El último viaje, por José David Castilla Parra

El último viaje

Por

José David Castilla Parra

 

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Imagen liberada para dominio público. Contacto del artista sade@eathdawn.co.hu Si desea donarle: paypal

“(…) y sé que alguien, en el tiempo,

conservará mi recuerdo”

Miquel Marti I Pol

 

Las gotas de sangre se deslizan por sus manos. El capitán mira las estrellas, ignorando ese líquido cálido que se toma cada filamento de su piel; se queda de pie, perdido en esas luces que se desvanecen a velocidades impensadas. El universo desaparece sobre nuestras cabezas.

Estamos asustados y lo único que podemos hacer es mirarlo a los ojos, sumergidos en el miedo que se toma la cabina de proa. La jeringa vacía se pasea por el piso, mientras que la heroína se roba cada glóbulo rojo de sus venas. No es el mismo sujeto de hace un minuto, este hombre que mira las estrellas nos da más miedo.

Nos apunta con sus endemoniados ojos atrapados entre unas arrugas nacientes. Intenta continuar su discurso de hace un rato. Su voz ronca retumba en las paredes de la nave. “Todo fue destruido…ya no tenemos ningún lugar a donde ir, ni razones para continuar con esta estúpida misión…”

“Nuestra raza no tiene salvación… ya nos jodimos ¡Mátenos a todos, capitán! ¡Por favor!”. Suena la voz de temblorosa de uno de los nuestros.

Nos mira. Callamos, todos sabíamos que dentro de muy poco tiempo nos encontraríamos con la muerte, pero no queríamos mirar directamente a nuestro asesino… el viaje continúa.

Es un buen capitán, sabe imponer respeto.

(Narración continuada por el capitán varios días terrestres después del aterrizaje)

Cómo cuesta entender el paso del tiempo sin un sol que te guie. Debo confesarle que aún me guardo una pequeña dosis de heroína para disfrutar el momento de mi muerte. La soledad de este paisaje me terminará aplastando. Las leyendas cuentan que este es el mundo más oscuro del universo, donde los dioses hedonistas venían a terminar sus días.

Puedes escuchar el viento que golpea las hojas de los miles de árboles que crecen salvajes. Son una marea de un color carmesí que brilla en la distancia y coquetea con la oscuridad de un planeta en el que no hay ni un solo ser pensante que me reconozca en sus caminos.

Pero no estoy solo. Me está buscando. Disfruta jugando con mi angustia. Miro hacia el cielo, el firmamento brilla sin remordimiento sobre esta bóveda de oscuridad perpetua; los lejanos rayos de las estrellas parecen anunciar mi funeral y sus parpadeos me entristecen.

A veces es imposible retener las lágrimas. Hace unos días, la música de su caminar era acompañada por los gritos de mi tripulación. Me tengo que calmar. Algo haré, pero aquella bestia no escuchará mis suplicas.

Necesito descansar, hace mucho que no como algo de verdad y el frío me está destrozando cada maldito hueso.

El informe fue claro, ya no existe humanidad en la eternidad del espacio. Ya no hay un lugar al cual llamar hogar. Las luces de las estrellas en el infinito esconden a los pocos seres humanos, que agonizan, al igual que yo, en esta diáspora de extinción.

Esa criatura no me deja dormir. Siempre escucho sus pasos y siento que sus dientes devoran mis sueños. También los veo a ellos caer y mirarme, recriminándome por sus lamentables vidas que se pierden en medio de mis lágrimas; y miro a esa cosa, me reconozco en sus pupilas y mis miedos me transfiguran hasta desintegrar cada partícula de lo que soy. No puedo dormir. Maldito ser. Maldita vida.

Solo me queda una dosis y lo único que oigo son los malditos pasos de esa mierda. Esto es un infierno.

Escucho mi corazón que corre, y siento que la sangre de mi cuerpo se evapora en un ataque de nervios. Cuando me encuentre con esa cosa nadie me escuchará gritar… ¿existo en un mundo como este?

Me está observando. El susurro del viento cambió por el estridente paso de sus patas destrozando el piso. Me tiemblan las piernas. Comienzo a sudar. De mi boca se escapan desesperados los pocos tragos de aire que me quedan en los pulmones.

Corro. Mierda, ya no tengo linternas. Las hojas de los árboles son tan duras que rompen mi piel como si fuera un pedazo de papel. Los pasos se acercan. Mi cerebro me tortura con la imagen de sus dientes. Ya no puedo ver nada. Voy a caer, voy a llorar.

Cierro los ojos. Me calmo. Todos los sonidos desaparecen. Pero puedo escuchar un río que persistentemente corre libre en este rincón del universo. La corriente me llama a su orilla. Creo que es mi cobardía la que me impulsa a seguir adelante. Tengo miedo de lo que pueda ver en estos caminos…

Todos están muertos por mi culpa. Eso ya lo discutimos. Pero ya le dije que no me joda, de verdad, no ve que esto es serio. Voy… a morir ¡Maldita sea! Mi cuerpo ya me la pide, mis rodillas tambalean y se derriten con este viento helado. Ya no veo hojas carmesí, ahora son doradas y se desprenden con fragilidad, el viento las despega de los árboles, bailan con el viento en la noche eterna de este planeta. Este mundo, todos los mundos, y la vida como tal es danza, y nuestro compañero sin rostro nos guía con sus pasos hacia la nada; porque la muerte no es nada, la muerte es aquel baile que ninguno de nosotros aprenderá a llevar ¡Carajo! Me estoy volviendo loco.

El río es hermoso. Sus aguas espesas desprenden un vaho hirviente que rompe los vientos helados. Las hojas bajan de la montaña con las corrientes de aire, y en su danza descienden hacia el río que las recibe en una espiral carmesí y dorada. El sonido de una corriente ensoñadora las acurruca en medio de la oscuridad, y las hojas duermen en sus allí, derritiéndose con el calor para fusionarse con sus vírgenes aguas rojizas

El olor me transforma. Es un tesoro proveniente del mismísimo infierno. Mis pulmones están a punto de explotar y mi cuerpo tiembla. Ya no siento frío, sino una explosión que abarca mi carne en su totalidad. No me duele nada. Los pedazos de mi cuerpo lo disfrutan como un todo; me siento eterno con la oscuridad de este mundo y el silencio del universo. Esto es más grande que cualquier hombre, que cualquier pensamiento.

Nunca olvidaré los pasos de la criatura. Allá en la colina más alta, su gigantesca sombra se mueve paciente ante la presa altiva, que humillada descansa con el corazón palpitante y el aliento le quema la lengua y los dientes; su cuerpo arde con desespero. Ya no hay remedio.

Veo  mi nave solitaria. El campo de batalla que la rodea está cargado con las reminiscencias de sus súplicas. Los cuerpos parecen bultos en esta oscuridad, enmarcan un camino de salida que se dirige hacia esa nave. Pero ya no puedo caminar más, estoy exhausto.

Quiero dormir. Hace mucho tiempo que no puedo cerrar mis ojos, y desaparecer. Solo debo preparar mi camino para el sueño. Saco una caja que guardo junto a mi pecho. Tomo la jeringa con la mano derecha. Su líquido amarillo nada prisionero en medio de ese espacio minúsculo. Extiendo mi brazo con desespero, una gota de sudor cae en medio de todos los puntos que decoran mi piel. Me siento en el borde del río, mientras veo que su cauce serpentea las esquinas de este mundo. Los pasos suenan cada vez más fuerte en mi cabeza. Las agujas ya no me asustan como cuando era niño, ya no las siento. El líquido se escapa y la jeringa vacía se cae, como siempre pasa ¿Cierto? La criatura se acerca, me levanto. Sus pasos hacen temblar la tierra, y la puedo ver con más claridad en el reflejo de las aguas.

La criatura siempre ha estado corriendo asustada de su propia sombra, como una cucaracha que corre en un plato cóncavo. Cierro los ojos y me dejo seducir por el sonido del río, quiero que sus aguas rojas y doradas me lleven hasta el infinito, quiero que me derritan con su calor, para que mi cuerpo y mi alma se conviertan en aquel aroma exquisito que nadie podrá disfrutar. Pero tengo algo claro, sé que mi tripulación y yo viviremos en la eternidad de una criatura que existe en medio de mis pesadillas; al igual que todos nosotros y el universo entero.

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One response to “El último viaje, por José David Castilla Parra”

  1. José Luis Peregrina Solís says :

    En el mundo real, la soledad es un castigo a nuestras divergencias con nuestros semejantes. Nos sostiene el empecinamiento. No los tratamos pero sabemos que ahí están. Pero la soledad del último ser humano, tal como se narra aquí, es simplemente sobrecogedora.

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