Sordios. Por Leandro Alva

La Torre de Babel, por Pieter Brueghel

Génesis 11:4

“Vamos a construir para nosotros mismos una ciudad y una torre. Vamos a construirla para que llegue hasta el cielo. Seremos famosos. Si hacemos esto, no seremos dispersados por todo el mundo. Podemos alcanzar a Dios y las personas nos seguirán y nos adorarán.”

 

No se sabe quien empezó a levantar los muros, ni porqué hacían falta muros. Me dirán que para construir una torre es necesario comenzar por un muro. Y pocas cosas son tan ciertas como esa. La idea era establecerse en la llanura de Senaar, y levantar una torre majestuosa, como un soberbio índice acusador que desafiara al cielo y coronara la fastuosa ciudad donde pretendían vivir. Babel era el nombre que designaría a este asentamiento.

A falta de piedras y argamasa, consiguieron ladrillos y betún. Así comenzaron los trabajos para edificar un monumento a su arrogancia, casi divina.

Yahvé, omnisciente e irascible, contemplaba la tarea de los hombres, contemplaba su vanidad sin límites. Y lo que vio lo puso furioso. ¿Así que el hombre, hecho a su imagen y semejanza, tenía la osadía de rasgar el firmamento con sus delirios de grandeza?

Hasta ese momento los seres humanos utilizaban una lengua única para comunicarse, no había malentendidos ni escaramuzas retóricas. Pero el enojo de dios terminó con esta gracia. La soberbia de los hombres ameritaba un castigo, y la deidad dispuso la incomunicación eterna. La sordera de no comprender al prójimo. La inutilidad de gritar como un cantaor flamenco en el medio de una tierra baldía y polvorienta.

Josué 6:16

“Y cuando los sacerdotes tocaron las bocinas la séptima vez, Josué dijo al pueblo: Gritad, porque Jehová os ha entregado la ciudad.”

Antes o después de Babel, ya no recuerdo, los israelitas quisieron alojarse en una ciudad llamada Jericó, pero la altura de sus murallas no se los permitía. A la cabeza de los judíos marchaba Josué, el sucesor de Moisés en el liderazgo del pueblo de dios. Josué miró hacia esa tremenda edificación como calculando algo y se dice que en ese momento recibió un mensaje de su señor. El altísimo, aunque algunos lo crean sordo, no lo es para las oraciones de los justos. Entonces, con la implacable convicción de su fe, Josué le pidió a los sacerdotes que lo acompañaban portando el Arca de la alianza, que tocaran lo más fuerte que pudieran sus shofarim. Los ministros lo miraron, un tanto incrédulos, pero soplaron como nunca por el tubo acústico de sus instrumentos. Las paredes comenzaron a derrumbarse, y cualquiera puede imaginar que si un sonido derriba una muralla, cuanto más devastador puede ser su efecto en el oído de un ser humano. Lo cierto es que los judíos entraron en Jericó con las orejas chorreando sangre, sin poder oír sus propias expresiones de alegría. La dicha de haber encontrado refugio era general. La sordera también. Una multitud de hipoacúsicos se estableció en la ciudad. Pasaron unos años, nacieron niños que debieron improvisar nuevos lenguajes, porque no entendían el de sus padres que, en su imposibilidad de escucharse, mezclaban violentos alaridos con balbuceos indiscernibles y palabras semiarticuladas.

La nueva generación debió aprender a nombrar nuevamente las cosas, pero eran tan altivos que cada uno se creía dueño de la verdad, caprichosa lógica de pueblo elegido, y creía poseer el fonema más adecuado para bautizar lo que capturaban sus sentidos. Así, todos y cada uno de los individuos que habitaban Jericó, dieron a luz un idioma particular, incomprensible para el resto. Y esta sordera, acaso peor que la de sus padres, fue la incomprensión.

Viena. 07 de Mayo de 1824. Teatro de la Corte Imperial.

Dios también estuvo allí, pero ajeno a su costumbre parece que estaba de buen humor, y no pretendía castigar a nadie, más bien todo lo contrario. La recompensa inesperada tenía la textura de un lenguaje ultraterreno, universal, inefable. La melodía derrotaba todos los límites, un enorme pentagrama de emociones amarraba las voluntades de los hombres como si fueran marionetas gobernadas por un misterio que excedía todo. Un soberbio coro sacudía las telarañas de los oídos y de los corazones de todos los concurrentes. Era el último movimiento de la sinfonía número 9. Era, quizás, la última vez que dios bajaba a la tierra. Un sordo era su vehículo, un paria malhumorado y desprolijo. Un hombre olvidado de todos, abandonado por el mundo. Un hombre con razones para odiar, que sin embargo le cantaba a la alegría y les daba una patada en el alma a cada uno de los presentes en la sala del teatro. Un hombre que inauguró las lágrimas en los ojos del diablo. Porque el diablo, por cierto, también estaba en Viena esa tarde. No se iba a privar de ese atisbo del paraíso del cual había sido expulsado tanto tiempo atrás.

El sordo tocó la última nota en el piano y bajó la cabeza, aureolada de sudor y cansancio, como para recuperar oxígeno. No escuchó la ovación. Se dice que una asistente tuvo que tomarlo por los hombros y hacerlo girar para que viera como los palcos se venían abajo en aplausos y vivas. Dios sonreía satisfecho. Satán se secaba las lágrimas, nostalgia del paraíso perdido que le dicen.

Beethoven saludaba al público. Dios y el diablo aplaudían a rabiar.

Un sordo volvía a crear el mundo.

 

 

 

Leandro Alva

 

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