ORÁCULO,

Tenemos el gusto de presentar la historia ORÁCULO del escritor español Francesc Barrio @tadeoki

Si os gusta su historia podéis comprar su novela en Amazon: Arthur al otro lado.

También podéis visitarlo en su página web: https://noencuentroellitio.wordpress.com/

Ahora sí dejad lo que estáis haciendo y  leed esto (recordad que lo visteis en Mil Inviernos, la revista de lo fantástico y la ciencia ficción de habla española y pueltolicana):

 

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Dream by shiprock (cc 3.0)

 

ORÁCULO

 

Alma despierta súbitamente, espantada, envuelta en sudor. Aun con la respiración forzada, se siente desorientada, perdida. Del susto, se ha reincorporado en el futón sobre el que descansa. La luz de la luna menguante ilumina tenuemente el interior de su habitación, permitiéndole orientarse. Intenta tranquilizarse. Se levanta, sale de su cámara y se dirige a una de las salas comunes. Coge un tazón y extrae un poco de agua del aljibe. En la Comunidad se respira la calma propia de los instantes previos al amanecer. Apenas se escucha poco más que la acompasada respiración del resto de mujeres de las Penitentes. En el exterior se distinguen los sonidos de la vida nocturna. Perros salvajes, rapaces, insectos, todo tipo de criaturas en plena actividad bajo el manto de estrellas que todo lo cubre.

Se acercan unos pasos pausados que reconoce inmediatamente. Se trata de la abuela Marcia que se acerca por el pasillo con una vela encendida en la mano.

–Últimamente no duermes muy bien, cariño –dice la anciana. Alma la observa expectativa. Su elegante melena canosa aún mantiene vestigios dorados. Su mirada azulada, que en ocasiones resulta fría, es ahora tierna y amable–. Te haré una tisana. Acércame la valeriana y la melisa, por favor.

–Tú tampoco duermes mucho, Aya –dice Alma rebuscando entre los tarros de hierbas.

–Yo nunca duermo mucho cariño, ya lo sabes. A ver, ¿qué ocurre? –Dice Marcia mientras pone a calentar agua en un cazo de barro.

–Nada, una pesadilla. Ya hace tres días que me ronda. –Su voz suena apesadumbrada.

–Umm, suena serio. Cuéntame.

–He soñado con mis niñas –empieza a narrar Alma, pensativa–. Siguen una senda por el medio del bosque. Es oscuro y, entre los árboles, se distingue una gran columna de luz que parece ser su destino. Yo estoy con ellas pero, a la vez, no estoy, simplemente las veo. Llegan a un claro. Están ansiosas y entre ellas charlan animadas. Del centro del claro surge esa gran columna de luz. Harían falta al menos veinte mujeres para rodearla con los brazos extendidos. Ellas se miran sonriendo. Saben que ya han llegado. Dejan los bártulos en el suelo, se dan las manos y se acercan a la luz. Pero, de repente, todo cambia. El cielo estrellado se transforma en tormenta, la columna ya no existe y en su lugar sólo queda una gran losa de piedra negra que irradia un calor incómodo. Ellas se sienten traicionadas. Alguien las ha engañado. Pero antes de que se giren y puedan huir de la trampa, son asaeteadas. Primero cae Anya, con una flecha que le atraviesa el corazón. Luego cae Siana con un corte profundo en su cuello. Y por último, intentando correr, cae Mysia con varias heridas en la espalda. Veo como mueren las tres. Y entonces despierto, desesperada, con un grito ahogado en mi garganta y el corazón encogido.

–Ya deberían haber vuelto, ¿verdad? –Dice la anciana tras unos tensos instantes. El agua ya hierve.

–Sí, deberían haber regresado hace tres o cuatro días. Creo que les ha pasado algo. Lo siento en mi interior.

–¿Y qué quieres hacer? –Mirándola fijamente a los ojos, Marcia le acerca su infusión.

–Iré a consultar al Oráculo –contesta Alma no sin cierta turbación.

–Será peligroso. Tendrás que cruzar toda la ciudad. No deberías ir sola.

–¡Debo ir sola! –Contesta Alma con intensidad para seguir luego de manera más pausada–. Son mis hijas, yo las envié y yo las he perdido. No voy a involucrar a nadie más. Partiré cuando anochezca y, si todo sale bien, estaré de vuelta al amanecer. No correré ningún riesgo innecesario.

–Si es lo que has decidido, que así sea.

–Es lo que he decidido.

En la escuela, situada en un gran salón en el ático del edificio que alberga a la Comunidad, las Lectoras comparten su sabiduría con las más jóvenes. Su título no es más que un anacronismo, ya que no tienen libros que leer y, si los tuvieran, ya nadie recuerda los antiguos signos. La transmisión del conocimiento ha vuelto a ser oral, como antaño, narrado como historias y leyendas. Se cuentan cosas maravillosas, mezclando fábula con saber, rellenando los huecos con mitos y quimeras, transformándolo todo en tradición. Enseñan cómo sobrevivir en los bosques, enumeran los peligros de la vieja metrópolis, explican cómo interpretar los astros y como guiarse por los símbolos del cielo. Y hablan de la Vieja Época, cuando los hombres no eran bestias como ahora y eran Constructores. Cuando creaban aparatos capaces de cruzar la peligrosa urbe rápidamente.

En eso piensa Alma mientras se prepara para su arriesgada aventura. Ha recogido su pelo en una trenza. Se viste con una túnica ligera, unas botas altas y una gruesa capa. Lleva un zurrón con cuatro cosas imprescindibles para la supervivencia y con los presentes para el Guía, el anciano que guarda el Oráculo. Ha elegido su arco favorito y en el cinto cuelga un carcaj con unas cuantas flechas, un cuchillo largo y un revolver ya oxidado. No funciona, ni tan solo tiene munición. Y no le servirá de mucho si tiene que enfrentarse a una banda de machos animados por su número. Pero le será útil si halla solitarios. De alguna manera, ellos aún recuerdan. Aún temen el poder perdido del arma.

Los últimos rayos del sol se funden en el lejano horizonte, mezclándose con las olas. Su corazón alberga remordimientos y su mente navega en un mar de dudas pero, totalmente decidida, Alma se dispone a partir.

A su espalda, Alma deja la sierra boscosa, enmarcada por los dos picos que delimitan el valle por el que va a descender a la eterna metrópolis. La cumbre de su izquierda es la Montaña Mágica. Entre los arbustos se esconden las misteriosas ruinas de un derruido castillo rodeado de alarmantes estructuras metálicas gigantescas, donde cuentan las leyendas que los ancestros se divertían. Es un buen lugar para conseguir repuestos sin correr muchos riesgos. La cumbre de su izquierda es el Monte del Observatorio. Recibe su nombre por una vetusta cúpula, usada habitualmente como refugio de caza. También hay una gran aguja metálica, de unos trescientos metros, que en algún momento cayó por la otra ladera, fusionándose con los matorrales. Entre ambos picos se encuentra la zona de caza habitual de la Comunidad de las Penitentes. Pero hoy no es ese el destino de Alma. Hoy marchará en dirección contraria, descendiendo hacia la costa, hacia lo ignoto. El sol ya se ha puesto completamente. Por suerte, la protectora luna menguante iluminará su camino.

A sus pies se extiende lo que otrora fuera una gran urbe con grandes edificios, magníficas avenidas, parques y carreteras. Poco queda ya de la herencia de los Constructores. Las arcaicas edificaciones son ya armatostes derribados, apenas reconocibles por la acción de la flora salvaje. Y los escasos espacios abiertos se han convertido en una jungla incontrolada habitada por todo tipo de alimañas.

En la Casa de la Comunidad, la Guardiana del Tiempo hace sonar su campana veinte veces. Alma calcula que tiene unas nueve marcas de clepsidra para completar su misión. Espera que sea suficiente. Marcia ha salido a despedirse. Sin palabras, simplemente un abrazo antes de volver a sus quehaceres.

No hay caminos definidos para salir de la Casa hacia el sur, por eso Alma desciende con cuidado los bosques que cubren la parte de atrás de la Comunidad. Son unos doscientos metros entre matojos, zarzas, encinas y pinos que baja, cuidándose de no tropezar con los cascotes que salpican esta zona. A pesar de la oscuridad, se siente segura. Aunque es un lugar que evitan, en su juventud, todas acuden alguna vez a curiosear entre los despojos de la civilización. También es el lugar de encuentros fortuitos con solitarios en época de celo. Por suerte, hoy no hay ninguno vagando por la zona, así que la sobrepasa rápidamente, alcanzando enseguida los decrépitos vestigios de una calle que la conducirá a lo que había sido el centro de la ciudad. De todas formas, sin tener en cuenta el hecho de que no se ve prácticamente nada, poco hay en este lugar que recuerde el antiguo barrio. En este sector, no tan urbanizado como el resto, la vegetación se ha extendido mucho más que en otras partes.

La calle desemboca en lo que antaño había sido una gran plaza que permite atravesar una gran carretera semienterrada, una arcaica ronda de circunvalación. Prácticamente no hay ruinas en esta zona, ahora convertida en vergel. Pero es una zona peligrosa para ella. Bandas de hombres acostumbran a usar la vieja ronda para recorrer las zonas exteriores de la ciudad y es muy posible hallar algún campamento cercano. También es posible toparse con algún individuo de camino a la Comunidad. Por eso, Alma se mueve sigilosa, con toda la precaución posible. Pausando cada paso, acompasando su respiración, atenta a cualquier posible indicio.

Debe cruzar la plaza hasta su extremo opuesto, del que parten dos calles que la llevarán en su dirección. Se decide a rodearla, moviéndose entre el límite del bosque y los deteriorados edificios desastrados. Escucha atentamente. Tan solo le llegan los sonidos habituales de la noche. Alguna jauría de perros lejana, el ulular de un búho, algún grillo pertinaz. Parece que en la vieja plaza no hay humanos, pero no se confía. Se mueve cautelosa, casi en cuclillas, repartiendo miradas fugaces entre la oscuridad de los árboles y el vacío de las construcciones caídas. Inesperadamente, apenas ha sobrepasado un hueco entre los despojos, algo salta sobre ella embistiéndola. El atacante la desplaza un par de metros sobre el suelo dejándola indefensa, boca abajo, y repite una segunda embestida. Huele a bestia, a bárbaro, a macho. Mientras las manos de él hacen presa en su cuello, sus rodillas le presionan la espalda y los brazos, impidiéndole zafarse ni, mucho menos, alcanzar su revólver. Tan solo consigue, inútilmente, patalear a la vez que suelta un gemido. El agresor acerca la boca a su oído y le susurra un “Sssssss” calmante para acallar sus quejidos. Ella, al fin, deja de forcejear.

–Bien, hagámoslo rápido y déjame en paz. –Balbucea Alma claudicando.

–Si intentas escapar te corto los tendones de los tobillos. –Responde la voz áspera del hombre, a la vez que le muestra un cuchillo.

Éste, poco a poco, va soltando la presa, atento a las reacciones de ella.

–Date la vuelta. –Ordena

El asaltante ha quedado a horcajadas sobre su torso mientras ella se voltea como puede. Justo en ese momento, cuando parece que el salvaje está a punto de decir algo más, se escucha un silbido y la mujer ve una flecha que atraviesa la garganta de su agresor. Su salvador no puede ser más que otro macho, así que no tarda en escurrirse del cuerpo inerte, recoge su arco y se arrastra unos metros, escuchando con atención.

–¡Creo que le he dado de pleno! –Celebra una voz masculina.

–¡Uno menos! –Grita una segunda voz grave.

–Estos viejos no aprenden. –Asevera una tercera, con cierta autoridad.

Alma no los ve pero los siente próximos, resguardados entre la floresta. No le queda otra solución. Se reincorpora y sale corriendo.

–¡El otro huye! –Grita una voz más joven.

–¡Dejadle! – Ordena el de voz autoritaria. –Éste seguro que ha aprendido la lección.

De todas formas, Alma sigue corriendo, casi a tientas, iluminada por la tenue luz de la luna, esperando que, realmente, hayan creído que no era más que un rival y la dejen escapar. Por si acaso, no se quedará a comprobarlo. Un encuentro con un solitario puede ser un problema, pero es un problema temporal. Hará lo que quiera hacer y luego la dejará marchar. Pero un encuentro con una banda de garañones es algo mucho más peligroso.

De los dos caminos que llevan hacia el sur desde la plaza, en su huida, Alma ha elegido el de la derecha, el que tenía más próximo. Recorre unos metros aún a la carrera hasta que, de nuevo, la vegetación que se extiende entre los pisos altos de ambos lados empieza a cubrir el cielo. Busca un resquicio entre unos cascotes y se detiene a descansar, recuperarse del susto y comprobar que no ha perdido nada. Todas sus posesiones siguen en su sitio y sólo tiene que lamentar la pérdida de un par de flechas que se han partido. Alma sigue su camino hacia el mar.

Tras recorrer un kilómetro más de bajada, llega a una nueva plaza. En ésta, el cemento ha impedido que los matorrales se extiendan de manera incontrolada y aún se distingue en su centro, una extraña estructura metálica de unos quince metros de alto en forma de gran prisma, junto una gruesa viga de altura similar que parece clavada en el suelo. La mujer mira al cielo y el movimiento de la luna le indica que ya lleva casi un par de marcas de viaje. No puede perder más tiempo, pero sigue muerta de miedo ante otro posible encuentro desagradable. Por suerte, esta plaza es más pequeña y tiene mejor visibilidad. Se decide a cruzar corriendo, siguiendo recto, enfilando por la primera bocacalle. Alma sabe que, en esta zona, las calles son más estrechas. Las paredes no son tan ruinosas y eso significa muchos más recovecos a los que prestar atención. Además, la espesura es mucho más tupida entre los pisos altos, creando una especie de verde túnel de profundidad infinita. Le queda algo más de un kilómetro hasta llegar a una gran avenida que corta en diagonal. Cuando la alcance, ya habrá recorrido la mitad de su camino.

Hace un trago apresurado del nutritivo hidromiel que lleva en el zurrón con sus provisiones, y se prepara a continuar viaje. Aquí todo parece más tranquilo, posiblemente por lo cerrado del espacio. No tarda en descubrir cuan equivocada estaba. Cuando apenas lleva bajada media calle, escucha los inconfundibles gruñidos de una jauría de perros salvajes. Demasiado cercanos. De día acostumbran a vagar por los grandes túneles de transporte que antaño cruzaban todo el territorio. De noche salen de caza. Seguramente sean suficientes para no temer a una mujer armada. Alma corre de nuevo desesperada, sin mirar atrás. La claridad de la luna le indica que tan solo le separan unos doscientos metros de una nueva plaza, donde espera encontrar un buen árbol al que subirse.

En su carrera, enseguida escucha los ladridos ansiosos de sus perseguidores. Sabe que no será más rápida que ellos. Su única esperanza es que les lleve suficiente ventaja.

Llega a la plaza y, sin pensárselo dos veces, trepa a la primera encina que encuentra. Los perros no tardan en llegar babeantes. Mientras ella escala las primeras ramas, los más avezados intentan alcanzarla saltando. Por suerte, Alma es hábil y no lo consiguen. De momento, está a salvo. Pero no puede quedarse aquí mucho rato. Es posible que, si hay hombres en la zona, hayan escuchado la persecución y se sientan impelidos a curiosear. En su zurrón lleva una pasta preparada a base de aceite de ricino, ácido oleico y soda cáustica. En otra situación se impregnaría con él y aguardaría a que los canes se desesperasen con su olor desagradable. Pero no puede permitirse el lujo de esperar a que eso ocurra. Así que se arranca un pedazo alargado de su túnica que impregna con la pasta, y lo ata a la punta de una flecha. Acto seguido, manteniendo el equilibrio, saca una viejo encendedor de mecha con el cual prende el trapo impregnado. Con dificultad, carga la flecha en el arco y apunta a una de las bestias más peludas. Dispara y tiene éxito. Enseguida el fuego se extiende por la pelambre del animal provocando su huida y la estampida del resto de la jauría.

En cuanto se han ido, Alma baja del árbol asustada por la posibilidad de que el espectáculo atraiga animales más peligrosos. Por ello se apura a cruzar la pequeña plaza alargada de apenas un centenar de metros. Después, apresurada pero con el máximo sigilo posible, cruza la gran avenida y sigue su camino por una de las calles más anchas de la ciudad. Suficientemente ancha como para que tenga todo un pasillo central limpio de follaje y que aún conserva el duro asfalto. Ya ha recorrido medio camino y el tiempo avanza. Además, le queda lo peor del viaje. Primero un kilómetro aproximado, recorriendo esta gran calle, luego la plaza más peligrosa, una de las más grandes, la que marca el antiguo centro histórico. Luego un kilómetro más por callejuelas más estrechas, hasta el puerto.

El primer tramo no guarda mucha dificultad, al menos al principio. Lo recorre siguiendo el límite de árboles que salen de los edificios rotos, sin meterse francamente en la espesura y sin quedar totalmente expuesta. La luna guía sus pasos. Se lo toma con más calma a medida que se acerca a la espinosa plaza. Es prácticamente seguro que haya alguna banda de cazadores en la zona así que intentará sortearla. Un par de manzanas antes de divisarla, gira a la derecha, recorre unos doscientos metros y gira de nuevo a la derecha, entre vetustos bloques con solera, salpicados de verde. Baja unos trescientos metros más para intentar colarse por una callejuela muy estrecha, de vegetación tupida, cuando unos gritos inconfundibles atraen su atención desde la plaza. Ya se encuentra al sur de la misma, prácticamente ya la había sobrepasado, pero se le hiela la sangre al reconocer los gritos de una mujer. Se detiene dubitativa, podría ser cualquiera, pero también podría ser alguna de sus hijas. Las pueden haber atrapado y, no sabe de qué manera, traído hasta aquí. Es arriesgado, pero debe comprobarlo.

El peligro de la plaza no reside en su situación estratégica, ni en lo frondoso de su bosque. El peligro se encuentra bajo tierra, el laberíntico entramado subterráneo que se halla bajo su superficie y que, habitualmente, alberga a grandes bandadas de machos. Por eso se acerca con la máxima cautela. Si la descubren, nada la salvará. Por si acaso, comprueba que el revólver esté en su sitio y coloca una flecha en su arco. Nada te prepara para una prueba así, por lo que, sin más demora, avanza con todo el sigilo posible, pensando en fundirse con el entorno, en ser invisible. Los alaridos de la mujer cautiva se mezclan con gritos y risas más graves. No están muy lejos. Sus pasos son lentos pero seguros, no puede permitirse un error. A medida que se va adentrando en el frondoso bosque, la escasa visibilidad se va desvaneciendo, lo que hace la aventura aún más difícil. Sabe que ya se encuentra en la plaza en sí, porque el suelo es una mezcla de matojos, tierra y pequeños cascotes. Continúa su avance hasta topar con una vieja escultura derruida, una estructura con una vaga forma de gran escalera de piedra. Por suerte, los hombres se sienten seguros aquí y parece que no tienen vigías. Muy propio de ellos ese exceso de autoconfianza. Continúa su lento avance, arrastrando los pies, con todos los sentidos alerta. Le llega el olor fétido de aguas estancadas que se mezcla con el olor acre de la jauría humana. Deben ser muchos, demasiados, piensa y, por un instante, le pasa por la cabeza dar media vuelta y huir. Pero no puede, no le queda más remedio que seguir.

A pocos metros, entre el espeso follaje, se distingue la luz de alguna fogata y las voces ya son más claras y reconocibles. Diría que al menos deben ser una veintena. Seguro que están borrachos, celebrando la captura. Alma sigue acercándose, poco a poco, meditando cada avance. Hasta que la fronda empieza a aclararse y consigue ver algo. Allí se detiene, se pone en cuclillas e intenta echar un vistazo.

No puede contar cuántos son, pero hay más de los que esperaba. Por suerte, la mayor parte están tumbados, parecen dormidos. Una decena de ellos, juegan con una esclava, pasándosela de unos a otros entre risas y jadeos. Mientras uno abusa de ella, los demás lo jalean alentándolo. Luego, el siguiente. En una jaula cercana, hay una segunda mujer que parece inconsciente. Pero no, parece simplemente ida, es normal. Alma se espera hasta poder ver las dos caras femeninas. No se alegra, pero al menos ninguna de ellas es de su Comunidad. Se gira para marchar mientras se le empañan los ojos y enfila el último tramo de su camino hasta el Oráculo.

Esta zona también está repleta de estrechas callejuelas por las que apenas se puede pasar debido a lo denso del follaje. Por ello decide bajar por la arteria más ancha que la lleva directamente a su destino. Supone que será más segura. Además, los animales están ocupados, piensa con pesar y con cierto remordimiento. Abatida, sigue su camino.

No tarda en llegar al final de la calle que desemboca en una plazoleta con escasa vegetación. A escasos metros empieza el puerto y, a lo lejos, el mar. Cuentan las leyendas de las Lectoras que, antaño, el agua llegaba hasta los pies de la ciudad. Ahora, el puerto es una especie de marisma embarrada, haciendo el mar prácticamente inaccesible. A su derecha, se encuentra el bloque donde hallará la entrada a su destino. Alma alza la vista al cielo y la luna le indica que ha tardado casi cuatro marcas.

Su objetivo son los restos de un gran edificio cuya función en el pasado Alma nunca ha llegado a comprender. No es extraño, le sucede con prácticamente todos los vestigios de la olvidada civilización de los Constructores. Pero es curioso, de alguna manera, este lugar le produce una mayor desazón que otras construcciones ruinosas. El lugar se encuentra rodeado de vegetación por todos costados excepto por lo que en su momento debió ser el frontal, formado por siete grandes arcadas que, en su tiempo, debían estar cubiertas por cristal. Ahora, el vidrio no es más que un polvo brillante mezclado con la tierra y los matorrales, y los arcos quedan totalmente despejados. Eso facilita el acceso a su interior, un laberinto de pasillos, delimitados por numerosas columnas caídas, con restos de decrépitas embarcaciones por todos lados y numerosos cascotes provenientes de un abatido techo, a punto del derrumbe absoluto. De los numerosos agujeros en le tejado, penden enredaderas y lianas a modo de avanzada de una invasión vegetal en ciernes.

Alma no duda, ya conoce el camino. Aprovechando de nuevo la luminosa caricia de la luna, se introduce ágil entre los restos, esquivando escollos, saltando pequeños matorrales. Sabe que aquí no hay peligro. Todos respetan el Oráculo. Entrando por un lateral, llega hasta al fondo, gira a la derecha y allí halla la entrada a la caverna del Guía. Una oquedad más que una puerta, en la que se intuye una escalera que desciende tenebrosa. Aquí Alma saca una pequeña vela de su zurrón. Baja lentamente, los escalones resultan resbaladizos debido a la humedad que rezuma de las paredes. El lugar huele a decrepitud.

Enseguida alcanza una gran sala, la antesala del Oráculo. El techo es bajo, consecuencia de sucesivos derrumbes, una antorcha pende de una de las paredes y, en una esquina, el fuego de un hogar ilumina la figura tenebrosa del Guía. Es un anciano, vestido con una gran capa parda que cubre todo su cuerpo, envolviéndolo. Parece ocupado en una marmita, sobre el fuego. El aroma del guiso se mezcla con el olor penetrante y acre del lugar. El Guía se gira al oír los pasos de la mujer y, sus ojos velados, totalmente blancos, se pierden en la nada.

–Pasa niña. Esta noche tenía la sensación de que tendría visita. He preparado un tentempié. Seguro que necesitas recuperar fuerzas. ¿Qué tal el viaje?– Su voz calmada resuena por toda la sala.

–Soy Alma, de las Penitentes. No era mi intención estorbaros, Señor. –Contesta la mujer con cierta turbación

–Nunca me molestáis, niña. –Sonríe el abuelo.

–Os he traído unos presentes, ¿dónde puedo…

–No, no, no. –Ataja el hombre–. Primero come un poco y luego hablaremos de lo que te ha traído hasta aquí.

El anfitrión saca una escudilla en la que sirve una generosa ración de un prometedor guiso de verduras. Con un gesto, invita a Alma a sentarse a su lado, le acerca un trozo de pan y otro de queso y, mientras busca una tinaja con agua, le pide que le narre su viaje, qué es lo que ha encontrado por la ciudad, lo que ha visto y lo que ha oído. La mujer, solícita, le explica su aventura sin perder detalle, reprimiendo el ansia de hablar del motivo de su visita. Pero ya sabe cómo es el Guía y, hasta que él no lo decida, no habrá nada más que charla insustancial. Cuando ella ha acabado el refrigerio, el viejo recoge los utensilios y, luego, se acerca a su invitada.

–Bien niña, entonces, ¿qué es lo que te ha traído hasta mí?

Alma acerca su zurrón y saca unos cuantos objetos:

–Señor, os he traído unos presentes: unos guantes de piel, un ungüento para las heridas y un pedazo de carne. Esta semana cazamos un ciervo. – Alma le entrega los regalos intimidada.

–Gracias niña. Si no fuera por los solicitantes como tú y vuestros cuidados, no sé qué sería de mí. –Agradece el Guía.

–Y deseaba, con vuestro permiso y vuestra guía, hacer una consulta en el Oráculo. –Pide la mujer con urgencia en la voz.

–Por supuesto niña. ¿Qué es lo que te preocupa?

–Temo por mis hijas, Señor. Marcharon hace unos días en un viaje difícil y ya deberían haber vuelto.

–Penitentes. Sí, las recuerdo. Estuvieron aquí buscando consejo antes de partir. Espero haberles servido de ayuda. ¿Dices que aún no han vuelto? –Interroga el anciano.

–Sí mi Señor. Deberían haber regresado ya hace tres días. Y, bueno, he soñado con ellas, un sueño que no entiendo y me produce desazón.

–Explícame ese sueño, niña. –Alma le cuenta la misma historia que no hace mucho le explicara a Marcia. Él escucha con absoluta atención, cerrando sus ojos ciegos, concentrándose–. Bien, –dice una vez ha terminado su narración–, cuéntame en qué consistía la misión de tus hijas.

–Partieron hace nueve días. Debían llegar hasta la Comunidad de la Montaña Dentada. La cosa era sencilla, un par de jornadas de ida, un día para solucionar cuestiones y un par de jornadas de vuelta. Habíamos convenido que, si algo las retrasaba, enviarían una paloma. Nada se ha recibido en la Comunidad, y deberían haber regresado hace tres o cuatro días. Precisamente el tiempo en que se me repite la pesadilla.

–¿Puedo preguntarte las cuestiones que iban a tratar con vuestras hermanas? –Inquiere el Guía.

–Bueno, se trataba de proponerles un proyecto conjunto. Aunar esfuerzos. Su comunidad es menos numerosa que la nuestra, pero se encuentra mucho mejor protegida de los ataques de los salvajes. –Alma echa una mirada inquisitiva al Guía, pero éste no reacciona de ninguna manera especial a sus palabras–. Además, al parecer cuentan con Lectoras Verdaderas y tiene Libros. Queríamos solicitar que nos aceptaran, para empezar algo nuevo, para empezar una nueva civilización. La Era de los Constructores también tuvo cosas buenas y quizás entre todas podamos rescatarlas y resurgir de esta barbarie… –La mujer siente cómo empieza a emocionarse hasta que es consciente de que, en definitiva, está hablando con un hombre–. Bueno, básicamente, ésa era la misión de mis hijas.

–Bien niña, te voy a decir las palabras, recuerda que debes recitarlas tal como yo te las entrego.

–Sí mi Señor. –Asiente Alma con un gesto de cabeza.

–Debes decir: despertar, sueño, engaño, ilusión, muerte, destino, hombre, hijos, civilización, barbarie. Ésas son tus diez palabras, niña. –La voz grave del Guía resuena con dignidad–. Entrarás en la Cámara del Oráculo y esperarás a que Él aparezca y te ilumine con Su luz. El Espíritu está cansado y quizás te parezca que dude. No te preocupes. Te arrodillarás ante Él, en la posición del solicitante y recitarás tus palabras cuando te las pida.

–Gracias mi Señor. –Agradecida, Alma le toma la mano derecha y se la besa.

Acto seguido, se dirige al extremo de la sala, donde una puerta desvencijada da paso a una habitación mucho más pequeña. Totalmente libre de cascotes y restos, tan solo hay un objeto, situado en el centro de la misma. Se trata de una gran placa metálica de unos pocos centímetros de ancho. A pesar de la oscuridad de la cámara, su superficie bruñida refleja la tenue luz del fuego del hogar. La placa mide unos dos metros de alto y poco más de un metro de ancho. Un soporte la mantiene vertical. De éste parten unos cables que se pierden en la oscuridad. Cuando Alma se acerca para arrodillarse ante ella, la placa brilla con un fulgor azulado.

–Desconexión… autónoma… realimentación… reiniciando sistema… manténgase a la espera… –Una agradable voz masculina surge de la placa, entrecortada. Toda su superficie queda cubierta por una imagen neblinosa que, de forma intermitente, parece recomponerse hasta mostrar una forma humana. El conjunto parpadea varias veces, hasta que la imagen queda fijada. Es un anciano venerable, de ancha frente y una abundante melena encanecida. Va vestido con una elegante túnica de corte clásico–. Introducir…, introduzca claves.

–Despertar, sueño, engaño, ilusión, muerte, destino, hombre, hijos, civilización, barbarie. –Alma recita las palabras, haciendo una breve pausa entre cada una, concentrándose en vocalizarlas correctamente e intentando darles el tono de respeto adecuado.

–Es verdad… –Empieza a recitar el Oráculo pero parece atascarse en su discurso–… Sueña el Rey que es Rey… –Es como si el espíritu encerrado en la placa intentara encontrar las palabras–… todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende… –La imagen parpadea unos instantes hasta que finalmente se centra–. Yo sueño que estoy aquí, destas prisiones cargado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi. ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

Fundido a negro. La aparición finaliza y Alma, turbada, regresa junto al Guía.

–¿Han sido reveladoras las palabras del Oráculo? –Solicita el anciano.

–No…, no las entiendo, mi Señor. –Alma le recita literalmente el mensaje recibido.

–Bien. Creo que está claro. No debéis preocuparos por nada niña. Escucha, cuando vuestras hijas visitaron la Cámara, éste fue el mensaje que recibieron: “Hace algún tiempo en ese lugar, donde hoy los bosques se visten de espinos, se oyó la voz de un poeta gritar. Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. –Recita el viejo con los ojos entrecerrados–. No debéis temer ningún infortunio. El Oráculo les vaticinó un buen viaje y ahora os dice a vos, mi niña, que vuestros sueños son tan solo eso, sueños inocuos. La preocupación típica de una madre. No temáis.

Alma, con educación no exenta de brusquedad, agradece al Guía su intercesión y abandona, abatida, su morada. Regresa, apresurada, al exterior, corriendo en busca de aire fresco. Ya en la plazoleta, se sienta sobre el torso de una estatua caída. Es un personaje vestido con lujosos ropajes que extiende su brazo derecho señalando, ahora inservible, a la nada. Alma se siente estafada y se reafirma en su opinión. Un nuevo mundo es posible, más allá de la ceguera del hombre.

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