La propulsión a chorro de Tom

Por Anbilli

Ante el poderío de Nairo Man,  Doumolin tuvo que simular una diarrea para así evitar el ataque que se le venía encima: esta es la teoría de algunos fanáticos que aún no encajan las razones por las cuales su ídolo terminó en el segundo lugar de la clasificación general del Giro de Italia.

Gracias a esta sospecha, nos permitimos proponer los siguientes puntos que, si  se hubieran aplicado, no habría lugar a ninguna duda sobre el resultado final de la primera Gran Vuelta de este año:

  • Los comisarios debieron cerciorarse de la deposición de Tom; es decir, luego del incidente, era muestra de total diligencia el que se hubieran bajado de sus motos a mirar si había una diarrea diseminada por el pasto de la cuneta de aquella memorable carretera.
  • Si no era posible una detención de los comisarios, las autoridades competentes, a la llegada a la meta del holandés, pudieron revisar las nalgas del mismo o su culotte para atisbar rastros excrementales que evidenciaran la penosa situación por la que atravesó el atleta.

En consecuencia, es imperiosa la necesidad de una reglamentación en donde se contemple que, todo ciclista que esté en puestos de importancia en una competición ciclística de ruta, debe defecar encima, como lo hicieron, entre otros, los ilustres Greg Lemond o Jan Ulrich, quienes llegaron con chorros marrones que empapaban sus afeitadas piernas.

Ahora bien, si Doumolin sufrió de diarrea, no significa que esté limpio de toda culpa o que no haya utilizado otras estrategias non sanctas o poco higiénicas para incrementar su rendimiento. Una clara explicación por la cual el holandés no perdió más tiempo en la ascensión a Umbrail Pass es que, aprovechando su percance estomacal, se valió de la propulsión a chorro que la naturaleza le dispensó para esos cruciales momentos, con lo que nos encontramos ante una suerte de motor orgánico que le permitió no desfondarse y sí evacuar con ahínco y, por qué no, dicha.

Ante esta posibilidad, es imperiosa la prohibición del uso de cualquier laxante pues,  con un empleo como el que realizó el holandés, se convierte en sustancia dopantes ya que, por un lado, incrementan el rendimiento y, por el otro, redundan en la salud del  deportista que la consume.

Por lo tanto, la UCI debe exigir que cada competidor use un pañal a lo largo de las carreras; así nada de lo que se excrete sea un propulsor o que se presenten ataques arteros, como los que, según los detractores de Quintana,  se dieron en la etapa 18 mientras el holandés meaba y, por lo tanto, el “sudaca” o “tiraflechas” (dos de los principales adjetivos que se le otorgan al ciclista colombiano)  quedará al descubierto como un cobarde que a duras penas sabe montar una bicicleta- no se tiene noticia de un indio que pueda subirse a una bicicleta, la cual es diseñada por y para blancos, como lo dicta la superioridad natural de la historia- y, de no ser por sus trampas y oportunismos, ni siquiera estaría en el podio de alguna de las competencias que ha encarado.

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