hordas microscópicas prestas a colonizar con éxito nuevos parajes cósmicos.

Fuente: La amenaza de Andrómeda”. Editorial Oveja Negra, 1984.

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