Una entrevista a Adolfo Antonio Ariza Navarro, autor de “Mañana cuando encuentren mi cadáver”

Ariza

Mañana cuando encuentre mi cadáver obtuvo el premio a  mejor novela corta en el certamen Juan Rulfo organizado por Radio Francia Internacional en 2009. A pocos días de la noticia, en diciembre de aquél año, tuve la oportunidad de entrevistar a Adolfo Antonio Ariza, su autor; su nombre apareció en algunos diarios pero, pese a su galardón, tuvieron que pasar seis años para que alguna editorial publicara este trabajo. La que se animó a hacerlo fue Collage, que el pasado 27 de Agosto presentó el libro en Bogotá. A continuación, les presentamos esa vieja entrevista, perdida en los archivos de ancianas y desaparecidas revistas dominicales:

-¿Cómo surgió esa mixtura entre un cuadro del suicida Luis Perú de Lacroix y biógrafo de Bolívar, y el personaje de tu novela,

En realidad, hay un antecedente y es que esta obra se construye a partir de otra, no como un apéndice, sino para completar algunos conceptos que se habían dejado de lado.  Conceptos que yo no había considerado apropiado incluirlos en aquella.  La novela de la que hablo trata de una historia sobre la pérdida de la espada de Bolívar ocurrida en nuestro país en el año de 1974.  Investigando sobre este suceso y el hecho de que Perú de Lacroix fuera el biógrafo autorizado de Bolívar, me topo con su fin trágico producido en 1837 por su propia mano.  Esto dispara un resorte en mis ideas y entro a pensar en cuál sería la actitud de un hombre, hoy día, igualmente desesperado al percatarse de este hecho.  Entonces este hombre hace lo que ve hacer a su referente más próximo, Luís Perú de lacroix: autoliquidarse dejando a sus congéneres una explicación sobre las causas de ese suicidio.  Su nota final la constituye esta novela.

El cuadro aparece en la sala de su casa como un recordatorio de las ideas del prócer –hoy día falseadas-, como una excusa para penetrar la mente del lector y comunicar el legado de Bolívar y ofrecer algunos cuestionamientos sobre el particular.

-¿Quien afirma de entrada que la vida es realmente estúpida , y cita como ejemplo el acto de limpiarse el culo?

Como podrás ver, es una novela arriesgada, que se lanza desde su primera página arriesgando una tesis.  Una tesis que el personaje trata de sustentar durante todo el relato.

-A lo largo de la novela, aparecen nombres como los de Nietzche, Wilde, Camus, entre otros, ¿Es esa la tradición de lecturas del personaje de tu novela, o también puede ser una cartografía de las influencias tuyas a la hora de emprender tu escritura?

Naturalmente, hacen parte del proceso de construcción psicólogica del personaje.  Lo que se pretende es darle una fortaleza a su posición frente a las circunstancias que le aquejan.  Y tiene cierta lógica.  Hasta un insulto lanzado al desgaire debe sustentar y mostrar, retratar, la condición social y psíquica del insultante.

Ahora, no debemos olvidar el concepto constantemente renovador que produce la escritura.  La memoria del hombre es una especie de jardín interior que crece en desorden.  Y la misión del escritor de alguna forma es la del jardinero, podar  las ramas muertas de la vid y refrescar las flores que adornan esa mansión.  Por eso se recurre a Wilde, a Camus y a muchos otros, porque es un patrimonio que está ahí, que nos pertenece a todos y que debemos desempolvar de vez en cuando para mostrarle su fruto a las nuevas generaciones de humanos.

-El personaje de la novela nunca menciona su nombre, sin embargo sí aparece el apodo de “Pechi” que le inflige su mujer, ¿La identidad se marca por el desprecio del otro?

Si tú como ser humano siembras desprecio, sólo puedes esperar que tus similares te contesten con el mismo desprecio.  Si ofreces desprendimiento, encontrarás el mismo desprendimiento en los otros.

El nombre del personaje se omite, porque este el mismo somos todos los humanos.  Los que amamos, los que ofendemos, los que en determinado momento de nuestra vida despertamos y exigimos de los otros lo que nunca hemos tenido la seria voluntad de dar.

Somos, si se quiere, los pechichados de la creación y  a la vez los más quejosos y destructivos de toda ella.

-Por el único sujeto que el personaje de tú novela siente algún aprecio es por su primo, un escritor, a quien, sin embargo, cuando lo leyó,  afirmó que sus escritos estaban  “llenos de temor e ingenuidad, y aburrimiento”; ¿Esta arte poética es la misma que tu ejecutas en tus obras?

La vida está plagada de contradicciones.  De hecho se habla que la lucha eterna entre el bien y el mal.  Una cosa genera su contrario decían los taoistas.  Aunque Platón opinara que el mal es la atrofia del bien.  Yo pienso que el hombre moderno está plagado en su carácter -quizá por alguna causa genética- de estas atrofias.  Las cultiva insistentemente porque ha hecho de ellas una ruin y detestable filosofía de la supervivencia.  Es quizá la planta mal desarrollada del jardín de la que hablaba antes.

-Tú debiste salir del pueblo La Avianca, en 1998, después de la irrupción de un grupo armado, y afirmas que siembra en ti una “literatura de dolor y reacción”, ¿Antes de ese momento, ya escribías?

Por supuesto que ya escribía.  Y para entonces el dolor era otro.  Es que el dolor muta a partir de la persona o la situación que lo infringe.  La tristeza es un dolor acumulado.  Y algunos humanos sufrimos la precariedad de no contar con algún tipo de sedante.  Van Gogh utilizaba el bromuro de potasio.  Y yo quisiera algo parecido para curar el dolor que se nos siembra en el alma.

-Tu trabajo, como el del personaje de tu novela, es el de conducir un taxi, ¿En qué momentos te dedicas a escribir?

Conducí taxi durante un tiempo.  Cuatro o cinco años.  Ya hoy no lo hago.  Y es una lástima, porque en condiciones razonables –hoy el mototaxismo en nuestro país está a punto de desquiciar al taxista natural-, el oficio te permite leer los problemas de la ciudad.  Te inmiscuyes sin querer en una situación de poder.  Es un privilegio rodar por las calles y echar una ojeada a tu ciudad.  Es como mirar a una mujer dormida y tener el privilegio de rodar sobre su piel.  De modo que, como ves, me queda el tiempo suficiente para escribir.

-Habiendo obtenido el Premio Juan Rulfo de novela corta, ¿Esperas que editoriales de mayor difusión presten atención a tu obra?

Sería lo natural.  Y lo siento así porque es la misma razón de la escritura.  La idea no es que mi trabajo se constituya en el privilegio de algunos cuantos –el círculo de mis amigos cercanos, por ejemplo-  Yo pienso que el dueño absoluto de lo que hacemos es el gran público.  Por ellos nos arriesgamos a aventurar algunas hipótesis;  por ellos nos preocupamos.  El hombre del común merece la oportunidad de conocer y apostarle a lo que hacemos.

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